martes, 28 de agosto de 2012

Capítulo Dieciocho: ENFRENTAMIENTO IMPOSIBLE



       Estaban completamente paralizadas de terror. Aquel enemigo superaba a cualquier otro al que se hubiesen enfrentado antes. La única criatura conocida capaz de matar a un Navegante adulto en una lucha uno contra uno.

La parte racional de Destello se preguntó qué hacía allí aquel animal. Se estaba haciendo de noche, pero aún había claridad, y en el Refugio no aparecían más que excepcionalmente. Quizá el terrible maremoto submarino lo había lanzado contra la meseta, obligándolo a ascender y a arriesgarse con la luz. La pequeña sabía, por lo que las adultas le habían explicado, que la piel de los Desgarradores era muy sensible a la luminosidad, pudiendo incluso llegar a sufrir heridas de consideración.

Pero el agua todavía estaba turbia a aquella profundidad y la luz era bastante tenue. Luminosidad suficiente para que sus sensibles retinas viesen con claridad; pero lo suficientemente escasa como para no dañar al Desgarrador.

La pequeña empezó a sobreponerse al profundo pánico que atenazaba su alma. Las transmisiones aterrorizadas de sus amigos dentro de la cueva se volvían cada vez más angustiosas. Los Navegantes y los Caparazones estaban amontonados en el fondo de la gruta, tratando desesperadamente de escapar a las gigantescas y crueles mandíbulas que trataban de atraparlos. El animal poseía una coraza córnea de extraordinaria dureza que recubría la mitad delantera de su cuerpo. Cada vez que arremetía y se sacudía contra la entrada de la cueva, sus gruesas y abrasivas escamas arrancaban trozos de piedra, ensanchando la boca de la gruta y acercándose lenta pero inexorablemente a sus aterrorizadas presas. De todos los allí refugiados, sólo Bandas disponía de algún tipo de arma, pues era el único que poseía filos en sus aletas y unos colmillos todavía cortos. Pero era demasiado joven, el lugar demasiado estrecho y el enemigo demasiado rápido y temible como para que el pequeño pudiese enfrentarse a él. Si hubiese intentado cortar el hocico de su atacante, habría perdido las aletas sin remedio. Y, seguramente, también la vida. Además, las defensas energéticas de los Navegantes no podían hacer nada contra el agresor, pues él también disponía de órganos eléctricos y era inmune a las descargas. El Desgarrador lanzaba dentelladas a tal velocidad que sus mandíbulas se veían borrosas.

Y los sonidos...

 Eran horrorosos. A los tremendos chasquidos de los dientes al entrechocar y los chirridos de su coraza contra la roca, se sumaba un bronco gruñido continuo, grave y ansioso. Provenía de una vejiga, formada por dos cámaras interconectadas llenas de gas, situada bajo la garganta. Unos potentes músculos contraían alternativamente cada una de las cámaras, haciendo que el gas pasase de una a otra. Al desplazarse, el gas hacía vibrar fuertemente unas láminas elásticas de tejido, tensas en medio del orificio que conectaba las dos partes. La vejiga actuaba de cámara de resonancia, amplificando el grave sonido producido por las cuerdas vocales.

Las dos hembras Caparazón se habían situado delante del aterrorizado grupo, presentando sus lomos fuertemente acorazados hacia el cazador. Tras ellas estaban las cuatro Navegantes adultas y detrás todas las crías, aprisionadas entre las adultas y el fondo de roca de la cueva. Los pequeños magtían aterrorizados mientras sus madres trataban de ponerlos a salvo. Luchadora y Río intentaban convencer a las dos Caparazones de que se apartasen, que se desplazasen hacia los lados para que no las atrapase el Desgarrador, cuyas mandíbulas estaban a menos de una aleta de sus lomos. Pero ellas no se movieron. Sus corazas eran mucho más gruesas y resistentes que las de las Navegantes. No en vano soportaban directamente la fricción atmosférica de la reentrada. El predador no podría atravesar sus defensas jamás. Pero lo que las Navegantes temían no era que el Desgarrador destruyese la armadura de sus amigas, sino que éstas, al ser más pequeñas, podían ser apresadas por las temibles mandíbulas y arrastradas afuera, donde serían presa fácil, pues sus vientres quedarían desprotegidos.

Luchadora se preguntaba dónde estaban Cuidadora y Destello. Hacía mucho tiempo que se habían marchado y no sabía nada de ellas. El corazón se le encogió de angustia al pensar que podía haberles ocurrido algo malo. Su hija era, junto con Bandas, la única de todos ellos que poseía armas. Y había demostrado que eran realmente terribles y que sabía usarlas. Aunque una cosa era enfrentarse a los Masticadores o, incluso, a los peligrosos Bocasierras, y otra muy distinta desafiar a un rival tan formidable como un Desgarrador. En una confrontación, las probabilidades de que un Navegante macho adulto venciese a un enemigo de aquella categoría eran, más o menos, de la mitad. Y, aunque lo lograse, seguramente sufriría heridas terribles.

Por tanto, aunque su hija hubiese vuelto, no quería que se enfrentase a aquel contrincante. Sabía que la pequeña era poderosa, pero aún era una cría. Debía tratar de comunicarse con ella y decirle que se alejase de allí. Cuidadora podría ocuparse perfectamente de Destello. Le enseñaría a despegar y, ya en el espacio, el resto de la manada la acogería y la protegería. Sabía que tan sólo era cuestión de tiempo que el Desgarrador los asesinase a todos. Y sabía que la pequeña era más valerosa que racional, como había demostrado durante la batalla de las Aulladoras. Seguro que se lanzaría contra el Desgarrador, con audacia y determinación, y moriría de forma rápida y horrible. No podía permitirlo. Su hija debía sobrevivir a cualquier precio. Era una criatura especial. No había ninguna otra como ella y, de algún modo que no lograba comprender, intuía que Destello representaba el futuro de su especie. Debía contactar con ella a toda costa, mientras aún estuviese a tiempo.

*

        —Hemos de hacer algo. No podemos dejarles ahí, a merced de ese bicho inmundo (Miedo, Impotencia) —Destello temblaba de rabia.
        —¿Y qué podemos hacer? No tenemos ninguna posibilidad contra él. Estamos solas (Resignación) —emitió Cuidadora con desazón.
       —Lo que sea. Por estúpido e irreflexivo que parezca. No podemos quedarnos mirando mientras los devora uno a uno.
         —Pero podemos irnos. Acéptalo. No podemos hacer nada. No somos rivales para ese animal (Impotencia) Están todos condenados. Y tu madre no querría que te sacrificases inútilmente. Te quiere y es consciente de lo especial que eres (Compasión) Quiere que sobrevivas a toda costa.
   —Recíbeme atentamente: NO VOY A ABANDONARLOS (Aplastante Determinación)
         —Sí, Destello, nos vas a abandonar (Autoridad) Ahora mismo te vas a ir de aquí con Cuidadora y le vas a hacer caso en todo lo que te. ¿Me comprendes, hija? A partir de ahora, ella será tu madre. Ella te enseñará todo lo que te falta por aprender (Pesar) —La repentina señal de Luchadora las pilló a las dos por sorpresa. Su transmisión era clara, pero temblorosa por la emoción.
          —Eso no lo haré nunca (Orgullo)
          —Cariño, escucha a tu madre. Debemos irnos.
          —Jamás los abandonaré (Irritación)
       —Hija, por favor (Súplica) No me hagas más difícil esto. Antes de morir, quiero saber que estás a salvo (Esperanza)
    —No vas a morir. Ni tú ni nadie. No lo permitiré (Determinación) —Aleteó levemente y empezó a abandonar el escondite. Cuidadora se interpuso.
        —Por favor, por favor. No vayas. No lo hagas. Escóndete cariño (Angustia)
        —¡¡Destello!! ¡Vete, sálvate! (Pánico) No vengas emitió Río.
        —Aléjate, pequeña, vete con Cuidadora le suplicó Bondadosa.
     —Vete, vete, no te preocupes por nosotros. Sálvate tú (Premura, Resignación) —Eran Bandas, Amanecer y Bebé los que emitieron la súplica.
       —Pero yo... yo no puedo dejaros morir así (Confusión, Miedo)
       —Salvaos. Cuidadora, llévatela lejos... Adiós hija. Te quiero (Infinito Amor)
      —Vamos, Destello. Debemos irnos. Ahora… (Complicidad, Tristeza)

       La pequeña, invadida por una profunda tristeza, dirigió una última mirada a la cueva y giró, alejándose en el mar cada vez más oscuro, precedida por Cuidadora.

         —De acuerdo... (Resignación)
         —Adiós, hija (Orgullo, Entrega)
         —Adiós... mamá (Infinita Pena)

      Se alejaron navegando tristemente. El dolor de la pérdida era terrible. Toda la familia iba a desaparecer, ante la impotencia de las dos fugitivas. Y si volvía al espacio, Cuidadora no podría seguirla. Estaría sola para siempre.

      ¿Para qué servían entonces todas sus exóticas capacidades? ¿Qué tenía ella de excepcional si ni siquiera podía ayudar a sus amigos? ¿Sólo debía limitarse a contemplar impotente cómo perecía su madre, su querida mamá? Entonces ella no era especial. No era nada.

      Una horrible garra de tristeza e impotencia atenazó su corazón. Incapaz de pensar, de actuar, se alejaba de su madre y de sus amigos, empujada suavemente por Cuidadora. En aquel momento, la pequeña tan sólo era un cascarón vacío, una piel metálica sin alma, sin mente, sin corazón, consumida por una pérdida que sabía que jamás la abandonaría.

       El vacío se la llevó.

     La pared del acantilado ya era sólo era una informe y nebulosa mancha oscura en el agua turbia cuando sucedió.

      Una clarísima y multitudinaria transmisión de terror llegó hasta ellas con una fuerza abrumadora.

    Cuidadora cerró los ojos con fuerza, consciente de lo que acababa de suceder. Destello tardó sólo un instante más en comprenderlo.

      El Desgarrador se había cobrado una víctima. Acababa de atrapar a alguien. Acababa de atrapar a uno de sus amigos. O a mamá…

      Mamá…

      ¿Y si había atrapado a mamá…?

        Morirá… Va a morir… mamá…

     Apareció un nuevo sentimiento arrollador en su mente. No era  tristeza. Ni resignación. Era una determinación de tal magnitud que creyó que su cuerpo iba a estallar.

    Se detuvo en seco y giró sobre sí misma, apuntando su hocico hacia el acantilado. Cuidadora se dio cuenta de la maniobra de la pequeña.

         —¿Qué… qué haces? Debemos irnos
         —Notransmitió Destello con furia.
      —Vámonos, no te hagas más daño. Debemos alejarnos de aquí. Yo tampoco puedo soportar lo que va a pasarles. Pero tu madre quiere que sobrevivas…
         —Recíbeme bienCuidadora se sobresaltó. En aquella transmisión no había ni rastro de Destello—. Mi madre quiere que me salve porque me quiere y porque soy especial. Pero si lo que me hace especial no sirve para salvarla, entonces no sirve para nada. Y si no sirve para nada, yo tampoco. Por tanto, no importa en absoluto lo que me pase.
        —Pero
        —Adiós, amiga mía.

    Abrió la boca y tragó gran cantidad de agua para obtener combustible. Cuidadora sintió la misma determinación en la pequeña que cuando atacó al grupo fugado de Bocasierras que acosaban a la manada de Aulladoras, Ciclos atrás.

      Sabía que nada ni nadie podría pararla en aquel momento.

      La comprendía perfectamente. Y quería ayudarla. Pero no podía hacer nada. Estaba agotada y sus mutilaciones mermaban mucho sus capacidades. Nunca se había sentido tan impotente.

      Los alargados impulsores magnéticos brillaron como soles cuando Destello los activó.

       Partió como una exhalación, en rumbo directo hacia el Desgarrador.

*

      Zarandeó violentamente a su presa, sin apartarse de la entrada de la cueva. No quería que las demás se escapasen. La soltó y la atrapó de nuevo, tratando de girarla y exponer su parte más vulnerable: el vientre. No podía atravesar la gruesa armadura dorsal de su víctima. En uno de aquellos cambios de posición consiguió darle la vuelta. Sus mandíbulas se cerraron sobre la protección del vientre, mucho más débil que la del lomo, y empezó a aplicar cada vez más presión. Era cuestión de momentos que las placas cediesen y pudiese devorar sus entrañas.

     Un rayo plateado pasó ante sus ojos. Sintió un fuerte y doloroso golpe en el hocico. Sus sentidos captaron una masa en movimiento a su derecha, un poco por encima. Podía oír su potente corazón y sentir los impulsos eléctricos que emitía su cuerpo. Al mirar hacia allí pudo ver a su atacante, que se alejaba rápidamente. Se paró a una distancia respetable y le mostró el flanco, invitadora. Su mente se llenó de júbilo. Otra presa más, joven y nutritiva. Y muy lista. Lo estaba provocando para que se alejase de la entrada de la cueva. Pero él no era estúpido. No iba a perder a ninguna víctima. Las necesitaba a todas. Hacía demasiado tiempo que se alimentaba de pequeños crustáceos y carroñas diversas, sin disfrutar del placer y la emoción de la caza. Era uno de los ejemplares más grandes y veteranos de su especie; no se iba a dejar engañar por una cría ni pensaba dejar escapar a ninguno de los sabrosos bocados que aguardaban dentro de la gruta. Había sido un bonito detalle, por parte de sus presas, agruparse todas juntitas en un lugar sin escapatoria. Le habían ahorrado mucho tiempo y energía.

      Sin soltar a su víctima recién capturada, valoró a su oponente. Tan sólo era una cría, un poco crecida, de una de aquellas extrañas criaturas que venían del cielo de vez en cuando. Había tenido la oportunidad de saborear a varias de ellas a lo largo de su vida. Eran absolutamente deliciosas, a pesar de la coraza metálica. Y cuanto más jóvenes, más sabrosas. Aumentó la presión en el vientre de su presa. Ésta se agitó. Podía sentir cómo las placas blindadas que protegían sus órganos empezaban a ceder. Notaba en sus mandíbulas leves chasquidos y discretos crujidos. Pronto podría hundir su hocico en las cálidas y suculentas entrañas de la criatura.

     Entonces, la pequeña se colocó en posición de ataque y avanzó. Se sorprendió. Aquella cría no parecía tenerle ningún miedo. No podía creerlo. Pero... ¡si se estaba atreviendo a atacarlo! ¿Aquella pequeña mequetrefe pretendía ser una rival digna de él? ¿De él, que era siete u ocho veces mayor que ella? Su mente saboreó una divertida y cruel anticipación. Oh, sí. Iba a disfrutar de una manera que ya no recordaba desde hacía mucho tiempo.

        Y sería aún mejor dentro de pocos momentos, cuando llegasen los demás. Jugaría con su ridícula atacante mientras tanto.

       Con un brusco latigazo de su cuello golpeó violentamente a la Caparazón contra la pared rocosa. La víctima se encogió de dolor e, inmediatamente, quedó inerte. Había perdido la conciencia. O quizá muerto. No le importó especialmente. La dejó caer en la entrada de la cueva, empujándola con el hocico. Así no se escaparían las demás presas. Allí estarían a buen recaudo mientras se divertía con su nuevo juguete.

       Entonces sintió un fuerte golpe en el costado derecho, seguido de un agudo y lacerante dolor. Giró la gran cabeza con brusquedad, gruñendo amenazadoramente, para ver qué le había pasado. Su sorpresa fue mayúscula. La pequeña Navegante estaba allí, con el morro pegado a su piel. No comprendía cómo se había movido tan rápido. Un momento antes se acercaba con intención de atacar, pero a una distancia considerable. Sólo había bajado la guardia un instante, el tiempo justo de golpear a su presa contra la roca y abrir la boca para dejarla caer en la cueva. Por un momento pensó que debía tratarse de otro individuo. Pero, al cerciorarse, comprendió que era la misma cría. ¿Cómo era posible? Ningún animal podía moverse a semejante velocidad.

      La joven Navegante, con un poderoso golpe de aletas, se alejó de él. Su incredulidad aumentó todavía más al ver el largo y robusto colmillo horizontal que salía de su cuerpo. Un borbotón de sangre enturbió el agua. La cría se alejó rápidamente. En sus ojos pudo ver brillar una inquietante determinación. Y observó también que los bordes delanteros de sus aletas estaban peligrosamente afilados.

     La sorpresa y la confusión dieron paso a la ira y la frustración. Había subestimado completamente a la pequeña. Y ella había aprovechado la ocasión para herirlo. El daño no era grave. Su gruesa coraza, la capa de grasa y sus voluminosos músculos habían evitado que el colmillo alcanzara algún órgano. Pero, aun así, el dolor era intenso. El odio se abrió paso en su mente. Le había sorprendido una vez. No habría una segunda. Giró lentamente, sin apartarse de la cueva y sin quitarle la vista de encima a su oponente. Empezó a emitir su temible gruñido, en un tono tan grave y vibrante que transmitía claramente su profundo enfado. La sangre manaba perezosamente de su herida, lo cual lo enfurecía aún más. Se dispuso a esperar el siguiente ataque.

*

      Destello se detuvo de nuevo, desafiante. Pudo ver los ojos del carnívoro. Se estremeció de aprensión. Aquel animal podía matarla de una sola dentellada; y estaba completamente decidido a hacerlo. Debía actuar con suma precaución, haciendo uso de su inteligencia por encima de la fuerza bruta. La cabeza y el tórax del Desgarrador estaban fuertemente acorazados. Allí estaban sus órganos vitales, pero su colmillo no era lo suficientemente largo para alcanzarlos. Además, aquello la pondría demasiado cerca del alcance de la terrible boca.

      Trató de idear un plan. Su velocidad era mucho mayor que la de él, lo cual era una ventaja. El colmillo y los filos podían dañarlo, pero sólo de forma moderada; y no podían competir con sus mandíbulas y su robusta cola. Él era mucho mayor, mucho más fuerte y mucho más peligroso que ella, lo cual constituía una importante desventaja. Y sabía que era invulnerable a las descargas.

     Necesitaba tomarse un momento para estudiar a su enemigo. Ahora que estaba concentrado en ella, los demás no corrían peligro inmediato. Por lo que veía, podía atacar en tres lugares.

    La mitad posterior del cuerpo del Desgarrador no poseía coraza, pero tampoco albergaba órganos vitales. Sin embargo, podía infligirle grandes cortes que inutilizasen su cola. Con el tiempo, la pérdida de sangre debería debilitarlo bastante.

     También podía intentar atacar las aletas. Si las dañaba lo suficiente, su enemigo perdería gran parte de su agilidad. A lo mejor bastaba para hacer que se batiese en retirada...

      Y, por último, podía atacarlo por debajo. En el vientre era más vulnerable. Quizá su colmillo podría alcanzar algún órgano vital.

     En cualquier caso, su única ventaja clara era su velocidad. Así pues, sus ataques debían basarse en la rapidez. Atacar y huir.

     Si lo acosaba lo suficiente, a lo mejor conseguía alejar al carnívoro de la cueva. En cuanto la entrada estuviese libre, emitiría un aviso a los demás para que se largasen a toda prisa. Y después huiría ella también. No pensaba luchar con aquel monstruo, pues era consciente de que le resultaría prácticamente imposible vencerle.

        Bien. Ya tengo un plan. Lo difícil ahora será llevarlo a cabo”.

    Miró una vez más a su terrorífico oponente. A pesar de su firme determinación y del valor que inundaba su corazón, no pudo evitar un helado estremecimiento.

       El primer error sería también el último

     Se lanzó de improviso, con las aletas delanteras extendidas y todas las demás pegadas al cuerpo. Los impulsores lineales la propulsaron a gran velocidad hacia su oponente. Había tomado la precaución de seguir llenando las reservas de combustible y de mantener los propulsores de la cola a punto para un encendido rápido.

       Se hallaba a poca distancia de su enemigo cuando éste giró violentamente y le presentó las fauces. Destello, que se esperaba algo así, rotó sobre sí misma. Las mandíbulas se cerraron con un chasquido a poca distancia de su lomo. La joven se desplazó a lo largo del inmenso cuerpo del animal por la derecha de éste, mientras se acababa de dar la vuelta. Cuando sus costados estuvieron perpendiculares, extendió la aleta trasera hasta alcanzar la piel desprotegida de la mitad posterior. El temible filo se deslizó por la piel, hundiéndose en la carne mucho menos de lo esperado. Pudo sentir que su cuchilla iba topando contra algo a todo lo largo del corte. Se apartó a toda velocidad, esquivando un violento coletazo del carnívoro. Al alejarse, comprobó contrariada el poco daño que había hecho. El corte tenía la longitud de sus aletas delanteras, pero apenas sangraba.

       Aquello no se lo esperaba. Al parecer, aquella alimaña disponía de algún tipo de refuerzo o coraza también bajo la piel. Y ello suponía un gran problema.

      Además, las mandíbulas del Desgarrador se habían cerrado demasiado cerca de su lomo. Había estado a punto de atraparla. Un escalofrío la recorrió. Debía extremar las precauciones.

       El animal rugía enfurecido. Dos veces había atacado la joven Navegante y dos veces lo había herido sin ni siquiera lograr rozarla. Pero no abandonaba la posición frente a la cueva. Destello se sintió disgustada. Tras aquellas dos heridas debería haberse retirado o haberla perseguido. En vez de eso, permanecía allí, inmóvil y sangrando.

      Pues bien. Habrá que ser más convincente, pensó sarcástica… aunque un nuevo escalofrío recorrió su cuerpo.

      Volvió a ponerse en movimiento, pero lo hizo más lentamente. Se dirigió hacia el carnívoro, atenta a sus movimientos. Podía magtir claramente las ondas eléctricas que emitía el cuerpo de su enemigo, lo cual le permitía prever en parte sus movimientos. Seguía un rumbo un tanto errático, tratando de parecer indecisa. Pero tenía muy claro dónde iba a golpear la próxima vez.

     Aceleró de repente girando hacia la derecha, hacia la pared rocosa. Viró bruscamente a la izquierda, como si pretendiese atacar de nuevo el flanco derecho de su oponente. A apenas una aleta de distancia de las horribles mandíbulas viró violentamente a la derecha de nuevo. El Desgarrador quedó descolocado. Sus mandíbulas se cerraron en el agua con un chasquido salvaje, mientras la pequeña pasaba de costado, a toda velocidad, entre su cuerpo y el acantilado. Extendió la aleta trasera derecha y su filo golpeó la enorme extremidad delantera izquierda del carnívoro. El borde cortante rajó la carne hasta llegar al gigantesco hueso anterior, en el que no pudo penetrar. El filo se deslizó a todo lo ancho de la aleta, cortando la piel y la carne, rebotando sobre los huesos interiores. El Desgarrador se giró bruscamente hacia la izquierda al sentir el lacerante dolor. Pero estaba demasiado cerca de la pared de roca y sus mandíbulas golpearon con fuerza contra la piedra. Mientras, Destello había llegado a la aleta posterior. Pero no pudo dañarla porque el Desgarrador retiró la extremidad hacia arriba. Se giró sobre sí misma un cuarto de vuelta y vio consternada que la enorme cola se le echaba encima a gran velocidad. No pudo esquivarla.

      La musculosa masa la golpeó con dureza en la parte posterior del cuerpo, aplastándola contra el acantilado. Su resistente esqueleto aguantó perfectamente, pero el dolor la abrumó. Aturdida por el impacto, se escabulló rápidamente en el momento que la pesada cola volvía al ataque.

      No había sufrido daños, tan sólo estaba un poco magullada. Pero el choque había sido realmente violento.

      A cambio, el Desgarrador lucía un nuevo tajo sangrante, algo más severo que los anteriores. Con toda seguridad, debía producirle un dolor y un escozor realmente intensos.

      Aunque no quería confiarse se sentía pletórica. Tres veces había atacado. Y tres veces había burlado a su enemigo, hiriéndolo con saña. Sabía que se le acababan las posibilidades de engañarlo. Pero una parte de ella estaba disfrutando. Casi se podría decir que se divertía. Se alejó de su enemigo para dar la vuelta y volver a atacar.

     Al Desgarrador lo consumía una furia ilimitada. Su cólera era de tal magnitud que el deseo de venganza se impuso a todo lo demás. Se olvidó de la cueva y de sus ocupantes. El único pensamiento que albergaba su cerebro en aquel momento era el de atrapar a la joven Navegante. Si lo conseguía la iba a devorar con tanta lentitud y con tanta crueldad que hasta el mar se estremecería de horror. La osada cría iba a sufrir lo que ninguna otra criatura había sufrido jamás. Sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron en la pequeña. Le presentaba la cola. Por tanto, no lo veía. Con un rápido movimiento de la cola y las aletas se lanzó tras ella. El dolor que le produjeron sus heridas al moverse lo enfureció todavía más.

      Destello se percató de la maniobra de su enemigo apenas un latido antes de que las mandíbulas de éste se cerrasen sobre su cola. Aterrorizada, cambió bruscamente de dirección. El horrible hocico rozó su blindaje. Dos o tres dientes lograron hacer presa, pero tan sólo mellaron ligeramente su piel metálica. La joven aleteó con toda su alma, tratando de alejarse del temible atacante. Ni siquiera se acordó de usar los impulsores.

       El Desgarrador lanzaba dentelladas a tal velocidad que la pequeña no podía hacer otra cosa que girar a su alrededor, confiando en su menor tamaño para mantener alejadas aquellas horribles mandíbulas. Ni se le ocurrió tratar de herirlo de nuevo. Estaba tan aterrada que sólo podía pensar en escapar.

     Tras el tercer ataque, se había alejado de su adversario sin mirar atrás. Había bajado la guardia un instante y su error casi le había costado la vida. El Desgarrador le había devuelto la jugarreta. Ahora no conseguía zafarse del carnívoro. A pesar de su enorme tamaño, era extremadamente ágil y rápido. Lo único que podía hacer era trazar un cerradísimo y continuo giro, de radio inferior al que era capaz de realizar su enemigo, de manera que el esqueleto del predador le impidiese curvarse más y alcanzarla. Si trataba de escapar estando tan cerca, el cazador la atraparía con toda seguridad. La maniobra de Destello la sumergía cada vez más, trazando una inexorable espiral descendente. La joven era consciente de que no podría soportar la presión a partir de cierta profundidad. El Desgarrador le llevaba ventaja en aquel aspecto, pues habitaba las llanuras abisales. Debía conseguir zafarse de él antes de sumergirse demasiado, o estaría irremediablemente perdida. Pero en aquel instante tenía una prioridad todavía más urgente en su cerebro.

        —¡Mamá, Río, todos! ¡Salid de ahí! La boca de la cueva está libre. Abandonad la gruta. ¡Ya! (Urgencia, Impaciencia) —emitió a toda potencia. Todos sus amigos se quedaron estupefactos.

     Pensaban que estaban perdidos cuando la Caparazón cayó. Luego percibieron señales de lucha, pero supusieron que era el Desgarrador devorando a su desdichada compañera. Nunca podrían haber imaginado que era Destello la que, desobedeciendo a su madre, los había salvado.

         Tras los primeros instantes de desconcierto, reaccionaron con prontitud.

¡Rápido, rápido! los azuzó Cuidadora.
Vamos, pequeños, vamos. Salid rápido. Río, Bondadosa; ved si podéis ayudar a la Caparazón que ése salvaje ha atacado (Aprensión) —Luchadora tomó rápidamente las riendas de la situación con especial eficacia. Río y Coral empujaron a la desdichada Caparazón, que bloqueaba parcialmente la entrada de la cueva. Una vez fuera, trataron de despertarla.
Marchaos lejos. Yo mantendré entretenido a este bicho. Destello mostraba un gran valor y aplomo. Pero su madre detectó algo que no le gustó nada en la transmisión de su hija: miedo.

       La adulta afinó sus sentidos al máximo y se concentró en rastrear la zona en busca de su hija. Pudo percibir los dos cuerpos, girando rápidamente el uno alrededor del otro. Pero el carnívoro dominaba la situación claramente. Destello no se dejaba perseguir por el Desgarrador. Huía desesperadamente de él. Y, para empeorarlo, se estaban sumergiendo demasiado. La pequeña y el cazador estaban a unos cinco Grupos de Cuerpos de profundidad. Y ningún Navegante podía soportar una inmersión superior a los ocho Grupos de Cuerpos. Cuando su hija rebasase el límite, la presión la mataría. Y si no era así, lo haría su enemigo. Su corazón se encogió de angustia. La joven los había salvado, pero iba a pagar con su vida aquel acto de valor.

      Desesperada, Luchadora hundió la cabeza y empezó a sumergirse a toda velocidad. Debía llegar hasta ellos antes de que la presión matase a la pequeña. Si conseguía distraer un instante a su perseguidor, la joven escaparía sin problemas.

      Pero las cosas se torcieron de repente. Sus sentidos captaron que algo subía desde las profundidades, siguiendo el enorme y vertical acantilado. Cuatro seres de gran tamaño, desplazándose desde cuatro puntos distintos, ascendían a toda velocidad hacia el lugar en que se encontraban todos ellos. Al fijarse mejor, los identificó. Y su alma se heló de terror.

      Desgarradores. Dos hembras adultas y dos ejemplares adolescentes.

*

       “No me lo quito de encima, pensó la pequeña, angustiada. Por más que trataba de sacarle ventaja en el giro, el carnívoro viraba sobre sí mismo a la misma velocidad que ella. Su gran corpachón, además, estaba un poco por encima del suyo, con lo que la obligaba a sumergirse cada vez más.

      Y su madre se dirigía hacia ellos desesperada, para tratar de ayudarla. Debía lograr zafarse del Desgarrador antes de que ella llegase. El depredador podría herirla y eso era algo que no pensaba consentir.

       Se le ocurrió una idea. Si le lanzaba una descarga concentrada, a lo mejor lograba desconcertarlo durante un instante. Suficiente para tratar de huir. Reunió la energía de su organismo, concentrándola en la punta de la cola. Sus órganos bioluminescentes empezaron a brillar. Aunque trató de evitarlo, concentrarse en acumular electricidad redujo ligeramente su velocidad, con lo que las mandíbulas de su enemigo se cerraban, en aquel momento, alarmantemente cerca de ella. La energía alcanzó un punto crítico. Estaba a punto de lanzar la descarga cuando lo sintió.

       Cuatro animales de grandes dimensiones ascendían a gran velocidad hacia la posición de su familia. Su señal era inconfundible. Cuatro Desgarradores.

      El alma de la joven se encogió de pánico y desesperación. Aquello ya era demasiado. Si luchar contra un enemigo de aquel calibre se estaba convirtiendo en un desafío de dificultad extrema, enfrentarse a cuatro más era, a todas luces, imposible.

         “Bien. Ahora o nunca. Espero que funcione.

     Los músculos de su cola vibraron con intensidad y la potente energía concentrada se liberó de golpe. Pero, en vez de expandirse en ondas concéntricas alrededor de su cuerpo, la electricidad saltó, en forma de relámpago, desde su cola a la cercana mandíbula inferior del carnívoro. El destello luminoso sorprendió a la pequeña y cegó momentáneamente al Desgarrador. La tremenda descarga provocó una quemadura en el hocico de su adversario y se expandió por sus tejidos. Como el animal estaba protegido ante los impulsos eléctricos, no sufrió ningún daño. Pero la momentánea ceguera bastó.

        La joven lo había conseguido, aunque de una manera algo distinta a lo que había planeado. No se esperaba en absoluto el rayo eléctrico que se había emitido desde su cola, ni el consiguiente destello. A aquella profundidad, en la oscuridad más absoluta, la brillante explosión luminosa había incapacitado con más eficacia al carnívoro que la propia descarga.

     No perdió tiempo y ascendió en línea recta. Estaba a demasiada profundidad. La presión era abrumadora para ella. Debía salir de allí cuanto antes. Aleteó con toda su alma a la vez que usaba los impulsores longitudinales. Empezó a sentirse mejor a medida que la presión descendía.

      Seguía percibiendo a los otros cuatro Desgarradores. Uno de los más jóvenes se había lanzado a por su madre. Era la más cercana y estaba sola, a media distancia entre la superficie y el lugar en que se encontraba Destello.

      Mamá se había dado cuenta de todo. Sabía que su hija había logrado escapar por el momento de su adversario. Y también sabía que un Desgarrador adolescente se dirigía directamente hacia ella. Así que giró bruscamente y se dirigió hacia la superficie.

        Cuidadora se estaba llevando a todos los pequeños lejos de allí, a un lugar seguro en alta mar. La Caparazón herida estaba siendo ayudada a huir por su otra congénere y por Bondadosa y Coral. Río se había quedado atrás, con intención de ayudar a Luchadora y Destello en caso de necesidad.

        Amanecer y Bebé se separaron del grupo de Cuidadora y se acercaron al de Bondadosa y Coral.

        —Que una de vosotras vaya a ayudar a las demástransmitieron a las adultas.Nosotras nos ocupamos de las Caparazones.
          —Pero hijas... (Asombro)
          —Vamos, no perdáis el tiempo (Urgencia) —emitió con aplomo Amanecer.
          —O va alguna, o vamos nosotras (Determinación) —dijo Bebé.
      —Está bien. Tened cuidado y marchaos lejos (Orgullo, Admiración) —respondió Coral tras observarlas un momento. Dio media vuelta con elegancia y se lanzó a toda velocidad hacia el acantilado, presta a ayudar en lo que hiciese falta. Bondadosa se quedó con las pequeñas, ayudando a la Caparazón herida, aunque deseaba fervientemente salir tras Coral.

     Pero, sin su ayuda, Amanecer, Bebé y la otra Caparazón no podrían remolcar a su desdichada compañera. Además, aunque odiaba admitirlo, aquellos carnívoros la llenaban de un terror tan profundo que la hacía temblar hasta lo más hondo de su ser.

*

       Luchadora ascendía rápidamente, pero el joven Desgarrador se acercaba cada vez más, acosándola sin tregua. Ella no poseía armas como Bandas y Destello. Aún así, era casi el doble de grande que su atacante. No estaba especialmente preocupada. El carnívoro se situó a menos de un Cuerpo de distancia y, nadando con brío, atacó con las mandíbulas abiertas. Justo cuando estaba a punto de cerrarlas sobre su piel, la Navegante frenó en seco y giró sobre sí misma. El inexperto animal pasó justo por su lado, mordiendo tan sólo agua vacía. Con un movimiento rapidísimo, Luchadora le propinó un tremendo golpe, con el canto anterior de la aleta, en medio del costado derecho. El repulsivo crujido que las costillas hicieron al partirse fue claramente audible. El animal se retorció de dolor, lanzando un extraño rugido entrecortado. Acto seguido se alejó de ella, nadando precariamente hacia una de las hembras adultas, seguramente su madre. La Navegante continuó su ascensión hacia la superficie. Río se quedó en su posición, lista para tratar de contener a sus enemigos hasta que llegase Destello. Entonces escaparían de allí en pos de los demás. Coral, viendo el cariz que tomaba la situación, se dirigió hacia Río, dispuesta a prestarle su ayuda.

      La pequeña, por su parte, ascendía rápidamente, atenta a todo cuanto sucedía a su alrededor. Había percibido cómo su madre se liberaba del carnívoro adolescente sin ningún problema. Había sido un ataque de experta. Estaba realmente impresionada. El animal herido se había refugiado tras la que debía ser su madre, que rugía irritada aunque indecisa, debatiéndose entre la necesidad de proteger a su hijo y las ganas de dar caza a aquellas presas tan apetecibles. La otra adulta se dirigía resueltamente hacia las dos Río y Coral. Por su parte, el Desgarrador al que ella se había enfrentado, el macho adulto, se mantenía en las profundidades, navegando erráticamente. Parecía haber comprendido que su supuesta víctima no era tan fácil de vencer como había creído en un principio, así que actuaba con precaución, a la espera de una oportunidad favorable.

       Al que no localizaba era al último animal, al segundo ejemplar adolescente. Lo había tenido controlado hasta el momento en que mamá se defendió. Como centró toda su atención en ella, le perdió la pista momentáneamente. Forzó sus sentidos, tratando de localizarlo. No se podía subestimar a ningún enemigo, así que quería saber dónde estaban todos ellos.

        Lo encontró por fin. Y la angustia la invadió.

        Iba tras Cuidadora y las crías.

*

      Bandas nadaba justo al lado de Cuidadora, azuzando al grupo de crías. Amanecer y Bebé permanecían al lado de las dos Caparazones. La hembra herida aguantaba, aunque sus lesiones eran muy graves. La rotura de algunas placas y el aplastamiento de los músculos le ocasionaban un agudo sufrimiento. Por suerte ya se había detenido la hemorragia. Pero estaba muy débil y no podía navegar. Sin la ayuda de las demás estaba perdida. Y, además, estaba preocupadísima por Destello.

       Las dos jóvenes Navegantes trataban de animar y alentar a sus amigas, que estaban muy preocupadas por el resto de la familia. Sobretodo por la valiente Destello. Se sentían profundamente admiradas por la determinación de la joven cría, que había logrado salvarlos a todos de una muerte segura y horrible. Podían captar perfectamente las transmisiones que las Navegantes se enviaban entre sí y, de esa manera, podían seguir parcialmente el rumbo de los acontecimientos.

      Todo el grupo que huía se llenó de júbilo cuando se enteraron que la pequeña había conseguido burlar a su atacante en las profundidades. Y les encantó la forma en que Luchadora se libró del joven carnívoro, sin matarlo. A ninguno de ellos le gustaba matar a otros animales. No eran cazadores y sólo lo hacían si no les quedaba más remedio.

        —Bandas, por favor. ¿Me puedes sustituir?pidió Bebé—. Es que estoy cansada...
           —Ahora mismo voy.  Es normal que te canses. Llevas mucho rato ayudando a la Caparazón y aún eres muy pequeña.

       El joven macho viró rápidamente en la penumbra líquida. Navegaban a medio cuerpo de profundidad pero, como la estrella ya se había escondido, había muy poca luminosidad. Sin embargo, sus retinas podían ver a voluntad en muchos tipos distintos de luz, desde la que sólo revelaba calor, por debajo del color rojo, hasta la que hacía brillar ciertos materiales con colores de fantasía, justo por encima del color violeta de la luz normal.

     Como estaba muy oscuro, adaptó su visión para percibir variaciones térmicas. Las dos Navegantes y las dos Caparazones eran perfectamente visibles en aquellas circunstancias. En su cerebro las veía completamente definidas pero, en vez de percibir los colores habituales de su piel, las cuatro hembras exhibían unos patrones de tonalidad cambiantes y fluidos, acordes a las temperaturas de las diferentes partes de sus cuerpos. Su mente interpretaba cada pequeña variación asignándole un color específico. Los tonos iban desde el azul profundo para las zonas más frías, hasta el amarillo intenso para las más calientes. El agua se revelaba negra en aquella longitud de onda.

       Bebé estaba en general más caliente que Amanecer, lo cual confirmaba que la pequeña se estaba esforzando más que su compañera. Era casi media Gran Revolución más joven que las demás crías de Navegante de la familia y, por tanto, más menuda. La Caparazón herida, por su parte, mostraba una gran mancha de un amarillo intenso en la zona ventral, pues el aporte sanguíneo era mayor en aquella área para facilitar la curación. En consecuencia, aumentaba la temperatura. La otra Caparazón exhibía los patrones térmicos normales, igual que Amanecer: anaranjado subido en aletas, costados y en el centro del cuerpo, donde estaban el corazón y el cerebro, y tonos del rojizo al azul aguamarina en el resto del cuerpo. A Bandas siempre le había parecido gracioso el contraste que se producía entre la cabeza azul oscuro y los ojos intensamente amarillos. Era divertido. Aquellas cosas no las podía ver cuando era de día, a menos que se sumergiesen hasta la zona de oscuridad eterna. Los pequeños acostumbraban a jugar a aquello a veces. Se sumergían hasta los siete u ocho Cuerpos y se miraban unos a otros usando la luz térmica. Formaban dibujos abstractos y forzaban cambios de color contrayendo o relajando los músculos. Era uno de sus juegos preferidos.

       Le parecía increíble. Estaba pensando en jugar en medio de una situación tan tensa y peligrosa. Quizá la mente necesitaba alejarse momentáneamente de la realidad en casos de crisis para centrarse... A saber. Lo que sí sabía era que, o variaba su rumbo o colisionaba de frente con sus amigas. Giró un poco a la derecha, para esquivarlas. Luego viraría a la izquierda y las atraparía desde atrás. Iba a saludar a sus compañeras con unos destellos cuando sus ojos captaron un leve resplandor térmico tras ellas, en la lejanía. No estaría a más de seis o siete cuerpos de distancia. Se alegró. Seguro que eran Destello y las demás que regresaban. Sin embargo...

      Se fijó mejor. No eran cuatro objetos, sino uno. Y se movía de un modo algo extraño. Pero el agua absorbía la mayor parte de la radiación térmica a aquella distancia, por lo que el joven tan sólo veía un borrón de tonos anaranjados y rojizos.

         —Gracias. No aguantaba más (Alivio) —emitió Bebé alegremente.
         —Hola, Bandas. ¿Qué haces? ¿No vienes? preguntó Amanecer.
   —Un momento. Seguid vosotras. Ahí detrás hay algo extraño (Curiosidad, Suspicacia)
      —¿Qué pasa, cariño? ¿Qué has visto? (Alerta) —Bondadosa se había puesto en guardia ante la transmisión del joven.

     El pequeño no contestó. Se limitó a flotar inmóvil, con los sentidos aguzados al máximo, tratando de identificar al ser que se acercaba a ellos. Su percepción no era, ni de lejos, tan precisa y tan potente como la de su amiga Destello. Pero, para la media normal en la especie, era un ejemplar muy bien dotado. Al cabo de unos instantes pudo magtir los patrones eléctricos del cuerpo del intruso. En el mismo momento en que comprendió cuál era la naturaleza de la criatura que se aproximaba a toda velocidad, una ráfaga de energía estalló en el agua. Era una señal de extrema urgencia, un aviso desesperado. Por la tremenda potencia de la comunicación supo enseguida quién la enviaba.

       —¡¡CUIDADORA, BONDADOSA, ATENCIÓN!! ¡¡UN DESGARRADOR SE DIRIGE DIRECTAMENTE HACIA VOSOTROS!! (Alerta extrema, Urgencia) —Destello transmitió con toda la potencia de que fue capaz. Pensó que quizá, al ser el enemigo un ejemplar joven, entre Cuidadora, la Caparazón sana, Bondadosa y Bandas podrían mantenerlo a raya hasta que ella y las demás llegasen. En respuesta, todos los del grupo aceleraron para escapar. Todos menos uno.

       En comparación, él y yo somos equivalentes. Soy capaz de tenerlo ocupado el tiempo que haga falta. Sólo tengo que aguantar hasta que lleguen mamá y las demás. Mientras tanto, Cuidadora y el resto podrán huir lejos, pensó el pequeño Navegante con aplomo.

         —Marchaos de aquí. Yo lo contendré (Seguridad, Orgullo)
      —Pero, ¿qué estás diciendo? ¿Estás loco? (Incredulidad) —Bebé se detuvo en seco.
   —Bandas, no hagas el tonto. No has de demostrar nada a nadie (Angustia) —Amanecer sabía que ella le gustaba al joven. Por supuesto, era una atracción infantil. Les faltaba mucho tiempo a ambos para madurar sexualmente y poder sentir un interés real el uno por el otro.Así no me vas a impresionar, ¿vale? No quiero que te hagan daño (Preocupación)
       —No quiero impresionarte, ¿qué te crees? (Indiferencia) Quiero darle una lección a ese energúmeno, eso es todo (Engreimiento) —Pero no logró engañar a nadie. No pudo controlar que su transmisión se viese teñida de preocupación y de miedo por ella y por los demás. Quedó claro que no quería lucirse, sino que deseaba protegerlos con toda su alma.

      Sí, también lo hago para impresionarte. Espero que esto salga bien, o no tendré tiempo de arrepentirme. La verdad es que tengo miedo.

        —Bandas, vuelve aquí inmediatamente (Nerviosismo) —transmitió Cuidadora.
  —Regresa aquí ahora mismo, jovencito (Autoridad, Inquietud) —emitió Bondadosa.
      —¡No discutáis y largaos de aquí! (Aplomo) Vosotras podéis ayudar a las Caparazones y a sus crías. Sólo yo tengo armas para enfrentarme a él.
       —Pero, Bandas, es un animal muy peligroso. Te puede matar (Miedo)
      —Tranquila, Cuidadora, que eso no va a pasar. Es un joven como yo. Podré mantenerlo a raya mientras os ponéis a salvo (Seguridad).

      Las dos adultas, admiradas por el valor del joven, y muy preocupadas por la suerte que podía correr, decidieron confiar en él y poner a salvo a todos los demás.

     El Desgarrador estaba a tan sólo tres cuerpos. Ya podía verlo claramente. Era un ejemplar imponente a pesar de su juventud. El carnívoro era algo menor que él, pero ágil y rápido. Y sus mandíbulas estaban lo suficientemente desarrolladas como para infligir severas heridas. No podía subestimarlo. Era joven e inexperto, como él. Aun así, era un rival digno y peligroso.

      Y yo soy un macho de Navegante, fuerte y rápido. Mis armas son más peligrosas que las suyas. Y soy más inteligente, pensó, tratando de convencerse a sí mismo. No se sentía completamente seguro. Durante un latido se preguntó si no estaría cometiendo un gravísimo error...

      Desechó aquellos pensamientos y se concentró en el Desgarrador. Ya hacía rato que éste había visto al joven esperándolo allí, desafiante. Se acercaron más y empezaron a dar una vuelta muy lenta el uno alrededor del otro. Se estaban valorando mutuamente, sopesando las capacidades del rival. Sus miradas se mantenían fijas. Los ojos de Bandas destellaban desafiantes, con determinación. Los del joven Desgarrador, de ansia y anticipación. El Navegante era consciente de que a su enemigo le movía el hambre y el instinto depredador. No lucharían por ver quién era más fuerte. El carnívoro tenía toda la intención de devorarlo. A él y a los demás. Pero no se amilanó. Aquel día nadie se lo iba a comer.

    De pronto, el joven cazador lanzó una dentellada a la velocidad del relámpago. Él recogió las aletas de la derecha con la misma rapidez. Las mandíbulas sólo mordieron agua. Inmediatamente, Bandas giró sobre sí mismo y  lanzó un veloz contraataque con los peligrosos filos metálicos de las aletas izquierdas. El Desgarrador, contorsionándose hábilmente, escapó por poco de las terribles heridas que habría sufrido si el Navegante lo hubiese alcanzado.

    Se alejaron a una distancia prudencial y volvieron a girar lentamente alrededor de un punto imaginario situado entre ambos, desafiándose mutuamente. El ataque y el contraataque se habían producido en apenas un parpadeo. La breve escaramuza les sirvió para calibrar las habilidades del otro. El Desgarrador se dio cuenta de que el Navegante era más peligroso de lo que parecía, pues había estado a punto de causarle severas heridas. Por su parte, Bandas comprendió que su adversario representaba una seria amenaza para él. Estaban muy igualados en fuerzas y reflejos. Sabía que ninguno de los dos ganaría. Lo único que conseguirían sería herirse y perder el tiempo. Pero eso a Bandas le bastaba. Tiempo era, precisamente, lo que trataba de conseguir.

     El carnívoro rugió y tensó los músculos, mostrándose amenazador. Se estaba exhibiendo, tratando de asustarlo. Bandas, por su parte, respondió al desafío concentrando energía, haciendo brillar su cuerpo y mostrando los filos de las aletas. Él también sabía exhibirse. Ambos se mantuvieron a distancia, atentos a cualquier momento de vacilación de su adversario.

       El Desgarrador se agitó. Percibía que el resto de la familia se alejaba y que el joven Navegante sólo quería entretenerlo. Pero era consciente de que, si no vencía a su adversario, éste no le dejaría reanudar la persecución de las crías. Bandas, por su parte, entendía perfectamente el crítico riesgo al que se estaba exponiendo: si Destello y las demás sucumbían, él sería la última línea de defensa de la manada. Y no aguantaría ni un latido frente a los Desgarradores adultos. Su destino no dependía de su pericia durante el combate contra su joven enemigo, sino de la suerte que corriesen su madre y sus amigas allí atrás.

*

         Las dos hembras se pusieron en movimiento al unísono, en dirección a las tres Navegantes. Gruñían pavorosamente a la vez que incrementaban progresivamente su velocidad. El joven Desgarrador herido se quedó atrás. No estaba en condiciones para atacar. Luchadora, Coral y Río, alarmadas por la maniobra de sus adversarias, se pusieron en guardia inmediatamente. Ellas eran tres, pero no tenían el armamento de sus atacantes. Debían huir. No tenían posibilidades contra las temibles cazadoras. Podrían contenerlas durante un tiempo, pero el resultado siempre sería el mismo e invariable: serían derrotadas. Esperarían a Destello tratando de mantener a raya a las Desgarradoras y luego huirían a toda prisa. Eran más rápidas que sus adversarias, así que lograrían dejarlas atrás.

        La joven percibió que las dos cazadoras adultas se abalanzaban contra su madre y las demás. Con un rápido cálculo descubrió que podía interceptar a una de ellas antes de que las alcanzaran. Así que forzó sus músculos todo lo que pudo al mismo tiempo que volcaba energía sobre los impulsores lineales. Ascendió rápido, pero menos de lo que había esperado. Como si le costara moverse.

      Fue en aquel instante cuando comprendió, sorprendida, lo increíblemente cansada que estaba. Llevaba luchando desesperadamente y sin tregua casi todo un Ciclo. Primero contra la salvaje explosión del mar y la huída de las olas gigantes. Después Cuidadora y ella habían sobrevivido a la traicionera emboscada en el acantilado. Y ahora, encima, estaba metida de lleno en una lucha sin cuartel con varios Desgarradores, con pocas probabilidades de salir con vida. Era demasiado. Su organismo había llegado al límite en dos ocasiones. Estaba agotada. No aguantaría mucho más. Y mucho menos contra enemigos tan peligrosos como aquellos.

            “Oh... Estoy tan cansada...

     Pero no se rindió. Encontraría el modo de sobreponerse y continuar luchando. Tenía las vejigas llenas de combustible. Todavía no se le habían agotado las opciones.

      Las Desgarradoras se hallaban a unos seis Cuerpos de su madre y las demás, avanzando rápidamente. Ella estaba a menos de cuatro Cuerpos del punto en que calculaba que las interceptaría. Entonces se dio cuenta de que se encontraba en una posición de ventaja de la que no había gozado contra el macho: bajo las dos cazadoras. Éstas estaban tan obsesionadas con las tres Navegantes adultas que ni siquiera se habían dado cuenta de que la pequeña ascendía a toda velocidad hacia ellas. Su mente se centró de repente. No podría atacarlas a las dos a la vez, pues estaban demasiado alejadas entre sí. Pero tenía la oportunidad de dañar a una de ellas lo suficiente como para que se retirase de la lucha. Mamá y las demás tendrían más oportunidades contra una cazadora que contra dos.

       Corrigió ligeramente su rumbo y forzó su organismo al límite, dirigiéndose con resolución hacia la Desgarradora más cercana. Su vulnerable vientre estaba expuesto. La primera intención fue atacarla con los filos. A la velocidad a la que ambas colisionarían seguro que lograría provocarle heridas lo suficientemente severas como para que se retirara de la lucha. No era su intención matarla. Y tampoco estaba segura de que pudiese hacerlo.

      Pero descartó de inmediato usar las extremidades armadas. Avanzaban en perpendicular la una a la otra. Por tanto, si una de sus aletas penetraba en el cuerpo de su adversaria en aquellas condiciones, sufriría graves daños. Incluso podría perderla. Así que decidió impactar directamente contra la parte ventral de la depredadora.

     Estaba a menos de dos Cuerpos de distancia de la cazadora. Trataría de golpear justo donde acababa la coraza pectoral. Aunque no alcanzaría órganos vitales, el colmillo se hundiría en toda su longitud. La herida sería importante y dolorosa, pero no mortal. Mamá y las demás no tenían ni idea de lo que pretendía hacer. Estaban concentradas en sus atacantes.

*

      El joven Desgarrador estaba nervioso. El nutrido grupo de crías se alejaba rápidamente, agudizando cada vez más su hambre. Pero Bandas no pensaba ceder. Al mínimo indicio de que su contrincante pensaba ir tras Amanecer y los demás, atacaría sin compasión. El Desgarrador sabía que el joven Navegante esperaba una distracción, un momento de debilidad para asestarle una de sus peligrosas cuchilladas. Ambos eran muy rápidos. Mientras se mantuviesen girando el uno alrededor del otro, estaban en tablas. Si cualquiera de los dos trataba de huir, sería alcanzado por su contrincante sin posibilidad de zafarse del ataque.

      Pero el nerviosismo y la impaciencia estaban haciendo mella en el ánimo del inexperto cazador. Las crías, a las que él podía atrapar y devorar más fácilmente, se alejaban más y más y, con ellas, sus posibilidades de alimentarse. Nada podía contra los ejemplares adultos. Si sus padres, su hermano y la otra hembra no conseguían aniquilar a las grandes y poderosas presas, no tendría nada que llevarse a la boca. Debía deshacerse de su molesto adversario. Era un rival al que no podía subestimar pero el hambre era más fuerte que la prudencia.

     Atacó de improviso. Nada en sus movimientos previos le indicó a Bandas que aquello iba a pasar. Si hubiese tenido más experiencia en combate habría visto los sutiles indicios que precedieron a la acción del Desgarrador. Pero su falta de experiencia le pasó factura y no pudo anticipar las intenciones de su adversario.

     Y a punto estuvo de costarle caro. Sus rapidísimos reflejos y su piel metálica lo salvaron de la terrible dentellada. El joven cazador logró alcanzarlo pero Bandas giró rápidamente sobre sí mismo, con las aletas derechas pegadas al cuerpo. Las mandíbulas del Desgarrador se cerraron sobre la piel de su lomo, pero no consiguieron hacer presa. Los temibles dientes resbalaron en las placas, inclinadas a causa de la veloz maniobra del Navegante. Los dientes dejaron varios arañazos profundos en la coraza metálica. Bandas, tras esquivar a su enemigo, completó el giro con una rapidez abrumadora. Extendió completamente las cuatro aletas de la izquierda, con las cuchillas de los bordes orientadas hacia el costado del cazador. Éste, con una brusca contorsión, trató de escapar del contraataque del Navegante. Consiguió esquivar la aleta delantera y la segunda. La tercera rozó su piel, provocándole un ligero corte. Pero la trasera, la de mayor longitud, alcanzó su cola mientras intentaba ponerla fuera del alcance del temible filo. El arma penetró en su carne. El Desgarrador no perdió la extremidad gracias a la robustez de sus resistentes huesos, pero sufrió un respetable corte en el tercio posterior de la cola, que dejó al descubierto parte de los músculos que la componían. La sangre manó a borbotones, enturbiando el agua, a la vez que el animal gruñía de dolor y de rabia.

      Trató de lanzar una nueva dentellada a la parte posterior del Navegante. Éste ya se hallaba lejos de su alcance y giró rápidamente dispuesto a atacar de nuevo. Con la cola herida, el Desgarrador perdió una parte significativa de su maniobrabilidad, pero la furia le dio alas. Se lanzó contra Bandas dispuesto a todo. Un instante antes de chocar de frente consiguió esquivar los afilados colmillos metálicos de su adversario, apoyó la robusta aleta pectoral derecha en la cabeza del joven Navegante y le lanzó un rapidísimo mordisco al lomo. Con aquel punto de apoyo giró y se situó sobre su presa, agarrándolo fuertemente con las aletas, con las que hizo ventosa sobre la lisa coraza. Bandas, sorprendido, trató de alcanzarlo con las cuchillas, pero estando sobre él, le era imposible. El Desgarrador empezó a morder furiosamente la parte anterior del lomo, causándole un gran dolor. Sentía sus dientes rechinar sobre su blindaje, aunque sin lograr atravesarlo. Se debatió vigorosamente, tratando de quitárselo de encima, a la vez que seguía intentando alcanzarlo con los filos de las aletas. Supo que sólo era cuestión de tiempo que lograse afianzar las mandíbulas con la suficiente habilidad como para lograr comprometer su coraza. Maldijo su estupidez. Había bajado la guardia y su adversario le había tomado la delantera. Debía desprenderse de aquel abrazo mortal cuanto antes o su situación se volvería crítica.

*

      La gran criatura espacial estaba a muy poca distancia. Había herido a su hijo y era hora de ajustar cuentas.

       Abrió las mandíbulas y rugió estruendosamente. Pudo ver claramente cómo su presa se estremecía. Era un ejemplar muy grande. Cuando la abatiese, tendrían comida para mucho tiempo. Y los demás seguirían pronto su misma suerte.

       Ella misma era tan grande como su presa, y mucho más feroz y poderosa. La criatura espacial no tenía ninguna opción.

       Estaba a punto de cerrar las mandíbulas sobre su víctima cuando recibió un tremendo impacto desde abajo.

       La fuerza de la colisión la aturdió y la desplazó hacia arriba un buen trecho. Se quedó allí, inmóvil. Experimentó un intenso dolor por todo el cuerpo. A duras penas, bajó la cabeza para ver qué había sucedido.

      Bajo ella, flotando inerte, estaba una de las crías que debían ser sus presas. Sangraba por el hocico. Giró más la cabeza y vio un objeto metálico clavado en la coraza de su pecho. Pero no había penetrado mucho y no había llegado a herirla.

*

    Se dio cuenta de su error apenas un latido antes de colisionar. La Desgarradora, al abrir las mandíbulas para atacar a mamá, había perdido velocidad.

      Y no pudo corregir su rumbo ni frenar a tiempo.

     Se estrelló contra la gruesa armadura córnea del pecho de su oponente, con la fuerza de un asteroide.

      El impacto lanzó a la Desgarradora casi dos aletas hacia arriba.

     Pero ella sufrió daños graves. El colmillo se había roto de raíz y sangraba por la herida. El dolor era tan intenso que se sintió desfallecer. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no perder la conciencia.

     Con gran esfuerzo, miró hacia arriba. La Desgarradora estaba inmóvil, pero se recuperaba a gran velocidad. Pudo ver su colmillo clavado en la coraza pectoral. Sin embargo, apenas había penetrado y la herida debía ser bastante leve.

      Su ataque no había tenido éxito. Y había perdido un arma.

   Mamá se movió rápidamente y se interpuso entre la depredadora y ella, dispuesta a defenderla a cualquier precio.

*

    Su compañera de jauría había recibido un tremendo golpe por parte de aquella cría. Por un momento, detuvo su ataque. Pero, al ver que no estaba herida y que se empezaba a recuperar, centró de nuevo su atención en las dos grandes criaturas espaciales frente a ella.

    Con un amenazante gruñido, empezó a rodearlas. Las dos hembras se mantenían pegadas la una a la otra. Trataban de proteger sus flancos, donde eran más vulnerables a sus temibles mandíbulas. Al ser hembras, podría haberlas atacado directamente. No era la primera vez que degustaba una de aquellas criaturas. Sabía que podía cazarlas con relativa facilidad.

     Pero, tras la contundente defensa que había exhibido la otra adulta con uno de los jóvenes, y tras ver el ataque que había sufrido su compañera por parte de aquella cría con colmillo, prefería ser prudente y buscar el momento oportuno de flaqueza para atacar.

*

     Estaba furioso. La maldita cría lo había burlado de nuevo. Primero se había atrevido a atacarlo por tres veces, hasta lograr que la persiguiese. Aquello había sido un error. Si hubiese esperado, las dos hembras y sus dos hijos habrían dado buena cuenta de las presas acorraladas en la cueva. Pero lo había puesto tan rabioso con sus continuos ataques que tuvo que hacerlo.

     Había estado a punto de lograr atraparla. Sin embargo, la maldita cría era muy ágil. Luego cuando se sumergieron, pensó que al final la alcanzaría. Sabía que aquellos animales no podían aguantar la presión más allá de cierto límite. Y, de nuevo, la cría se la había jugado otra vez.

     Con aquel destello inesperado lo había dejado ciego un buen rato. Y se había escabullido de nuevo. Ninguna presa le había dado tanto trabajo. Nunca. Y ninguna había logrado herirlo como aquella. El odio que sentía hacia la valerosa cría sólo podría ser aplacado cuando pedazos de su deliciosa carne se deslizasen por su garganta.

    Al principio, cuando empezó a recuperar la vista, ascendió para volver a atacarla y saldar cuentas. Sin embargo, su inteligencia se impuso.

    Generó un pequeño campo continuo de electricidad, que lo hacía indetectable a sus presas y dio un gran rodeo, usando el olfato y las líneas laterales sensibles a la presión para orientarse. En aquella agua tan turbia, rodeado por el campo eléctrico, no podía ser visto, oído ni percibido.

     En cuanto tuviese la oportunidad, atacaría.

*

    Bandas estaba desesperado. Su enemigo había conseguido afianzarse y le mordía el lomo con saña.

    Primero lanzaba dentelladas aleatoriamente. Pero, al final, había logrado hacer presa con sus mandíbulas en una parte de la piel acorazada del lomo. La tremenda presión que podía generar aquel joven cazador lo sorprendió. Si un adolescente podía hacerle tanto daño, un adulto lo mataría de una sola dentellada.
    
    El joven Desgarrador retorcía el cuello espasmódicamente, tratando de destrozar los fuertes tejidos que formaban su coraza. Él trataba de alcanzarlo con los filos, se sacudía, giraba sobre sí mismo. Pero aquella alimaña no se soltaba.

     Y luego estaba el dolor. Un dolor tan intenso que nublaba su mente. Nunca había sufrido de aquella manera. Ni tan siquiera podía imaginar algo peor que el tormento que estaba experimentando.

    Sentía que los resistentes tejidos de su piel empezaban a flaquear. Sintió pequeños chasquidos cuando alguna fibra no podía aguantar más y se rompía. Poco a poco, la coraza se iba degradando.

    De un momento a otro, el Desgarrador haría honor a su nombre y le arrancaría el pedazo de armadura. Después, la carne de su lomo quedaría a su merced.

     Pero había aprendido algo de Destello. Su admirable amiga no se rendía jamás. Cuando debió irse y dejarlos, pese a las súplicas para que se alejase de allí y se salvase, había vuelto, había atacado al horrible depredador y los había sacado de la cueva.

      Por lo tanto, él no iba a ser menos. No se iba a rendir tan fácilmente.

     Con la mente nublada de dolor, buscó una solución, una alternativa. Algo que lo librase de la alimaña que taladraba su lomo.

     Entonces fue consciente de la presencia de la pared rocosa del acantilado. Estaba a menos de tres Cuerpos de distancia.

      Se le ocurrió una idea desesperada.

      Presionó los músculos de sus vejigas y encendió los propulsores.

      El joven Desgarrador notó un cambio en su presa y cesó momentáneamente su ataque, sin soltar el bocado.

    Bandas aceleró y se precipitó hacia la pared rocosa como un meteorito enfurecido.

*

     Río y Coral no perdían de vista a su atacante. Temblaban de miedo. Ante tan formidable enemigo sólo podían mantenerse juntas y tratar de golpearla duro con las aletas si se acercaba.

     Pero la Desgarradora era un rival casi invencible. Y el menor error supondría la muerte cruel de una de ellas.

    Podían huir. Eran más rápidas que la predadora. Los propulsores las ayudarían a acelerar rápidamente y luego, aleteando con brío, la dejarían atrás.

    Pero aquello condenaría a Luchadora y a Destello a una muerte segura, cuando las dos Desgarradoras las atacasen a ellas. Y más en aquel momento, cuando la cría estaba inmóvil y aturdida por el impacto.

    Sin embargo, por alguna razón, la Desgarradora se había vuelto prudente tras el ataque de la pequeña.

     Así que, aprovechando aquella momentánea indecisión de su adversaria, se mantuvieron firmes, plantándole cara. Prestas a huir en cuanto Destello estuviese en condiciones de escapar.

*

      El aturdimiento inicial ya había remitido. El colmillo clavado en su pecho le molestaba bastante, pero allí no podía hacer nada para quitárselo.

     De todas formas, tenía objetivos más inmediatos. Quería atacar a la cría, pero una de las adultas, seguramente la madre, se había interpuesto. Pues bien, liquidaría a la madre y a la cría. A una por herir a su hijo. A la otra por atacarla a ella.

      Empezó a moverse hacia su presa, con precaución. No caería en el error de subestimarlas. Pero, aprovechando el momento adecuado, acabaría con ella sin demasiados problemas.

      La criatura espacial se puso a la defensiva, con las ocho aletas desplegadas, manteniéndose entre ella y su hija. En sus ojos pudo adivinar un brillo de determinación. No tenía miedo. Se sorprendió. Aquella era una reacción que no esperaba. Todas sus presas temblaban de pánico cuando ella aparecía. En cambio, aquel animal le plantaba cara con valor y decisión. Un desafío interesante. Una parte de ella no pudo por menos que admirar el arrojo de su presa. Debía actuar con suma cautela.

    Todavía dolorida por el ataque de la pequeña, se puso en movimiento y empezó a rodear a la madre, sin quitarle ojo. La emoción de una caza tan estimulante hizo que se olvidase de su dolor y su cuerpo volvió paulatinamente a funcionar con precisión. Como siempre. Sentía sus músculos ondular bajo su piel, tan tensos que parecían a punto de estallar. Sólo debía aprovechar la oportunidad y liberar aquella tremenda fuerza en un ataque relámpago demoledor.

*

      El lacerante dolor de su colmillo roto le impedía pensar con claridad. Cuando los dientes del Bocasierra penetraron la coraza de su lomo, durante el ataque a las Aulladoras, creyó que no era posible experimentar un sufrimiento mayor. Evidentemente, se equivocó. Aquella herida era un rasguño comparado con el profundo y agudo dolor provocado por la pérdida del colmillo.

     Sus sentidos estaban embotados. Apenas podía abrir los ojos. Tan sólo podía oler el agua marina, saturada de gases volcánicos, y su sangre, que flotaba a su alrededor. Por suerte, la hemorragia ya había cesado.

     Entonces percibió que la Desgarradora se ponía nuevamente en movimiento y que mamá la mantenía a distancia. Era perfectamente consciente de que, si el monstruo atacaba, su madre no podría defenderse.

   Hizo un esfuerzo por moverse, pero todos sus huesos se resintieron. Definitivamente, no había sido una buena idea colisionar de aquella manera contra algo tan duro y poderoso como la coraza de un Desgarrador.

    Aún así siguió intentándolo. Si no se recuperaba pronto, no podrían huir de allí y mamá y los demás morirían. Reunió toda su fuerza de voluntad y movió las aletas, cada vez con más vigor. Dolía horriblemente, pero no se amilanó.

    Su madre la miró. Sólo un parpadeo, para comprobar cómo estaba.

    Fue un error.

    Con un rugido de satisfacción, la Desgarradora atacó como una centella.

*

    El carnívoro seguía agarrado a su lomo. A pesar de estar avanzando a toda velocidad hacia una muralla de roca, el maldito bicho seguía tratando de arrancarle el pedazo de piel y llegar a su carne. O no le preocupaba en absoluto lo que sucedería cuando llegasen a las rocas… o estaba tan obsesionado con él que no veía nada más.

      “Espero que sea lo segundo…”, pensó.

     El acantilado había ido tomando forma rápidamente a través del agua turbia. Sus propulsores lo impulsaban a gran velocidad, directo hacia la imponente masa rocosa. El Desgarrador continuaba allí, aferrado a su piel. Sentía cómo se rompían cada vez más fibras de su armadura. La coraza estaba a punto de ceder. En unos latidos arrancaría el pedazo y devoraría su carne.

    Las rocas se volvieron claramente visibles. A menos de una aleta de distancia, giró a la izquierda, a la vez que rotaba sobre sí mismo, para poner el lomo paralelo a la piedra. El carnívoro dejó de tironear cuando se vio atrapado entre la roca y su presa, repentinamente consciente de lo que estaba pasando.

     Bandas inclinó las aletas y se precipitó contra el acantilado a toda velocidad. La fuerza del impacto arrancó al Desgarrador de su lomo… y aún tenía el trozo de piel del joven Navegante atrapado entre sus mandíbulas.

   Con un dolor atroz, Bandas sintió cómo un enorme jirón de piel se le desgarraba del lomo.

*

     Se habían distraído.

     Habían centrado su atención en su compañera, atacada por la otra hembra.

     Acababan de cometer un gravísimo error.

    Movida por la excitación de la caza, se precipitó contra una de las dos criaturas espaciales. Se abalanzó tan rápido que su presa no tuvo tiempo de reaccionar.

   Mordió su costado con toda su fuerza. La coraza del lomo aguantó admirablemente la presión de la dentellada. Pero el blindaje ventral, más delgado, se hundió un poco.

     Dando furiosos bandazos con el cuello, trató de destrozar la armadura de su víctima. Sentía los tejidos chasquear y las placas blindadas gemir. Usó toda su inmensa fuerza para doblegar a la gran criatura. En pocos instantes hundiría sus dientes en la carne de la criatura del cielo.

*
 
      Rio estaba aterrorizada. No vio venir el ataque de la Desgarradora. Y ahora la tenía aferrada a su costado, a punto de romper su armadura.

    No podría aguantar aquel cruel castigo mucho más. En pocos Latidos traspasaría su defensa y las horribles mandíbulas la destrozarían.

      El profundo terror que sentía la dejó en estado de shock y se abandonó a su suerte.

      Pero Coral no pensaba abandonarla.
   
     Primero se quedó paralizada de miedo cuando la Desgarradora atrapó a su amiga. Sin embargo, el miedo dio paso a un soberbio enfado.

    Ciega de ira, encendió los propulsores, impulsándose hacia arriba. A un Cuerpo de distancia sobre Río, realizó un cerradísimo giro y se precipitó hacia abajo, acelerando al máximo.

      Ella no era Destello.

      No era un cachorro.

   Era una enorme Navegante de un Cuerpo de longitud, con huesos indestructibles y una armadura plenamente desarrollada.

     Apuntó hacia la Desgarradora desprevenida e impactó contra su lomo con una fuerza estremecedora.

    La brutal colisión la dejó completamente aturdida, con todos sus sentidos embotados por el dolor.

    Sin embargo, el enfermizo crujido de la espina dorsal de la carnívora al partirse le llegó con absoluta claridad.

*
      
      Luchadora percibió el ataque de su enemiga en el último latido.

   Giró sobre sí misma a la velocidad del rayo y las mandíbulas de la Desgarradora se cerraron sobre su lomo. Tensó la musculatura dorsal al máximo y los dientes de la cazadora resbalaron sobre el blindaje metálico, sin lograr hacer presa.

   Completó el giro tan rápidamente como pudo, tratando de golpear violentamente al monstruo con las cuatro aletas de la derecha.

     La Desgarradora no era tan fácil de sorprender. Arqueó el cuerpo con un potente coletazo y las aletas de Luchadora impactaron contra ella sin demasiada fuerza. Aún así, sintió un desagradable latigazo.

     Inmediatamente giró la cabeza para intentar hacer presa sobre el vientre expuesto de la Navegante, pero ésta encendió los propulsores y se desplazó de golpe. Las mandíbulas se cerraron en el agua vacía.

       La Desgarradora iba a atacar de nuevo cuando se fijó que la cría acababa de quedar desprotegida.

     Rugió de satisfacción. La joven estaba mucho menos acorazada que su madre y, además, aún estaba aturdida por el impacto y la pérdida del colmillo.

      Una dentellada bastaría para partirla por la mitad antes de que su madre pudiese evitarlo.

        Ebria de ansia, se lanzó en tromba contra Destello.

*

       El intensísimo dolor que le provocaba el desgarrón del lomo estaba a punto de hacerle perder la conciencia. El agua salada escocía terriblemente en la gran herida, que sangraba abundantemente.

     Su organismo empezó inmediatamente el proceso de curación. Pero una lesión de aquella magnitud tardaría algunos Ciclos en cicatrizar por completo.

       Y el combate estaba muy lejos de terminar.

    Sufriendo violentos espasmos de dolor, se dio la vuelta para ver a su oponente.

     El joven Desgarrador estaba apoyado en un pequeño saliente rocoso del acantilado. Sangraba por varias heridas en el costado, y tenía una aleta inmóvil.

       Pero miraba a Bandas con furia asesina.

      El violento impacto contra la roca viva lo había aturdido, pero se recuperaba rápidamente y enseguida atacaría de nuevo.

    Bandas se enfureció. ¿Acaso no había tenido suficiente? ¿Por qué quería seguir atacando? Había miles de cadáveres tras el paso del enorme maremoto. ¿Porqué seguía amenazándolo a él y a su… familia?

      Aquella palabra se incrustó en la mente del joven Navegante.

      Su furia creció y clavó sus ojos ardientes en su adversario.

        ¡¡La amenaza que representas acaba aquí y ahora!!”, pensó con furia.

      Se lanzó contra él. Magtinó de dolor cuando el gran jirón de piel se levantó a causa del movimiento contra el agua. Pero siguió adelante.

    Alcanzó al Desgarrador apenas dos Latidos después. Sus colmillos se hundieron profundamente en la carne de la cola, justo tras la coraza torácica. El animal rugió de dolor y lanzó una dentellada, consiguiendo agarrar una aleta. Mordió con toda su fuerza, pero Bandas, insensible ya al dolor, usó las otras siete para lanzar terribles cuchilladas contra la carne desprotegida.

      Las placas óseas bajo la piel del Desgarrador aguantaron al principio, pero poco a poco, empezaron a ceder al castigo que los temibles filos de Bandas les infligían. Al mismo tiempo, el Navegante se movía violentamente para que sus colmillos provocasen el mayor daño posible en el interior de su adversario.

      El Desgarrador rugía furioso y trataba de arrancarle la aleta prisionera. Pero, al ser todavía joven, la fuerza de sus mandíbulas no era suficiente para comprometer los resistentes huesos y tendones de su presa.

      El animal empezó a debilitarse. La pérdida de sangre, el dolor y el cansancio pudieron con él. Aflojó la presión sobre la aleta y Bandas la liberó. Se retiró del Desgarrador, dejándole dos grandes y profundos orificios en el costado. En el mismo momento en que los puntiagudos colmillos metálicos salieron, las heridas empezaron a sangrar abundantemente.

       Se alejó unas tres aletas y observó al carnívoro vencido. Éste, gruñendo de dolor y con los ojos llenos de odio, se alejó de allí lentamente.

     Bandas lo vio irse. Estaba bastante mal. Quizá no sobreviviría. Por una parte, sentía haberlo herido de aquella manera. Pero la seguridad de su familia era lo primero. Y el carnívoro no le había dejado otra opción para protegerlos.

     De repente, fue consciente de que había vencido. Él, tan joven, no sólo había plantado cara, sino que había derrotado a un Desgarrador adolescente.

        Un enorme orgullo incendió su corazón.

       Abrió las aletas, concentró toda su energía, hizo brillar su cuerpo con fuerza y emitió un magtido de triunfo que hizo vibrar el agua.

         —¡¡¡HE VENCIIIIDOOOOO!!!

*

    Bondadosa, Amanecer, Bebé, las Caparazones y sus crías se habían alejado de la batalla todo lo que sus sentidos les permitieron. No querían dejar de percibir a los demás, que luchaban valientemente allí atrás.

     Hacía rato que no recibían ninguna comunicación. Tan solo magtidos de dolor, de furia, de alerta… y terribles rugidos, que el agua transportaba hasta ellos.

    Tenían el corazón encogido de angustia, sin saber cómo se estaba desarrollando la pelea.

     Por eso, cuando les llegó la potentísima y dolorosa señal de victoria de Bandas, un gran alivio inundó sus almas.

       Pero aún quedaban Río, Coral, Luchadora y Destello.

       Y sus adversarios no eran ejemplares adolescentes.

       Eran peligrosísimas bestias adultas, perfectamente capaces de matarlas.

*

       El tremendo impacto, al partir su espina dorsal, dejó paralizada e insensible la mitad trasera de su cuerpo. Un horrible dolor ascendió desde la lesión hasta su cerebro, haciéndola entrar en estado de shock.

      Sus mandíbulas se aflojaron y soltó a su presa, hundiéndose lentamente en el oscuro abismo marino.

      Coral comprendió que su enemiga estaba sentenciada. Sin poder mover las aletas traseras y la cola, no podría volver a cazar. Quizá sobreviviría un tiempo si encontraba carroñas de las que alimentarse. Después del maremoto había millones de cadáveres.

     Pero la Navegante no se arrepintió. Había salvado a su amiga Río de una muerte horrible. Un violento torrente de orgullo inundó su alma.

      Y en aquel preciso instante, le llegó la transmisión triunfal de Bandas.

      Coral respondió con una señal de victoria igual de intensa.

   Inmediatamente después se volvió hacia Río, que seguía inmóvil y aterrorizada, para ayudarla.

     Al girar, vio cómo la otra Desgarradora se abalanzaba sobre la desprotegida Destello con las mandíbulas abiertas al máximo. Luchadora, desesperada, se lanzó tras ella.

      Su corazón se encogió.

      La pequeña iba a ser destrozada. Y nadie podía salvarla.

*

          Destello recibió las dos señales de triunfo de Bandas y Coral.

       Abrió los ojos y se encontró a su derecha con el horrible par de mandíbulas que se cernían sobre ella, a menos de cinco aletas de distancia.

      Aterrorizada, intentó moverse y cargar los propulsores. Pero el dolor de la colisión, el cansancio acumulado y la tensión extrema pudieron con ella y su cuerpo no respondió.

       Se encogió de miedo, esperando el terrible mordisco que estaba a punto de sufrir.

       Para su consternación, sus sentidos la traicionaron, amplificándose.

     Todo empezó a transcurrir con extrema lentitud a su alrededor, como cuando cargó contra los predadores que atacaban a la manada de Aulladoras. La diferencia radicaba en que, esta vez, no podría aprovechar aquel poder, porque no podía ni moverse.

      Vio a la carnívora avanzando hacia ella, lenta pero inexorablemente. El agua se abría a su alrededor, viscosa, creando ondas de presión que se expandían perezosamente. Pudo observar la textura de su piel, el ansia asesina en sus ojos, el débil brillo de sus mortales dientes, la repugnante lengua extendida hacia ella…

      Aunque quería, no podía apartar su ojo derecho del horrible monstruo que se le echaba encima. Su cerebro se centró por completo en la pavorosa carnívora.

       Y entonces, otra cosa entró en su campo de visión, por la izquierda.

     Un gran objeto se dirigía, desde detrás de ella, en trayectoria directa de colisión contra la Desgarradora. En un primer momento pensó que sería mamá. O Coral.

      Al instante siguiente comprendió que eso no podía ser. Mamá estaba detrás de la depredadora. Y Coral demasiado lejos.

     Sin poder apartar el ojo derecho de su atacante, percibió cómo el objeto misterioso se abalanzaba contra ella.

      La Desgarradora no se dio cuenta de la amenaza hasta apenas un instante antes del impacto. Fue en aquel preciso momento, en el latido exacto en que el objeto colisionó contra la mandíbula inferior de la carnívora, enviando ondas de presión por todo su cráneo, cuando Destello comprendió qué era.

       Flotó ante ella, altivo y orgulloso.

       En sus ojos brillaba la satisfacción por un favor devuelto.

     Allí, suspendido en la oscuridad, interponiéndose entre la Desgarradora y ella, estaba su amigo.

       El viejo macho Aullador.

*

      Tras el maremoto, la manada de Aulladoras se había disgregado. La fuerza de las gigantescas olas había separado a sus miembros y aún no habían logrado volver a reunirse.

    Él, desorientado y aturdido por el fragor de la supererupción y del desmoronamiento de la vasta meseta sumergida, vagó sin rumbo hasta encontrar el acantilado submarino.

      Se sumergió varias veces, tratando de comprender su entorno. Y también sentía curiosidad por la suerte de las criaturas espaciales que habían ayudado a su familia.

      Iba a volver a alta mar cuando escuchó el rugido inconfundible de varios Desgarradores. También percibió extraños chasquidos de energía en el agua, iguales a los que generaban los seres del espacio.

    Temeroso, salió a respirar y volvió a sumergirse, tomando grandes precauciones para no ser detectado.

     Asistió afligido e impotente al ataque de los monstruos de las profundidades. Y se sorprendió mucho cuando sus amigas lograron mantenerlos a raya. Una de ellas incluso hirió de gravedad a una de aquellas bestias depredadoras. No pudo por menos que admirarlas. Él nunca podría plantar cara a una máquina asesina de aquel nivel.

      Estaba escondido muy cerca de la cría del espacio que era su amiga, cuando vio que la bestia atacaba a su madre. Hizo acopio de todo su valor y salió de su escondite, camuflándose en la oscuridad, para tratar de llevarse a la pequeña a lugar seguro mientras su madre mantenía a raya al monstruoso animal.

      Pero entonces, la carnívora se lanzó contra la cría y él no lo pensó. Sólo actuó. Estaba en deuda con ella. Su vida no le importó. Sólo quería salvar a su amiga.

      Tensó sus poderosos músculos y se lanzó como una flecha a por la letal bestia, apareciendo de pronto desde detrás de la indefensa joven.

*

       Era el segundo impacto demoledor que recibía desde que había empezado el ataque. Aturdida, miró a su alrededor tratando de identificar la causa.

      Su sorpresa fue mayúscula cuando vio que era un enorme y viejo macho Aullador, una de aquellas cálidas y sabrosas criaturas marinas que respiraban aire.

     ¿Cómo había osado enfrentarse a ella? Durante su vida había matado y devorado a decenas de ejemplares de aquella especie. Bastaba con que la viesen para que huyesen despavoridos en todas direcciones. Jamás, ni uno solo de ellos, había ofrecido resistencia. Cuando se les echaba encima, se quedaban quietos, víctimas del pánico, esperando a ser devorados.

      Pero aquel no. Aquel la había golpeado duramente. Le dolía muchísimo la mandíbula. Y, de forma completamente ilógica, no solo no huía de ella, sino que protegía a la cría del espacio con su propio cuerpo.

      Percibió que la madre la quería atacar por detrás y se separó, alejándose a una distancia prudencial de las tres criaturas. Con desconfianza, empezó a rodearlas. Sabía que el macho no tardaría en subir a la superficie para respirar. Cuando lo hiciese, la madre protegería a su cría.

      Entonces ella asesinaría al macho.

      Y si la madre trataba de protegerlo, asesinaría a la hija.

      Fuese cual fuese el resultado, tenía las de ganar.

      Sólo era cuestión de paciencia.

*

      Destello asistió atónita al heroico acto de valentía de su amigo.

     La acababa de salvar de una muerte segura y horrible. Lo miró con infinita gratitud y el Aullador le devolvió la mirada.

    Aquello le dio ánimos para tratar de recuperarse y, reuniendo todas sus fuerzas, empezó a nadar lentamente.

     La Desgarradora describía círculos alrededor de ellos. La joven no se fiaba un ápice de aquel monstruo.

    Entonces comprendió su estrategia. Estaba esperando a que el Aullador subiese a respirar para atacarlo.

      Así que decidió nadar hacia arriba, para que su amigo se viese acompañado por ella y por mamá. Y, si se mantenían cerca del acantilado, la Desgarradora no podría rodearlos.

      Llegó el momento y el macho tuvo que subir. Pero la bestia, más lista de lo que suponían, se echó encima de él, rápida como el rayo. Su madre trató de interponerse, y la Desgarradora bajó hacia Destello. Luchadora cambió de rumbo y protegió a su hija. Y el monstruo volvió a subir rápidamente, tras el Aullador.
         
      La Navegante no pudo volver a ganar la posición. El Aullador estaba sólo. Pero el viejo macho era mucho más duro de roer de lo que nadie suponía.

     Aceleró hacia la superficie, con la bestia a punto de morderle la cola. La Desgarradora esperaba que su presa se colocase en horizontal para respirar. Así ella podría destrozarle el vientre de una dentellada.

      Sin embargo, el astuto macho siguió acelerando hacia la superficie. Más de la mitad de su cuerpo salió del agua. Arqueó el lomo hacia atrás al máximo y, describiendo un arco, chocó violentamente contra el agua. La depredadora, desconcertada, quedó momentáneamente desorientada por la gran cantidad de burbujas que el Aullador había provocado con su caída.

     Él, por su parte, había renovado por completo el aire de sus pulmones y había evitado una dentellada fatal.

      Rápidamente, se sumergió en dirección a sus amigas. La carnívora lo siguió, furiosa.

       Destello vio una oportunidad.

    —Mamá (Urgencia)—transmitió apresuradamente—. Lánzate contra el Aullador. Él se apartará en el último momento y podrás golpear a la Desgarradora sin que tenga tiempo para reaccionar. Lo haría yo misma, pero no puedo moverme (Confianza).

      Luchadora ni siquiera se lo pensó. El Aullador acababa de salvar la vida de su querida hija. Con un vigoroso movimiento, se lanzó a toda velocidad hacia él.

   El viejo macho, al ver a la Navegante ascender veloz, comprendió inmediatamente sus intenciones. Llevaba vivo muchísimo tiempo y había aprendido muchísimas cosas.

    Redujo su velocidad un poco para que la carnívora pensase que podía alcanzarlo. Y funcionó. Con un rugido de satisfacción, la bestia se le echó encima.

    En el momento preciso, cambió levemente de rumbo y Luchadora pasó rozando su piel contra la de él.

     La Desgarradora, víctima de su propia inercia y de su exceso de confianza, no pudo reaccionar hasta que fue demasiado tarde.

     Luchadora pasó bajo ella y giró violentamente, propinándole un duro golpe en el pecho. A pesar de su gruesa armadura coriácea, el monstruo se resintió.

      Y, de pronto, recibió otro golpe aún más duro.

     Coral, furiosa, había aprovechado el momento de distracción de la carnívora y colisionó contra ella justo después de Luchadora.

      Y el Aullador hizo lo propio inmediatamente después.

    Las Navegantes empezaron a girar sobre sí mismas rápidamente y la Desgarradora recibió una dolorosa lluvia de golpes procedentes de sus aletas. El viejo macho, por su parte, la agarró por la cola con sus mandíbulas triples y presionó con toda su alma.

      Se oyó un chasquido y la bestia rugió de dolor. La mitad de su cola colgaba inerte.

     Uno de los potentes golpes de Coral alcanzó la aleta trasera izquierda de la carnívora y se produjo un nuevo crujido cuando otro hueso se partió.

    La temible cazadora, con el cuerpo muy magullado, dos huesos rotos, cansada y recibiendo golpes sin parar, decidió retirarse.

     Con un rugido atronador, cargado de odio e impotencia, volvió a las líquidas tinieblas de las que provenía.

      La última mirada que les lanzó los encogió a todos de miedo.

     El Aullador, Coral y Luchadora regresaron a donde esperaba Destello. Río, que ya se había recuperado del ataque de pánico, estaba allí con ella, piel con piel, para darse ánimos y reconfortarse mutuamente.

     Felices, las cuatro Navegantes emitieron al unísono la misma señal de triunfo que Bandas. El viejo macho también silbó con fuerza.

     Lentamente, agotadas por la larga y durísima batalla, nadaron hacia el resto de su familia, que los esperaba lejos de allí.

    Por increíble que les pudiese parecer, habían sobrevivido al ataque más terrorífico que ninguno recordaba.

      Un Desgarrador era un enemigo formidable.

      Cinco Desgarradores eran una sentencia de muerte.

      Pero ellos, luchando valientemente en grupo, habían salido victoriosos en un enfrentamiento imposible.

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