martes, 21 de agosto de 2012

Capítulo Quince: PRUEBAS DE VUELO


          Los miembros del equipo se sentían abrumados por la emoción. Después de tanto tiempo, de tanto esfuerzo e investigación, estaban a punto de comprobar si sus desvelos habían dado fruto. Se oyó un apagado siseo y el suelo se conmovió levemente mientras las enormes compuertas se abrían al vacío del espacio. El perímetro del umbral brillaba con una intensa luz azulada debido a la actividad del escudo de contención atmosférica. Todas las personas que habían participado en el proyecto, varios cientos, estaban situadas a ambos lados del carril de salida, formando un pasillo de honor. Las hojas de la gruesa compuerta llegaron al final de su recorrido y se detuvieron con un golpe sordo y un estremecimiento. Las luces se apagaron en toda la cúpula, excepto las que iluminaban directamente el carril. Mónica, Li, la pequeña Alexia, que se estiraba tratando de ver mejor dominada por la curiosidad y la impaciencia, Annevar, Luar, Max, Cynthia, Claudia, Ouram, Luca... Todos estaban allí, sonrientes y nerviosos. Incluso Vassili había dejado sus obligaciones en el Argos por un rato y había acudido. Tenían la mirada fija en el centro de la gran instalación, desde donde él se acercaba lentamente.

Los implantes de metal bruñido resplandecían en su costado con un brillo plateado, igual que su piel. Pasó por entre las dos filas de personas majestuosamente, flotando sin dificultad a medida que se iban desconectando emisores de gravedad delante de él. Miró con infinita gratitud a sus peculiares amigos. Su ojo izquierdo se detuvo apenas unos segundos en la niña, que le devolvió la mirada con sus increíbles iris violetas, sonriente y feliz.

Se encogió levemente al acercarse al rectángulo luminoso, pues recordaba bien que, la primera vez que lo cruzó, la experiencia no había sido precisamente agradable. Pero ahora se sentía fuerte, poderoso. En realidad, se sentía más fuerte que nunca. Con un leve movimiento se dirigió hacia el umbral y lo atravesó limpiamente. La desagradable sensación que esperaba sentir no se produjo, lo cual lo sorprendió. Quizá, el lamentable estado en que se encontraba cuando llegó al hogar de los Pequeños había afectado a su umbral de sensibilidad.

Emanaba de él una sensación de fortaleza y dignidad difícil de describir con palabras. Salió al exterior y flotó en el espacio, en su añorado medio ambiente. Había esperado más de una Gran Revolución para volver a su hábitat. Los Ciclos posteriores a la instalación de los implantes los había pasado entrenando y ejercitándose. Extendió las aletas del lado derecho, aleteando con vigor para desentumecerlas. Acto seguido desplegó las extremidades cibernéticas reconstruidas de su costado izquierdo. Las movió de diversas formas. Los implantes reaccionaron con prontitud y precisión. Una mirada satisfecha e incrédula a la vez brilló en los ojos de la criatura. Aunque no eran tan eficaces y versátiles como su aletas originales, su comportamiento era realmente asombroso.

Los humanos observaron extasiados, desde el interior de la cúpula, la imponente estampa del enorme oberón suspendido entre las estrellas. Fénix volvía de nuevo a ser un animal libre. Todos vitorearon a Max y a su equipo por el excelente trabajo realizado con las aletas artificiales.

Hoy hace dos años que te trajimos aquí...”, pensó Mónica con un nudo de nostalgia en el estómago.

Li la empujó suavemente hacia el cristal, pues todos se habían ido hacia allí. Se aseguró que la niña no se soltase de su mano y se puso a caminar lentamente. La pequeña levantó la cabeza hacia su madre, con sus ojos violetas brillando de felicidad. Ella le correspondió con una luminosa sonrisa, a la vez que un mechón de pelo se cruzaba en su cara. La niña pensó que su mamá era muy guapa y buena. Llegaron al grueso cristal de la bóveda y miraron hacia fuera. Mónica cogió a Alexia en brazos, para que la pequeña pudiese verlo todo.

Por fin había llegado el momento de probar las extremidades artificiales desarrolladas por el equipo de Max. Les había costado un mes de trabajo crearlas, y otros cinco meses perfeccionarlas y ajustarlas a su usuario. Todos los investigadores de la “Dragonera” se habían empleado a fondo para adaptar los soportes metálicos a las articulaciones regeneradas del animal, de forma que se evitase el rechazo. Pero la fisiología del oberón no sólo no rechazó los implantes, sino que los asimiló con extraordinaria rapidez y eficacia. La piel había crecido sobre unos cuarenta centímetros alrededor del punto de unión de los implantes al cuerpo. No se veían los lugares de anclaje, ni las cicatrices, ni ningún testimonio de la intervención.

Parecía que aquellas cuatro extremidades siempre habían estado allí... si no hubiesen tenido un aspecto exterior tan diferente a las otras cuatro, claro...

Max habría querido tapizarlas por fuera de manera que no se notase la diferencia, pero no pudo dar con un sistema lo suficientemente eficaz. Los materiales que servían para imitar el patrón de colores de la piel del oberón, no aguantaban mucho en el espacio. Y los que aguantaban, limitaban la operatividad del implante o su precisa capacidad de control de la energía. Al final decidió dejarlas como estaban. Sólo les aplicó una delgada capa de aluminio de unas micras de grosor, con un cañón de partículas. El aparato bombardeaba átomos del material elegido sobre un objetivo y, capa a capa, lo iba recubriendo[1]. Las aletas no necesitaban protección adicional, pero tras pulirlas a mano, brillaban como cromo bruñido.

Al verlo allí, flotando en medio del espacio, escoltado por dos cazas y una nave algo mayor que lo monitorizaría constantemente, a Mónica le volvió a la mente la pregunta de siempre: ¿cómo lo hacían los miembros de su especie para realizar viajes a grandes distancias? Durante sus conversaciones con los demás investigadores, habían discutido mucho acerca de aquello. Tenía reservas para mantener su organismo durante años, sobre todo si podía entrar en estado de suspensión. Cuando lo rescataron no estaba en coma, sino en un estado muy cercano, para ahorrar recursos y regenerarse. Su cuerpo podía asimilarse parcialmente a sí mismo, podía nutrirse de las algas de sus pétalos o usar los campos electromagnéticos ambientales para producir energía útil con la que sobrevivir.

Pero sus propulsores sólo podían desarrollar una velocidad limitada, muy por debajo de la necesaria para viajes interestelares. Y su capacidad de navegación electromagnética tampoco lo podía acelerar más que a una pequeña fracción de la velocidad de la luz. En aquellas condiciones podía tardar siglos en viajar de una estrella a otra. Y, según los análisis de su ADN, su esperanza de vida estaba situada entre ciento veinte y ciento cincuenta años. Tras muchos viajes de exploración, quedó patente que se podía encontrar animales de aquellos, y de muchas otras especies, en cualquier punto del espacio, en vez de mantenerse cerca de los sistemas estelares, como sería lógico. Estaba claro que realizaban migraciones espectaculares. Y que, de algún modo incompresible, podían atravesar la Barrera, algo que ninguna nave había logrado aún.

El estudio exhaustivo de su organismo descartaba por completo que pudiese generar ni canalizar la suficiente potencia como para abrir una ventana de Hiperespacio. Y mucho menos crear un campo de integridad a su alrededor. Aquella capacidad era exclusiva de la tecnología. Por muy extraordinarias que fuesen sus adaptaciones, el Hiperespacio quedaba completamente fuera de su alcance.

Claro que, también era posible que no tuviesen mucha prisa. A lo mejor tardaban generaciones en hacer grandes desplazamientos. O sólo lo hacían una vez en la vida, para reproducirse por ejemplo, y luego morían.

En cualquier caso, era un misterio cómo realizaban sus viajes interestelares.

Los dos cazas se situaron por delante del oberón y la nave de control se posicionó a su cola. Iban a empezar las pruebas. Fénix ya sabía lo que se esperaba de él, pues la comunicación con los humanos era muy fluida.

El campo de fuerza de la Colonia había sido modificado para la prueba, de forma que se había creado un anillo de energía que la rodeaba. El oberón navegaría en su seno, para probar su nueva capacidad de navegación y ver cómo respondían los implantes.

Fénix se sumergió en la corriente de fuerza con un ligero movimiento de las aletas, sorprendiendo a sus acompañantes. Habían pensado que necesitaría un breve encendido para llegar hasta su objetivo, pero comprobaron que su capacidad de navegación electromagnética podía aprovechar fuerzas muy débiles. El oberón había usado la fuerza residual que impregnaba todo el ambiente alrededor del asteroide para impulsarse hasta el anillo de energía sin gastar ni una gota de combustible.

Dieron varias vueltas a la Colonia inmersos en la corriente electromagnética. Fénix se desenvolvía de maravilla, realizando maniobras de todo tipo. Subía y bajaba, aceleraba y frenaba, hacía piruetas... Era increíble verlo volar con aquella soltura y elegancia. Parecía imposible que un ser de su tamaño pudiese moverse con tanta facilidad. Definitivamente, no se parecía a ninguna otra criatura conocida con anterioridad.

La prueba de vuelo entró en la Fase Dos. Se alejarían de la Colonia para probar los impulsores químicos en el espacio abierto. Se dirigieron hacia Helia a través del campo de asteroides. Las tres naves tenían los rayos de tracción activados pero en modo de espera, por si el animal necesitaba ayuda para esquivar las rocas. No hizo falta, pues el oberón volvió a sorprender a todo el mundo con su exquisita navegación. Usaba los asteroides, ricos en hierro, como puntales en su ruta. Enviaba potentes pulsos eléctricos hacia ellos de forma que se acercaba o alejaba a voluntad de las rocas recién magnetizadas. Así fue esquivando los obstáculos, con gran elegancia, hasta que salieron al espacio abierto media hora después. El animal navegaba a una velocidad sorprendente por entre las rocas. A las tres naves les había costado bastante mantenerse a su lado e igualar su rapidez de maniobra, sobre todo a la Lillihan.

Fénix magtinó el ambiente y pudo ver las líneas de fuerza magnética que emanaban de la pequeña estrella y que bañaban todo el sistema. Sus sentidos se desplegaron en toda su capacidad. Era un sistema estelar pequeño. Una estrella muerta de color blanco en el centro, tres anillos de asteroides en las tres primeras órbitas y dos grandes planetas gaseosos más allá, con varios satélites cada uno. Y, después, el espacio abierto. Los niveles de radiación eran bajos y la nebulosa lo envolvía. Observó que el sistema estaba muy cerca de la azulada y peligrosa Nube-Sin-Nada, al otro lado del Territorio.

Se sentía contrariado. Hacía más de una Gran Revolución que lo habían rescatado y aún no recordaba nada anterior al encuentro con la nave de aquellas criaturas. No sabía por qué estaba a éste lado de la Nube, ni por qué había sufrido aquella tremenda herida en su costado y había perdido las aletas.

Pensó en los Pequeños. Les había cogido cariño. Lo habían salvado, curado, alimentado y habían aprendido mutuamente a comunicarse. Pero su corazón le decía que debía volver a donde pertenecía. Su alma se encontraba dividida. Por un lado no quería dejar la compañía de sus nuevos amigos, de los que tanto había aprendido. Por otro, el Territorio y la libertad lo llamaban con fuerza. Pensó de repente que, quizá, lo mejor para todos fuese ir alternando periodos de independencia con largas visitas a los Pequeños.

La nave de monitorización le mandó una señal. No dejaban de sorprenderle aquellas cosas para navegar por el espacio. “Naves” las llamaban. Eran fenomenales, con capacidades que él no podía ni imaginar antes de conocerlas. Le gustaba navegar en compañía de aquellas naves. Era el momento. Los Pequeños querían ver sus propulsores en acción, así que, como tenía las reservas al máximo, les iba a mostrar todo su poder. Era un magnífico ejemplar entre los de su especie, a pesar del largo periodo de inactividad que se había visto obligado a afrontar. Sus capacidades estaban completamente desarrolladas y su potencia era muy elevada.

En apenas un latido inundó las cámaras de ignición con una explosiva mezcla de gases licuados, generó un pulso eléctrico entre los extremos de su cuerpo y lo liberó en los propulsores. Éstos se encendieron con furia, propulsando al oberón a gran velocidad hacia delante. Aprovechó para expulsar a través de ellos una gran cantidad de residuos que se habían ido acumulando en su organismo, durante todo el tiempo que había pasado inmóvil. No los había podido eliminar antes y tampoco había podido usarlos para alimentar con ellos las algas de sus pétalos. En aquel momento tenía la oportunidad de deshacerse de buena parte de los residuos, así que la aprovechó. Restringió la salida de plasma por las toberas de forma que aumentasen la presión y la velocidad hasta el máximo. Se mantuvo atento a la temperatura que soportaban sus propulsores, no se fuese a dar el caso de que aumentase demasiado y provocase la fusión de alguna placa. Si eso pasaba, era una lesión grave y dolorosa de curación lenta, que inutilizaba el impulsor durante muchos Ciclos.

Tras tanto tiempo convaleciente, su alma se inundó de felicidad al sentir de nuevo la sensación que causaba la aceleración en su cuerpo. Volvía a navegar libre y poderoso, tan formidable como siempre había sido. Sus aletas nuevas, aunque extrañas, eran magníficas y respondían casi tan bien como las originales. Y le gustaba su aspecto rudo y brillante, aunque echaba de menos los bordes afilados. Los Pequeños, pese a sus esfuerzos, no habían podido reproducirlos con suficiente eficacia. Pero no le preocupó. De no ser por ellos, ni tan siquiera tendría aletas. Ni siquiera seguiría vivo.

También le habían reconstruido los dos colmillos delanteros. En éste caso sí era notable la pericia de sus amigos. Eran perfectos.

Las naves se situaron a su lado sin dificultad. En aquella ocasión el sorprendido fue el oberón. Había creído que les costaría igualar su potencia, pero las embarcaciones lo habían alcanzado sin ningún esfuerzo. Pudo ver las caras sonrientes de los pilotos en las cabinas de sus cazas. El orgullo pudo con él y volvió a encender los impulsores. Empezó a realizar maniobras cada vez más arriesgadas, usando las salidas de gas repartidas estratégicamente por su cuerpo para modificar la posición. Estaba yendo al límite de sus capacidades de vuelo pero, para su consternación, los dos cazas se mantuvieron a su lado todo el tiempo, en perfecta formación. Decidió dejarlo y volver a navegar normalmente, pues estaba convencido de que no los había conseguido impresionar demasiado.

Pero lo cierto era que los humanos estaban completamente asombrados con las capacidades del oberón. Superaba ampliamente todas sus expectativas.

Uno de los pilotos era Cortés. Ordenó al otro caza y a la Lillihan que mantuviesen la formación y decidió enseñarle de lo que era capaz un caza en sus manos. El animal pudo entonces observar la habilidad de un piloto humano y el poder real de aquel tipo de naves. Las maniobras que realizó, y la velocidad con que lo hizo, eran más que notables, aunque, en un ambiente adecuado, como la Zona de Cría, estaba seguro de superarlas. Su aguda visión le permitió ver al hombre en la cabina manejando los mandos de la ágil embarcación, y tuvo que reconocer que aquellas criaturas eran mucho más hábiles de lo que ya le habían demostrado.

Se encontraban en el límite del anillo de asteroides, a punto de abandonarlo, y Cortés quiso mostrarle al oberón otra capacidad de su caza. Encuadró en la pantalla de objetivos un pequeño trozo de roca solitaria, de un metro de diámetro, y disparó uno de los cañones láser contra ella. El rayo azulado partió como una exhalación y, apenas una fracción de segundo después, la roca se vaporizó con una brillante explosión. Fénix no salía de su asombro. Nunca, en toda su vida, había visto algo así. Ni tampoco había tenido noticia de que algún congénere lo hubiese presenciado. Los machos de su especie estaban orgullosos de sus armas, capaces de destrozar a un Ensartador con facilidad. Y les impresionaban aún más las defensas que poseían otras especies, como los Tembladores. Pero lo que la nave de los Pequeños acababa de hacer iba más allá de su imaginación.

En la Lillihan todos estaban entusiasmados. Las constantes vitales del oberón eran perfectas, su organismo funcionaba a pleno rendimiento y sus capacidades eran increíbles. Decidieron entrar en la Fase Tres de la prueba. Ésta consistía en dar la vuelta por detrás de la estrella y volver a la órbita de la Colonia. Volaban a una velocidad lineal de casi doscientos mil kilómetros por hora. A aquel ritmo tardarían más de tres meses en completar el recorrido, lo cual, por supuesto, no era aceptable. La escolta cambió de configuración. La nave de control se situó delante de Fénix y los cazas, detrás. Acto seguido, la Lillihan activó el rayo tractor y amarró al oberón y a los dos cazas. Las tres naves empezaron a acelerar a toda potencia, mientras emitían el campo de einstones. La curiosa comitiva quedó envuelta en un vaporoso y ondulante campo de energía de color malva brillante. La aceleración del convoy aumentó drásticamente, hasta alcanzar la tercera parte de la velocidad de la luz.

Fénix estaba impresionado; las naves habían acelerado, sin ninguna ayuda externa, hasta una velocidad parecida a la que él experimentaba cada vez que surcaba los anillos de energía de la Zona de Cría. Por sus propios medios, jamás podría igualar aquella potencia.

Excepto si navegaba por el Otro Lado, claro. De pronto se preguntó si los Pequeños conocerían aquella dimensión exótica y si sus naves tenían la capacidad de viajar por allí como él.

*

Habían recorrido un tercio de la ruta, a una distancia estable de setenta millones de kilómetros de Helia. La luz y la radiación de la estrella en aquella zona eran más potentes que en la Colonia, pero no lo suficiente como para dañar los pétalos de su lomo, así que los extendió en toda su longitud y bombeó hacia ellos el resto de los residuos que permanecían aún en su organismo. Por primera vez en mucho tiempo las delicadas estructuras se vieron bañadas por la vivificante energía lumínica y dispusieron de gran cantidad de alimento. Las algas que habitaban en ellas salieron de su letargo y su metabolismo se disparó. Los pétalos pasaron del marrón desvaído a un tono esmeralda brillante en un minuto escaso. El organismo del oberón eliminó rápidamente todos los desechos almacenados y todo el dióxido de carbono contenido en una de sus vejigas, a la vez que sus tejidos se saturaban de glucosa y oxígeno fresco. En unos minutos todo el ciclo estaba completo y su cuerpo volvía a funcionar con la eficiencia de siempre. Los humanos, por su parte, asistieron maravillados a la maniobra de despliegue de los pétalos y a su fascinante y rapidísimo cambio de color. El tono era precioso. En la Lillihan repasaron las constantes y pudieron ver los cambios metabólicos en el organismo del oberón. Concluyeron que el animal estaba mejor que nunca.

Mientras daban la vuelta por detrás de la estrella, mantuvieron la comunicación con la Colonia todo el tiempo, excepto cuando la masa del astro lo impidió. Estuvieron fuera de cobertura durante tres minutos. Tras salir de detrás de Helia decidieron llevar a cabo la última fase de la prueba de vuelo: ver si Fénix podía soportar un salto corto en el Hiperespacio. Todo el equipo había tratado de explicar al oberón lo que pretendían hacer durante semanas, pero no estaban seguros de que la criatura los hubiese podido comprender. No parecía conocer aquel ambiente exótico, lo que confirmaba los estudios previos.

Según todos los datos analizados, no debería pasarle nada. Además, iría protegido por el campo de integridad de la nave de control. En aquellas condiciones, un ser humano equipado con un traje espacial convencional, fuera del casco de la nave, no sufriría ningún daño. Una situación que se había comprobado de forma casual tres años atrás, cuando el capitán de la Calixto se arriesgó a salir al exterior mientras la nave navegaba a hipervelocidad. Una avería en uno de los integradores impedía a la embarcación regresar al espacio normal, comprometiendo gravemente su seguridad. Si un frágil humano podía soportarlo, para un oberón no debería representar ningún problema.

El salto duraría veintisiete segundos, de los cuales algo más de veintitrés transcurrirían en el Hiperespacio propiamente dicho, en la capa energética más baja. Recorrerían los últimos cien millones de kilómetros hasta la Colonia en unos momentos. Se prepararon y avisaron a Fénix. Para que no se pusiese más nervioso de lo necesario, los cazas saltarían primero, de forma que el oberón viese a qué se iba a enfrentar.

Cuando llegaron al punto establecido, un poco más tarde, las dos naves de combate adelantaron a la Lillihan y se alejaron unos cincuenta kilómetros. Acto seguido activaron los generadores de ventana y apareció una rotura en el espacio, delante de ellas. Tenía el aspecto de un rasgón multicolor de bordes deshilachados. En el centro de la manifestación había un vórtice hecho de una oscuridad viscosa y turbulenta, perfilada por una extraña luz rojiza de apariencia líquida. En un instante, las dos naves quedaron envueltas en una nebulosidad blanquecina y se precipitaron hacia la anomalía, absorbidas a una velocidad tremenda. El embudo se cerró violentamente tras ellas con un estallido de luz gamma.

Fénix estaba anonadado. Nunca había presenciado un fenómeno así. La información que sus sentidos le proporcionaban era tan confusa que no supo interpretarla. Una enorme energía se había liberado desde las dos naves y se había abierto un agujero extraño ante ellas, que no tenía nada que ver con los que se abrían por el Otro Lado, los que él conocía tan bien. La dimensión que adivinó tras el oscuro y viscoso torbellino era también muy extraña, como si todo estuviese del revés. Las fuerzas se comportaban de manera caótica y desorganizada. La curiosidad y la aprensión se mezclaron en su mente a partes iguales, al pensar que en breves momentos iba a entrar allí. Cuando navegaba por el Otro Lado, dolía. Dolía muchísimo. No tenía ni idea de qué iba a sentir en aquella dimensión desconocida. Entonces notó una nueva alteración en la esencia del espacio, a gran distancia, en dirección a la Colonia. Dedujo que las dos naves de combate habían salido del Hiperespacio y habían vuelto al familiar espacio normal. No pudo sentir nada raro, así que supuso que todo había salido bien. Tenía plena confianza en los Pequeños, pero no podía dejar de sentir un cierto desasosiego.

En la Lillihan comprobaron las constantes del oberón, le transmitieron mensajes de tranquilidad y confianza y le preguntaron si estaba preparado. Tras unos segundos de duda, Fénix emitió una señal afirmativa, aunque lo hizo con poca potencia.

La nave de control activó su campo de integridad, imprescindible para navegar por el Hiperespacio. La corriente de energía formaba una burbuja protectora alrededor de la embarcación que la aislaba del ambiente reinante en aquel entorno exótico, en el que las leyes físicas eran completamente distintas. Sin el campo de integridad, la nave y sus ocupantes se volatilizarían. Las fuerzas de la naturaleza en aquel ambiente eran más intensas, caóticas y variadas que en el espacio normal. Algunas incluso estaban invertidas.

Así que, para evitar sorpresas desagradables, la tripulación de la Lillihan forzó el campo de energía, envolviendo al animal con total seguridad. Arrancaron el hipermotor y el torbellino oscuro volvió a aparecer. Un instante después ambos eran absorbidos hacia su interior con una fuerza monstruosa.

Fénix no sintió ningún dolor. La verdad, lo agradeció. El escudo de la nave lo protegía pero también menguaba mucho sus sentidos. Aún así, pudo sentir las energías que reinaban en aquella dimensión caótica. No podía vibsar nada. Aquello, definitivamente, no era el Otro Lado. Según podía ver se encontraba en el interior de un túnel rectilíneo, perfilado por rápidas bandas luminosas que aparecían al azar. Más allá de las aparentemente poco sólidas paredes del túnel, se veía una infinita extensión iluminada por una extraña oscuridad (así lo interpretó), de una intensidad hiriente. La región aparecía limitada arriba y abajo por una especie de nubes densas de colores ocres y marrones. Las dos capas se conectaban entre sí por incontables columnas, constituidas por lo que fuese que formaba las dos capas nubosas.

Por doquier destellaban inmensos relámpagos oscuros. Algunos recorrían las capas de nubes. Otros se desplazaban por las columnas. Y otros se descargaban entre capa y capa, libremente. Pero aquello no era electricidad. Pudo observar que algún rayo ocasional se precipitaba contra el túnel que recorrían. Entonces, el campo de fuerza que los envolvía se resentía. Captaba olores extrañísimos, de cosas que nunca había conocido. El ambiente estaba lleno de aquella “luz” oscura que no podía identificar. Había mucha radiación incomprensible de alta energía y fuerzas completamente desconocidas para él. No podía magtir nada. No había fuerzas electromagnéticas. Y con la gravedad aún era peor. Pudo sentir hasta tres tipos distintos: la “normal”, atractiva pero muy singular, otra que repelía en vez de atraer, y una última, más extraña aún que hacía las dos cosas al mismo tiempo y que cambiaba de intensidad aleatoriamente. El límite del escudo se desgajaba y ondulaba, allí donde la energía de la nave luchaba con las tremendas fuerzas del Hiperespacio. Estaba seguro de que, si el campo de energía hubiese sido un ser vivo, habría sufrido inimaginablemente.

Apenas había empezado a explorar aquel ambiente extraño y estimulante, sintió la ya familiar alteración que delataba la apertura de una ventana. Justo antes de salir, pudo ver que las bandas se intensificaban y el túnel aumentaba de diámetro. La visión del resto de la dimensión se enturbió y se dirigieron a una pared de luz arremolinada. Un instante después la atravesaban y regresaban al espacio normal. La verdad, se alegró. Por mucha curiosidad que sintiese respecto al desconcertante entorno por el que acababa de viajar, sintió alivio al encontrarse en un lugar conocido, en el que podía entender lo que ocurría a su alrededor. Aparentemente, la deceleración fue brutal. Pero no sintió ninguna molestia. De haber frenado de forma tan drástica en condiciones normales, la nave y él se habrían vaporizado[2]. La ventana se cerró tras ellos con un fuerte destello.

Fénix, al fijarse en lo que tenía enfrente, se asombró. La Colonia brillaba delante de él a pocas Líneas de distancia. Miró hacia atrás. La estrella se veía tan pequeña y lejana como de costumbre. Volvían a estar en el espacio libre de asteroides que rodeaba al asentamiento de los Pequeños.

 Por aquel ambiente extraño se viajaba muy rápido, aunque no tanto como por el Otro Lado. Habían recorrido una gran distancia en muy poco tiempo. Y sin ningún dolor. Una traviesa excitación empezó a embargarlo. Se moría de ganas por repetir la experiencia. Ya se las arreglaría para hacerse entender. Tenía que reconocer que había disfrutado como un cachorro

La nave desactivó el rayo de tracción, el campo de integridad y todos los vínculos que la unían al oberón, exceptuando los enlaces de monitorización. Los tripulantes comprobaron los datos. El animal había soportado perfectamente el vuelo por el Hiperespacio. No había sufrido el menor daño, ni tampoco ningún estrés. Habían registrado un comprensible nerviosismo y una gran actividad cerebral, en especial las áreas de la memoria y la visión. Aquello confirmó que el oberón nunca había volado a hipervelocidad. El misterio de los viajes a larga distancia seguía intacto.

Se fueron acercando a la Colonia, la Lillihan precediendo al oberón. Entonces, Fénix tomó una decisión. Había vibsado que se iba a formar un pequeño túnel del Otro Lado a muy poca distancia. Con determinación, adelantó a la nave de control. Cuando pasó por su lado utilizó las glándulas de hilo de su hocico, lanzando unas fuertes y pegajosas hebras a la proa de la embarcación. Siguió lanzando hilos durante unos segundos, rotando sobre sí mismo, hasta que consideró que la presa era lo suficientemente fuerte. Entonces, maniobró para pasar la maroma de filamentos bajo su cuerpo y encendió los impulsores. Con un fuerte tirón, la Lillihan se vio arrastrada tras el animal. La tripulación asistió sorprendida a la maniobra de Fénix. Apenas había tardado unos instantes en atrapar la nave y desviarla. Al principio pensaron en resistirse, pero algo en la actitud del animal los tranquilizó. Éste emitía expectación, anticipación. Hacía meses que los científicos habían aprendido que una parte importante de las comunicaciones del oberón eran transmisiones de emociones. Les estaba preparando una sorpresa inesperada, no cabía duda.

Fénix pidió a los humanos energía. Mucha energía. Y que reactivasen el campo de integridad. Usaron el proyector de tracción delantero de la nave para emitir un rayo de electricidad pura que se expandió por el cuerpo del oberón. Pudieron observar cómo las aletas empezaban a brillar. Según los sensores biométricos, la energía se acumulaba en su organismo de una manera completamente distinta a la habitual. Los tripulantes levantaron de nuevo el campo de fuerza, envolviendo con él también a Fénix.

Éste los llevó hasta un punto aparentemente anodino del espacio. El oberón, alimentado por el generador de la Lillihan, emitió un haz de energía tan grueso como su cuerpo, perfectamente focalizado en un punto concreto. Mudos de asombro, los tripulantes asistieron a la formación de un pequeño agujero de gusano de brillantes paredes acuosas. Sabían que el campo de integridad no era necesario para viajar por el Subespacio, así que lo desactivaron y suministraron más potencia al oberón. Éste captó el cambio y no pudo evitar preocuparse. Conocía perfectamente las alteraciones que padecía él cuando usaba los pasillos, aunque éste era muy corto y de una intensidad muy baja. No sabía cómo reaccionarían la nave y sus pasajeros allí dentro y no quería que sufriesen ningún daño. Sin embargo, tuvo la sensación de que los Pequeños sabían lo que hacían. Decidió confiar en ellos y seguir con el proceso.

El agujero de gusano estaba perfectamente formado y estable. En condiciones normales su duración dependería de la cantidad de energía que uno o varios Navegantes pudiesen generar. Pero como era la Lillihan, con su inagotable reactor de fusión, la que alimentaba al oberón, el tiempo no era ningún problema para éste. Fénix aleteó vigorosamente y se acercó al horizonte del agujero. Apenas tocó la etérea membrana transparente de energía, tras la cual se podía ver con toda claridad el torbellino acuoso de luz, fue terroríficamente absorbido. Su cuerpo pareció alargarse de manera infinita y desapareció en el interior del túnel, arrastrando tras de sí a la Lillihan y a su asombrada tripulación. Desde el salto protagonizado por la Nueva Esperanza y el resto de la flota tras abandonar la Tierra, medio siglo atrás, nunca se había logrado abrir ningún otro agujero de gusano. No había tecnología para detectarlos en la naturaleza. Ni para crearlos artificialmente. En la Confederación poseían generadores capaces de suministrar la suficiente energía a un agujero para estabilizarlo, pero no sistemas ni sensores para localizarlo, estabilizarlo y controlar sus fluctuaciones. Un agujero de gusano natural tiene un tamaño microscópico y existe durante una fracción infinitesimal de tiempo. Los sensores de los laboratorios de investigación habían conseguido captar la formación de alguno en situación controlada, pero sólo eso. Las escasas millonésimas de segundo que tardaba la señal en llegar desde el sensor al ordenador, suponía un tiempo que excedía en miles de veces la vida del agujero. No había tiempo material para hacer nada.

Y, de repente, por increíble que pareciese, un animal extraordinario podía hacer de forma natural lo que a su avanzada tecnología le era poco menos que imposible. Había anticipado la formación del agujero de gusano con notable antelación. Lo alimentaba, lo estabilizaba y lo controlaba con total precisión. Aunque no podían confirmarlo, todos en la Lillihan estaban convencidos de que Fénix sabía perfectamente dónde conducía aquel túnel de energía.

 El espectáculo era sobrecogedor y maravilloso. Se desplazaban por un conducto ondulante de energía líquida, de luminosos tonos azules y blancos, como agua pura y turbulenta bajo el sol. El oberón los precedía. Una temblorosa y arremolinada envoltura luminosa de un delicado tono blanquecino lo rodeaba. Etéreas hebras de energía se desprendían de su cuerpo y se fundían con las paredes acuosas del agujero de gusano. Lo hacían con una rapidez y una precisión increíbles. El oberón controlaba el ambiente a su alrededor, compensando las fluctuaciones con una maestría insuperable. Al fijarse en los monitores de la nave, los tripulantes pudieron constatar con preocupación que Fénix sufría unos altísimos niveles de dolor y estrés. Por suerte, acabó enseguida. Apenas diez segundos después de haber entrado, vieron un círculo rojizo y azulado tachonado de estrellas frente a ellos, que crecía con pasmosa rapidez. Volvieron al espacio normal y experimentaron un brutal frenado. Sin embargo, no notaron ninguna fuerza de deceleración. El agujero, con un gran destello luminoso, se cerró tras ellos.

El oberón se encontraba en estado de shock. El tremendo dolor había colapsado su cerebro, pero comprobaron que se iba recuperando lentamente. Le siguieron suministrando energía, para acelerar su retorno a la normalidad, a la vez que transmitían emociones positivas y mensajes de ánimo. Todos estaban muy sorprendidos por lo que acababan de presenciar. El misterio de los viajes interestelares de aquellos animales había quedado resuelto. Y los cristales de memoria estaban a rebosar de datos almacenados antes, durante y después del fantástico viaje. Llevaría semanas analizarlos con detenimiento.

Acto seguido, el capitán pidió al ordenador de la Lillihan que calculase la posición actual según los datos de cartografía estelar, pues no tenían ni idea de dónde estaban. El resultado los dejó atónitos. En 12,96 segundos habían recorrido 1,46 años luz. Su posición formaba un triángulo con los sistemas Boreas y Deméter en el lado derecho. Entre éstos mediaban unos dos años luz y la nave se encontraba a otro medio año luz del Sistema Boreas, unos treinta y ocho grados por encima del plano orbital de éste. Para llegar a aquel lugar con un hipersalto del nivel más bajo de energía, como el que habían usado en la prueba, se hubiese requerido un tiempo de algo más de dos horas y media. Forzando la nave hasta su capacidad máxima, se podía reducir el tiempo a menos de dieciocho minutos.

En cambio, el agujero de gusano los había transportado a una velocidad increíble. Una velocidad mucho más elevada que la que se había logrado alcanzar con la Diablo Rojo, la nave prototipo más avanzada de la Confederación hasta la fecha. Diseñada para llevar a cabo investigaciones de propulsión en el Hiperespacio, había conseguido adentrarse unos segundos en el quinto nivel energético.

A bordo de la Lillihan todos estaban eufóricos. Ni en sus más locos sueños habrían creído posible lo que acababa de suceder. Ninguno de ellos había esperado vivir lo suficiente como para ver un agujero de gusano con sus propios ojos. Decidieron esperar a que Fénix se recuperase del todo y después volverían a casa con un nuevo hipersalto.

Tardó casi cinco minutos en volver a ser el mismo. Y eso que lo estaban ayudando desde la nave. Supusieron que los oberones no usaban aquel sistema de viaje alegremente, sino que tan sólo lo hacían en caso de estricta necesidad. No sólo les exigía un enorme esfuerzo energético; además les provocaba un dolor atroz y los dejaba “para el arrastre” durante bastante tiempo. En aquellas condiciones eran vulnerables a cualquier ataque, aunque los humanos ignoraban si un ser de aquellas características tenía depredadores naturales.

Emocionados, le enviaron una transmisión cargada de gratitud por el regalo que les había hecho y por el esfuerzo que le había costado.

Cuando estuvieron seguros de que el oberón volvía a estar en plena forma, encendieron motores y trazaron un nuevo rumbo, arrastrándolo con su propia seda, que aún permanecía adherida a la proa de la nave y al hocico del animal. Éste se dejó hacer dócilmente. Sintió que la Lillihan volvía a abrir una ventana a través de aquella dimensión exótica que había conocido un rato antes. Sin embargo, percibió que ésta vez la energía generada por la nave era mucho mayor, y se preparó para disfrutar de la sensación.

Se sentía feliz. Había experimentado un montón de cosas nuevas y conocía mejor que nunca a sus pequeños amigos. Y ahora, iba a volver a pasar por aquel ambiente extraño que tanto lo había sorprendido y entusiasmado. Forzó sus sentidos al máximo, pues sabía que iba a permanecer allí dentro bastante más tiempo que antes.

Esta vez no se iba a perder ni el más mínimo detalle.



[1] Ese procedimiento se usó con el telescopio espacial Hubble, lanzado a la órbita a finales del siglo XX, para recubrir y proteger su delicadísimo espejo primario. Otros telescopios espaciales posteriores también han recibido ese tratamiento, como el Chandra, el Spitzer o el Kepler. (N. del A.)
[2] Cuando se entra o sale por una ventana de Hiperespacio se experimentan unas aceleraciones titánicas. Pero como una pequeña parte del espacio normal, delimitada por el campo de integridad, también viaja con la nave, las fuerzas dinámicas no afectan al contenido de la burbuja. Realmente, la aceleración sólo es un efecto óptico, pues lo que se interna en una ventana hiperespacial sale exactamente a la misma velocidad a la que entró. De ésta manera se soportan energías cinéticas que sería imposible controlar en condiciones normales y que vaporizarían la embarcación instantáneamente (N. del A.)

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