martes, 31 de julio de 2012

Capítulo Doce: TERROR EN EL OCÉANO



Río y Cuidadora eran infinitamente felices rodeadas por aquella multitud de crías, aunque la mayoría no fueran de su misma especie. El corazón se les llenaba de alegría hasta tal punto que creían que en cualquier momento les podría llegar a explotar.

Por su parte, los cuatro jóvenes Navegantes se lo pasaban en grande jugando con los diminutos Caparazones. A pesar de su reducido tamaño, eran intrépidos, alegres y hábiles. Hacía cuatro Ciclos que habían salido de los huevos y ya mostraban una más que notable capacidad de navegación. Se perseguían unos a otros, realizaban arriesgadas maniobras, acosaban a Bebé o a Bandas, que se divertían de lo lindo esquivándolos, se escondían de Amanecer... Cuando se cansaban se acercaban a las adultas que, con la inestimable ayuda y paciencia de Destello, trataban de enseñar su lenguaje a las dos Caparazones. Se quedaban un rato allí, absortos con los juegos de luces y las complejas emisiones electromagnéticas. A las dos hembras les costaba mucho entender a las Navegantes pero, lentamente, iban aprendiendo… aunque Destello estaba secretamente convencida de que las dos Caparazones jamás llegarían a un nivel de comunicación tan complejo como el que compartían sus amigos Navegantes.

La Oscuridad se cernía de nuevo sobre el planeta. Más o menos quedaba un Ciclo para que la luz desapareciera y volviera a verse el espacio, con sus preciosos tonos anaranjados... La heterogénea manada decidió abandonar temporalmente la meseta sumergida y adentrarse en el mar, para evitar el riesgo de tropezarse por la zona con Pegajosas o, aún peor, algún Desgarrador.

Las adultas reunieron a todos los pequeños para irse, compleja tarea aquella porque las crías no querían dejar de jugar, y partieron hacia mar abierto. La luz iba menguando muy lentamente, mientras la estrella pasaba por detrás de los etéreos anillos de hielo del planeta gigante. Navegaron a buen ritmo, jugando y haciendo cabriolas en la cálida y agradable inmensidad líquida.

Se encontraban casi a tres Líneas de la planicie sumergida cuando una indefinida e incómoda sensación los invadió a todos. Se detuvieron y permanecieron alerta, atentos a cualquier señal que les permitiese identificar el origen de su malestar.

Una compacta serie de ondas de compresión barrió el océano a gran velocidad. Las sintieron atravesar sus cuerpos, provocando que se les revolviesen las entrañas y que sus mentes se enturbiasen.

A ninguno de ellos le gustó lo más mínimo aquella extraña sensación. Indicaba peligro. Un peligro importante. Pero, lo que más les inquietaba era que no tenían ni idea de a qué debían temer exactamente.

Las crías de Caparazón se unieron en un apretado grupo, junto a Bebé y Amanecer. Las seis adultas formaron un círculo alrededor de ellos con los sentidos aguzados al máximo. Destello se separó un poco de la formación ya que, gracias a su finísima sensibilidad, podía captar cosas que a los demás se les escapaban. Bandas decidió permanecer a su lado para ayudarla en caso de que las cosas se torcieran. Un confuso sentimiento de protección se apoderó de él, sin saber muy bien porqué...

Una profunda y grave vibración llegó hasta la joven Navegante. Venía de lejos, del fondo del mar. Sintió el agua estremecerse. El campo magnético del planeta también sufrió una alteración súbita, volviéndose caótico y turbulento. Algo no iba nada bien. Podía oler sustancias anormales que se expandían por el océano como una mancha gigantesca. Las había olido con anterioridad, procedentes de aquellas aglomeraciones de fango endurecido que tapizaban el lecho marino y que había visto alguna vez con mamá, durante sus esporádicas inmersiones a gran profundidad. Eran formaciones alargadas que se elevaban desde el suelo. Algunas podían ser muy altas, de dos y hasta tres Cuerpos de longitud. Su centro estaba hueco y de su interior salía un agua negra y muy caliente, cargada de minerales y compuestos complejos. La vida florecía en sus alrededores, con miles de formas de Nadadores y Caminantes. Todos mostraban dos características comunes: los tonos blancos y rojizos de sus cuerpos y que poseían órganos bioluminescentes.

Pero lo que olía ahora no procedía de un punto concreto, sino que parecía emanar de todas partes al mismo tiempo.

Entonces notó algo que la dejó confusa.

Se notó ingrávida durante una diminuta fracción de latido y, al instante siguiente, percibió que caía. Fue una sensación leve, delicada, pues tuvo la impresión que el mar caía con ella. Desplegó su mente al límite, aguzando sus sentidos casi hasta el umbral del dolor. Sintió que una gigantesca porción del mar había descendido súbitamente, mientras el resto permanecía en su lugar. Miró a Bandas y en sus ojos vio que también lo había notado. Observó que se formaba un tenue anillo de espuma alrededor de la zona, casi en el horizonte. La superficie del agua empezó a agitarse, formándose pequeñas y caóticas olas puntiagudas, que salpicaban y chapaleaban. Lo extraño era que se movían arriba y abajo, sin desplazarse. Parecía que el mar se erizaba de pinchos que aparecían y desaparecían.

Escuchó los agudos sonidos de alarma de lejanos grupos de Aulladoras, que se volvían cada vez más tenues. Se estaban marchando de la región.

Todo aquello era muy, pero que muy raro.

La vibración aumentó de intensidad.

El agua se comportaba de manera inusual. Algo estaba pasando allí abajo, en las profundidades de la eterna oscuridad. Algo enorme, tremendamente poderoso y, por tanto, nada tranquilizador.

Una potente onda de desplazamiento, de una intensidad que nunca había sentido, ascendió desde el fondo, empujando el mar hacia arriba como si fuese una colosal burbuja. La superficie se aplanó de golpe y las pequeñas olas puntiagudas de antes desaparecieron como por ensalmo. Destello pudo percibir que, en aquel momento, la misma zona del océano que había descendido respecto al resto apenas un parpadeo antes, acababa de invertir su tendencia, superando notoriamente el nivel normal del agua. Y, lo que era peor, seguía subiendo.

Sus sentidos captaron un sordo fragor de ondas y vibraciones procedentes del fondo marino. El mar se movía, cayendo desde el centro hacia los extremos de la inmensa bóveda de agua que se estaba formando en medio del océano. Al principio fue una corriente apenas perceptible, pero aumentó su velocidad rápidamente, según el mar iba ascendiendo cada vez más. Observó aliviada que no estaban en el centro del abombamiento oceánico, sino que se hallaban a un cuarto de la distancia entre la cúspide y el borde, cerca de éste.

Entonces, la superficie del resto del mar empezó a vibrar visiblemente.

Destello se quedó en blanco por un instante. “¡¡PELIGRO!!”, la avisó su instinto con una intensidad dolorosa. Había que alejarse todo lo posible de allí.

Inmediatamente.

¡¡FUERA DE AQUÍ!! ¡¡AHORA!! ¡¡VOLVAMOS AL REFUGIO!! ¡¡RÁPIDO, VAMOS, VAMOOOOS!! (Aprensión, Premura, Urgencia, Miedo) —emitió con todas sus fuerzas, apremiando a los demás a moverse tan rápido como pudiesen.

El heterogéneo grupo, que ya era arrastrado por la corriente en dirección al Refugio, empezó a nadar con todas sus fuerzas hacia la meseta sumergida, a más de dos Líneas y media de distancia. Las Navegantes adultas abrieron un poco los escudos térmicos del hocico, los que usaban para protegerse en la reentrada atmosférica. Cobijados justo bajo ellos, los pequeños Caparazones fueron transportados a mucha más velocidad de la que hubiesen podido desarrollar por sus propios medios, aunque esto sacrificó una parte de la hidrodinámica de las Navegantes. Los poderosos músculos cargados de energía de las adultas imprimieron una potente aceleración a sus cuerpos a pesar de ello. El hecho de navegar a favor de la corriente también ayudaba.

Las madres Caparazón, por su parte, también eran rápidas en el agua, contrariamente a lo que sugerían sus pequeñas aletas y su forma más ancha, pero no tanto como las Navegantes. Por eso se situaron tras éstas, aprovechando sus turbulentas estelas para reducir considerablemente su fricción con el agua.

Destello mantuvo una posición más retrasada, vigilando atentamente el extraordinario fenómeno que se estaba produciendo tras ella. El mar seguía elevándose imparablemente, formando una inmensa cúpula líquida de la que el agua se escurría.

*

La pequeña no podía saberlo, pero se había producido un terrible terremoto submarino que afectó a un enorme, complejo y antiquísimo sistema de cuevas y túneles de lava. Éstos perforaban la corteza planetaria de aquella región como si de una esponja se tratase. Las violentas vibraciones sísmicas fragmentaron la frágil capa de roca, que no pudo entonces soportar el peso del mar y se derrumbó como un castillo de naipes. Justo debajo, a unos tres kilómetros de profundidad, se hallaba una colosal caverna aplanada de unos setenta kilómetros de diámetro por unos ocho de altura. Se había formado al solidificarse la roca de la corteza planetaria alrededor de una inmensa bolsa de gas, miles de millones de años atrás. Los gases se habían filtrado paulatinamente desde entonces y quedaba poca presión en el interior del vasto espacio, pero no estaba vacío en absoluto. Millones de metros cúbicos de gas, principalmente metano, aún llenaban la cavidad. El techo fue incapaz de aguantar la súbita carga producida por la pérdida de grosor de la capa de roca. Se resquebrajó como el cristal en toda su superficie y se precipitó al vacío, arrastrando tras de sí una monumental cantidad de escombros y el mar que había encima. La presión producida por el tremendo impacto de escombros de cientos de metros de diámetro, sumados a los miles de millones de toneladas de la titánica masa de agua, contra el suelo de la gruta, reventó la delgada corteza oceánica en una gran área. Ésto hizo que el fluido magma que componía las capas superiores del manto planetario irrumpiese en la caverna con furia demoledora.

Acababa de formarse un punto caliente, un supervolcán.

El encuentro entre la lava candente y el agua fría provocó la instantánea evaporación de ésta en el límite de los dos fluidos. Parte del vapor se descompuso en oxígeno e hidrógeno. Los dos gases se combinaron entre ellos y con el metano, lo que produjo una violenta explosión al contacto con la roca fundida. A consecuencia de la presión de choque de la monstruosa detonación, el agua del mar y el magma se mezclaron. Y eso desató el auténtico desastre. La deflagración desencadenó una reacción Combustible-Refrigerante[1] de una magnitud pavorosa. El agua alojada en la caverna y el magma ardiente del manto planetario sufrieron una explosión en cadena, que multiplicó exponencialmente la potencia de la primera detonación. Se formó una colosal y turbulenta burbuja de vapor ardiente y gases volcánicos a una presión brutal, que se elevó imparable apartando de su camino a todo un océano. La parte superior del gigantesco y amorfo globo, de unos dieciséis kilómetros de altura por cuatro de anchura, estaba a punto de romper la superficie cuando su zona inferior aún no había salido del enorme socavón en el lecho del mar. A doscientos cincuenta metros de profundidad, la capa de agua se hizo demasiado delgada como para soportar la enorme presión de la ardiente bolsa gaseosa.

Entonces, la superficie del mar estalló.

*

El océano se encabritó, elevándose en el aire a gran altitud y convirtiéndose en una pared vertical con la forma de un ancho cono invertido. De su centro emergió un inmenso hongo de humo, gases ardientes y cenizas volcánicas. Fue como si un asteroide hubiese colisionado con el planeta. La gigantesca salpicadura generada por la explosión se fue frenando y arqueando conforme ascendía, a medida que la gravedad y la fricción con la atmósfera le robaban energía. Cuando perdió toda su velocidad ascensional, la monumental masa de agua empezó a caer de nuevo hacia la superficie. Una gran parte de la gruesa lámina de agua se disgregó, transformándose en un inmenso diluvio que ocultó el cielo y se abatió sobre el mar.

El asustado grupo de Destello navegaba a toda velocidad, tratando desesperadamente de escapar a la monstruosa mole líquida que se les venía encima. Pero fue inútil. Mucho más rápida que ellos, la abrumadora fuerza del agua que caía desde el cielo los aplastó, sumergiéndolos a todos en un mar confuso y caótico. Intentaron poner rumbo hacia el Refugio, pero navegaban completamente a ciegas. Ninguno de sus sentidos les proporcionaba una información fiable. El campo magnético del planeta estaba tan alterado que les era imposible usarlo para orientarse. Sus ojos sólo captaban espuma por todas partes. Y su olfato estaba tan colapsado por las emanaciones del supervolcán que les era completamente inútil. Tan sólo la gravedad logró abrirse paso hasta sus mentes, de forma que, al menos, pudieron saber donde estaba arriba y dónde abajo.

Potentes ondas de presión los zarandeaban sin piedad de un lado a otro, desorientándolos. La pesada e inmensa cortina de agua los aplastaba, cegándolos. El fragor de las explosiones submarinas los ensordecía. El campo magnético, transformado en un torbellino caótico, los confundía. Pero continuaron nadando en la dirección que creían correcta, tratando de alcanzar la protección del Refugio. Fue Coral, que avanzaba a la cabeza del grupo, la que sintió primero la presencia de las enormes vetas de mineral de hierro de la meseta sumergida. Transmitió emocionada la buena noticia a los demás. Aunque estaban lejos, saber por fin hacia dónde debían huir llenó sus corazones de esperanza. En aquel momento el diluvio empezó a amainar y la superficie del mar se fue calmando gradualmente. Las olas eran cada vez menores y menos caóticas. El cielo se aclaró con rapidez, permitiéndoles ver más y más lejos. Al subir por el lomo de una ola pudieron vislumbrar, con inmensa alegría, las lejanas líneas espumosas que revelaban la presencia de los arrecifes coralinos. A Destello le extrañó que el mar se calmase tan rápidamente después de una explosión tan horrible como la acababa de tener lugar.

Se encontraban aún a casi una Línea de distancia de la meseta. Nadaron con decisión, aleteando con brío. El lejano fragor que emanaba del lugar de la explosión era cada vez más perceptible. Y no dejaban de producirse continuas detonaciones de gran intensidad. Aquello no presagiaba nada bueno. Debían alejarse de allí cuanto antes. Entonces, extrañados, notaron que perdían impulso. El agua empezó a ir hacia atrás, cada vez más rápida. En poco tiempo se formó una fuerte corriente en sentido contrario a su rumbo que anuló completamente su velocidad de avance. A pesar de sus esfuerzos no lograban avanzar ni una aleta. El agua rompía contra sus hocicos como si estuviesen navegando a toda potencia en un mar en calma, y formaba tras ellos una turbulenta estela. Pero no se movían. No conseguían comprender qué estaba pasando. Entonces, la corriente ganó intensidad y comenzó a arrastrarlos, alejándolos de la salvación. Las Caparazones, con una capacidad muscular inferior a la de los Navegantes, empezaron a perder la posición. Destello, que iba la última, las vio acercarse a ella mientras luchaban con todas sus fuerzas para no ser arrastradas. No entendía por qué el mar se comportaba de aquella manera. El ruido era atronador pero, por encima de éste, la pequeña pudo escuchar claramente un sonido distinto, un bramido lejano, continuo y grave que inundaba el aire.

Notó un nuevo cambio en el mar. Conforme la corriente hacia atrás ganaba intensidad las olas perdían altura y fuerza. Cuando las Caparazones llegaron a su altura, el agua se había aplanado casi del todo. No le gustaba nada todo aquello. Muchos cambios extraños en muy poco tiempo. El mar no se podía calmar así como así, y menos tan rápido. Inquieta, se aventuró a mirar hacia atrás, aunque era consciente de que eso le haría perder impulso. Una fina hilera de espuma se perfilaba a menos de una Línea a su cola, difuminada por una especie de neblina ascendente. Notó que el agua aumentaba de velocidad a medida que se acercaba a aquella especie de frontera. Tras la espuma pudo distinguir una sombra oscura que cubría una enorme porción del océano. Una espesa y gruesa columna de humo, vapor y ceniza volcánica se elevaba a gran altitud en la atmósfera, desde el centro de la sombra. Reparó, extrañada, en que el horizonte más allá de la inmensa fumarola no era ligeramente curvo como siempre, sino que estaba al revés, se hundía en el centro. De pronto comprendió lo que estaba viendo. Su sangre dorada se le heló en las venas.

“¡Es un agujero…!”

Había un agujero en el mar, tan colosal que llegaba hasta más allá del horizonte, lo que le daba aquella apariencia de línea curva invertida. El fragor que había escuchado y la corriente que los arrastraba con fuerza arrolladora y creciente eran el resultado de un océano que se precipitaba al fondo de una pavorosa sima ardiente, formando una inmensa cascada circular de una magnitud difícil de imaginar.

Y los arrastraba consigo en su caída.

Desesperada, la joven Navegante trataba de encontrar una solución que les diese una oportunidad de sobrevivir. Era aterradoramente consciente de que, si caían por la cascada, ninguno de ellos lograría ver un nuevo amanecer.

De pronto se produjo otro cambio inesperado. La ardiente columna de humo y vapor desapareció de repente y la corriente perdió intensidad. Estaban a menos de un cuarto de Línea[2] de la meseta sumergida, avanzando nuevamente con normalidad, cuando Destello observó un nuevo fenómeno. Un titánico cilindro cónico de agua cubierto de espuma ascendía con engañosa lentitud en el centro del agujero oceánico, mientras el resto de éste recuperaba rápidamente su nivel normal. La columna de agua se elevó de tal manera en el aire que, por un momento, a la joven le pareció que podía atravesar la atmósfera y salir al espacio. La parte alta del imposible cilindro líquido empezó a arquearse hacia fuera. El gigantesco pilar de agua se desplomó sobre la superficie del mar, que ascendía a su vez desde el fondo del agujero. Destello, asombrada y aterrorizada a un tiempo, vio elevarse, de nuevo, un pavoroso muro de agua circular que se expandía en todas direcciones y que se les echaba encima con la fuerza de un meteorito.

Sin la corriente inversa que les había impedido avanzar antes, nadaron hacia el Refugio con renovados bríos.

Bandas tuvo una idea.

Destello, Amanecer, podemos refugiarnos en nuestro escondite (Urgencia)
Buena idea (Admiración)—emitió Amanecer—.Vamos, deprisa (Excitación)
¿Qué escondite? ¿De qué habláis? (Confusión, Miedo)—Coral estaba muy asustada.
Luego os lo explicamos. Seguid a Bandas (Determinación)—El tono de apremio de Destello anuló cualquier discusión.

Estaban a unos seis Grupos de Cuerpos del borde superior de la meseta. Cambiaron de rumbo, dirigiéndose al cañón submarino. Por suerte, el gran saliente bajo el cual estaba la cueva se hallaba prácticamente en línea recta ante ellos. A tres cuartos de Línea por detrás de la posición de la asustada manada, el frente de presión submarino de la muralla líquida, que barría el fondo del océano, se topó con la pared de la antigua formación rocosa, que ascendía desde el lecho marino en un ángulo pronunciado. La deceleración producida por el brusco frenado fomentó que la ya enorme ola de la superficie empezara a crecer aún más, atrayendo grandes cantidades de agua hacia ella.

Mientras, el grupo consiguió rebasar el borde del altiplano sumergido, navegando sobre la roca tapizada de coral. Forzaron sus músculos al límite pero, de nuevo, avanzaban más lentamente de lo que cabría esperar. El mar se retiraba una vez más de la meseta, arrastrándolos hacia la pared líquida que crecía sin medida conforme perdía velocidad y absorbía agua. Notaron que la profundidad disminuía alarmantemente bajo ellos. Si el nivel bajaba demasiado quedarían varados entre las afiladas formaciones coralinas, sin protección ante el temible impacto del monstruo que se les echaba encima. Serían despedazados en un instante. La ola se hallaba a menos de media Línea[3] tras ellos y el borde superior del cañón a unos ocho Cuerpos por delante. En condiciones normales habrían llegado con un amplio margen de tiempo, pero la corriente en contra los frenaba considerablemente. La profundidad era de tan sólo un Cuerpo y disminuía rápidamente. Angustiada, Destello llevaba todo el tiempo transcurrido desde el inicio del cataclismo exprimiendo su cerebro en busca de una salida, una oportunidad viable para escapar a la muerte. Ella podía usar sus alargados impulsores magnéticos para ganar velocidad. Pero los demás no disponían de ellos. Sabía que, a aquella velocidad, no podrían llegar al cañón antes de que la superficie del Refugio quedara seca. De pronto, su mente extraordinaria produjo una idea alocada, aparentemente absurda e inútil. Durante un latido su parte racional la consideró, y encontró que no era tan absurda como podía parecer en un primer momento. La visión traspasó por fin la barrera de su inteligencia consciente y comprendió su significado:

“Los impulsores espaciales...”.

Aquel pensamiento se abrió paso a través de su cerebro con una fuerza y claridad dolorosas. Debatiéndose entre la euforia y el temor, avisó a los demás.

¡¡LOS IMPULSORES!! ¡¡ENCEDED LOS IMPULSORES AL MÁXIMO!! ¡¡AHORA!! (Urgencia, Premura)—transmitió a toda potencia.
Pero qué... (Confusión)—emitieron Río y Bondadosa.
¡¡HE DICHO AHORAAA!! (Determinación, Angustia)

Actuando prácticamente por instinto, Navegantes y Caparazones cargaron las cámaras con los compuestos explosivos que guardaban en sus vejigas en apenas un latido. Un parpadeo después canalizaron la intensa electricidad de sus organismos hacia los nodos de las cámaras de ignición; el combustible se incendió salvajemente, como siempre, precipitándose al exterior con la furia de un torrente.

El agua se vaporizó al contacto con el chorro de fuego que emitían los impulsores de los once seres, mientras los trece pequeños Caparazones se agarraban con fuerza a las Navegantes, protegidos por los escudos frontales de éstas. La precipitada idea de Destello funcionó de maravilla, pues todos experimentaron una contundente aceleración que los impulsó a gran velocidad hacia delante. A pesar de la fricción, descubrieron sorprendidos que los propulsores funcionaban sensiblemente mejor en el agua que en el espacio. El empuje creado por ellos era mucho más eficiente en el líquido que en el vacío. Los fugitivos plegaron las aletas contra el cuerpo, para reducir el rozamiento. Siendo ya innecesaria para sobrealimentar sus músculos, usaron toda la potencia eléctrica sobrante para activar sus campos electromagnéticos, haciéndolos fluir continuamente del hocico a la cola. Dado que el agua salada es conductora eléctrica, de aquella ingeniosa manera consiguieron reducir la fricción y mejorar la hidrodinámica de sus grandes cuerpos. La idea fue de Amanecer, que había pasado Ciclos enteros jugando con el agua de aquella manera cuando estaba aburrida.

La sensación de desplazarse a aquella gran velocidad por el océano era tan nueva, tan estimulante, que por unos instantes olvidaron el crítico peligro que les amenazaba.

Luego, volvieron a la realidad en toda su crudeza: la profundidad era de medio Cuerpo. Las adultas ya rozaban los corales más altos con el vientre. Todos pudieron escuchar los irritantes arañazos de las afiladas formaciones contra las placas metálicas de la piel.

La ola medía un Cuerpo y medio de altura y la cresta empezó a arquearse, coronada de espuma. La pared líquida se curvaba hacia delante. Cuando pasó el punto de equilibrio, todo un mar se precipitó desde las alturas. La blanca y espumosa cresta, que cubría el cielo de un horizonte al otro ensombreciendo el océano, se abalanzaba con furia indomable sobre la meseta.

Sobre ellos.

Unos momentos antes de que la pared de agua los aplastase a todos contra las agudas rocas, con una profundidad que apenas permitía la navegación, el gran cañón submarino se abrió abruptamente bajo ellos. Aliviados y aterrorizados, se sumergieron dentro de la gran falla a una velocidad suicida, dejando grandes estelas de vapor a su cola. Guiados por Bandas, llegaron en un parpadeo al inmenso saliente con forma de punta, frenaron casi en seco, apagando los impulsores y abriendo las aletas. Se apretaron todo lo posible unos a otros y contra la pared rocosa, protegidos por el espolón de piedra, sin tiempo ya para llegar a la cueva…

… en el mismo instante que el mar se desplomaba sobre la meseta.

El impacto fue devastador. La roca se agrietó en infinidad de lugares. La arena se mezcló con el agua, formando una nube abrasiva que arrancaba la carne de los huesos a todas las criaturas marinas que atrapaba. La meseta tembló hasta sus cimientos. En muchos sitios se produjeron inmensos derrumbes, allí donde la roca, debilitada por el impacto del asteroide millones de años atrás y por el reciente y violento terremoto submarino, no pudo soportar la salvaje acometida del mar. El agua se volvió confusa, con violentas corrientes que barrían toda la región.

Nadadores, Masticadores, Bocasierras, Aulladoras, corales, algas... Todo fue arrastrado y aplastado contra las paredes de piedra, o llevado por las corrientes mar adentro, hacia las profundidades. Piedras, agua, arena, seres vivos, rocas descomunales... Todo caía, rodaba, era arrastrado, se tambaleaba o se sacudía, como si una aleta gigante removiese salvajemente el fondo arenoso de una playa.

Ellos, protegidos por el saliente del impacto directo de la descomunal ola, se pegaron desesperadamente a la pared del cañón con una gran cantidad de hebras, segregadas con las glándulas de hilo del hocico y de la cola. Forzaron al límite el campo eléctrico que habían formado combinando sus fuerzas. Éste, con un titánico esfuerzo de sus organismos, consiguió desviar las impetuosas y desordenadas corrientes lo justo para no ser arrancados de allí. Pero no pudo evitar la tremenda presión provocada por el impacto del maremoto. Fue como si una roca los aplastase brutalmente. Pero, afortunadamente, duró apenas unos instantes. Algo aturdidos, comprobaron que nadie había resultado herido. Sus fuertes corazas y sus resistentes cuerpos los habían salvado... de momento.

Tras el maremoto el mar se niveló rápidamente. La inmensa ola había pasado y se alejaba océano adentro, hacia tierra firme. Pero la aparente calma tan sólo era una breve ilusión. No había una sola ola, sino muchas. La que habían soportado era la primera, pero no fue ni la única ni la mayor. Todos pudieron sentir la fuerza y las profundas vibraciones que emanaban de la siguiente, que avanzaba hacia ellos con ímpetu arrollador. El nivel del agua volvió a descender.

Terriblemente doloridos, Destello, Bandas, Amanecer y Bebé se pusieron rápidamente en marcha hacia la cueva, seguidos por todos los demás. Como la gruta se encontraba a media altura de la pared del acantilado, no podía ser cegada por un desprendimiento. Era el lugar más seguro de la zona en aquellas circunstancias. Tenían tiempo suficiente para llegar allí antes de que la siguiente ola golpease de nuevo la meseta.

Entraron en la oscura gruta y se apretujaron en el fondo unos contra otros. Tejieron febrilmente un enmarañado laberinto de hilos que los sujetó a las paredes, suelo y techo de la cueva. Y esperaron. Los pequeños estaban muy asustados, por lo que las madres trataron de transmitir tranquilidad y confianza. Pero era muy difícil intentar que sus hijos se mantuviesen tranquilos si ellas mismas estaban aterrorizadas.

Entonces llegó la segunda ola, con un sordo tronar que fue subiendo de tono hasta convertirse en un terrible bramido que lo llenaba todo.

La cresta golpeó la maltrecha meseta con mayor fuerza aún que la anterior, haciéndola resquebrajarse y vibrar como si se estuviese partiendo por la mitad. Dentro de la cueva sintieron estremecerse la roca, pero ni las corrientes ni la arena penetraron hasta allí. Lo que sí notaron fue otra abrupta subida de la presión a causa del espantoso impacto. La montaña de agua se alejó hacia el continente, en pos de su predecesora, dejando la zona completamente arrasada.

Se miraron, con el miedo taladrando sus cerebros. Sentían la proximidad de la siguiente pared líquida. El pánico brilló en sus ojos.

La tercera ola era, con diferencia, la mayor de todas. Su avance perturbaba incluso el campo magnético del planeta. Una monstruosa masa de agua que empequeñecía a todas las demás con su gigantesco tamaño. En aquel momento pudieron sentir la auténtica magnitud de la sacudida sísmica que había alterado el lecho del océano. Se dieron cuenta de las colosales dimensiones que podía adquirir un mar cuando se le perturbaba de aquella manera. El agua se retiró de tal forma de la meseta, que la cumbre quedó totalmente al descubierto por primera vez en millones de años. La cueva se vació prácticamente hasta la mitad, dejándolos varados a todos en el suelo arenoso. Sus cuerpos no estaban diseñados para posarse en el suelo sin agua que les hiciese flotar. Apoyaron las aletas con fuerza en la arena, para aliviar un poco sus vientres de la aplastante sensación. Experimentaron un dolor que jamás habían conocido. Pero sus organismos, acostumbrados a soportar fuerzas abrumadoras en el espacio, resistieron sin problemas.

La titánica pared de agua, de más de cuatro Cuerpos de altura, golpeó la meseta con la fuerza de un asteroide. La gran llanura de piedra se quebró por la mitad, desmoronándose como un montón de arena. El agua volvió a llenar la cueva. La presión creció repentinamente hasta niveles insoportables.

Todos perdieron la conciencia.

*

Las olas gigantes barrieron las costas, a casi setecientos kilómetros de distancia, destruyendo parte de los arrecifes de coral y de la vida que sostenían. El mar entró decenas de kilómetros tierra adentro, arrasando bosques, ríos, montes... Cuando el agua se retiró, arrastró consigo tierra, rocas, árboles, animales ahogados... un manto de devastación cubrió las zonas inundadas. La geografía de algunas costas cambió de manera drástica. Donde se había abierto una acogedora bahía, el maremoto había dejado un pantano lodoso lleno de árboles arrancados. Llanuras convertidas en lagos salados, ríos que cambiaron de curso, bosques transformados en laberintos pestilentes... Lo único que se mantuvo más o menos igual fueron las zonas con acantilados, aunque hubo derrumbes masivos.

Los fondos marinos también sufrieron una devastación equivalente. Enormes arrecifes coralinos fueron ahogados bajo un grueso manto de arena y lodo. Rocas gigantescas se desplazaron centenares de metros. Desaparecieron bosques de algas. Kilómetros cuadrados de arenales submarinos cambiaron de lugar. Algunas islas arenosas desaparecieron. En total, fueron nueve las olas gigantes que acometieron contra las costas.

Por su parte, el altiplano sumergido sufrió toda la furia del maremoto. Al colisionar contra la inmensa torre solitaria, el mar la destrozó. El Refugio cambió radicalmente, para siempre. La pavorosa embestida de la tercera montaña líquida impactó de lleno en el cañón submarino, concentrando su colosal fuerza contra la extensa grieta. La presión ejercida fue de tal magnitud que la meseta, debilitada por el violento terremoto submarino, la posterior onda expansiva de la explosión volcánica y los terribles embates de las dos anteriores oleadas, se partió por la mitad hasta la llanura abisal, cuatro mil metros por debajo de la superficie.

Una vez que hubieron pasado las nueve olas gigantes provocadas por el supervolcán, las dos mitades del Refugio permanecieron en equilibrio unos minutos. Después, la extensa falla que había en su base, en la planicie abisal, no pudo seguir soportando el peso de la enorme mole que gravitaba sobre ella. La mitad occidental empezó a inclinarse conforme la fosa tectónica se derrumbaba, mientras la oriental permanecía firmemente anclada al fondo oceánico.

El Refugio había surgido de aquella falla decenas de millones de años atrás, cuando las fuerzas geológicas elevaron aquella parte del lecho oceánico. Pero la presión de la montaña rocosa en pleno derrumbe la hizo ceder. La enorme fricción generó una monstruosa cantidad de calor, provocando que el lecho marino se fundiera y que se acelerase aún más la caída de la colosal columna rocosa. Aquella parte de la meseta se hundió en la roca líquida, inclinándose rápidamente, hasta que se posó de costado con fuerza demoledora en la llanura abisal. El terrible impacto de miles de millones de toneladas levantó kilométricas nubes de limo y arena. Miles de animales huyeron de la zona tratando de salvar la vida. El océano sufrió una nueva conmoción y se generó otra tremenda ola gigante. La costa oriental del continente, que se había salvado en parte del primer maremoto, recibió el segundo tsunami sin aviso previo. La magnitud de aquella nueva ola rivalizó con casi todas las anteriores.

Centenares de miles de criaturas acuáticas y terrestres, que deambulaban aturdidas por aquella parte de la costa buscando refugio tras el embate del primer tren de maremotos, fueron aniquiladas de golpe por la ola solitaria, que llegó apenas una hora después. No tuvieron la menor oportunidad. Las bajas entre las especies espaciales también fueron muy numerosas. Centenares de crías habían desaparecido. El daño a su biodiversidad fue enorme.

Pero los peligros sólo habían empezado a mostrarse.

Aquella Vuelta sería funestamente recordada durante mucho tiempo.

*

Silencio.

Quietud.

Empezó a emerger de la oscuridad en la que había caído.

No lograba recordar. Sólo supo que había perdido el sentido.

“¿Cu... cuánto tiempo ha pasado? No recuerdo nada...”

Su mente recuperaba la lucidez por momentos, abandonando el abrazo de la inconsciencia. Trató de percibir a los demás, pero sus sentidos estaban embotados y tampoco veía nada.

Esperó un poco, hasta que su organismo recuperó precariamente la normalidad y volvió a generar energía. Sus sentidos se fueron aclarando. Hizo brillar sus órganos bioluminescentes, disipando la oscuridad a su alrededor.

Estaban todavía en la cueva, amontonados en el fondo. No parecía faltar nadie, ni tampoco que hubiese heridos. Sólo estaban inconscientes, como ella unos momentos antes. Había sido la primera en despertar, nada más. Pero una extraña sensación la incomodaba. Sentía algo desconocido, como si se hubiese producido un gran cambio.

Dolorida, se zafó de la maraña de hilos y nadó lentamente hacia la boca de la cueva. Casi no había luz, pero no le extrañó, pues faltaba poco para entrar en la Oscuridad cuando las olas los persiguieron. Como ignoraba cuánto tiempo había estado inconsciente, era posible que ya fuese de noche.

Salió de la gruta. El agua estaba muy turbia y oscura, apenas veía a una aleta ante sí, pero percibió luz en la superficie. Por tanto, aún era de día, y había pasado poco tiempo en realidad. Se adentró en el cañón. Sólo estaba oscuro porque había mucha materia en suspensión en el agua.

Su instinto golpeó su mente con insistencia. Algo pasaba.

El mar se iba aclarando muy despacio. Las finas partículas en suspensión iban precipitando hacia el fondo con una lentitud exasperante. Durante largo rato flotó en el agua, con los ojos cerrados, esperando, percibiendo su entorno. La información que recibía a través de sus sentidos era caótica y prácticamente incomprensible, pero no podía acabar de concretar las causas. Aún estaba muy confundida.

Abrió los ojos. El agua se había aclarado algo más. Miró al frente, pero no vio nada. No lograba captar la pared del otro lado del cañón. Sus ojos no percibían nada en ninguna longitud de onda por encima y por debajo de la de la luz normal. Quizá el mar estaba demasiado turbio todavía. Magtinó un tren de ondas muy cortas al frente y esperó el rebote para calcular la distancia. Pero el eco no se produjo. Dirigió su mirada hacia abajo. Nada. Sólo oscuridad. Una oscuridad densa y lejana que...

“Lejana...”

Fue entonces cuando comprendió lo que sus sentidos captaban. O, mejor dicho, lo que no captaban. La revelación la dejó atónita. No podía creerlo.

El suelo del cañón no estaba. Y la otra pared tampoco. Lo que veía era tan solo el mar abierto delante y bajo ella.

La mitad de la meseta había desaparecido en las profundidades.

*

Cuidadora tomó conciencia de pronto que estaba viva. Se habían salvado. Aún no podía creerlo. Recordaba la tremenda ola que les persiguió en su desesperada huída a través del mar; la oportuna e inesperada idea de Destello de usar los propulsores; la ocurrencia de Amanecer de usar los escudos magnéticos para reducir la fricción; el impacto de la primera ola y la llegada a la cueva. Y luego nada. Perdió la conciencia en el fondo de la gruta sin comprender todavía el motivo. Tan sólo sintió, un instante antes de desvanecerse, una demoledora presión que aplastó sin piedad su cuerpo contra la piedra.

Le dolía todo, pero no estaba herida. Movió suavemente las aletas y, cortando los hilos que la sujetaban, ascendió despacio. Estuvo unos momentos comprobando que no sufría daños internos. Todo estaba perfectamente, en apariencia. Decidió iluminar la densa oscuridad de la cueva.

La suave luz disipó las tinieblas a su alrededor. Aparentemente todos estaban allí, pero ninguno había despertado aún. Temiendo que a alguno de los pequeños le hubiese ocurrido algo malo, la adulta agudizó al máximo sus sentidos, percibiendo cada latido, cada olor y cada pizca de energía de los cuerpos amontonados. Tras unos instantes de preocupación, sintió un alivio liberador: ninguna cría presentaba daños. Estaban bien, inconscientes pero ilesos. Entonces, una vez más tranquila, estudió a las adultas, con el mismo resultado. Pero...

Faltaba una. Volvió a contar. Sí, faltaba Destello. La ansiedad empezó a invadirla. ¿Dónde estaba la pequeña? Las terribles imágenes de la muerte de su hijo volvieron a su mente con dolorosa claridad. ¿Le habría pasado algo a la hija de Luchadora? Sintió un amago de pánico. Empezó a nadar nerviosamente en círculos por la cueva, forzando sus sentidos, mirando en cada rincón, tras cada roca. Sentía que el terror desgarraba su corazón y dispersaba su mente. Sus latidos acelerados hacían vibrar su cuerpo. Estaba sufriendo un ataque de ansiedad. Con un esfuerzo considerable se obligó a mantener la serenidad. “¿Dónde está...?”

No la encontraba...

Destello... —llamó

No respondía...

¡Destello...!

No la sentía...

¡¡DESTELLOOOO...!!

Se encontraba en el limbo de la más absoluta desesperación. Sintió su corazón oprimido de dolor. Algo terrible le había pasado a la pequeña. Estaba segura. Rememoró otra vez lo ocurrido con su hijo. Su mente empezó a enturbiarse de terror...

Estoy aquí.

*

La agónica llamada de Cuidadora pilló a Destello totalmente por sorpresa. Tardó un poco en reaccionar. Demasiadas emociones en tan corto periodo de tiempo. Le extrañó aquel estallido aterrorizado de su amiga, pero inmediatamente cayó en la cuenta de que, cuando salió al exterior, todos los demás seguían desmayados. Nadie la vio salir. Cuidadora debía haberse despertado y, al no verla allí, se había asustado. Así que le contestó inmediatamente, para calmarla. El alivio y la felicidad que la adulta emitió involuntariamente fueron tan intensos que la pequeña no pudo por menos que sorprenderse.

Cuidadora salió de la cueva, nadando con sus seis únicas aletas. Aún le dolían, de vez en cuando, las cicatrices de las dos extremidades amputadas. Y, después del tremendo esfuerzo que realizó para escapar de las mortíferas olas gigantes, el dolor se había agudizado. Llegó al umbral de roca y vio a la joven Navegante flotando a poca distancia. Se acercó a ella, magtiendo felicidad.

Destello la sintió a su lado. Sus miradas se cruzaron. Inmenso alivio y cariño en los ojos de la adulta; calma y comprensión en los de la pequeña. Observó que estaba tan absorta en ella y tan feliz por saber que no le había pasado nada, que no se daba cuenta de lo que había ante ella. O, mejor dicho, de lo que no había.

Mira—magtió la joven.
¿El qué? (Curiosidad).
¿No ves nada raro ahí delante? (Expectación).
El agua está turbia y es casi de noche. ¿Hay algo especial? (Extrañeza)
Ése es el problema. Que NO HAY. Falta algo.
No veo que falte nada. No creo que... (Estupor)—Enmudeció.
Eso es. (Aprobación).
¿Pero qué ha... que ha pasado aquí? ¿Dónde está la pared? ¿Dónde está el cañón...? (Confusión, Desorientación).
Una mitad está ahí, detrás de nosotras. La otra, allí abajo (Calma)—explicó Destello, señalando con una aleta hacia las profundidades.
¿Cómo ha...? (Incredulidad)
Justo antes de perder la conciencia, sentí una fortísima presión. La ola más grande nos cayó encima. Suerte que estábamos en la cueva. Si hubiésemos permanecido en el suelo del cañón, todos estaríamos muertos. La fuerza de la ola ha debido partir el Refugio por la mitad. ¿Están todos bien ahí dentro? ¿Algún herido? (Inquietud).
Todos están bien... (Perplejidad)—respondió Cuidadora cuando fue capaz.
Me alegro. Vamos a dar una vuelta, a ver qué encontramos.
No deberíamos dejarlos solos (Desasosiego).
Están bien ocultos. No les pasará nada. Me extrañaría mucho que los cazadores estén pensando en atrapar presas con lo que acaba de ocurrir. Trataré de despertar a mamá para que no se preocupe. (Tranquilidad).
De acuerdo. Oye, una cosa: ¿por qué tardaste tanto en responderme? Te llamé muchas veces. Y me asusté mucho. (Ligera Reprobación).
Yo tan sólo te percibí una vez, muy fuerte. Entonces te respondí enseguida, para tranquilizarte. (Curiosidad).
Mis heridas deben ser más graves de lo que parecía. Mis señales son más débiles que las vuestras, por eso no han atravesado la roca. (Desconsuelo)
Puede ser... pero yo siempre te percibo con claridad. Debe haber algo más...(Incomodidad)—emitió mientras nadaba hacia la cueva.

Cuando llegó, se acercó a su madre, que empezaba a volver en sí. Le llevó algún tiempo ayudarla a despertarse, explicarle lo que había pasado y lo que pensaba hacer. Mamá estaba sorprendida y preocupada. Hubiese deseado acompañarlas, pero estaba débil. Y alguien tenía que ayudar a los demás.


Tened cuidado. No bajéis la guardia. Podría haber peligros inesperados... (Desasosiego).

Descuida. No pasará nada (Confianza).


Destello se reunió con Cuidadora en el exterior de la cueva. Una ligera inquietud se instaló en sus corazones. La desaparición de la mitad del Refugio las ponía nerviosas... y tristes. Habían pasado varias Vueltas en aquel lugar, atesorando muy buenos momentos en su memoria. No soportaban verlo destruido de aquella manera. Por todas partes se veían corales arrancados de cuajo, derrumbamientos enormes, grietas pavorosas... y cadáveres. Millares de animales muertos tapizaban las paredes, los suelos y los rincones. La gran mayoría eran poco más que carne picada. El olor de la sangre lo inundaba todo, eclipsando prácticamente cualquier otro efluvio. A las dos Navegantes se les encogió el corazón. No vieron ningún miembro de las especies del Territorio. No era extraño, pues la meseta no solía ser frecuentada por éstos. Recorrieron el Desfiladero de los Caparazones hasta que una enorme roca les cerró el paso. Ascendieron por encima de ella y contemplaron la garganta. Ya no existía. Estaba completamente cegada por un gran derrumbamiento. Los recuerdos se agolparon en la mente de Destello. Una profunda tristeza embargó su alma.


Siguieron nadando lentamente. Del gran cráter tan sólo quedaba la mitad. La otra parte debía reposar en el lecho marino junto al resto de la meseta, en la más absoluta oscuridad. Se acercaron al borde del recién formado acantilado y contemplaron el profundo y oscuro mar. La luz se iba retirando en la superficie. Pronto sería de noche. Aunque parecía que la oscuridad avanzaba más rápido de lo habitual... Y también estaba aquel grave y casi inaudible tronar que llenaba el mar y que parecía provenir de todas partes.


Se sumergieron más profundamente, siguiendo la pared vertical de roca. Les sorprendió mucho la variedad de tonos, formas y texturas que presentaba el acantilado. También había muchos agujeros, grietas y cuevas. Habían estado ocultos durante millones de años en el seno de la roca hasta que ésta se partió, abriéndose por primera vez al mar.

De pronto la roca cambió de forma y color. Allí, incrustado bajo estratos de varios Cuerpos de grosor, yacía un colosal peñasco oscuro informe. Sobresalía de la relativamente plana pared como un parásito en la piel. Destello comprendió que, al derrumbarse la mitad del Refugio, aquella inmensa roca, mucho más densa y pesada que el material que la rodeaba, no se había partido, quedándose parcialmente incrustada en el acantilado. La superficie de su parte superior parecía cristalizada, como si hubiese estado expuesta a un calor extraordinario. La mitad inferior estaba surcada por enormes grietas y surcos verticales. Destello pudo oler hierro, níquel, iridio y otros muchos metales… pero había un olor, un material allí que no pudo reconocer… y que, sin saber porqué, la hacía sentirse incómoda. Casi como mareada. Cuidadora tampoco supo decirle qué era, pero sufría los mismos síntomas.

Ascendieron rápidamente, alejándose de allí para regresar de nuevo al lecho del cañón, convertido en una amplia cornisa a causa del derrumbe de media meseta. En cuanto se alejaron varios Cuerpos de aquella roca extraña y descomunal, se empezaron a encontrar mucho mejor.

Se hallaban a bastante distancia de la cueva en la que se habían refugiado. La atención de Destello se centró en la superficie del mar, incómoda por lo inusualmente rápido que estaba oscureciendo. De pronto, devorada por la curiosidad, emergió y miró al cielo. Cuidadora ascendió tras ella. En aquel momento, las dos comprendieron la causa de la creciente oscuridad. El sol aún no había sido ocultado por el planeta gigante, pero su luz iba siendo rápidamente bloqueada por una vasta nube oscura que cubría el cielo de horizonte a horizonte. Una gruesa y altísima columna de gas, vapor y ceniza ascendía desde el mar a la nube, alimentándola y haciéndola crecer. La joven entendió enseguida lo que estaba viendo. Aquel inmenso y oscuro cilindro tenía su origen en el mismo lugar en el que el océano había estallado. El furioso supervolcán submarino seguía en erupción, vomitando gas y roca fundida. Y todos aquellos gases y ceniza estaban formando una opaca nube a gran altitud que amenazaba con cubrir el planeta por completo. A su olfato llegaban infinidad de olores procedentes del volcán. Sabía que muchos de aquellos compuestos eran muy tóxicos para las especies que necesitaban respirar. Pensó en sus amigas las Aulladoras. “Espero que se hayan alejado a tiempo y se encuentren bien”.

Se acordó de todas las madres que había en el espacio, congregadas en la órbita de aquella luna, esperando el momento óptimo para aterrizar y traer a sus crías a la luz.

¿Qué te preocupa, Destello?
Estoy pensando que si ese manto de polvo y ceniza cubre por completo el planeta, las hembras que esperan allí arriba se encontrarán en serias dificultades si tratan de llegar a la superficie. (Desasosiego)
Sin ver el mar no podrán calcular con precisión la altitud a la que se encuentren en cada momento. Las que traten de aterrizar se estrellarán... (Intranquilidad)—corroboró Cuidadora.
Sí. Sólo los Dardos Explosivos y los Puntiagudos serán inmunes a la nube. A ellos les da igual lo que haya de por medio, pues se lanzan en picado sin preocuparse de la altitud. (Ligera Envidia y Admiración)

Inquietas, las dos jóvenes volvieron a sumergirse. Sorprendidas, notaron que, mientras flotaban en la superficie, una fuerte corriente las había alejado bastante de la cueva. Aquella corriente no existía antes del desastre. Supusieron que la destrucción de la meseta sumergida había cambiado el régimen de corrientes oceánicas. Se sumergieron a mayor profundidad, con lo que la deriva disminuyó casi del todo. Cuidadora volvió a magtir.

De todas formas, siempre pueden dar a luz en el Territorio, en el anillo de hielo. No es tan cómodo y seguro como aquí pero...

Destello no dijo nada, pero compartía instintivamente los recelos de su amiga. Dar a luz en el Territorio era más peligroso para las crías, pues sus corazas y sus capacidades electromagnéticas no estaban bien formadas; las radiaciones e impactos de micrometeoritos podían causarles graves daños. Incluso matarlas. Las madres protegían a sus crías con su propio cuerpo y escudos durante los breves Ciclos necesarios para que los cachorros se fortaleciesen, pero los accidentes ocurrían con frecuencia. Por ello, a pesar de los riesgos y la complejidad del amerizaje, preferían sin duda traer a sus crías a la luz en un mundo adecuado. El problema era que, si bien había muchos mundos llenos de vida, con atmósfera, campos magnéticos y océanos en el Territorio, los que cumplían las condiciones necesarias para amerizar y despegar de nuevo escaseaban. Su madre le había dicho que ella sólo conocía tres, y el Mundo Vivo era, con muchísima diferencia, el mejor de todos.

Centraron sus mejores sentimientos en las numerosas madres en órbita, tratando de imaginar su desconcierto ante la inesperada situación del planeta.

Se encontraban sobre el centro del gran cráter –de su mitad, al menos– y volvieron a sentir aquella incómoda sensación. Allí abajo, a varios Cuerpos de profundidad, la extraña roca del acantilado hacía sentir su ominosa presencia…

Un objeto grande y azulado cruzó ante ellas a toda velocidad, ascendiendo hacia la superficie. Lo reconocieron al instante: era un Masticador. El predador realizó un cerrado giro y se precipitó hacia el lomo de Destello. La pequeña vio a varios más a su alrededor. Las habían rodeado. Y no habían detectado nada.

Giró bruscamente sobre sí misma y esquivó a su atacante en el último instante. Cuatro más acosaban a Cuidadora, que se protegía como podía, pues sus cicatrices y mutilaciones mermaban considerablemente su potencial defensivo. Acudió rápidamente en su ayuda. Estaba a punto de atacar al más cercano cuando sintió un fuerte golpe en su vientre. El impacto la lanzó hacia arriba. Giró rápidamente y vio a su atacante. Era un enorme Bocasierra.

“¿Pero qué está pasando aquí...?”, pensó confundida. No había percibido a ninguno de ellos. Y había permanecido alerta todo el tiempo. Allí estaba pasando algo muy raro.

Pero no era el momento de pensar, sino de actuar.

Se había reunido un numeroso grupo de enemigos a su alrededor. Y cada vez aparecían más, por todas partes.

“¿Qué les pasa a estos malditos bichos”, pensó irritada. “¿No han tenido suficiente con el desastre que acabamos de vivir que, encima, tienen que seguir al acecho? ¿No ha habido suficientes muertes como para estar buscando matar a más criaturas? Con la cantidad de comida que tienen a su disposición sin lucha y siguen empeñados en cazar… ¡Pues de nosotras no van a conseguir nada!”

Una férrea determinación ardió en su mirada.

Apenas unos latidos después las rodeaban más de tres Grupos de cazadores. Solo había una defensa posible. Una buena descarga y se les quitarían las ganas de volver a molestarlas. Ya no estaba afectada por la Languidez, así que podía usar todo su potencial sin problemas. Maniobró tratando de acercarse a su compañera, pero los predadores se lo impedían. Y el Bocasierra la perseguía de cerca. Cuidadora mantenía a raya de momento a sus atacantes, pero iba cediendo terreno poco a poco. Destello estaba muy preocupada.

Aguanta un poco. Voy darles una descarga que no olvidarán nunca. Solo necesito un poco más de tiempo. (Vanidad).

No hubo respuesta. Su amiga ni siquiera dio signos de haberla recibido.

¿Cuidadora? ¿Me percibes? (Inquietud).

Nada.

El instinto golpeó su mente con inusitada violencia. Algo iba rematadamente mal. Usó los órganos luminosos de su piel para que la adulta la viese. Era un sistema de comunicación muy básico, pero bastaría. La acosada Navegante captó el mensaje por fin. Se concentró en defenderse.

Destello forzó sus músculos vibradores para generar una potente descarga, mientras esquivaba con elegancia los intentos de sus perseguidores para atraparla. Consiguió concentrar una gran potencia, aunque le costó más que de costumbre. La energía parecía deslizarse de su cuerpo antes de poder usarla.

“¿Estaré aún débil por la Languidez...?”, pensó, intranquila. Pero no podía ser. Llevaba casi un cuarto de Vuelta bien, sin problemas de ningún tipo. Desde la Batalla de las Aulladoras no había vuelto a sentir el menor síntoma. Estaba curada completamente. Y la Languidez sólo se sufría una vez en la vida.

Un Masticador logró alcanzarla, aunque solo de refilón. Se maldijo por bajar la guardia. Aquel leve instante de reflexión la había traicionado. Y, en medio de la batalla, un despiste equivalía a problemas. Desechó las preocupaciones de su mente y se concentró en el combate y en sus enemigos.

Ya estaba lista. La energía inundaba su organismo.

Realizó un brusco quiebro a la izquierda, ascendió con un fuerte aletazo y, trazando una cerrada curva vertical, se dirigió en picado hacia su amiga. A una aleta de distancia de su lomo liberó la concentrada electricidad de su cuerpo...

...y no sucedió nada.

La desagradable sorpresa la dejó estupefacta. Afortunadamente para ella, reaccionó casi de inmediato. Los cazadores se lanzaron en tromba contra su lomo. Varió las polaridades de las aletas en un parpadeo, forzando a las cargas a distribuirse de otra manera, y trató de nuevo de emitir la descarga defensiva. Un luminoso rayo azulado saltó desde su cola...

...a la pared rocosa del acantilado, perdiéndose en las profundidades. Los carnívoros se alejaron de repente, manteniéndose a una distancia prudente. Expectantes.

Su confusión en ese momento fue absoluta.

No podía entender qué estaba pasando.

La energía se disipaba antes de poder usarla. Y, cuando consiguió concentrar su potencia, fue absorbida por el acantilado. Nunca había visto nada igual. Era totalmente incomprensible...

“Un momento… el rayo de energía ha ido directamente hacia la roca extraña de antes…”, pensó de repente.

Desconcertada, no reparó en que sus enemigos acortaban distancias, cada vez más atrevidos. El Bocasierra se lanzó de repente contra su lomo desprotegido. Iba a esquivarlo pero pensó que, de hacerlo, el ataque lo sufriría Cuidadora directamente.

Entonces, con la lección aprendida desde la Batalla de las Aulladoras, la joven Navegante se enfrentó al peligroso cazador en lugar de esperar su ataque. Apareció un leve destello de duda en la mirada del carnívoro durante instante, pero se extinguió enseguida. En sus ojos brilló una placentera y asesina anticipación.

Destello se colocó en vertical con un potente aletazo, cuando el Bocasierra se hallaba a apenas medio Cuerpo de ella. Sin molestarse en pensarlo, se lanzó hacia él vigorosamente, hacia sus fauces abiertas.

Los centenares de dientes que erizaban sus mandíbulas brillaban amenazadores ante ella, con los dos enormes colmillos extendidos, dispuestos a traspasarla mortalmente.

En aquel instante, una indefinida sensación brotó desde el fondo del cerebro de la pequeña, inundando su conciencia. La percepción del paso del tiempo se alteró, y éste pareció ralentizarse. Sentía su mente funcionando a una velocidad extraordinaria mientras, a su alrededor, todo sucedía con una lentitud desconcertante. Era lo mismo que le había pasado durante la Batalla de las Aulladoras, cuando iba a proteger a las crías. Pero esa vez era distinto. Era algo como más consciente, más controlado.

El Bocasierra se hallaba a dos aletas de distancia tan sólo. Parecía suspendido en el agua, avanzando con extrema parsimonia, casi con elegancia. Sus miradas se cruzaron durante una fracción de parpadeo: la de él, ansiosa y cruel; la de ella, valerosa y glacial. La Navegante, en rumbo de colisión directa con el carnívoro, tenía la intención de clavarle su fuerte colmillo frontal. Pero, en el último instante, la pequeña giró sobre sí misma a gran velocidad y pasó junto al costado del carnívoro. Sus pieles se rozaron. Por un momento, Destello sintió la fría suavidad de la de su enemigo. La joven, perfectamente consciente del crítico peligro que entrañaba para el Bocasierra, movió la aleta trasera derecha, manteniéndola perpendicular a su cuerpo y un poco en ángulo hacia atrás.

La extremidad penetró entre las mandíbulas abiertas del cazador justo cuando éstas se cerraban para atraparla. Golpeó el final de la boca... y siguió adelante. El borde metálico de la aleta, terriblemente afilado, seccionó limpiamente el cuerpo del animal a lo largo, de la cabeza al vientre. La pequeña nadó hacia Cuidadora, mientras las dos partes de su atacante se separaban, cada una cayendo en una amplia espiral sanguinolenta hacia el fondo.

Seguía convencida de que no estaba bien matar si podía evitarse. Pero las rodeaban varios Grupos de cazadores, estaban completamente solas, su amiga no podía defenderse bien y, por alguna extraña razón, no podían usar las descargas eléctricas para ahuyentar a sus atacantes. Atacantes que, por algún motivo desconocido, se habían vuelto más agresivos, inteligentes y crueles de lo que mamá y las demás le habían explicado siempre. Consideró que había motivos de sobra para ser contundente. Quizá una o dos muertes más hiciesen desistir de sus propósitos al resto de carnívoros. No obstante, todas aquellas justificaciones no lograron deshacer el nudo de aprensión que se le había formado en las entrañas...

Giró abruptamente y se dirigió hacia el grupo de Masticadores. Ya no sentía miedo. Ni ira. Nada. Se sentía fría, metódica. Hacía muchos Ciclos que era consciente de su terrible potencial. La descontrolada y salvaje oscuridad que se apoderó de su alma durante la Batalla de las Aulladoras no había vuelto a aflorar en ninguna otra ocasión. Claro, que tampoco se había encontrado de nuevo en una situación parecida. Pero con la ayuda y el esfuerzo de su madre había logrado mantener sus emociones bajo control, cada vez con mayor eficacia.

Vació su mente y tan solo actuó. Había pasado de presa a cazadora.

Describiendo una cerrada curva hacia la izquierda se lanzó contra los Masticadores que acosaban a Cuidadora. Su amiga, gravemente mutilada, no podía optimizar sus capacidades defensivas, y el extraño efecto de pérdida energética que reinaba en aquella zona no la ayudaba en absoluto. Destello notó que la joven perdía ímpetu y supo que empezaba a rendirse. Un Masticador consiguió morderla en el lomo, aunque su blindaje metálico aguantó sin la menor dificultad. Pero Cuidadora, muy desmoralizada por las secuelas de sus heridas, estaba a punto de rendirse.

Un relámpago violáceo destelló ante los predadores, pasando entre ellos como una exhalación. Dos animales quedaron momentáneamente inmóviles. Luego, con una leve sacudida, casi delicadamente, sus cuerpos se separaron en dos mitades, cada uno por un lugar distinto. La consternación iluminó fugazmente sus miradas. Luego, sus ojos se apagaron definitivamente. El nudo que la pequeña sentía en el estómago se apretó todavía más. Con un gran esfuerzo de voluntad logró aislar aquella sensación en un rincón oscuro de su corazón, aunque no pudo ignorarla por completo.

Los restos de los Masticadores muertos cayeron hacia el abismo lentamente, describiendo curvas erráticas. Una nube oscura y carmesí tiñó el agua, expandiéndose perezosamente. Pero las dos bajas no tuvieron el efecto previsto por la pequeña. Los cazadores, en lugar de acobardarse y huir, se enfurecieron terriblemente. Excitados por la abundante presencia de sangre, los otros Masticadores se volvieron salvajemente agresivos y osados.

Destello se lanzó a su encuentro con sus letales filos a punto.

Se sentía poderosa. Siempre había sospechado que sus armas eran temibles. Había podido corroborarlo decisivamente cuando defendió a las crías de las Aulladoras. Ahora que conocía su potencial, se sentía invencible.

Pronto descubrió que el exceso de confianza puede ser tan peligroso como la ignorancia.

Los Masticadores se abalanzaron sobre ella. Cuando la joven trató de alcanzarlos, se apartaron repentinamente en todas direcciones. No pudo herir a ninguno. Se reunieron tras ella y volvieron a atacar, formando pequeños grupos compactos que intercambiaban rápidamente sus posiciones. Ella trataba de golpearlos una y otra vez, pero siempre la esquivaban, creando un caótico mosaico de cuerpos escurridizos con sus bruscos movimientos. No conseguía fijar un objetivo claro, pues, al tratar de herir a uno, otros se cruzaban violentamente ante ella, desviando su atención. Recibía incesantes mordiscos en la cola, las aletas y el vientre. No habían conseguido herirla, pues su piel metálica la protegía perfectamente, pero se sentía cada vez más irritada por el acoso. No obstante, sólo era una cría. Su coraza y su cuerpo no eran los de un adulto y las mandíbulas de los carnívoros eran muy fuertes. Era perfectamente posible que la hiriesen.

Empezaba a cansarse. Miró a Cuidadora. Seis o siete Masticadores la tenían rodeada, pero parecía que se limitaban a retenerla y cansarla. No daban la impresión de tomarse muy en serio su ataque. Más bien parecía que estaban jugando...

Entonces comprendió. Sintió cómo su corazón se encogía de miedo.

Había cometido un grave error. Si bien era consciente de la creciente inteligencia de los predadores, los seguía considerando meros animales, cuya mente no podía rivalizar con la de los Navegantes. Pero los había subestimado gravemente; eran mucho más listos de lo que había dado por sentado. Tenían a su amiga a su merced. Sabían que estaba indefensa, así que la estaban reservando. Y, mientras tanto, se dedicaban a agotarla a ella. Estaban jugando con sus vidas. Cuando lograsen su objetivo las devorarían sin que ellas pudieran hacer nada por evitarlo.

“Es la misma táctica que usaron conmigo durante el ataque a las Aulladoras”, recordó con angustia.

Pero había algo más: sintió que, de algún modo, los Masticadores sabían que las Navegantes no podían usar su defensa eléctrica en aquel lugar.

Les habían tendido una emboscada. Y perfectamente planeada.

A Destello le recorrió un escalofrío. La situación se estaba poniendo muy fea. Debía pensar algo y debía hacerlo enseguida.

Cuatro enemigos la atacaron por la cola. La pequeña se sobresaltó porque, absorta en sus pensamientos, no los había visto venir. Asustada, encendió los impulsores instintivamente, pensando tan sólo en huir de allí. El gas ardiente hizo hervir furiosamente el agua tras ella. Los Masticadores, sin tiempo para reaccionar, se encontraron sumergidos en la estela de vapor, abrasándose vivos. Sus cabezas se llevaron la peor parte. Los músculos se les coagularon por el calor, la piel se les agrietó y sus ojos estallaron. Destello miró hacia atrás y no pudo dar crédito a lo que veía. Nunca habría imaginado que pudiese suceder algo así. El resto de cazadores se alejó a una distancia prudencial, sorprendidos y furiosos. La joven aprovechó aquellos instantes de indecisión de sus enemigos para situarse rápidamente al lado de Cuidadora. Las dos hembras se juntaron todo lo posible, piel contra piel, dándose ánimos, decididas a vencer. Aún quedaban muchos enemigos asediándolas. Pero parecía que se habían vuelto más prudentes. La cacería se les estaba complicando a causa de la feroz defensa de sus víctimas.

Las dos amigas empezaron entonces a ascender, alejándose de la nefasta influencia de la roca extraña. Los Masticadores ascendieron con ellas, rodeándolas, tratando de cortarles cualquier intento de huída. Cuidadora estaba muy cansada, pero acompañada por la pequeña, no mostró miedo ni vacilación. Cuando empezaron a sentir la fuerza de la corriente, detuvieron su ascenso y avanzaron hacia la cueva dónde esperaba su familia.

Entonces, sin previo aviso, los Masticadores atacaron en tropel. Todos a la vez. Por todas partes.

Destello, con una frialdad que la sorprendió incluso a ella misma, encendió sus impulsores de nuevo y dio una vuelta completa alrededor de Cuidadora, formando una pared de vapor hirviente entre ellas y los depredadores. Éstos se detuvieron en seco, furiosos, recordando lo que les había sucedido a sus desdichados compañeros. Rodearon a sus presas, aguardando expectantes a que las burbujas de vapor candente se disipasen en la superficie. Destello efectuó una segunda vuelta alrededor de su amiga. El gas ardiente funcionó de maravilla para mantener alejados a sus atacantes. No pensaba dejar que volviesen a acercarse a ellas. Cada vez que se disipase el vapor daría una vuelta más, mientras avanzaban hacia la cueva. Mamá y los demás les ayudarían a ahuyentar a los Masticadores cuando llegasen allí. Pero había un problema. Sus vejigas estaban prácticamente vacías. Y a Cuidadora no le quedaba ni una gota en las suyas. Sabía que no tenía suficiente combustible para llegar hasta la gruta.

Protegidas de aquella manera lograron avanzar un buen trecho, alejándose del lugar de la emboscada y acercándose cada vez más a su familia.

Pero el combustible se acabó. Y la cueva estaba a más de dos Grupos de Cuerpos de distancia. Destello exprimió sus vejigas hasta que la última gota se quemó en los propulsores.

De nuevo estaban a merced de sus atacantes. Las dos hembras se detuvieron, apretándose la una contra la otra, y valoraron sus opciones. Aún quedaban muchos Masticadores amenazándolas. Aunque habían logrado matar a varios enemigos, los demás estaban furiosos y decididos a vengarse. Aún confiaban en su superioridad numérica. Nadaban con movimientos espasmódicos y violentos, cambiando de rumbo abruptamente. Las dos se mantuvieron juntas, preparadas para hacer frente a cualquier maniobra de sus agresores. Aunque Cuidadora no poseyera las armas de Destello, un golpe propinado por una de sus aletas podía fácilmente partir el espinazo de un Masticador.

Los carnívoros, que se habían mantenido a una prudente distancia todo el tiempo, comprendieron que la táctica de sus víctimas ya no funcionaba. Ansiosos, atacaron en masa de nuevo, con los ojos chispeantes de odio. Sus mandíbulas erizadas de dientes chasqueaban de anticipación. Se lanzaron hacia ellas con poderosos movimientos de sus colas. Aunque las dos amigas se defendieron con extraordinario arrojo, muchos lograron morderlas y permanecieron aferrados a ellas sacudiendo sus cabezas, tratando de desgarrar sus pieles.

Las Navegantes luchaban desesperadamente contra aquella vorágine de cuerpos y dientes. Destello consiguió herir a algunos hasta que todas sus aletas fueron inmovilizadas por varios Masticadores, fuertemente aferrados a ellas. El súbito dolor la irritó. Aunque no habían conseguido atravesar su coraza, con tiempo podían lograrlo. Pero tiempo era un lujo que ella no estaba dispuesta a darles.

Por su parte, Cuidadora, mucho más grande y de armadura más gruesa, era más difícil de dominar. No conseguían hacerle daño y ella movía violentamente sus aletas cada vez que un carnívoro se aferraba a ellas. Había logrado partirles el espinazo a dos, y otros tantos habían sufrido el impacto directo de una de sus poderosas extremidades, alejándose malheridos. Pero aún eran muchos. El combate seguía manteniendo un resultado incierto.

La pelea por la supervivencia se alargaba. Los dos bandos cada vez estaban más cansados, pero atacaban y se defendían con ímpetu arrollador. Destello, casi inmovilizada, sólo podía tratar de quitarse a sus atacantes de encima, tal y como hacía Cuidadora. Pero sus músculos, aunque muy fuertes, aún eran jóvenes y no podían mover sus aletas con el suficiente vigor. No lograba que los Masticadores se viesen obligados a soltarla. Como se mantenían alejados de su colmillo, no alcanzaba a ninguno. Se estaba empezando a enfadar mucho. Cada vez le costaba más controlar las salvajes emociones que brotaban arrolladoramente desde su instinto. Notaba cómo su terrible furia ganaba fuerza y presionaba las barreras mentales que la contenían. Si no lograba calmar sus impulsos la odiosa oscuridad que ocultaba en su corazón emergería de nuevo. Y no quería volver a sentirse así por nada del mundo. No pensaba dejarla libre otra vez.

Con un supremo esfuerzo de voluntad logró contener sus emociones, pero no pudo disminuir su intensidad. Lo único que se le ocurrió para evitar que la furia volviese a dominarla, fue pensar en otra cosa. Pero sólo consiguió que todo su ser se inflamase de ganas de vivir. No se iba a rendir. Se había prometido a sí misma que jamás volvería a hacerlo. Le quedaban muchísimas cosas por experimentar y no se iba a perder ninguna. No se convertiría en el plato fuerte del menú de un puñado de mequetrefes. El violeta de sus ojos se intensificó.

Observó la meseta bajo ella. Una estrecha garganta cortaba el acantilado, adentrándose en la roca. Sentía que la extraña interferencia que le impedía generar descargas aún la afectaba, pero no perturbaba la energía interna de su organismo. Tensó los músculos de su cuerpo al máximo, sobrealimentándolos con toda la electricidad que pudo generar. Poco a poco, a pesar de los numerosos Masticadores agarrados a ellas, empezó a aletear, avanzando hacia la grieta. Fue ganando velocidad a medida que imprimía más potencia al movimiento de las aletas. Abrió la boca y empezó a tragar gran cantidad de agua, lo cual aceleró aún más la rapidez de la inmersión. Los carnívoros no la soltaban. Se aferraban a ella con toda la fuerza de sus mandíbulas. Pudo sentir perfectamente la terrible presión de los miles de dientes en su piel acorazada. El dolor era casi insoportable, pero su desbocado instinto de supervivencia lo ignoró.

Estaba a menos de un Cuerpo de la entrada de la garganta. Su rapidísimo sistema digestivo había procesado una parte del agua que había tragado para hundirse, separando el hidrógeno del oxígeno en apenas unos Latidos. Cada uno de los dos gases fue rápidamente transportado, por separado, hasta sendas vejigas, convirtiéndose así en combustible para los propulsores de la pequeña Navegante. Apenas dispondría de unos Parpadeos de impulsión antes de agotar aquella exigua provisión, pero bastaría. En las cámaras de combustión de su cola, el hidrógeno y el oxígeno se mezclaron a presión. Un intenso arco voltaico provocó la ignición de la peligrosa mezcla y dos furiosos chorros de gas ardiente la impulsaron a toda velocidad hacia el interior del desfiladero.

Con las aletas prácticamente inutilizadas por los carnívoros que se habían aferrado a ellas su capacidad de maniobra era muy limitada, pero no le importó en absoluto. Sólo quería quitarse a aquellos bichos de encima y acabar con el horrible dolor. Era lo único que ocupaba su mente en aquel momento. Se dirigió resueltamente hacia una de las paredes rocosas. Cuando el choque frontal ya era inminente, cambió ligeramente de rumbo con un enorme esfuerzo de sus músculos, colisionando de costado contra el acantilado. Los Masticadores que permanecían ensañándose con sus extremidades derechas fueron arrancados por el fuerte impacto, desgarrando levemente la piel de las aletas. A la vez, su flanco rozó violentamente la áspera roca, hiriéndola. El dolor se hizo más insoportable aún, pero lo ignoró de nuevo. Ya se recuperaría más tarde de sus lesiones.

Al tener libres por fin las aletas de un lado, recuperó gran parte del control. Jubilosa, varió su trayectoria de repente, precipitándose contra la pared del lado opuesto. Había aprendido la lección y no se liberó de sus atacantes arrastrándolos contra la roca, sino que los aplastó contra ésta usando su inercia y su volumen. El fuerte impacto hizo que los cazadores la soltaran, cayendo malheridos hacia el fondo del desfiladero.

Elevó las ocho aletas con la mirada encendida de furia.

¡Síiiii! ¡Por fin! ¡Os he ganado, os he humillado, alimañas inmundas! ¡Nunca, NUNCA volváis a ponerme vuestras sucias bocas encima, porque os aniquilaré! ¡LARGÁOS DE MI VISTAAA! (Triunfo, Euforia, Satisfacción, Excitación)—magtió a toda potencia, victoriosa y pletórica. Por supuesto, los Masticadores ni tan siquiera detectaron su transmisión.

Sintió a cuatro carnívoros más acercándose desde atrás, siguiendo el angosto pasillo de piedra. Destello, con sus aletas libres de nuevo, avanzó rápidamente hasta doblar un recodo. Entonces invirtió su dirección en un cerradísimo giro y se aceleró para interceptar de frente a los Masticadores. Perseguidores y perseguida no se podían ver directamente, pues el recodo del desfiladero, a media distancia entre los dos grupos, lo impedía. Ella tenía ventaja, pues podía magtinarlos claramente aunque no los viese. Al girar la curva, atacantes y presa se encontraron de pronto, frente a frente. La Navegante abrió sus aletas y pasó entre los Masticadores a toda velocidad. Sin espacio ni tiempo para maniobrar, los agudos filos laceraron los cuerpos de tres de ellos. El cuarto la esquivó a duras penas y ascendió rápidamente. Perseguido por su teórica presa, buscó el apoyo de los demás, que seguían acosando a Cuidadora.

Ésta, por su parte, parecía estar capeando la situación bastante bien. Se sentía irritada consigo misma por haber dejado que el miedo la dominase antes. Acababa de comprobar que aquellos carnívoros no eran una amenaza seria para una adulta. Más bien constituían una pesada molestia. Ninguno había conseguido ocasionarle la menor herida. En cambio, ella había golpeado duramente a varios de ellos. Un enfado cada vez más intenso había sustituido al miedo inicial. Cuando estaban acorraladas, se había cansado inútilmente tratando de huir y de evitar que la mordiesen. El pánico había colapsado su mente y se había dejado llevar por él, hasta el punto de llegar a resignarse a su destino. De haber sabido que, realmente, casi no podían hacer nada contra ella, las cosas hubiesen cambiado mucho para ambas... y quizá también para su desdichado hijo. La joven se defendió furiosamente llevada por su ira. Ira contra sus atacantes y contra ella misma.

Los Masticadores empezaron a ceder terreno. Cada vez quedaban menos. Habían gastado muchas energías en aquella cacería y no veían claro que pudiesen conseguir un resultado satisfactorio. Aunque sus víctimas estaban ya prácticamente agotadas, ellos no estaban mucho mejor y ni tan siquiera habían conseguido herirlas. La emboscada en aquel lugar, en el que las defensas eléctricas de sus presas no servían para nada, había sido en vano. Incluso la participación del poderoso Bocasierra se había revelado inútil contra las armas de la más pequeña.

Entonces apareció Destello ascendiendo rápidamente desde las profundidades, precedida por el Masticador que huía de ella. La pequeña se adentró en el grupo de atacantes a gran velocidad, hiriendo a dos.

Los carnívoros parecieron decidir que aquel no era su día. Comprendieron que, de seguir allí, acabarían todos muertos. Era mejor retirarse y alimentarse de los abundantes cadáveres, o buscar presas más asequibles en otro lugar. Así que, terriblemente enfadados y heridos en su más profundo orgullo, los cazadores supervivientes se fueron, perdiéndose lentamente en la penumbra.

Destello se acercó a Cuidadora, rozándose cariñosamente con ella. La adulta se asustó al ver las heridas de las extremidades y del costado derecho de la pequeña, pero se tranquilizó enseguida al ver la poca importancia de éstas.

Empezaron a nadar calmadamente, tratando de recuperarse del intenso combate. Se acercaron a la superficie, que se encontraba atestada de residuos flotantes tras el paso de las olas gigantes. Trataron de restablecer parcialmente sus reservas y sus fuerzas, mientras permanecían muy atentas a cualquier perturbación. No querían más sorpresas desagradables. Sus capacidades electromagnéticas continuaban inactivas, lo que les causaba una profunda incomodidad. Parecía haber algún tipo de potente interferencia en la zona que evitaba que pudiesen usar la energía. Incluso les costaba bastante comunicarse entre ellas con ondas, aún estando tan cerca la una de la otra, por lo que sólo podían comunicarse con los destellos luminosos de su piel. Destello estaba más que convencida que el origen de la interferencia estaba en aquella extraña roca incrustada bajo el cráter…

Preocupadas por el resto de la familia, se pusieron en movimiento, de regreso a la cueva. Se hallaban a dos Grupos de Cuerpos de ésta. Bajaron hasta la gran cornisa de piedra que había sido el suelo del cañón y avanzaron a buena velocidad. Un gran derrumbe ocasionado por el maremoto cubría de escombros el suelo hasta media altura. Debían rodearlo para llegar a la cueva.

Hay algo que no acabo de entender (Reflexión)—dijo la pequeña.
¿Y qué es?
Pues el porqué de la actuación de esos Masticadores. Quiero decir que, tras este desastre, hay miles de cadáveres frescos de los que alimentarse (Suspicacia). Entonces, ¿por qué nos han atacado de esa manera? (Extrañeza).
Pues no sé. Igual prefieren la carne viva a las carroñas...
Piensa un momento. Aun en el mejor de los casos, somos muy difíciles de cazar para ellos. Les costaría mucho lograr atravesar nuestra armadura antes de poder alimentarse de nosotras. No creo que la recompensa de nuestra carne merezca tanto riesgo y tanta energía, ¿no?
A lo mejor es que, para ellos, somos deliciosas (Jactancia).
¿Tú crees…? (Aprensión). —Destello se encogió ante la idea.
Sólo era una broma (Diversión). No sé por qué nos han atacado.
Pues a mí no me hace gracia (Fastidio). No es divertido que traten de devorarte, sea por el motivo que sea. ¡Como otro bicho de esos vuelva a atreverse a tocarme con su asquerosa boca…! (Rencor)
Habrá que permanecer alerta, por si acaso.
Sí. En cuanto recuperemos las defensas, no va a haber un solo depredador en este mundo que no me tenga miedo. Te lo prometo (Determinación). Al próximo que se me acerque… ¡lo fulmino!

Cuidadora calló, divertida por el enfado de la pequeña. La verdad era que su amiga tenía razón. Ella misma lo había pasado muy mal un rato antes, hasta que comprendió que los Masticadores no podían hacerle daño. Sólo el Bocasierra era relativamente peligroso para la coraza de una adulta. Era su pánico instintivo a los carnívoros el que la dejaba indefensa y ellos se aprovechaban. Pero bastó con darse cuenta de ello para sacudirse de encima aquel miedo incapacitante y plantarles cara como se merecían. Siguieron nadando en silencio, cada una sumida en sus propias cavilaciones.

Destello, más sensible que su compañera, empezó a notar que volvía a recuperar paulatinamente su capacidad eléctrica. Una inmensa sensación de alivio la invadió. Fuese cual fuese la causa de la peligrosa interferencia, perdía fuerza conforme se alejaban del lugar en que habían sido emboscadas. Con evitar volver por allí se acababa el problema.

El avance del anochecer y la enorme nube volcánica que cubría el cielo con su manto opaco habían reducido la luz hasta una casi completa oscuridad. Aún así, las retinas de las Navegantes, sensibles también a la radiación térmica y ultravioleta, les permitían ver con nitidez, amplificando la exigua luz que les llegaba y transformándola en una trémula luminosidad de colores macilentos.

Superaron la mitad del derrumbamiento y viraron a la izquierda. De repente recibieron caóticas y confusas transmisiones. De entre la vorágine de señales superpuestas hubo una que les llegó con dolorosa claridad: TERROR.

Acabaron de girar, angustiadas, y la entrada de la cueva quedó a la vista. O casi.

Se detuvieron en seco.

Algo enorme y pálido estaba pegado a la pared del acantilado, en el lugar donde debería estar la entrada de la cueva, agitándose furiosamente. Grandes rocas se desprendían del farallón de piedra, rodando ladera abajo. El agua, turbia de nuevo a causa del lodo desprendido, se estremecía con las furiosas sacudidas del extraño y flexible objeto.

Fueron incapaces de identificar aquella especie de tentáculo furioso. Entonces la cosa se retiró un poco dejando libre una gran oquedad en la pared de roca.

Los corazones de las dos Navegantes se detuvieron a medio latido y la sangre se les heló en las venas al comprender por fin a qué tipo de pesadilla se enfrentaban.

El mayor y más peligroso de los cazadores marinos del Mundo Vivo.

Una criatura enorme, poderosa y feroz ante la que no tenían defensa.

"Un Desgarrador..."






[1] La RCR es una de las reacciones en cadena no nucleares más potentes que existen. Cuando un combustible a alta temperatura se mezcla con un refrigerante muy frío, éste se evapora de forma explosiva, lanzando porciones de combustible que generan más detonaciones en cadena. Así, una pequeña deflagración se multiplica enormemente de forma exponencial. Esto es lo que sucedió en el conocido cataclismo del volcán Krakatoa. (N. del A.)
[2] Unos 1.250 metros.
[3] Unos 2.500 metros (N. del A.)