martes, 14 de agosto de 2012

Capítulo Catorce: DOS AÑOS EMOCIONANTES (2)

(CONTINUACIÓN DE "DOS AÑOS EMOCIONANTES (1)")



Dos días después, revisadas y repostadas, la Elcano, junto con las naves exploradoras gemelas Magallanes y Livingstone, partían de D-9, cada una con un rumbo distinto, en busca de más criaturas espaciales. Estarían fuera de la Colonia un máximo de un par de semanas.

Alexia se había quedado con los padres de Mónica y con la madre de Li. La joven estaba empezando a plantearse el dejar por un tiempo la flota. No soportaba estar lejos de su hija tanto tiempo. Pero la búsqueda que llevaban a cabo era enormemente estimulante. No podía resistirse. Aún así, su corazón dividido tiraba cada vez más fuerte hacia el lado de Alexia.

Uno o dos años sabáticos, todo el día con ella, serían algo perfecto…”, pensó, mientras pilotaba para salir del cinturón de asteroides. “De todos modos, puedo seguir pilotando, haciendo pequeñas tareas. Pero en casa cada día, con mi niña. Además, la nave estará en buenas manos. Li, Klaus y Erin son muy buenos pilotos

Maniobró para seguir la ruta de navegación que había trazado y, al poco, se encontró libre de obstáculos. El espacio se abría diáfano a proa, invitador y estimulante.

Bueno, pues está decidido. Tras esta misión, cuelgo el traje por un tiempo. No quiero estar lejos de mi niña…

Satisfecha consigo misma por la decisión tomada, aunque con una punzada de desasosiego por dejar de volar en su querida nave, se irguió en el asiento y agarró los mandos con firmeza. Sus bellos ojos brillaban de resolución.

En aquel momento cayó en la cuenta de que no había hablado con el médico sobre los análisis genéticos de la niña. Arrugó los labios, fastidiada.

En fin, ahora ya es tarde para eso. Tendrá que esperar a la vuelta… Entonces tendré tiempo para todo lo que tenga que hacer…

Pero el Destino, siempre insondable, tenía otros planes. Planes que la implicaban hasta mucho más allá de lo que pudiese imaginar, y que no incluían que ella dejase de volar durante los próximos años. Planes que afectaban también, de manera directa, a Alexia.

*

La Elcano estacionó en el área designada, a la espera de recibir permiso para aterrizar. Tenía aún para una media hora de espera por el intenso tráfico de ese día. Mónica tenía unas ganas locas de volver a casa, para ver a Alexia. La misión de búsqueda, que tenía una duración prevista de unas dos semanas, se había alargado considerablemente. En ese momento hacía treinta y ocho días que dejaron la Colonia. La Livingstone y la Magallanes ni siquiera estaban de regreso.

Por tanto, ver la gran compuerta de D-9 allí mismo, abierta e invitadora, pero inalcanzable, la incomodó bastante. Así que dejó que el piloto automático controlase la nave y se fue a revisar los datos recogidos a un lugar tranquilo, donde no pudiese ver la puerta del inmenso hangar. Los demás estaban repartidos por toda la nave, revisando sistemas o descansando en los camarotes. En aquella ocasión la Elcano no contaba con la tripulación habitual, pues la constituían Mónica, Li y cuatro jóvenes estudiantes. Erin y Klaus estaban haciendo, cada uno por separado, cursos de formación. Claudia estaba ocupada con Cynthia y el nelán. Luar y Annevar, ya habituales a bordo, tenían asuntos importantes en Vian’har que les habían impedido acompañarlos. Los cuatro jóvenes, dos chicos y dos chicas, se lo habían pasado genial en la misión y habían hecho valiosas aportaciones.

Caminó hasta la estancia contigua al puente, que usaban como sala de estar, se arrellanó en uno de los mullidos sofás, encendió su tableta y se puso a leer, pensando en todo lo que habían vivido aquellas semanas.

La razón de que la misión de exploración se hubiese alargado tanto era muy simple: grandes manadas de seres espaciales, de múltiples especies distintas.

Podría parecer extraño que, durante décadas, los vianhios apenas se hubiesen encontrado algunos ejemplares esporádicos y ahora apareciesen por todas partes. Pero la explicación también era muy simple: una vez que empezaron a buscarlas a propósito, que sabían qué buscar y, sobre todo, dónde buscar, las criaturas aparecieron a millares.

Las naves acostumbraban a volar por el Hiperespacio de un punto a otro, siguiendo rutas más o menos fijas. Y, como sus sensores no podían captar el espacio normal desde allí, si se cruzaban con una manada de animales espaciales, ni siquiera se daban cuenta.

En cambio, las misiones de investigación se habían diseñado para cubrir pequeños sectores, dando saltos muy cortos para ir de una sección a otra. Así se exploraba exhaustivamente el entorno. Ante todo se centraban en sistemas estelares con poca o ninguna presencia de civilizaciones y en las partes más densas de las nebulosas cercanas. Aunque también se encontraron con algunos enjambres en lugares bastante conocidos y explorados, como los anillos del sistema Boreas, los bordes exteriores del anillo protoplanetario de Keun Hal o las cercanías de la estrella Astar, en Tekarum.

Los sistemas casi inexplorados Karet 1 y Karet 2, cercanos a la frontera juranii, resultaron bastante prometedores. Esos dos sistemas en realidad son uno, ya que sus estrellas están relacionadas gravitatoriamente, aunque se encuentren bastante alejadas entre sí. Poseen grandes discos de materia y planetas en formación, pues son relativamente jóvenes. La navegación por ellos era peligrosa, al menos para las naves, debido a la enorme cantidad de fragmentos, planetoides y cometas que volaban caóticamente por todas partes. Pero las criaturas espaciales parecían sentirse muy cómodas y proliferaban notablemente.

En cambio, la Magallanes, que fue la encargada de investigar los sistemas Karet, lo había pasado bastante mal allí. Había tenido que abandonar la región y viajar hasta el cercano sistema Male Bor, en territorio juranii, para efectuar reparaciones debido a varios impactos. La tripulación, por suerte, no corrió peligro. Quedó pendiente de investigar el desconocido sistema Aal, que forma un triángulo con Morganyr y Karet. En cuanto estuviese reparada, la Magallanes proseguiría con su misión.

La Livingstone, por su parte, estaba encargada de buscar formas de vida en los sistemas Keun Hal y Beradón, aunque con resultados más modestos que la Magallanes, como era de esperar.

Al parecer, a las criaturas espaciales, al menos las de las especies que habían encontrado (entre las que no habían visto ni un solo nelán), no les acababan de gustar las naves. Unas huían y otras plantaban cara. Algunas, las menos, sentían curiosidad y toleraban a aquellos extraños y voluminosos intrusos un tiempo, hasta que se cansaban de verlos cerca y había que dejarlos en paz. Por lo visto, podían sentir las rutas de las naves y los sistemas que más visitaban y se mantenían a prudente distancia.

En cuanto a la Elcano, su misión comprendía los sistemas Boreas y Tekarum, así como una visita rápida al también inexplorado sistema Ninrud, que no era visible desde Tekarum a causa de un saliente de la Barrera.

Sus resultados fueron casi tan buenos como los de la Magallanes, al menos en lo que a seres vivos se refiere, pues la Elcano no sufrió ningún percance.

Pero la “rápida” visita a Ninrud se alargó casi tres semanas más de lo previsto. El pequeño sistema estelar, compuesto por una estrella media blancoazulada, llamada Barin, dos planetas casi gemelos de tipo “supertierra” y unos cuantos anillos de asteroides, acogía cientos de especies, la mayoría de pequeño tamaño.

Normalmente, las naves no se adentraban solas en los sistemas inexplorados, pues, en caso de tener problemas, tardarían mucho en recibir ayuda. El protocolo consistía en ir en grupos de al menos tres naves, a distancia entre unas y otras. Los saltos debían realizarse en secuencia, nunca antes de que la primera nave en saltar transmitiese que todo iba bien. Exceptuando, claro está, alguna embarcación tripulada por tipos a los que el calificativo de locos se les quedaba corto, que se dedicaban a viajar por sectores desconocidos en busca de recursos, aventuras o, la mayoría de las veces, problemas. Pero éstos no estaban sujetos a las normas y procedimientos de la Flota, ya que sus naves les pertenecían, bien por haberlas ganado por sus servicios, bien por haberlas construido ellos mismos.

Por ello, las misiones a Ninrud, Karet y Aal no habían seguido el procedimiento habitual. Había pocas naves que cumpliesen los requisitos de diseño y equipamiento necesarios para misiones de exploración. Las grandes naves militares, robustas y potentes, también podían realizar vuelos de investigación, a pesar de no disponer de los equipos y sensores necesarios para aquella tarea. Pero toda la flota de combate, a excepción del Aries, estaba repartida por varios sectores, protegiendo puntos clave debido al reciente aumento de la actividad naderia.

Además de la escasez de naves adecuadas, había otro gran motivo para que aquellos cuatro sistemas, pese a encontrarse bastante cerca del territorio de la Confederación, continuasen inexplorados después de casi cincuenta años. Hacía poco más de un siglo que los vianhios se habían librado de los Amos pero, durante la Esclavitud, no se había construido prácticamente ninguna infraestructura en su mundo, pues sobrevivían en aldeas miserables formadas por chozas primitivas. Como esclavos en las factorías, estaciones espaciales y astilleros, conocían en parte la tecnología de los Amos, aunque tenían prohibido usarla para ellos. Tras la Liberación, se hicieron con todo lo que los Amos abandonaron o no pudieron destruir y se dedicaron por completo a construir su civilización. Durante décadas, los vianhios no se preocuparon por la exploración de otros sistemas, pues bastante tenían con ocuparse de sus asuntos.

En cuanto a los humanos, construir la Colonia y adaptarse a la vida en el espacio habían consumido una gran parte de los casi cincuenta años que llevaban en la Gran Nebulosa, por lo que las exploraciones tampoco eran una prioridad, aunque disponían de tres naves preparadas para ello: la Elcano, la Magallanes y la malograda James Cook. Pero durante los primeros años su misión fue encontrar yacimientos, con los que poder construir la Colonia y las naves de la Flota, cartografiar el espacio de la Confederación para navegar con seguridad e investigar el Hiperespacio.

En los últimos diez o doce años, en cambio, con la Flota ya consolidada y las ciudades vianhias cada vez más equipadas y autosuficientes, la Confederación se había volcado en la exploración. A las naves ya existentes se sumaron la Livingstone, la Marco Polo y la Francis Drake. En aquel momento, en el Argos había otras tres naves de aquel tipo en diferentes fases de construcción. Por supuesto, aún no tenían nombre oficial.

Así que, cuando abandonaron Tekarum y pusieron rumbo a Ninrud, no tenían la menor idea de qué podían encontrar. La única visita registrada a aquel sistema había sido el rescate del Deyanira… pero claro, aquello fue una carrera contrarreloj en el ambiente infernal de la atmósfera de la estrella. Nadie dedicó ni un segundo a mirar a su alrededor para investigar, pues la suerte del Deyanira y de la Elcano captó toda la atención. Por tanto no se hizo el más mínimo registro del entorno.

Los datos de los telescopios indicaban que Ninrud era un sistema bastante simple y despejado, al contrario que los dos Karet. En principio debía ser seguro volar por él. Pero claro, sin una cartografía fiable, volaban casi a ciegas, sin saber si, al salir de un salto, se toparían de frente con un asteroide desconocido. Nara, una de las estudiantes, tuvo la idea de explorar el sistema al revés, es decir, empezando por su estrella y saliendo hacia afuera. En las cercanías de un sol no hay casi ningún objeto, pues la presión de su luz y del viento solar lo alejan. Sólo algunos planetas soportan esa presión, pero un planeta es perfectamente detectable.

Como Ninrud sólo tiene dos planetas y el más cercano a su sol se encuentra a casi ciento cincuenta millones de kilómetros de distancia, no habría riesgo de colisión. Así que aplicaron la idea de Nara y una vez abandonaron Tekarum, el ordenador calculó el salto con precisión y la Elcano apareció a unos diez millones de kilómetros de la estrella. A tan corta distancia, los escudos de la nave se tuvieron que emplear a fondo para proteger a la tripulación de las radiaciones. Todas las ventanas tenían los portillos blindados cerrados, pues la intensidad de la luz era tal que podría abrasar cualquier objeto no metálico que hubiese en los camarotes. Sólo se mantuvieron abiertos los del puente, ya que estaban preparados para ello y podían oscurecerse a voluntad hasta volverse completamente opacos.

Con el filtro solar, Barin se veía como una inmensa bola ígnea anaranjada de aspecto sobrecogedor, palpitante sobre un fondo completamente negro. Una enorme erupción sobre el limbo y los arqueados anillos de plasma de dos gigantescas protuberancias se expandían con engañosa lentitud, siguiendo las líneas del campo magnético de la estrella. Era un espectáculo bellísimo y elegante. La fotosfera[1], con su característico aspecto reticulado, burbujeaba bajo el influjo de las titánicas corrientes convectivas de plasma bajo ella. Presentaba varias manchas solares, como es habitual en todas las estrellas vivas. Un cometa de tipo Kreutz[2] se había sumergido en las profundidades de la atmósfera solar y se estaba desintegrando lentamente.

Pero la sorpresa de aquel sistema no era el hipnotizador aspecto de Barin. Cuando la Elcano giró sobre sí misma, apuntado la proa en dirección contraria a la estrella, todos pudieron ver, extendida sobre el plano orbital hasta perderse de vista por ambos lados, una tenue y centelleante nebulosidad. Nunca habían visto nada parecido en ningún sistema. La extraña formación se encontraba en algún lugar entre la estrella y el primer planeta, Marelan. Parecía una especie de fino anillo centelleante de diámetro colosal dispuesto alrededor del sol. El telescopio de la nave tampoco pudo aclarar nada pues, fuera lo que fuese aquello, estaba demasiado alejado para que el instrumento pudiese mostrar detalles.

Así que se acercaron a la extraña estructura usando el hipermotor para dar saltos cortos, de unos diez millones de kilómetros. Tras salir del noveno salto, se presentó ante ellos un espectáculo indescriptible. Algo que no olvidarían durante el resto de su vida.

A menos de trescientos mil kilómetros de su proa vieron una titánica estructura, muy parecida a una red, formada por grandes nódulos conectados entre sí por gruesos filamentos. El centelleo que habían observado desde las cercanías de Barin era debido a la existencia de grandes estructuras cristalinas en los nódulos. Éstos, de entre quinientos y mil metros de diámetro por unos cien metros de espesor y de bordes dentados, no eran sólidos. Como pudieron comprobar, con el telescopio y las sondas, su interior era como un laberinto de espinos, con miles de “ramas” entrecruzadas erizadas de cristales. Algunos de ellos medían hasta treinta metros de longitud, pero ninguno rebasaba el metro de diámetro.

Aunque lo que más les llamó la atención fue que los cristales estaban inequívocamente teñidos de verde… y que se movían.

Los gruesos y largos segmentos tubulares que unían los nódulos tenían, invariablemente, una longitud de casi cinco kilómetros. De cada nódulo salían entre cinco y ocho de aquellos “puntales”, dispuestos de forma radial en su perímetro. El aspecto en conjunto recordaba a una gigantesca creosota, una planta rastrera terrícola extinta, extendida en una gran llanura, con largas raíces uniendo cada una de sus flores. De hecho, cada nódulo tenía un sorprendente parecido con una flor de muchos pétalos.

Las dimensiones de aquella red colosal excedían a cualquier otra cosa que hubiesen visto o imaginado nunca. Rodeaba por completo a la estrella, en una órbita de noventa millones de kilómetros de radio. Su grosor era de unos cinco kilómetros, pues los nódulos no estaban alineados entre sí, sino formando una malla tridimensional con los segmentos de conexión en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Aquella distribución hacía que la red, millones de veces más larga que gruesa, tuviese una gran solidez y se mantuviese íntegra mientras orbitaba pausadamente alrededor de la estrella, soportando la interferencia gravitatoria de Marelan. En cuanto a su altura, que no era constante porque parecía que la gigantesca estructura seguía creciendo lentamente hacia arriba y hacia abajo, medía cerca de quinientos kilómetros.

También pudieron observar que había centenares de miles de criaturas, de distintas especies y tamaños, pululando por la red o volando cerca de ella. Unas, dotadas de patas articuladas, se alimentaban de estructuras muertas de la red. Otras cazaban. Unas cuantas volaban por allí, pero no lograron saber qué hacían. Y los nódulos, lejos de estar tomando el sol, inmóviles, poseían filamentos que disparaban contra todo lo que pasaba demasiado cerca y lo arrastraban al interior, supuestamente para alimentarse. Aquello lo pudieron comprobar menos de dos horas después de llegar, pues perdieron una sonda cuando trataban de investigar un nódulo de cerca. Desde aquel momento, se mantuvieron a prudente distancia de la red.

Salvando las distancias y las gigantescas dimensiones, aquella superred se asemejaba vagamente a un vasto arrecife coralino.

Estudiar y documentar mínimamente el tamaño, las características y la fauna de la red, así como tomar muestras y recopilar datos, los ocupó durante más de tres semanas. Una de las cosas que lograron averiguar fue que, de forma parecida a los arrecifes coralinos, la base de la estructura la formaban las paredes celulares de varias especies de bacterias, sobre las que crecían en simbiosis unas diminutas criaturas vegetales, a las que llamaron cosmólipos[3]. Ellas eran las responsables de las formaciones cristalinas, teñidas de verde por las microalgas que las habitaban. Éstas, a su vez, proporcionaban sustrato a nuevas colonias de bacterias. Así, capa a capa, durante decenas de millones de años, la red iba creciendo paulatinamente.

Según los datos iniciales, la inmensa malla viviente tenía un volumen de catorce mil millones de kilómetros cúbicos, el equivalente a veintiocho planetas como la Tierra. Pero después descubrieron que los nódulos, los cristales, los filamentos y los segmentos de unión no eran macizos, sino que estaban constituidos por grandes espacios llenos de gases, lo que reducía en unas diez veces la cantidad de material. En total, la masa aproximada era de unos dieciocho cuatrillones de kilos, el peso de unas tres Tierras. Aún siendo extraordinariamente ligera para su tamaño, la cantidad de materia era abrumadora.

Quedó claro que haría falta un estudio exhaustivo y a fondo para comprender la verdadera naturaleza de aquella megaestructura, pues era un auténtico misterio de dónde sacaban las bacterias y los cosmólipos el material necesario para crecer y formar un “arrecife” de aquellas dimensiones.

Aquel misterio estuvo dando vueltas por la cabeza de Mónica durante todo el rato que estuvo en la sala, hasta que Kristy, la otra estudiante, llamó suavemente a la puerta para preguntar cuánto quedaba para aterrizar.

—Pues no lo sé, chica —respondió ella, dejando la tableta sobre la mesa y estirándose exageradamente—. Espero que no tardemos mucho, porque estoy deseando salir de aquí y ver a mi niña.
—Me imagino… Pero no puedes negar que lo que hemos descubierto en Ninrud ha sido extraordinario.
—¡Desde luego! Tras encontrar al nelán pensé que nada más lograría sorprenderme... Y mira tú por dónde encontramos algo que va más allá de lo que nadie podría imaginar…

Kristy iba a contestar cuando sonó un aviso en el puente. Era el panel de comunicación. Mónica pulsó el botón.

Elcano, aquí Control de Acceso D-9. Tienen permiso para aterrizar. Bienvenidos a casa.

*

Tenía un pequeño nudo de nerviosismo en la boca del estómago. Hacía meses que quería hablar con él. Pero, por unas cosas o por otras, el tiempo había ido pasando y no le había sido posible.

Por fin, allí estaba. Hacía cuatro días que volvieron de Ninrud. No había perdido ni un minuto. Apenas los patines de aterrizaje de la nave tocaron el suelo de D-9, ella ya estaba corriendo hacia los elevadores, en dirección a su casa para abrazar a su hija.

Los demás se encargaron de las tareas de atraque. Li, comprensivo, se ocupó de todo. Sonrió. Siempre podría contar con él. Era algo que tenía muy claro y una de las cosas que más la habían atraído de él cuando se enamoraron. La lealtad de su marido hacia su familia jamás flaquearía, jamás vacilaría. Era una constante inmutable en un universo de caos.

Los cuatro días los había pasado pegada a Alexia. No se separó de ella ni un solo segundo, excepto para aquello que no tenía más remedio que hacer sola, claro. Si la niña hubiese sido algo mayor habría acabado agobiada de tantas atenciones, besos, abrazos y caricias. Pero, como bebé que era, no le importó lo más mínimo. Y, si le importó, como no podía protestar…

Se alisó la ropa, se colocó un mechón rebelde detrás de la oreja y llamó suavemente. La puerta se abrió inmediatamente y Mónica entró en el despacho de Stuart Morrison, uno de los dos responsables de la Unidad de Análisis Génico, del Servicio Médico de la Colonia. Stuart era un hombre de cuarenta y dos años, que se conservaba en plena forma. Mostraba unas incipientes entradas en las sienes, pero tenía muy pocos cabellos blancos. Usaba unas gafas de montura al aire, porque las lentillas lo incomodaban y no tenía tiempo para operarse con el láser. Siempre estaba ocupado por su responsabilidad en la Unidad de Análisis.

No era muy alto, apenas un poco más que Mónica. Siempre se movía rápido, con movimientos cortos y algo repentinos, pues tenía una personalidad un poco nerviosa. Pero era un profesional brillante, meticuloso y muy valorado entre sus compañeros.

La amistad entre ellos había nacido a raíz del incidente del Deyanira. Él era el jefe del equipo médico que la atendió en Enolén tras el rescate, mientras ella se recuperaba de las heridas sufridas. Se mantuvo en todo momento pendiente de la joven, velándola junto a Li. Cuando despertó del coma, pasaron largas veladas charlando y se forjó entre ellos una entrañable relación. Dos años después a Stuart le dieron el cargo que ocupaba en la actualidad. Pero la amistad no se perdió y se reunían siempre que podían.

En la situación que afrontaba la Humanidad en Deméter, en aquellos días de futuro incierto, la gente trataba de forjar muchas y muy buenas amistades porque, al final, era lo único sólido a lo que aferrarse ante las dificultades.

Al verla entrar, Stuart se levantó rápidamente y le señaló las dos cómodas sillas que había frente a su mesa, sonriendo.

—¡Hola, Mónica! —saludó, alegre— ¿Tan ocupada has estado que no has podido visitar a tu viejo amigo?
—Ni te lo imaginas, Stu. No puedes llegar, ni de lejos, a imaginar todo lo que he visto y vivido en estos últimos cuatro meses. ¿Cómo estás?
—Como siempre, ya ves. Muy liado, como tú —rió sinceramente.
—Esto es un no parar, la verdad. Antes teníamos trabajo… pero desde que encontramos al nelán, esto ha sido una maratón.
—¿Y bien? ¿Habéis encontrado algo interesante?
—¿Interesante, dices? Increíble, impresionante, inimaginable… mágico me atrevería a decir.
—Vaya… pues entonces me vas a tener que poner al día con unas cervezas[4] que tengo guardadas para ocasiones especiales.
—Cuando quieras. Estaré encantada.
—Entonces de acuerdo.

Stuart se quedó un momento en silencio, con los dedos entrelazados sobre la mesa y desvió la mirada un instante. Su semblante cambió de repente, como si la alegría de antes no fuese apropiada para lo que tenía que decir. Parecía que estaba tratando de buscar las palabras para explicarle a su amiga lo que había descubierto. Un escalofrío de aprensión la recorrió.

—¿Qué le pasa a Alexia? —soltó a bocajarro. No le gustaban los rodeos ni las medias tintas. Él se removió, incómodo. Pero había un brillo extraño en su mirada. Algo que Mónica no supo definir.
—Pues… Pasar, lo que se dice pasar, no parece que le pase nada. Pero me he encontrado con algo en su sangre, en sus células, que jamás, por mucho que me lo hubiesen jurado, habría creído posible.
—¿Qué has encontrado? —preguntó ella, con un hilo de voz.
—No te pongas nerviosa ni saques conclusiones precipitadas —la tranquilizó, alzando las manos—. No hay ninguna evidencia de que le esté causando ni le vaya a causar problemas. Sólo es algo… insólito… desconocido en toda la historia de la medicina.
—¡Coño, Stu! Si esa es tu forma de tranquilizarme… —Estaba a punto de perder el control.
—No te exasperes. Tú escúchame y tranquilízate. Ahora mismo te lo explico todo. Llevo cuatro días preparándome para contarte esto, así que ten paciencia.

Ella, por toda respuesta, hizo un gesto de impotencia. Stuart cogió un mando a distancia, oscureció un poco las luces y activó la gran pantalla que había en la pared de la derecha.

—Veamos —dijo, volviéndose hacia ella antes de que apareciese ninguna imagen—. En el núcleo de todas las células vivas se encuentra la información hereditaria, codificada por los genes de la cadena de ADN. Como sin duda sabrás, esa información se encuentra agrupada en varias estructuras, los cromosomas. Cada criatura tiene un par de cada cromosoma, heredados del padre y de la madre. Al menos, las de reproducción sexual. ¿Me sigues? —Mónica asintió. —Bien. Los humanos tenemos cuarenta y seis cromosomas, es decir, veintitrés parejas —Mónica volvió a asentir, pero esta vez más lentamente y con desconfianza en la mirada.
—Pues… el caso es que… Alexia tiene cuarenta y siete cromosomas…
—¿Qué? ¿Cuarenta y siete? O sea, que sufre una trisomía[5], ¿no? ¿De cuál? El veintiuno no es, porque no tiene Síndrome de Down… ¿Qué tiene? ¿Triple X? —La joven se puso en lo peor. Las trisomías cromosómicas ocasionan graves fallos orgánicos. Muchos embriones mueren o son abortados a causa de ellas. Los que sobreviven, raramente pasan del primer año, excepto los afectados por el Síndrome de Down, o los que poseen repeticiones del último par de cromosomas, el sexual.

Stuart la miró, algo perplejo. Mónica era una mujer inteligente y culta, pero no se esperaba que estuviese tan al día de un tema tan específico. Se sintió orgulloso de ella.

—No, no, nada de eso. No me he expresado bien. No he dicho que padezca una trisomía. He dicho que tiene cuarenta y siete cromosomas, pero no que tenga ninguno repetido.
—Entonces…
—Tiene veintitrés pares, como todos nosotros, y uno más suelto.
—No entiendo nada… ¿Y qué función tiene ese cromosoma de más?
—Esa, querida amiga, es la pregunta del millón. Mira, te lo enseñaré.

Pulsó la superficie táctil del mando y la gran pantalla se iluminó. Aparecía una microfotografía del núcleo de una célula, con los cromosomas, de distintos tamaños, ordenados por parejas. Veintitrés en total.
—Ésta es una imagen de un núcleo celular convencional. En este caso, es una célula mía. Como puedes ver, cuarenta y seis, en parejas.
—Ajá…

La imagen cambió. Era parecida a la anterior, pero había una estructura extraña, a la derecha, algo apartada de los demás cromosomas. Y no se parecía en nada a ellos. La imagen estaba un poco borrosa en aquel extremo, pues estaba en el borde del punto focal del microscopio que la había tomado. Tenía el aspecto de dos anillos cruzados, perpendiculares el uno al otro.

—¿Es eso? ¿Esa cosa es un cromosoma?
—Sí. La primera vez que lo vi no supe qué pensar. Supuse que sería algo externo, un trozo de algo, una impureza de la preparación, un virus… qué se yo. Pero lo encontré en más células, siempre igual. Entonces decidí analizarlo, extraerlo… y ahí empezó lo raro.
—¿Lo raro?
—En efecto. No pude extraerlo. Todas las técnicas que probé fallaron. “Eso” se volatiliza en cuanto intentas acercarte. Es como si supiese que vas a por él. Sé que suena imposible, pero te juro que me dio esa impresión. Deja que lo veas, que lo estudies a distancia… pero no permite el menor intento de manipulación. Es acercarte y… ¡zas! Se vaporiza. Y no es una forma de hablar. Literalmente, explota y se desintegra, sin dejar rastro.

La cara de Mónica era el vivo reflejo de la estupefacción.

—Créeme, sé cómo suena. No se lo he explicado a nadie, todavía, porque no quiero que me pongan una camisa de fuerza. Por eso grabé un video, para dejar constancia.
—¿Cómo sabes que es un cromosoma, entonces?
—Porque, analizándolo a distancia con métodos no invasivos, es incuestionable que está formado por ADN, que tiene información genética. Aunque la estructura de la molécula es algo peculiar, porque parece que tenga una capa atómica extra por encima de la doble hélice normal… como si estuviese envuelta. Mira, te lo mostraré.

Tocó otra vez el mando y se puso en marcha una corta secuencia de video, de unos dos minutos. En ella se veía un instrumento acercándose al núcleo celular para atravesar la membrana y entrar a por el extraño cromosoma. En efecto, la molécula de ADN parecía algo más gruesa que en los otros. Y más lisa, como si algo la recubriese. En el momento en que la punta del aparato de investigación perforó la pared del núcleo, el doble aro rotó a enorme velocidad y se desintegró con un minúsculo destello.

Mónica jadeó de incredulidad cuando vio aquello. Era una completa locura. “¿Qué demonios hace eso en el interior de mi hija y de dónde ha salido?”, pensó.

—Necesito que me hagas un favor.
—Dime… —dijo ella con voz apagada. De repente, parecía hundida, derrotada.
—Te voy a extraer sangre, para hacer una prueba. En esa nevera hay una muestra de Li, de hace un tiempo. Tengo una corazonada y me gustaría comprobarla. Pero no he querido hacer nada hasta que estuvieses aquí. También querría que viniese Li, pero hoy no podía, ¿verdad?
—No, no podía… Aunque claro, de haberlo sabido, habría dejado sus obligaciones. Pensábamos que era sólo un informe rutinario.
—Je… Informe es… Pero de rutinario no tiene nada…
—Ya veo. Venga, vamos a ello. Por cierto… ¿qué corazonada es esa que dices que tienes?
—Ahora lo averiguaremos los dos.

Mónica se remangó la camisa. Stuart cogió una pistola de muestras y la puso sobre la cara interior de su codo. El aparato perforó automáticamente la vena con precisión y la botellita de cristal de su parte superior empezó a llenarse de sangre oscura. El médico retiró el artefacto y puso un apósito sobre el pinchazo. Mónica dobló el brazo, para que se cortase la minúscula hemorragia.

Acto seguido, Stuart cogió un vial lleno de sangre de la nevera. Vació unas gotas en una placa de cristal e hizo lo mismo con la sangre de Mónica. Introdujo las dos placas en un microscopio computarizado y buscó. Al momento encontró dos glóbulos blancos, uno en cada placa. Unas nanosondas médicas, programadas para inmovilizar células libres, atraparon a los dos glóbulos siguiendo las órdenes que Stuart le daba al ordenador. Las células defensivas, ante el ataque, se retorcieron tratando de aniquilar aquellos cuerpos extraños. Pero no tenían nada que hacer contra las microscópicas máquinas. Apenas un par de segundos después estaban completamente inmovilizadas contra el fondo de la placa de cristal. En la pantalla de la pared, se veía todo el procedimiento, para que Mónica pudiese observar también qué sucedía.

El médico cambió el aumento y el instrumento escrutó la intimidad del núcleo de los dos glóbulos blancos. Tardó unos momentos en conseguir una imagen clara de las dos placas.

Los dos enmudecieron.

Tanto en la célula de Li como en la de ella había un minúsculo anillo solitario junto a los demás cromosomas.

—Vaya —logró articular Stuart por fin—. Al parecer, me había equivocado en mis conclusiones iniciales...

Mónica no salía de su asombro. No pudo decir nada en absoluto.

—Alexia no tiene cuarenta y siete cromosomas… Tiene cuarenta y ocho…

*

Para ellos, aquella semana transcurrió como si no hubiese existido. Ambos estuvieron sumidos en una especie de trance hipnótico, del que recordaban retazos casi inconexos.

Pruebas, experimentos, visitas al laboratorio de Stuart, interminables horas de teorías, discusiones…

Lo único que sacaron en claro fue que aquellas extrañas estructuras que tenían los tres en sus células no parecían hacer nada en especial. Ni bueno ni malo. Simplemente estaban allí, inactivas… como esperando algo.

El extraño cromosoma-anillo fue muchísimo más sorprendente de lo que habían esperado.

Cuando una célula se divide, las parejas de cromosomas se separan y cada célula hija se lleva la mitad, que inmediatamente se copian para que cada una tenga su carga genética completa.

Pero el anillo no tenía pareja, por lo que era un misterio cómo existía en todas las células de sus cuerpos… hasta que observaron una célula cultivada dividiéndose: el anillo se copiaba a sí mismo.

En el caso del doble anillo de Alexia, ocurría lo mismo. El par no se separaba, sino que creaba una copia idéntica de sí mismo y cada una se ubicaba junto a los demás cromosomas.

Si no estuviesen seguros de que aquello estaba hecho de ADN, habrían jurado que se trataba de algún tipo de nanorrobot.

Trataron por todos los medios de conseguir que el insólito cromosoma reaccionase de algún modo a cualquier estímulo. Excepto su inmediata aniquilación al intentar traspasar la membrana nuclear, nunca mostró la menor actividad.

Stuart hizo prometer a todo su equipo que aquella información se mantendría en secreto hasta que llegase el momento. La niña era muy pequeña para convertirse en el objeto de estudio de un montón de científicos. No haría pasar aquel mal trago a sus amigos por nada del mundo. Lo que hubiese que hacer, lo harían sólo ellos, las personas de confianza de su Departamento.

Programaron varias nanosondas especialmente diseñadas para la ocasión. Inyectadas en los cuerpos de Mónica, Li y Alexia, su tarea consistiría en monitorizar constantemente durante el tiempo que hiciese falta, los “cromanillos”, como los habían bautizado provisionalmente. Dado su insólito comportamiento, pensaron que a lo mejor sólo funcionaban o hacían algo cuando formaban parte de un organismo, ya que fuera de éste se mantenían completamente inactivos.

También realizaron una discreta campaña de toma de muestras de toda la gente de la Colonia y de todos los vianhios que pudieron, además de los animales y las plantas, en busca del esquivo anillo.

Los resultados tardarían semanas o meses, pues solo en la Colonia había más de cuatro millones de habitantes.

*

—No me explico cómo nadie se había dado cuenta antes de la existencia de eso, teniendo en cuenta que siempre nos estamos haciendo controles genéticos —se preguntó Li. Había ido a ver a Stuart para charlar un rato de cómo iba la investigación.
—Yo me lo encontré por casualidad. Quedaba casi fuera del foco del microscopio y apenas era visible. Como no se desenrolla, al contrario que el resto de cromosomas, no aparece en los cultivos de ADN. No consta en ningún sitio. La capa molecular que lo recubre lo hace casi invisible y pasa desapercibido en la mayoría de frecuencias electromagnéticas —contestó Stuart.
—Curioso, cuando menos…
—Sí, la verdad. Sólo he conseguido verlo con este microscopio de barrido multionda. Es un modelo extraordinariamente sensible, que funciona en un enorme rango de longitudes de onda. Lo último en tecnología, a años luz de cualquier otro que hubiese existido en la Tierra y cuatro veces más sensible y preciso que el mejor que haya habido en la Colonia.
—No me lo digas: Max y los suyos… ¿a que sí?
—Pues sí —sonrió—. Esa panda de frikis crea unas máquinas y unos instrumentos increíbles. Mira Li, si no hubiese sido por este aparato, no lo hubiese visto jamás. El análisis de la niña habría salido normal y fin de la historia. Nunca habríamos sabido nada del cromanillo ni de sus propiedades.
—¿Cuánto hace que tienes ese instrumento?
—Dos meses. ¿Por algo en especial?
—No… no es nada. Sólo que… bah, es igual…
—No, hombre. Dime.
—Es que… estaba pensando… Creerás que estoy tonto o algo… pero me parecen ya muchas casualidades…
—No veo a qué te refieres…
—Hace cuatro meses que encontramos al nelán. Hace cuatro meses que nació Alexia, cuyo parto se adelantó tres semanas. Por unas cosas o por otras, no la pudimos traer a hacer los análisis hasta hace dos meses… justo lo que hace que tienes ese aparato que, como tú mismo has dicho, es lo más avanzado que se ha construido nunca, y sin el que no habrías detectado el cromanillo.
“De haber nacido Alexia en la Colonia, en su momento, en lugar de hacerlo en la Elcano, le habrías realizado un análisis rutinario y punto. Te lo has tomado más en serio porque la niña nació el espacio y porque habían pasado dos meses y pico desde que vino al mundo. Querías estar seguro, ¿verdad?
—Pues sí. Le hice un estudio más exhaustivo de lo habitual por eso, por haber nacido en la nave y llevar tantos días en el espacio. Generalmente hacemos cultivos de ADN, pero no miramos la distribución y aspecto de los cromosomas. Aunque, ahora que lo dices… fue algo… curioso.
—¿Por?
—Bueno, aún en análisis exhaustivos, tampoco miramos los cromosomas. Eso sólo se hace en investigación o cuando hay evidentes taras genéticas. Pero hacía dos semanas que tenía el nuevo microscopio y, por alguna razón, no había podido estrenarlo en serio. Siempre me salía algo que me impedía dedicarle un rato… excepto el día que Mónica trajo la muestra. Ese día no tuve nada, fue anormalmente tranquilo.
“Tras hacerle las pruebas convencionales, le hice otra tanda más a fondo. Una de las placas se me resbaló de la mano (a mí, imagínate) y fue a parar sobre la bandeja de muestras del aparato, sin romperse. Me quedé parado un momento y luego me dije que qué demonios, que era tan buena ocasión como cualquier otra para probar el poder de mi nuevo chisme.
“Así que estuve jugando un rato con él, observando varias estructuras celulares, hasta que llegué al núcleo. Allí vi algo raro y me pasé casi dos horas tratando de enfocarlo, probando cientos de longitudes de onda, en luz visible, en ultravioleta, rayos X... El resto ya lo conoces.
—¿Comprendes ahora porqué me empiezan a inquietar tantas casualidades?

Stuart se mantuvo en silencio unos segundos, serio, mirando a Li a los ojos. Como si sopesase sus palabras. Por un instante pareció dar crédito a aquella aparente cadena de acontecimientos casuales. Pero su mente de científico, impermeable a cualquier cosa que sonase a superstición, se impuso y desechó la idea. Le puso la mano en el hombro a su amigo.

—Venga, va. No te preocupes. Por mucho que pueda parecer que todo esto tiene relación, no es más que una serie de acontecimientos al azar que parecen conectados. No es más que una apreciación subjetiva. Seguro que en todos estos días han pasado cosas más importantes a las que no has prestado atención porque no te afectaban directamente.
—Puede que tengas razón, pero no puedo evitar sentir un cierto desasosiego por todo esto.
—Vamos a dejarlo un rato, que casi es la hora de comer, y verás cómo después ves las cosas de otra manera.
—De acuerdo. Vamos.

En ese momento entró en la oficina del laboratorio Jessica, una de las investigadoras del equipo de Stuart. Venía tan rápido que casi chocan en la puerta. La chica, nerviosa y pálida, pidió disculpas apresuradamente y entregó una tableta al médico.

Esta vez fue Stuart quien se quedó lívido.

Li lo miró, sin comprender. Su amigo no levantó la mirada de la pantalla de la tableta. Fue Jessica quien le aclaró la razón de su nerviosismo y su turbación.

—El nelán… Es el nelán… También lo tiene, Li. También tiene… “eso” en sus células. Un solo anillo, como tú y Mónica.

*

Se había promovido un concurso con varias eliminatorias para bautizar la especie del animal, porque el nombre de nelán no le servía. Como se descubrió más tarde, aquella palabra vianhia designaba a todos los seres espaciales, no a una especie en concreto. A causa del gran número de criaturas distintas que se había encontrado, el Consejo decidió someterlo al criterio de todos los habitantes de la Confederación.

Participaron decenas de miles de personas de todos los mundos. Durante una semana, el banco de datos encargado de ello recibió más de tres millones de sugerencias. Tras las sucesivas eliminatorias, que ocuparon a cincuenta personas, doce horas diarias durante tres semanas, quedaron cuatro finalistas.

 Los elegidos fueron: Oberón, Narvelar, Dragón Espacial y Titán. La final se decidió por votación popular. Narvelar (contracción de Narval, por el colmillo y Estelar, por el ambiente) y Oberón estuvieron muy igualados durante toda la votación. Al final, y por un ajustadísimo margen, se eligió al último como denominación para la especie. Según la mitología celta y medieval, aquel era el nombre del Rey de las Hadas, y marido de Titania. Oberón y Titania también eran nombres de dos satélites del planeta Urano, en el Sistema Solar. Como anécdota cabe reseñar que fue Catherine Branighan, apasionada por la mitología, quien sugirió el término elegido.

Al mismo tiempo, el concurso también buscaba un nombre para el animal de la Bóveda Diecinueve. Por aplastante mayoría, Fénix ganó. Un nombre muy adecuado, a tenor del estado en que se encontró al oberón y los avances que se estaban haciendo en su recuperación.

Para los científicos, sobre todo aquellos interesados en la biología, el creciente número de especies espaciales también supuso un increíble estímulo. Los antiguos reinos de la vida en la Tierra se habían quedado cortos para describir a aquellas criaturas. Así pues, se crearon dos nuevas categorías por encima de la de Reino, abiertas para facilitar la inclusión de nuevas formas de vida desconocidas. El Continente dividía los seres en Espaciales y Planetarios. El Imperio dividía cada uno en Anicosmiales y Vegespaciales, por un lado; Gaianos y Gasgigantales por otro (por si, de algún modo, se encontraban criaturas en planetas tipo Júpiter). Tras el descubrimiento en Ninrud de la colosal red viviente, quedó claro que podían encontrarse con cualquier cosa imaginable allí fuera.

Nadie podía prever en aquel momento la magnitud real de la variedad de formas de vida que iban a encontrar en los años venideros.

*

Sólo fue un momento. Apenas había desviado la mirada unos segundos para comprobar unos esquemas en la tableta. Alexia, que con diez meses cumplidos estaba a medio camino entre gatear y andar, escapó unos momentos de la vigilancia de su madre. La había llevado con ella aquel día, porque hacía semanas que la niña no veía a Fénix y le gustaba muchísimo estar cerca del animal. Y a Mónica le encantaba pasar cada segundo disponible con su hija.

La niña pasó inadvertida para todo el mundo. Nadie se percató de su presencia, porque algunos aparatos la ocultaban. Nadie, excepto el oberón, que no le quitó el ojo. Alexia se acercó al enorme ser, avanzando ágilmente a gatas, con una sonrisa y sus hermosos ojos violetas brillando de curiosidad. Entró en el perímetro en el que la gravedad artificial no estaba activa y se impulsó sin querer con sus cortas piernecitas, flotando suavemente hacia el animal.

Sus miradas se cruzaron. El tiempo pareció detenerse por un instante para ambos. Fue como si se estableciese un vínculo entre las dos criaturas. Fénix, con una delicadeza infinita, movió su aleta delantera y la cruzó en la trayectoria de la niña, deteniéndola. La pequeña se agarró a la suave y cálida piel metálica y miró fijamente el gran ojo turquesa. La espuma que recubría el borde de la aleta evitó que la pequeña se pudiese lastimar con el terrible filo, aunque el animal tuvo buen cuidado de mantener alejadas sus armas de la niña.

Qué criatura tan minúscula y frágil…”, pensó Fénix. Pero no se dejó engañar por su delicado aspecto. Estaba rodeado por la prueba palpable de que los Pequeños, en conjunto, no eran ni frágiles ni desvalidos.

En cuanto Mónica se giró y no vio a la pequeña, paseó la mirada por el gran espacio. No estaba preocupada, pues allí no le podía pasar nada a Alexia. Como mucho se podía dar un golpe o caerse.

Entonces la vio sobre el oberón y su corazón se aceleró. Por un instante temió que la pudiese dañar. Pero desechó la idea en cuanto vio el comportamiento del animal con la niña. Él, por su parte, percibió claramente la intranquilidad de los Pequeños que lo rodeaban. Vio como Mónica se acercaba hasta el límite del perímetro de ingravidez, con un leve destello de preocupación en la mirada, pero también con confianza. Fénix movió de nuevo la aleta suavemente, depositando a la niña en brazos de su madre. La joven lo miró agradecida y el oberón recogió su extremidad.

Continuó allí, inmóvil. ¿A dónde iba a ir con su cuerpo mutilado…? Pero no apartó su enorme ojo de Alexia. Aquella pequeña cría tenía algo… algo especial. Pudo sentirlo en el momento en que sus miradas se cruzaron. Una vaga sensación que se deslizaba esquiva por su mente.

El comunicador de Mónica emitió un sonido. Lo cogió y miró la pantalla. Era un mensaje de Stuart.

Se ha activado, durante pocos segundos… ¿Qué habéis hecho?”

Mónica tardó un instante en comprender.

El cromanillo…

Hacía seis meses que las nanosondas habitaban sus cuerpos. Ya ni se acordaba de ellas. Esa era la primera vez que detectaban actividad en el extraño cromosoma anillado de sus células. La palabra “cromanillo” cada vez le sonaba peor. Tendrían que idear otra.

Llamó a Stuart y le explicó lo sucedido. El médico, vivamente sorprendido, la instó a repetir la experiencia, siempre y cuando no pusiesen en peligro a Alexia.

—De acuerdo, veré qué puedo hacer —dijo, no demasiado convencida.
—Gracias, Mónica. ¡Por fin, una activación! ¡Estoy emocionado!

Ella sonrió. Stuart parecía un niño ilusionado con un regalo. Él, tan serio y profesional, nervioso como una colegiala… Impagable.

—¿Los de Fénix han reaccionado también? —Preguntó.
—Déjame ver… Pues mira, sí. Aunque de forma más leve, también han mostrado alguna actividad.
—Curioso… ¿Y los míos?
—Esteee… No, los tuyos están como siempre. Inactivos.
—O sea, que ha sido por algo que ha ocurrido entre ellos dos.
—Sí, creo que sí.

Mónica miró hacia Fénix. ¿Qué había pasado entre él y su hija para que se activasen brevemente los cromanillos? Al pensar de nuevo en la palabra, sintió un escalofrío de aprensión. No, definitivamente, no era un término adecuado…

—Está bien, Stu. Mantenme informada, ¿vale?
—De acuerdo… ¡Ah, por cierto! Antes de que se me olvide.
—¿Sí?
—Hemos encontrado más cromanillos.
—¡Vaya! ¿Dónde? —Aquello la pilló por sorpresa.
—Aquí en la Colonia hay cuatro humanos, cinco animales y dos plantas, de momento. Del resto de la Confederación no tenemos muchas muestras, pero hemos identificado seis en Vian’har, dos de ellas en personas. Otra en Jurhan. Y dos más en muestras enviadas por nuestros compañeros de Enolén. Provienen de Naril, el tercer planeta. De Tiaril aún no hemos recibido nada.
—Parece que su presencia es muy baja. Esperaba que estuviese más extendido.
—Aquí, en la Colonia, hemos verificado ya el ochenta por ciento de las muestras en estos seis meses. Asumo que, como es natural, será imposible tomar tejidos de cada una de las formas de vida que viven aquí. Aún así, entre los humanos al menos, la presencia del cromanillo es de casi dos por millón. Muy, muy baja.

Mónica no pudo aguantar más. La palabreja de marras la tenía de los nervios.

—Oye, Stu. Tenemos que cambiar ese nombre. Contra más lo oigo, menos me gusta. Se me ponen hasta los pelos de punta.

Stuart, que no se esperaba aquella salida, se quedó un poco descolocado. Pero, al pensarlo un momento, reconoció que ella tenía razón.

—Vale. Ya pensaremos en algo.
—De acuerdo, entonces. ¡Oye, te dejo, que se me escapa la niña otra vez! ¡Alexia, ven aquí…! Te dejo, Stu.  Luego hablamos. ¡Te he dicho que vengas aquí!
—Vale, vale. No te preocupes—contestó él, divertido por el apuro de su amiga con la pequeña.

Cerró el comunicador y salió detrás de su hija, que volvía a irse camino de Fénix.

A partir de aquel día, Mónica tomó la costumbre de hacer que su pequeña pasase un rato con el animal cuando no había experimentos en curso, pese a las reticencias de algunos miembros del equipo, preocupados por la seguridad de su hija. Reducían la potencia de los generadores eléctricos por precaución y dejaban a la niña flotando cerca de Fénix, con unos guantes débilmente magnetizados. Éste la recogía con sus aletas haciendo gala de una delicadeza exquisita. El animal sabía perfectamente que era una cría, y por ello la trataba siempre con sumo cuidado. Alexia se divertía gateando sobre el lomo o por los costados del oberón, tocando su extraordinaria piel metálica, explorando su gran corpachón o jugando con todo aquello que le llamaba la atención. Su juego preferido era hacer “caballitos”. Se situaba en el extremo de una aleta, se asía con toda su fuerza, y Fénix la agitaba suavemente, lo que provocaba que la niña se partiese de risa, mostrando sus dientecillos todavía emergentes con los ojos brillantes de felicidad. El oberón no acababa de entender el significado de la risa, pero le gustaba la emoción que la niña destilaba cuando lo hacía. Pasado un rato, Mónica se acercaba flotando al lugar en que estuviese su hija y la cogía, miraba al animal, sonriendo, y se alejaba con un suave impulso de sus pies. Día a día, el tiempo que Alexia y Fénix pasaban juntos se iba dilatando, hasta el extremo de que, en alguna ocasión, hubo que alejarla de él para continuar con los trabajos de investigación, con el consiguiente enfado de la niña.

*

Desde la llegada del oberón a la Colonia habían pasado muchas cosas. Habían sido diez meses de continuos descubrimientos, emociones y sorpresas.

Pero hubo un día en que ocurrió algo que los dejó a todos estupefactos.

El día en que descubrieron que Fénix era capaz de comunicarse usando un lenguaje.

*

Todo había empezado como un juego inocente. Alexia dibujaba figuras en el aire con un proyector holográfico, que le había regalado Luar unos días antes. La niña movía la ligera “varita” de unos treinta centímetros de largo, agitándola torpemente. Cada vez que pulsaba uno de los botones de su mango, una luz se encendía en el extremo superior. Al mover el aparato, la luz quedaba suspendida en el aire, formando dibujos, hasta que se hacían desaparecer con otra función. El proyector permitía realizar dibujos muy precisos, pero la pequeña apenas tenía un año, por lo que tan sólo trazaba garabatos y borrones. Mónica se acercó a su hija y, cogiendo su mano con dulzura, le enseñó a dibujar algunas figuras geométricas: un círculo, un triángulo, un cuadrado... La niña miraba lo que hacía su madre con gran atención y con una preciosa sonrisa en su pequeña carita. Pero no era la única que admiraba los luminosos trazos flotantes. Fénix también observaba atentamente lo que hacían las dos humanas. Entendía nebulosamente que estaban dibujando formas con aquella cosa extraña, algunas de las cuales pudo identificar. Pero el cómo lo hacían era algo que quedaba completamente fuera de su capacidad de comprensión.

         Fue Alexia la que, mirando a Fénix, se dio cuenta del interés del animal. Lo señaló con el dedito y miró a su madre, sonriente.

—Gut-ta—dijo, con su aguda voz de bebé.
—Sí—contestó cariñosamente Mónica—. A la nena le gusta Fénix. Mamá ya lo sabe…
—No—replicó Alexia, sacudiendo la cabeza—. Ennis gut-ta lus.

Por un instante, Mónica no entendió a qué se refería su hija. El lenguaje de los niños pequeños podía ser tan complicado de comprender…

Pero enseguida cayó en la cuenta.

 A Fénix le gusta la luz

La joven se puso de pié, con la niña en brazos. Cogió el proyector y lo movió realizando amplios trazos, atenta a las reacciones del animal. Sorprendida, pudo constatar que su Alexia tenía razón. Fénix mostraba un vivo interés por los dibujos luminosos.

Con el corazón palpitando de emoción, Mónica dejó a la niña en el suelo y trazó un gran dibujo bidimensional de unos tres metros de longitud. Puso todo su empeño en hacerlo lo más detallado y comprensible que pudo. Varias personas a su alrededor dejaron lo que estaban haciendo y observaron intrigadas a la chica.

Había realizado el dibujo en perpendicular al ojo del oberón, para que éste no viese exactamente qué estaba representando. Pasados cinco minutos, cuando se consideró satisfecha con el resultado, pulsó la función de movimiento 3D del proyector. El dibujo giró noventa grados sobre su eje vertical y quedó expuesto al animal.

Fénix miró atentamente. Apenas una fracción de segundo después abrió mucho el ojo, al comprender lo que veía.

Mónica se dio cuenta de su reacción. Inconscientemente, inclinó la cabeza a un lado, sin dejar de mirarlo fijamente, fascinada por la inteligencia del animal.

Y si…”, pensó de pronto. Sonrió. “Al inclinar la cabeza debo de haber tenido un cortocircuito cerebral… Menuda idea se me acaba de ocurrir… Chica, tú estás muy mal a veces”.

Sin embargo, contra más vueltas le daba, más convencida estaba de la viabilidad de su ocurrencia. Sólo había un medio para averiguarlo. Y sólo había alguien lo suficientemente chalado para intentarlo.

Max

*


Era un chico delgado y moreno, de ojos castaños y mirada franca y sencilla, que siempre trataba de pasar desapercibido y hablaba con suavidad. Con veintidós años, se sonrojaba profundamente cuando alguna mujer le dirigía la palabra. Pero más aún si la mujer era Mónica Llanos. Ella era consciente del amor platónico que el joven le profesaba y nunca hacía o decía nada que lo avergonzase, pues era muy tímido.

Además, sentía un inmenso aprecio y respeto por el joven genio de la tecnología. Junto con otras cinco personas, formaban un excelente equipo de investigación e innovación. De sus manos habían salido verdaderas joyas tecnológicas, fruto de interminables horas de estudio y ensayo. Pasaban días buceando en los bancos de datos que los vianhios salvaron tras expulsar de su mundo a los Amos. Con lo que encontraban y con su inagotable capacidad inventiva, siempre sorprendían a todo el mundo con sus creaciones.

Sin embargo, y con diferencia, el más inteligente de todos ellos era Maximiliano Andretti. Poseía un CI abrumador, casi al límite de la escala que medía la inteligencia.

Toda la introversión que mostraba en las relaciones sociales la canalizaba en una capacidad asombrosa con la tecnología, pura genialidad. Mucha gente lo llamaba “Leonardo Tecninchi”, en comparación con el famoso genio italiano, pero a él no le hacía gracia. Los que lo conocían y lo respetaban, siempre lo llamaban Max.

No le gustaba la gente (excepto Mónica, claro) Entre circuitos y maquinaria se sentía cómodo, arropado por su ciencia. Cosas tangibles, que no criticaban, no se burlaban y no tenían intenciones ocultas. Allí todo era sencillo, a veces previsible. Dos más dos eran cuatro. Algo funcionaba o no funcionaba. Punto. Haciendo gala de su genialidad de artista conseguía montar curiosos y útiles artilugios a partir de la chatarra más insospechada.

Los miembros del equipo, cuatro chicas y dos chicos, trabajaban en un gran laboratorio, equipado con lo último y con acceso a toda la red informática de la Colonia. Pero dos de las chicas y un chico también tenían a su disposición, por haberlos solicitado, unos espacios privados, de más de cien metros cuadrados, colindantes al laboratorio. Eran lugares a los que se retiraban para relajarse, pensar, dormir, jugar… Eran sus santuarios. Los otros miembros no habían querido espacios personales, porque había algo que absorbía su tiempo libre y que les permitía disfrutar de todo aquello y más: parejas.

Mónica caminó hacia la puerta del espacio privado de Max. El joven había aprovechado aquel lugar para montarse un taller a su medida. Ella creía que aquello rayaba la obsesión. En vez de construirse un retiro o un lugar en que alejarse por un rato de las máquinas, había creado uno en el que sumergirse todavía más en su pasión.

En fin, si es así como se relaja…

No se oía nada al otro lado. Pero le constaba que estaba allí dentro, pues había preguntado a uno de sus compañeros. Llamó suavemente. Se oyeron unos pasos ligeros y la puerta se abrió, un poco. Cuando Max vio quién llamaba, se sonrojó, pero una cálida sonrisa iluminó su cara.

—¡Hola, Max!—saludó ella, alegremente—. ¡Cuánto tiempo sin verte!
—Ho… hola, Mónica—balbució él—. Me… me alegro mucho de verte. Sí que hacía tiempo, sí.
—Chico, lo siento. Sabes que me encanta pasar a verte y charlar. Pero llevo una temporada que no paro.
—Normal… La niña, el oberón, los descubrimientos… No hay tiempo para tanto. Pero pasa, por favor, pasa… —Se hizo a un lado, tímidamente. Además de sus compañeros y su madre (era huérfano de padre y no tenía hermanos), ella era la única persona con la que se sentía cómodo y con la que charlaba con cierta soltura.
—Gracias.

Mónica entró en el atestado taller. Había decenas de aparatos extraños en diferentes fases de construcción, marañas de cables, herramientas y demás cosas inclasificables, repartidos por el suelo y varias mesas metálicas. Quedaba el espacio justo para poder moverse. Aquel maremágnum de chismes aparentemente desordenados estaban, sin embargo, distribuidos según un criterio lógico que sólo Max comprendía.

A pesar del volumen de objetos, todo estaba limpio. En la esquina izquierda, al fondo, había un espacio despejado, como un oasis de paz en medio de aquel caos. Una mesa de madera, dos sillas, una librería rinconera y un ficus enano era todo cuanto había allí.

Max se apresuró a ofrecerle una silla y le preguntó si quería tomar algo.

—Vale, de acuerdo. Un refresco, por favor.
—¿Sucedáneo artificial de naranja, de limón, de fresa...?
—¿Tienes que ser siempre tan explícito? Así no habrá quien se quiera tomar nada. —Él bajó la mirada, azorado. Pero ella rió de buena gana—. ¡Es broma hombre! Dame uno de esos de limón venenoso, a ver qué tal…

El buen humor y la espontaneidad de su amiga siempre le divertían, a pesar de su manifiesta incapacidad para manejarse en las relaciones personales. Sonriendo tímidamente, le acercó un envase y un vaso y se sacó para él uno con sabor a fresa, su debilidad.

Charlaron animadamente un rato. Al final, Mónica se decidió a explicarle la idea que se le había ocurrido.

Max la escuchó atentamente, con cierta expresión de incredulidad. Pero fue sólo un espejismo, pues al instante siguiente su cerebro ya estaba funcionando a toda máquina ante la dificultad de lo que su amiga le había pedido. Sonrió abiertamente y sus ojos brillaron de entusiasmo: adoraba los desafíos. Y aquel era de los más estimulantes. Algo hecho a su medida.

—Me pondré a ello de inmediato. Pero necesitaré todos los datos que tengáis... Todos absolutamente —dijo con voz queda.
—Gracias, Max. Y no te preocupes. Te daré toda la información que tenemos. Si lo consigues, es posible que hayamos dado un paso de gigante con él. —Miró su reloj—. Uy, me tengo que ir. Tengo que recoger a Alexia.

Max, caballeroso, se levantó y le retiró la silla. Mónica le dedicó una de sus cálidas sonrisas y, por una vez, se atrevió a darle un abrazo amistoso. Él se puso rígido por un momento, pero enseguida se relajó y le puso las manos en los hombros, casi sin atreverse a tocarla. El olor de la chica lo embriagó.

—Muchas gracias por todo Max. Siempre se puede contar contigo. Cualquier cosa que necesites, no dudes en pedírmelo. Te quiero un montón, chaval…
—Ya… ya lo sé, Mónica…—balbució. Se soltó educadamente y se alejó un paso. Ella temió haber metido la pata. Se apresuró a disculparse.
—Espero no haberte violentado con el abrazo. Sólo quería mostrarte mi aprecio y…
—No, no… No me ha molestado en absoluto. No te preocupes… al contrario—se sonrojó y bajó la mirada—. Ha… ha estado… muy bien.

Ella lo miró, sonriendo suspicaz. Le dio un golpecito amistoso en el hombro, haciéndose la escandalizada. Los dos se rieron de buena gana.

Max la acompañó hasta la puerta y se la abrió amablemente. Mientras caminaba hacia la salida sintió los ojos del joven recorriendo su cuerpo en movimiento. Y tuvo que reconocer que no le desagradaba la sensación...

*

Tardó seis días. Pasó los tres primeros estudiando los datos, plantado delante de la pantalla del ordenador. Sólo estaba allí, sentado, inmóvil. De vez en cuando tomaba notas o realizaba algún boceto en una vieja libreta de papel, algo que ya nadie utilizaba. Al cuarto día, Mónica le trajo el dispositivo que querían modificar. Se lo hubiese dado al principio, pero él argumentó que hacía las cosas según un orden que le era útil.

Ella no acababa de entender muy bien aquel proceder, pero pronto tendría que admitir que funcionaba, al menos con Max. Pasó todo el tiempo desmontando el aparato y estudiando con detenimiento su funcionamiento íntimo, aunque ya había aprendido muy bien la tecnología en que se basaba. Pero, dadas las especiales características del encargo, y su compromiso con Mónica, quería conocer hasta el último componente en sus más básicas características. Tras pasar todo el cuarto día con el artilugio, se comió una inmensa fuente de macedonia de frutas con chocolate[6], bebió en abundancia, realizó sus funciones fisiológicas, se duchó y se acostó. Al día siguiente se levantó y se puso manos a la obra.

Durante los dos días siguientes trabajó sin descanso, completamente absorto en la tarea. No comió. No durmió. No salió del taller. No se levantó ni una sola vez, ni para ir al baño: orinaba a través de un conducto que desembocaba en un recipiente hermético. Bebía agua a través de un delgado tubo de silicona conectado a una garrafa de ocho litros, montada en un soporte colocado de tal modo que tan sólo tenía que girar la cabeza levemente para llevarse el extremo a los labios. En todo aquel tiempo no apartó sus ojos del banco de trabajo.

Mónica pasaba de vez en cuando, preocupada por la intensa actividad a la que estaba sometiéndose Max. Temía que pudiese pasarle algo. Pero, cada vez que se acercaba a la puerta, el joven levantaba una mano y hacía la señal de “Ok” con los dedos. A ella no le quedaba más remedio que darse media vuelta e irse a pasear su preocupación a otro sitio.

Al sexto día, Max llamó a Mónica al taller. Cuando la joven entró, vio a su amigo de pie, de espaldas al banco, sonriente. Tras él se adivinaba un objeto grande tapado con un plástico blanco. Mónica lo miró. Estaba pálido, con ojeras y con el cabello revuelto. Tenía pinta de estar muy cansado. Sintió una punzada de lástima. Cuando le pidió ayuda tan sólo quería eso, ayuda, no que se sometiese a una tortura mental y física de aquel calibre. Max percibió la contrariedad en la mirada de la muchacha y sonrió aún más, de manera tranquilizadora.

—“...al final del sexto día terminó su obra...” —recitó el joven con solemnidad. No era religioso, pero le gustaba citar frases célebres.
—Tienes mala cara...
—No te preocupes. Es mi manera de trabajar. Hace tiempo que lo descubrí. Si lo hago de otra forma, tardo mucho más y el resultado requiere de muchas más rectificaciones—explicó, sin dejar de sonreír—. Además, nunca estoy más de dos días a toda máquina. Trabajo dos días, descanso uno, trabajo otros dos y así sucesivamente. Ésta vez lo he conseguido en el primer ciclo... creo. En fin, eso es todo. —Bajó los ojos. De repente se le veía tímido y contrito. Quedaba claro que no le gustaba ni un ápice dar la menor sensación de prepotencia.
—Si tú lo dices, te creeré. Aunque no podrás evitar que me preocupe. Me parece bien que a ti te funcione, pero no creo que sea nada sano, ¿vale? —dijo ella, adoptando una actitud maternalista.
—Leonardo da Vinci dormía quince minutos cada cuatro horas y así mantenía un altísimo nivel de productividad intelectual... Él se inventó su sistema… y yo el mío —replicó Max con suavidad. Cuando hablaba sin dejarse dominar por la pasión, es decir, prácticamente siempre, su voz era más similar al susurro de la brisa que al habla humana.
—De acuerdo. Pero ten cuidado. ¿Qué tienes ahí?

Por toda respuesta, el joven se volvió, levantó el plástico y dejó a la vista un extraño artefacto, del que colgaban algunas correas y cables. Cogió una pantalla táctil de datos y la dejó encima. Miró de nuevo a su amiga, sonrió levemente y se encaminó hacia la salida. Se iba a casa a descansar. Al llegar al umbral se detuvo y giró apenas la cabeza.

—“... y viendo que todo lo creado estaba bien, al séptimo día descansó.” Cierra cuando salgas, por favor.

Acto seguido cruzó la puerta y se alejó hacia el elevador que llevaba a la Zona Residencial.

Y allí se quedó Mónica, sola, con los brazos en jarras ante el aparato y completamente estupefacta. Se acercó al banco de trabajo y admiró la pieza. Cogió la pantalla de datos, que funcionaba como un libro electrónico, y empezó a arrastrar el dedo por la superficie táctil. Sonrió.

Eran las instrucciones del emisor holográfico que Max había diseñado y adaptado para Fénix.

Al día siguiente conectó el complejo artilugio a la aleta delantera, la que el animal usaba con más precisión. También conectó los cuatro dispositivos redondeados que lo acompañaban, cada uno con el tamaño y la forma de media naranja, a los cuatro magtinos más cercanos a la aleta. Fénix observaba con infinita curiosidad las maniobras de Mónica en su cuerpo. Sabía que no le iba a hacer ningún daño, pero no entendía nada de lo que estaba pasando. Cuando todo estuvo instalado, empezó el proceso.

Tardó un par de días en enseñarle a usar el emisor holográfico de la aleta, provocando cerca de él pulsos eléctricos con frecuencias definidas. Cada vez que ella emitía uno, el dispositivo realizaba alguna acción predeterminada. Después, Mónica repetía la acción con su propia varita a la vez que repetía la emisión del mismo pulso. Tras repetirlo algunas veces, el animal comprendió cómo funcionaba y empezó a imitar las frecuencias que recibía, con poca suerte al principio. Pero, al poco, consiguió reproducir las señales eléctricas con una fidelidad notable. De ésa manera, lentamente, con gran paciencia, la joven y el animal empezaron a comprenderse y a imitarse el uno al otro. El oberón demostró ser mucho más hábil con el holoproyector de lo esperado inicialmente. Quedaba de manifiesto la gran inteligencia de aquel ser, pues aprendió a usar el aparato en apenas unos días. Al principio, Mónica se dedicó a dibujar motivos geométricos sencillos que Fénix trataba de copiar. El equivalente de los botones del mango de la varita eran los dispositivos acoplados a sus magtinos. Luego movía la aleta delantera e imitaba lo que estaba viendo. Max estaba pendiente de todo y realizaba algún ajuste de vez en cuando, para adaptar el aparato al oberón de la manera más eficaz posible. Tras unos días de práctica cuando quedó patente que el animal manejaba el proyector con habilidad, Mónica y Max decidieron pasar a la siguiente fase.

Combinaron reproducciones holográficas con dibujos sencillos realizados con la varita, imitando lo que las imágenes más complejas mostraban. Por ejemplo, al lado de un holograma de Mónica, ella dibujó un monigote sonriente con cabeza redonda, pelo largo y cinco palos representando tronco, brazos y piernas. Tras dos semanas de trabajo, Fénix pareció comprender lo que era una representación estilizada de un objeto.

*

En los siguientes seis meses, los humanos y el oberón aprendieron muchísimo los unos de los otros.

La capacidad intelectual del animal era sorprendente. Y también era evidente que poseía autoconciencia. Era mucho más inteligente que cualquier otra criatura conocida, a muy poca distancia de los humanos. En general, le reconocían una inteligencia equivalente a un niño de siete años, en cuanto a su capacidad de comprensión y razonamiento. Pero, como animal que era, su instinto condicionaba su capacidad mental a la supervivencia, no a conceptos abstractos y poco útiles en su ambiente.

Todo había cambiado fruto de su interacción con los humanos. Sus habilidades innatas, en cuanto encontraron un cauce de expresión, se desarrollaron en toda su magnitud.

Descubrieron que Fénix se comunicaba con un lenguaje basado en transmisiones de radio. Gracias a los vianhios y a su capacidad empática, también descubrieron que entre sus emisiones figuraban de manera destacada unas relacionadas con sus emociones.

De aquella manera, con paciencia infinita, dedicación e imaginación, entre unos y otros lograron inventar un lenguaje desde cero, y la inteligencia del oberón hizo el resto. Era similar al sistema de signos de los sordomudos que los chimpancés en cautividad aprendían en la Tierra un siglo antes, pero modificado para adaptarse a las características de Fénix. Era bastante más sencillo que el lenguaje humano, pero más complejo de lo que ningún simio habría logrado articular jamás. Además, se enriquecía con la capacidad que tenía el oberón para emitir emociones. Y cada día que pasaba se ampliaba más.

*

Todos se habían ido ya a dormir. Se había quedado con Fénix. Llevaba varias horas sentada en el suelo frente a él, “hablando”. Sus capacidades de comunicación parecían no tener límite. Pensó que, con el suficiente tiempo y dedicación, era perfectamente capaz de adquirir un lenguaje tan rico y variado como el humano. Era más una sensación que una certeza, pero cada día estaba más convencida de ello.

Había llamado a Li, para que bajase con Alexia, si la niña no estaba dormida aún. En aquel momento, por mucho que quisiese ir a casa, estaba tan absorta comunicándose con su enorme amigo que no encontraba el momento de dejarlo. Max (cómo no) le había preparado un dispositivo de antebrazo que traducía su habla, convirtiéndola en modulaciones de radio del lenguaje del oberón. El ordenador que llevaba incorporado convertía la voz de Mónica a una serie de señales preestablecidas y así podían hablar entre ellos. También funcionaba al revés, pero no demasiado bien. Las sutilezas de las transmisiones del animal y sus emociones eran difíciles de interpretar para el dispositivo. Llevaban varias semanas haciendo ajustes, programas y calibraciones. Aquella noche, parecía que el último software instalado funcionaba bastante bien. Por eso no podía irse aún.

Se levantó y se estiró aparatosamente. La cómoda y holgada ropa que llevaba onduló siguiendo sus movimientos. Aquello pareció llamar la atención de Fénix. Mónica cayó de pronto en la cuenta. Él no sabía cómo eran en realidad los humanos.

Tuvo una idea. Miró a su alrededor para asegurarse de que estaba sola. Caminó hasta situarse ante el animal, lo miró a los ojos y empezó a desnudarse lentamente.

Cuando ya estaba completamente desnuda. Puso sus brazos en cruz y dio una vuelta completa sobre sí misma, lentamente, de manera que Fénix pudiese ver cada rincón de su cuerpo. Una delicada y vaporosa luz multicolor se filtraba, a través de la bóveda de cristal, desde la nebulosa y desde las estructuras artificiales que flotaban allí fuera. Las luces interiores estaban apagadas. Sólo funcionaba la iluminación de emergencia. La cúpula se encontraba en la parte nocturna del asteroide, pues éste rotaba lentamente, dando una vuelta completa cada veinticuatro horas. El oberón, por primera vez, pudo ver el aspecto real de aquellas sorprendentes criaturas, capaces de realizar tantas cosas extraordinarias. La joven caminó alrededor del animal, movió los brazos, levantó su cabello y lo volvió a dejar caer, corrió y, por último, se puso a bailar lentamente. Su bello cuerpo se movía con una gracia y una elegancia felinas. Los músculos ondulaban bajo su piel de terciopelo, mientras su larga melena negra se derramaba sobre sus hombros como ébano líquido. La chica parecía flotar en el aire, moviéndose ligera y sensual

Li llegaba en ése momento con Alexia. La pequeña llevaba varios días sin poder dormir bien, así que decidió llevarla con él a ver a Mónica y a Fénix. Al entrar en la cúpula, se detuvo en seco. Se encontraba a más de doscientos metros de ellos, pero pudo ver claramente a su mujer desnuda frente al enorme ser, bailando. La expresión de sorpresa que afloró a su rostro hubiera merecido constar en las crónicas históricas para toda la eternidad. Caminó pausadamente hacia ellos, con la niña sobre sus hombros.

Por un instante, Mónica se sobresaltó al darse cuenta de que alguien se acercaba, pero sonrió abiertamente cuando vio quiénes eran.

Li tuvo que reconocer que muy pocas veces la había visto tan hermosa, tan abrumadoramente bella.

Les hizo señas para que se acercasen. Le dijo a él que se desnudase también y que hiciese lo mismo con la niña. Al principio el hombre no reaccionó, pero después comprendió qué pretendía su esposa.

Empezó a desnudar a Alexia, con expresión entre divertida y sorprendida. Tras la niña, se despojó él mismo de la ropa. Caminó hacia Mónica con la pequeña de la mano. La temperatura dentro de la cúpula era muy agradable, así que no había ningún problema para andar por allí sin ropa. Se reunieron los tres y se cogieron de las manos, frente a Fénix. Éste pudo observarlos detenidamente. Mónica cogió a Alexia y la abrazó contra su pecho, mirando al animal a los ojos. Luego dejó a la niña en el suelo, que se quedó insólitamente quieta, observando cuanto pasaba a su alrededor.

La joven cogió el puntero luminoso de una mesa cercana y un mando táctil. Uno de los holoproyectores cobró vida. Una gran imagen del oberón en tres dimensiones apareció frente a ellos. Era un reciente escáner biológico. Transmitió varias órdenes a través del mando y aparecieron también las imágenes tridimensionales de tres humanos, dos adultos y una niña, junto a la suya. Las cuatro figuras no estaban a escala, para poder apreciar los detalles. Con la ayuda del mando de control, Mónica empezó a eliminar capas de las cuatro imágenes. Primero la piel, luego los músculos, hasta que quedaron los órganos y el esqueleto. Luego fue señalando cada órgano del oberón que tenía correspondencia con los órganos humanos. El corazón, con sus rítmicos latidos, fue el que más atrajo la atención del animal, que así pudo ir viendo las diferencias y similitudes entre sus especies. Cuando señaló el pene de Fénix, vio en sus ojos que había reconocido su miembro oculto, y también la sorpresa que eso le causó. Acto seguido, señaló el aparato reproductor de Li en el holograma con el puntero y en la realidad con el dedo.

Borró momentáneamente su propia imagen y la de la niña, dejando las de los dos machos juntas. De los intensos estudios de su ADN y de su biología se dedujo que su especie se reproducía sexualmente, por fecundación interna y de forma vivípara. Así que Mónica proyectó una imagen aproximada de lo que sería una hembra oberón junto a la suya propia, borrando las dos anteriores, y marcó sus aparatos reproductores. Dibujó una figura de un hombre, de una mujer y de una niña pequeña. Cogió la de la niña, la redujo y la colocó dentro de su útero virtual. Luego hizo lo mismo con un oberón pequeñito en la imagen de la hembra.

Fénix se removió, con los ojos brillantes por la sorpresa. Lo había entendido. La criatura musculosa, de facciones más angulosas y con más pelo era un macho, como él. Y la otra, la de formas redondeadas, pelo largo y líneas suaves, una hembra. Por supuesto, la más pequeña era su cría, aunque eso ya lo tenía claro. Y se reproducían del mismo modo que su propia especie. A partir de aquel instante, su forma de ver a los Pequeños cambió radicalmente. Como si fuesen parientes lejanos.

Fue una noche increíble que jamás olvidarían. Habían alcanzado una especie de comunión entre ellos y el oberón. Mónica se sentía eufórica. Alexia se había contagiado de las emociones de su madre y saltaba y corría por todas partes. En cuanto a Li, nunca había visto a su esposa tan sensual, bella y viva como aquella noche. Parecía una diosa milenaria. Tenía su esbelto cuerpo bailando desnudo grabado a fuego en su memoria. Cuando volvieron a sus aposentos, y tras conseguir por fin que la niña se durmiese, hicieron el amor hasta el amanecer, con un cariño y una intensidad poco habituales.

*

Lo que la pareja no sabía era que habían tenido dos inesperados espectadores todo el tiempo que estuvieron con Fénix, aunque ninguno de los dos supo de la presencia del otro mientras observaban al matrimonio. Mejor dicho, mientras observaban a Mónica bailar. Uno lo hizo con sana admiración, arrobado por la belleza de la mujer; al otro lo consumía el deseo, la lascivia y un feroz y viejo resentimiento hacia Li.


[1] Fotosfera: la capa visible más externa de una estrella, la que se acostumbra a interpretar como su superficie. Hay más capas por encima, como la cromosfera y la corona, pero son transparentes y forman parte de la atmósfera estelar. (N. del A.)
[2] Tipo de cometas con perihelios muy cercanos, de menos de 100.000 km. sobre la superficie solar. En su mayoría son fragmentos de cometas mayores que siguieron la misma trayectoria y que, en sucesivas aproximaciones, se van partiendo hasta desintegrarse por completo. El primero en definir las características de este tipo de cometas fue Heinrich Kreutz en 1.888. También son conocidos como Rasantes del Sol (N. del A.)
[3] Los pólipos son los minúsculos animalillos que crean los corales y los arrecifes coralinos. Por ello, a los tripulantes de la Elcano se les ocurrió llamarlos pólipos cósmicos, cosmólipos, a pesar de ser seres más parecidos a plantas que a animales. (N. del A.)
[4] Diez años atrás, de forma fortuita, se encontró en una vieja maleta, que databa de antes de la Catástrofe, un puñado de granos de cebada, en buen estado de conservación. Tras varios cultivos, se logró producir bastante para elaborar una cerveza rudimentaria, con aditivos que trataban de emular las características del lúpulo y de la malta, aunque con resultados bastante modestos. (N. del A.)
[5] La trisomía cromosómica se produce cuando uno de los miembros de una pareja de cromosomas está repetida. Una conocida trisomía se da cuando la pareja de cromosomas número 21 es triple, lo cual causa el Síndrome de Down. Otras trisomías causan Síndrome de Edwards, de Patau… En cuanto al último par, el sexual o 23, hay varias peculiaridades. No acostumbran a causar graves problemas a sus portadores (muchos pasan toda su vida sin saberlo y sin notar ningún efecto en la salud), excepto la combinación XXY, que causa hipogonia, es decir, genitales subdesarrollados. Hay hombres XYY y mujeres XXX. Son físicamente normales , fértiles y de inteligencia en la media. Suelen ser algo más altos que la media, con cierta dificultad de aprendizaje y adquisición del lenguaje. (N. del A)
[6] El cacao es otra de las plantas que se lograron salvar de la Tierra. (N. del A.)

1 comentario:

  1. Carlos Matemático12 de abril de 2017, 15:52

    Excepcional la historia. Cada vez me atrapa más

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