jueves, 23 de agosto de 2012

Capítulo Diecisiete: EL INICIADO


La pantalla flotante seguía mostrando expedientes. El anciano vianhio se masajeó las sienes y los ojos.

Estaba cansado… muy cansado… Llevaba varios días revisando secretamente los informes académicos y de logros todos los jóvenes del planeta, tratando de encontrar a un candidato o candidata digno del peso que quería colocar sobre sus hombros. Y no era una tarea nada sencilla.

Después vendrían las entrevistas, las pruebas, las charlas, las confidencias… Quedaban muchas cosas por hacer y no sabía cuánto tiempo más aguantaría su cuerpo viejo y cansado.

Alzó la vista. El ordenador seguía comparando y buscando en la inmensa base de datos, según la escrupulosa matriz de búsqueda que el anciano había programado. Las imágenes de chicos y chicas jóvenes, junto a sus respectivos datos, seguían desfilando, mientras la máquina continuaba comparando y calibrando probabilidades, referencias cruzadas y más de un centenar de variables.

Se levantó con dificultad. Los años pesaban como una losa. Lentamente se estiró con dignidad y caminó a paso lento, pero decidido, hacia la pared oriental de la amplia sala. Allí había una pequeña instalación para tomar pequeños refrigerios. En los estantes de la derecha, pulcramente ordenadas, había diversas cajitas con sobres de infusiones a base de plantas vianhias y de algunos de los mundos circundantes.

Introdujo una taza de porcelana primorosamente decorada en el calentador de microondas concentradas. La llenó de agua y activó el aparato. Un fino rayo anaranjado impactó contra la superficie del agua y, apenas dos segundos después, ésta arrancó a hervir. El rayo se desconectó automáticamente y el anciano retiró la taza. Tuvo buen cuidado de cogerla por el asa, pues la porcelana estaba bastante caliente.

Sacó de su bolsillo una pequeña cajita metálica. En su interior, perfectamente ordenadas, había varias bolsitas de infusión con una planta que no existía en la Confederación. Era un regalo de los humanos. Por supuesto, tras comprobar que sus componentes no eran nocivos o tóxicos para los vianhios. Escogió uno de los envoltorios. Ya era el cuarto que usaba, de los veinte que contenía la cajita.

Sumergió la bolsita de té verde en el agua caliente, presionándola suavemente con la cucharilla. El líquido se tiñó de un precioso tono esmeralda, que exhalaba un suave aroma.

Bebió un sorbo, deleitándose con el curioso sabor.

Sabía de las magníficas propiedades antioxidantes y bioquímicas de aquella planta, pues tenía acceso total a los bancos de datos que los humanos habían salvado de su mundo muerto.

En aquel momento, el ordenador emitió una suave señal acústica. Había terminado su análisis.

El anciano caminó hacia la pantalla. Bebió otro sorbo, mientras miraba los tres resultados que el computador le ofrecía.

Uno era un jovenzuelo de apenas 16 años. Sorprendente, cuando menos. Siendo tan jóven, que reuniese una serie de características tan específicas como las que él buscaba… Pero era demasiado joven, demasiado proclive a hablar inconscientemente más de la cuenta.

La segunda era una chica de 23 años. Acababa de terminar con una nota excepcional sus estudios en Sociología y Psicología.

El tercer candidato era un joven de 22 años, cuya foto transmitía dinamismo y prudencia a partes iguales. Le gustó inmediatamente.

Pero, por supuesto, no se iba a dejar llevar por la primera impresión. Les haría la entrevista a los tres, sin juicios previos y sin la menor subjetividad. Estaba acostumbrado a ello, pues su cargo exigía saber mantener una total neutralidad en los conflictos. Seguramente, en algo le ayudaría la experiencia acumulada…

*

Estaba satisfecho. Tras varios meses de pruebas, creía firmemente haber encontrado al candidato perfecto. Al parecer, su primera impresión había sido la acertada.

El joven caminaba a su lado. Lo miró de reojo. Sonrió para sus adentros. A pesar de los intentos del chico por disimular, era perfectamente patente la curiosidad que lo devoraba.

Era una persona muy inteligente y estaba seguro de que no se había creído ninguna de sus excusas en cuanto al motivo de su selección y su posterior adiestramiento. No tenía la menor idea de qué estaba a punto de revelarle, por supuesto. Pero tampoco había logrado engañarlo lo más mínimo.

Bien”, pensó. “Eso significa que, cuando le explique la Verdad, sabrá reconocerla”.

Caminaron en silencio por el largo pasillo de techos abovedados. En el lugar sólo se oía el sonido de sus pisadas. No había nadie más en los alrededores.

Al cabo de cinco minutos llegaron a la gran fuente conmemorativa del Vestíbulo Sur, la misma ante la que el anciano había decidido romper su juramento, dos años atrás.

Se detuvieron ante la preciosa fuente. El frescor del agua derramándose desde arriba los envolvió, aliviando sus corazones. El murmullo del líquido elemento, saltando entre las esculturas y los juegos móviles, los arrulló suavemente.

El anciano se irguió, adoptando un porte majestuoso, con las manos unidas en la espalda. Levantó la vista hacia la estatua que coronaba la fuente.

El joven, siguiendo su mirada, hizo lo mismo.

—Déjame explicarte una historia… una historia que desconoces por completo—empezó a decir el anciano. —La verdadera historia de la Liberación…







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