domingo, 17 de junio de 2012

Capítulo Once: AMISTAD, VALOR Y FURIA


Ya había transcurrido toda una Gran Revolución desde el nacimiento de Destello, y dos madres más se habían unido al grupo, con una sola cría. La otra, un macho, había muerto nada más nacer. Su madre, que vivía su primer embarazo, había escogido un lugar seguro para traer a la luz a su descendencia, pero no captó la presencia de una cueva submarina. Tampoco hizo caso de su olfato, pues se había cruzado con algunos cazadores al llegar allí, y pensó que el olor a depredador que le llegaba provenía de ellos. Fue un grave error, pues un pequeño grupo de Bocasierras, que había permanecido oculto y al acecho, salió de la gruta justo tras el parto. Éste había sido casi tan difícil como el de Luchadora, por lo que la madre estaba exhausta y no pudo defender a su hijo.

Tres atacaron a la adulta, manteniéndola ocupada mientras el otro acorralaba a su bebé. El pequeño no tuvo ninguna oportunidad. El carnívoro lo mató y arrastró su cadáver al fondo de la angosta cueva antes de que su madre pudiese impedirlo. Pero enloquecida de dolor y furia, la hembra reunió hasta la última gota de energía que le quedaba y la concentró más allá de cualquier límite. Terriblemente amplificada por el desgarro que sentía en su corazón, y alimentada por tanto odio, tanto dolor y tanta desesperación, la poderosa descarga eléctrica se expandió mortalmente por el agua. Tanto los Bocasierras, que intentaron huir aterrorizados, como todos los demás seres que había en cuatro Cuerpos a la redonda fueron fulminados instantáneamente por la mortífera oleada de energía.

Pero la venganza le costó cara: la mayor parte de sus magtinos estallaron por la brutal sobrecarga, las estructuras eléctricas de navegación espacial de las aletas se fundieron y perdió las dos extremidades delanteras. La intensa corriente agrietó su coraza, soldando algunas placas dérmicas entre sí, lo cual mermó bastante su movilidad. Conservaría las calcinadas y dolorosas cicatrices en su piel durante el resto de su vida.

Nunca más podría volver a navegar las corrientes magnéticas del Territorio, puesto que jamás podría abandonar aquel planeta. Pero, tras la horrible pérdida de su primer hijo, aquello había perdido toda su importancia para ella.

Cruelmente mutilada, medio muerta y con el alma destrozada por la pérdida de su cría, la joven hembra se dejó llevar por el mar, a la deriva, esperando el final. Era la primera vez que se quedaba embarazada, su primera cría y, sin poder regresar al espacio, no volvería a tener la oportunidad de ser madre. Los machos no bajaban a la superficie casi nunca. Sólo lo hacían algunos de los más viejos, para morir tranquilos. Nunca aterrizaba algún ejemplar joven y, aunque así fuese, ninguno la querría como pareja. Moribunda y sumida en su mundo de dolor y desesperación, las corrientes del océano la llevaron poco tiempo después hasta una preciosa bahía en la que nadaba un reducido grupo de hembras con crías. La pequeña familia la acogió de inmediato, conscientes de su crítico estado. Entre todos la cuidaron y le dieron ánimos para seguir viviendo. No podría regresar jamás al espacio, pero todavía estaba en condiciones de navegar por los mares. Podía ayudar a muchas otras madres y muchas otras crías de ahí en adelante. Su vida no tenía por qué terminar de aquella manera. Aunque irreparablemente mutilada, aún era muy joven y poseía un gran potencial para hacer muchas otras cosas.

Ciclo a Ciclo, la hembra herida se fue recuperando y su corazón fue asimilando la pena, hasta que decidió quedarse con el grupo. De esa manera fue aprendiendo la insólita forma de comunicarse de aquellas Navegantes y sus hijos, y conoció a la fascinante Destello, con la que sintió una fuerte conexión. La joven mutilada poseía una viva inteligencia, lo que propició una sólida y cálida amistad entre las dos hembras a pesar de la diferencia de edad. Adoptó el término de Cuidadora como denominación… en cuanto comprendió lo que significaba el concepto de nombre.

La última pareja en incorporarse al heterogéneo grupo había aparecido pocos Ciclos atrás. Una adulta con su cría. Había aterrizado hacía dos Vueltas y su hija era apenas un bebé. Llevaban algún tiempo huyendo de dos Bocasierras y varios Masticadores que las acosaban sin tregua. El parto, aunque transcurrió con normalidad, se había adelantado bastante y la había sorprendido en mar abierto. También era una joven hembra primeriza y los predadores parecían haberse dado cuenta de su inexperiencia, por lo que había sufrido continuos ataques. Pero la determinación de la madre y su agotadora vigilancia los habían mantenido a raya. En circunstancias normales, habría bastado con una severa descarga para ahuyentar a aquellos indeseables carnívoros. Pero sus defensas eléctricas estaban muy disminuidas. Ocasionalmente, y siempre tras un parto, algunas hembras perdían su capacidad para generar y controlar la energía. No era nada grave en sí mismo, pues sus organismos se recuperaban de nuevo en pocos Ciclos, pero la momentánea debilidad comprometía bastante su habilidad para proteger a sus crías de los ataques de los predadores.

La madre sintió un inmenso alivio cuando, tras cinco Ciclos soportando la implacable persecución de sus enemigos, sin poder ni alimentarse, detectó la presencia del grupo de Navegantes en la bahía. Puso rumbo hacia allí inmediatamente, empujando a su hija con el hocico tan rápido como sus menguadas fuerzas le permitían. Sus perseguidores, al darse cuenta del cambio de situación, las atacaron con furia, tratando de llevarse a la pequeña. La madre, al límite de sus fuerzas, magtió angustiosamente pidiendo ayuda. Río, por ser la más cercana, acudió veloz a su encuentro, seguida de cerca por Destello y Bandas. Un Bocasierra había logrado atrapar tres aletas de la cría entre sus crueles mandíbulas y tironeaba de ellas, tratando de arrancar a la hija de la protección de la madre, a la que los Masticadores mordían salvajemente. Río, furiosa, se lanzó directamente hacia el centro de la pelea y emitió una contundente descarga eléctrica. Los carnívoros, gruñendo de dolor y frustración, se alejaron a toda prisa para no volver. Luego, con la ayuda de los dos jóvenes, empujó a la agotada madre hasta la bahía, hacia la seguridad del grupo.

Un grupo que ya empezaba a parecer una pequeña manada.

*

Destello, Amanecer, Bandas y Bebé, que era como llamaban provisionalmente a la pequeña recién llegada, jugaban a cierta distancia de sus madres, atentamente vigiladas por Cuidadora que, aunque estaba junto a las adultas, mantenía todos sus sentidos puestos en los juguetones cachorros. La madre de Bebé, que había adoptado el nombre de Coral hacía apenas un Ciclo, ya se había repuesto completamente de los padecimientos que había sufrido.

Ellos se dedicaban a sus travesuras infantiles, cuidando siempre de Bebé, magtiendo entre ellos y enseñando a la pequeña todo lo que sabían hacer. Las heridas que los agudos dientes del Bocasierra habían producido en las aletas de la cría se habían curado con normalidad. Los jóvenes nadaban a la suficiente velocidad para que ella los pudiese seguir sin quedarse atrás. Se sumergían, se perseguían o daban caza a los bancos de Nadadores. Éstos se apartaban perezosamente a su paso, sabedores que nada había que temer de aquellos grandes animales. No eran cazadores y, por tanto, no suponían ninguna amenaza... a menos que se defendiesen, pues sus pulsos eléctricos podían matar a muchos de ellos. Pero no habría peligro mientras las enormes madres estuviesen en las cercanías. Ni Masticadores ni Bocasierras se atrevían nunca a atacar en aquellas condiciones.

Así que, si había criaturas espaciales cerca, las inmensas bandadas de Nadadores pululaban tranquilamente por los fondos coralinos, alimentándose, realizando rituales de apareamiento, vigilando sus puestas o acicalándose unos a otros. Cuando las grandes criaturas se marchaban, la intranquilidad invadía los arrecifes y la vida se volvía peligrosa en sus aguas. Incluso los seres de hábitos nocturnos se deslizaban silenciosos y cautos entre los corales, siempre atentos a la aparición de los predadores, más osados al irse los enormes habitantes espaciales.

En aquel momento, los cachorros seguían a un pequeño banco de Nadadores de gran tamaño, de un intenso color carmesí con franjas longitudinales plateadas. Se desplazaban a lo largo de un angosto desfiladero subacuático, de paredes tapizadas por miles de corales multicolores y algas de larguísimas hojas de un verde intenso. Las plantas casi acariciaban la superficie con sus elegantes y sinuosos movimientos, empujadas por la suave corriente. Recorriendo la garganta de roca llegaron a una zona en que ésta se ensanchaba, creando una especie de cuenco de forma casi circular. Era lo que quedaba de un pequeño y antiguo cráter de impacto. Varias grietas partían desde allí en diversas direcciones. Curiosos, los pequeños se olvidaron de los Nadadores y se dedicaron a inspeccionar los alrededores. Se separaron e investigaron cada uno una brecha. La mayoría de las fracturas estaban cegadas o eran demasiado estrechas para pasar por ellas. Podrían haber ascendido y haber nadado por encima para explorar la zona, pero no habría sido tan divertido. Se reunieron de nuevo en el centro del cráter y decidieron seguir por la falla más ancha. Nadaban silenciosamente, alertas, con la misma mezcla de temor y emoción que adereza todas las aventuras exploratorias infantiles, sean de la especie que sean.

Al cabo de un rato llegaron a un agudo recodo. Se asomaron lentamente. La garganta, tras el giro, continuaba recta medio Cuerpo y acababa de repente en una abertura azul. El banco de Nadadores pasó por ella con tranquilidad, perdiéndose de vista. Con precaución, llegaron al final del desfiladero y salieron de él. El suelo descendía abruptamente, convertido en un acantilado vertical. La pared se enderezaba paulatinamente casi cuatro Cuerpos más abajo y se transformaba en suelo otra vez. A duras penas podían verlo, debido a la escasa luz que llegaba tan abajo y a la ligera turbiedad del agua. Así que magtieron haces de ondas comprimidas hacia las profundidades, más cortas que las que usaban para comunicarse entre sí. Emitían pulsos rápidamente y esperaban sus rebotes contra lo que hubiese en el fondo. Sus cerebros interpretaban la ingente información recibida y en sus mentes se formaba una imagen tridimensional, tan clara y rica en detalles como la que podían obtener con sus grandes ojos. La ventaja era que las ondas no se veían tan afectadas por el agua como la luz, lo que les permitía “ver” cosas que, de otro modo, les sería muy difícil apreciar.

Así, pudieron comprobar que el suelo, irregular, estéril y cubierto de fina arena, continuaba hacia delante más de un Grupo de Cuerpos. Allí, nuevamente, volvía a curvarse hacia arriba y formaba una nueva pared casi vertical. Mirando a derecha y a izquierda, comprobaron que estaban sobre un ancho y profundo corte en la roca que se alejaba en ambas direcciones. Fascinados, comprendieron que aquello era un enorme cañón, una versión muy aumentada del estrecho desfiladero por el que acababan de pasar.

Lo pequeños no sabían que el cañón era, en realidad, la mayor y más profunda de un sistema de fallas que fracturaba la gran meseta sumergida. La inmensa planicie rocosa se elevaba desde el abismal lecho marino hasta apenas un Cuerpo de la superficie. En su centro, un enorme cráter, originado por la colisión de un gran meteorito millones de años atrás, era el origen de todas las grietas y del profundo cañón. Había más cráteres de varios impactos secundarios de menor calibre, conectados por fracturas al cañón principal. La meseta se levantaba desde una vasta llanura abisal, como una torre solitaria en medio del océano. La costa más cercana estaba a muchísimas Líneas de distancia. En otros tiempos su cumbre había estado por encima de la superficie, pero los cambios climáticos y geológicos la habían hundido bajo ésta.

Destello, Amanecer, Bandas y Bebé decidieron torcer a la derecha y descender hasta el centro mismo del cañón. Una vez estuvieron a la misma distancia de las dos paredes y del fondo, avanzaron a toda velocidad, magtinando atentos en todas direcciones y agudizando la vista. El gran desfiladero era casi recto, así que no tenían que maniobrar. Al principio les pareció muy emocionante investigarlo. Al cabo de poco tiempo, no obstante, empezaron a aburrirse. El cañón era muy monótono. Ni una curva, ni un detalle especial. Nada. Sólo un valle oscuro y rectilíneo en forma de “U”. Iban a dar por terminada la exploración y ascender, cuando vieron un enorme saliente en el acantilado de la derecha. Era una gran cuña de roca que se curvaba hacia el centro del cañón, rompiendo su uniformidad. Los pequeños admiraron la desafiante altivez con la que el saliente retaba a la gravedad, suspendiendo su punta a dos Cuerpos de la pared y a casi tres del fondo. Curiosos, rodearon la formación. La mitad superior, a la que la luz llegaba con suficiente intensidad, estaba completamente tapizada de corales y vegetación. A medida que se descendía por su curvada pared, tanto los corales como las algas iban desapareciendo, hasta que sólo quedaba la roca yerma y pulimentada por las corrientes. Al pie del gran saliente descubrieron una cueva relativamente profunda, por cuya boca podría deslizarse con cierta comodidad un Navegante adulto. La exploraron un rato y, al no encontrar nada interesante, decidieron abandonar el lugar. Pero acordaron guardar en secreto su ubicación: sería su escondite.

Volvieron al cañón. Destello ascendió hasta situarse por encima del borde del acantilado. Agudizó sus sentidos al máximo, percibiendo el ambiente que la rodeaba cada vez con mayor nitidez. Así, descubrió parte del sistema de fallas que roturaba la superficie de la meseta, siete pequeños cráteres y, a media Línea de distancia, el borde del cráter mayor. La otra pared de éste quedaba fuera del alcance de su percepción, así que debía ser realmente enorme. En aquel momento sintió la llamada de Cuidadora. Los demás también lo magtieron. Abandonaron su aventura exploratoria y regresaron a toda prisa con las adultas.

¡Ya vamos, ya vamos! Tranquilas, que estamos bien—emitió Bandas, algo molesto por tener que irse de allí.
Sólo dábamos una vuelta para explorar la zona...—dijo Amanecer con fingida inocencia.
Volved aquí ya y fin de exploraciones. Sabéis que no nos gusta que alejéis tanto. Hay animales ahí que pueden herir. (Severidad)—les reconvino Coral, que a cada Ciclo mejoraba más su lenguaje.
Pues que vengan, si se atreven. (Arrogancia). —Bandas había bajado al máximo la intensidad de sus emisiones, para que sólo sus amigas lo escuchasen. Las pequeñas no magtieron nada, pero expresaron diversión y complicidad.

Al poco llegaron al lugar donde esperaban sus madres, que los miraron con cierto reproche, pero si decir nada. Entendían perfectamente a sus hijos, pues ellas se habían comportado igual cuando eran pequeñas. La despreocupada e inconsciente vida infantil...

¡Este lugar es precioso y está lleno de escondites y de sorpresas!(Felicidad, Plenitud)—emitió Destello, con intensa emoción. Y todos estuvieron de acuerdo.

Era una zona del océano poco frecuentada por las especies del Territorio. Pocos individuos la conocían, pues se encontraba a unos cinco Ciclos de navegación mar adentro. En general, las adultas preferían mantenerse cerca de las costas debido a la mayor abundancia de comida y de lugares de abrigo. Sólo se alejaban del litoral al llegar la Oscuridad. Luchadora había descubierto la vasta planicie sumergida tiempo atrás, durante un aterrizaje. Aunque descendían de noche, el anaranjado brillo de la nebulosa le permitió ver un acusado cambio de color en el fondo marino, y la curiosidad la llevó allí una vez volvió la Luz. La extensa cima de la meseta estaba completamente cubierta por arrecifes coralinos de increíbles colores. En algunos puntos, el coral había logrado crear torres que asomaban a la superficie, haciendo que las olas rompiesen contra ellas formando crestas espumosas. Había una enorme y exuberante biodiversidad. Al parecer, los monstruos de las profundidades tampoco tenían conocimiento de la zona, pues se concentraban en las áreas cercanas a la plataforma continental, y rara vez asomaban por allí.


Cuando guió a la pequeña manada hasta aquel sector del océano, hacía casi una Vuelta, todos estuvieron de acuerdo en que el lugar era tan hermoso que se merecía un nombre propio. Fue Bondadosa la que lo sugirió. Llamaron a aquella meseta “El Refugio”, pues guardaba un cierto paralelismo con un sistema estelar conocido por el mismo nombre. Dicho sistema está formado por una estrella azulada de tamaño medio, orbitada por una gran nube de fragmentos distribuidos en anillos elípticos concéntricos, y sin planetas. La estribación de uno de los Grandes Ríos cruza el sector casi por el centro con su luminosa majestuosidad. Millones de superorganismos vegetales colectivos, las Redes Luminosas, se encuentran repartidos por toda la Franja, la zona alrededor de la estrella en la que temperatura, radiación y luminosidad se mantienen en valores aceptables para la vida de esas colosales colonias espaciales. El sistema se encuentra en medio de una gran región vacía, de nubes tenues y con gran escasez de alimento. Es un oasis en medio de la inmensidad.


Igual que la meseta sumergida, un refugio en medio del océano.


Las adultas volvieron a conversar entre ellas. Llevaban un tiempo preocupadas por el inusitado aumento de la actividad de Masticadores y Bocasierras. Después de lo explicado por Cuidadora y Coral comprendieron que, inexplicable y repentinamente, se habían vuelto mucho más agresivos, osados y organizados. Y no era nada bueno. Empezaban a mostrar demasiada... imaginación. Aquella nueva habilidad no era nada tranquilizadora en un carnívoro. Quizá había llegado el momento de replantearse las estrategias a seguir contra ellos. Ya no era seguro que las madres trajeran a sus crías a la luz en solitario. Pero quién podía saber cuántas víctimas más se producirían hasta que toda la especie cambiase sus hábitos. La supervivencia era una carrera de armamento, en la que el más hábil, el más inteligente o el mejor equipado vencía temporalmente, hasta que su contrincante mejoraba sus técnicas. Y vuelta a empezar.


Que las costumbres y los instintos deben actualizarse continuamente era algo que no tardarían mucho tiempo en descubrir...


*


Faltaban apenas cuatro Ciclos para regresar otra vez a la Oscuridad. La familia percibió el olor de un importante número de grandes animales que se aproximaban a la meseta. Durante unos momentos se pusieron en guardia, preparados para defenderse. Luego, las madres se relajaron, y sus hijos, al ver que ellas transmitían tranquilidad, también. Era una manada de unos ocho Grupos de Aulladoras, enormes animales filtradores, tan grandes como un Navegante adulto. Se comunicaban entre sí por ondas acústicas, de las cuales ellos apenas lograban escuchar una pequeña parte. Cuando las Aulladoras “hablaban”, se oía una cacofonía de gritos, silbidos y reverberaciones de baja frecuencia, completamente ininteligible para sus oídos. En cambio, aquellas criaturas parecían entenderse a la perfección entre ellas.


Los pequeños se acercaron con cautela a las enormes y pacíficas bestias bajo la atenta mirada de sus madres. Era una gran manada compuesta principalmente por hembras con crías. Varios machos imponentes protegían el perímetro. Se habían colocado de una forma peculiar, pero muy inteligente. Las crías en el centro, rodeadas por las hembras adultas en una formación ahusada. Siete grandes machos protegían cada cuadrante; uno a cada lado, delante y detrás; otro la zona de arriba; y dos más la parte inferior del rebaño. Además, cuatro hembras ya mayores patrullaban las cercanías, trazando espirales alrededor de la manada, atentas a la más mínima señal de peligro. Las hembras más jóvenes, las que aún no habían tenido descendencia, se mezclaban entre las crías, atentas a sus necesidades, mientras los machos jóvenes formaban una pequeña avanzadilla a corta distancia del grupo principal. Escoltaban a la vieja y enorme matriarca, la más sabia y experimentada de todos ellos, que guiaba a su familia por el océano en busca de alimento.


Destello se acercó amistosamente al enorme macho que protegía el flanco izquierdo con su gran mole, y nadó en paralelo con él, con su ojo derecho enfrentado al del animal. El Aullador no se mostró alarmado ni hostil. Parecía saber que la joven Navegante no suponía ninguna amenaza. Se miraron intensamente, sabedores del gran abismo que separaba sus especies, pero conscientes del medio que compartían. Durante unos instantes, el abismo se diluyó y se sintieron cerca, muy cerca el uno del otro. Ambos percibieron el brillo de la inteligencia, la curiosidad y la confianza en sus respectivas miradas. Destello recorrió un trozo de su rugosa piel salpicada de parásitos con la punta de la aleta trasera, percibiendo el tacto del animal. Tuvo gran cuidado de no dañarlo con el agudo filo de su extremidad. El macho también levantó una de sus inmensas aletas delanteras y acarició el lomo de la pequeña con extraordinaria delicadeza. El Aullador se sorprendió por la tersura y calidez de la piel acorazada, pues la esperaba más fría y áspera. Incluso el visible engrosamiento de la armadura, en el tercio delantero del cuerpo, tenía un tacto mucho más agradable de lo que su aspecto sugería a primera vista. Entonces Luchadora la llamó suavemente y ella se apartó despacio, de regreso a su propio grupo.


Mientras se alejaba, aprovechó para grabar en su memoria cada detalle de aquellos extraordinarios animales. Se fijó en que asomaban regularmente el lomo a la superficie, saliendo brevemente para volver a sumergirse, y se preguntó a que obedecería aquel comportamiento. Magtinó tan sensiblemente como pudo, en ondas muy cortas, con lo que sintió el interior del cuerpo del viejo macho. Gran parte de su tercio delantero estaba ocupado por dos grandes órganos, formados por una infinidad de conductos huecos que se iban uniendo hasta formar un tubo. Éste salía de cada órgano y se fundía en uno mayor, que iba por el interior del cuerpo hasta una especie de masa muscular, situada en el lomo tras la cámara ósea que formaba la parte delantera de su cuerpo. Aquella esfera oblonga de hueso parecía contener y proteger algún órgano, pero no supo identificarlo. La estructura musculosa del lomo abría y cerraba un agujero en la piel de la cabeza, conectando el extraño tubo con el exterior.


Pudo oler claramente que los órganos laberínticos de su pecho, que se expandían y contraían a voluntad, contenían aire. Su composición iba variando según corría el tiempo, cambiando oxígeno por dióxido de carbono. Cuando el dióxido llegaba a un límite, el animal salía a la superficie, abría el agujero de su cabeza y comprimía aquellas extrañas vejigas. El gas de su interior era expulsado y, con una sola expansión de su pecho las volvía a llenar con aire nuevo, con lo que el curioso ciclo volvía a empezar. No pudo comprender a que se debía aquel comportamiento[1], pero intuyó que era una necesidad vital de aquellos animales. Lo que más le cautivó fue el lento latido del enorme corazón del Aullador, tan grande como el de su madre pero menos complejo. Como no pudo encontrar el cerebro en el centro del cuerpo, como sería normal[2], supuso que debía hallarse encerrado en la bóveda ósea de delante, lo cual le extrañó profundamente. Tampoco pudo localizar órganos eléctricos, corazones secundarios, pétalos de algas, ni muchas de las estructuras y tejidos que había percibido en su madre y en los demás. Destello, ante la imposibilidad de estudiarse a sí misma, se dedicaba a veces a observar el interior de los miembros de su familia con gran curiosidad. Le encantaba ver los corazones palpitando y sentir las corrientes eléctricas que emanaban de ellos con cada latido. Comparando el organismo de los Aulladores con el de los Navegantes, llegó a la conclusión de que los primeros eran más sencillos, con muchos menos órganos y capas de tejido, aunque en general eran notablemente similares. Intuyó que, al vivir dentro del ambiente protegido de un planeta, las necesidades vitales serían muy distintas.


Dejó de estudiar el interior de aquella criatura y se concentró en su aspecto exterior. Tenía una forma ahusada, con una enorme y larga cabezota, un ojo, mucho más pequeño que los suyos, a cada lado de ésta y un corto y musculoso cuello que la unía al tórax. Presentaba cuatro gruesas y recias aletas, dos en cada costado. Unos potentes músculos las movían elegantemente. Su parte trasera acababa en una corta y robusta cola plana, rematada por una gruesa aleta horizontal doble. La enorme boca, en la parte frontal de la cabeza[3], tenía tres mandíbulas, cosa que sorprendió mucho a la pequeña Navegante. Cuando se abrían, se separaban entre sí desde el centro hacia fuera, dejando expuestas cientos de hileras concéntricas formadas por millones de largos y finos pelos con los que filtraban el agua en busca de alimento.


Cuando estuvo segura de poder recordar cada detalle, imprimió un poco más de brío a su aleteo y se alejó de la manada de Aulladoras. Los animales se fueron desvaneciendo paulatinamente en el profundo azul del océano, como gráciles y fantasmales sombras. Al llegar junto a mamá, no pudo decir nada. Tan sólo fue capaz de transmitir una fuerte y clara emoción: fascinación.


La familia se dejó llevar un rato por la corriente circular que rodeaba el Refugio, flotando perezosamente con los pétalos extendidos en la superficie para que recibiesen la menguante luz solar.

De pronto, la pequeña sintió algo. Su cuerpo se tensó, con los sentidos en alerta máxima. Olía algo que ascendía desde las profundidades. Afinó todavía más su percepción. El resto de su familia presintió el peligro apenas un latido más tarde que ella. Un gran grupo de predadores se acercaba a la manada de Aulladoras, desde abajo y a gran velocidad. Iban a atacar. Y los enormes animales no parecían ser conscientes de ello.

En un principio, Destello se quedó mirando incómoda y triste el ataque. Los depredadores siempre amenazaban a otras criaturas. Era algo normal, habitual e, incluso, necesario. Los cazadores cumplían su función en el equilibrio natural, tanto en el planeta como en el Territorio. Era instintivamente consciente de ello. Toda su familia empezó a nadar, alejándose del drama que estaba a punto de tener lugar. El numeroso grupo de carnívoros también representaba un peligro para los jóvenes Navegantes.

Sin saber porqué, ella se quedó rezagada, mirando, debatiéndose en un furioso torbellino de emociones. Confusa y aturdida, algo que no podía explicar se agitaba en su mente. Algo en su interior trataba de emerger a través de las murallas de su instinto de huída. El ataque no iba con ella, no iba con su familia. Era normal. Era parte de la Vida. Los cazadores, cazan. Y las presas que no pueden defenderse o huir, caen. Siempre pasaba. Siempre había pasado. Y siempre pasaría.

Pero la tormenta emocional iba cada vez a peor. Una parte de su conciencia se rebelaba contra todo eso. Una sensación de inquietud, de que algo estaba fuera de lugar, de que el comportamiento de los carnívoros no era lo que tenía que ser, atenazaba su corazón. Jamás podría explicar, ni comprender, cómo sucedió. Pero, de pronto, con un estallido de conciencia de una claridad dolorosa, supo, y al mismo tiempo decidió, que tenía que hacer algo. Pero, ¿qué hacer?

"¡Avisarles!".

Sólo había un problema: no tenía la menor idea de cómo hacerlo. Estaban demasiado lejos para llegar hasta ellos antes que sus atacantes. Y ella, como todos los miembros de su especie, estaba fisiológicamente incapacitada para producir cualquier sonido. De pronto se le ocurrió que podía emitir una potente pulsación de energía en la onda más corta que lograse generar. Focalizándola hacia el macho con el que había nadado, estaba segura que podría llamar su atención. Lo hizo. Aunque no podían verse directamente a través del agua, a causa de la distancia, percibió cómo el animal se removió inquieto cuando la onda energética le golpeó.

El Aullador miró a su alrededor, confuso, sin percatarse aún del peligro inminente. Destello volvió a emitir el comprimido tren de ondas en su dirección. Los demás Navegantes se detuvieron y se dieron la vuelta, intrigados por el comportamiento de la pequeña. El viejo macho, incómodo y sin saber qué le estaba molestando, emitió entonces unos rápidos chasquidos sónicos. Unos instantes después, sus ondas sonoras rebotaron sobre algo inesperado, produciendo unos ecos de retorno que formaron una imagen en su mente: la de un gran contingente de carnívoros que se dirigía directamente hacia su familia. Alarmado, emitió un agudo silbido que puso en alerta a toda la manada. El núcleo de hembras se cerró, protegiendo a las crías, mientras que los animales de la avanzadilla se prepararon para defender a la vieja matriarca. En un parpadeo el grupo había variado la distribución de sus miembros y, lo que en un principio era una manada tranquila y espaciada, se había convertido en una masa compacta de seres prácticamente inexpugnable.

Magtinó claramente el cambio de actitud de las Aulladoras. Estaba realmente impresionada por la coordinación y la inteligencia de que hacían gala. Pero la alegría le duró poco. El grupo atacante estaba compuesto por más de una Aglomeración[4] de Masticadores y dos Grupos de Bocasierras.

Luchadora pensó que se veía a aquellas dos especies colaborando en los ataques con demasiada frecuencia. Y jamás había presenciado un ataque de esa magnitud a una manada tan numerosa y coordinada de presas. Los carnívoros no actuaban así. Aislaban un individuo o dos y lo atacaban. Pero en aquel momento la jauría se dirigía directamente a por toda la manada. En un instante, la Navegante comprendió con pesar, que superaban en número a las Aulladoras. Por bien que se defendiesen éstas, la jauría rompería su perímetro defensivo y atacaría a los objetivos más débiles y fáciles: las crías.

Un sordo sentimiento de ira se apoderó de Destello. Había conseguido avisarles pero no iba a servir de nada. Se avecinaba una horrorosa carnicería. El instinto de autoconservación la impulsaba a huir de allí. Pero aquel "algo" inexplicable, que seguía sintiendo en lo más profundo de su ser, la enfurecía cada vez más contra los carnívoros. Temblando de rabia e impotencia, magtió las llamadas alarmadas de su familia. Escuchó los silbidos angustiados de las Aulladoras y sus crías. Percibió la avidez de los carnívoros… Sentía su alma dividida en dos, debatiéndose entre huir y actuar.

De repente, sin siquiera pensarlo, se lanzó a toda velocidad hacia el grupo de carnívoros, dispuesta a ayudar a las Aulladoras.

Su madre y las demás la llamaron angustiadas, pero ella hizo caso omiso. Había nacido un vínculo especial entre aquel viejo macho y ella y no pensaba abandonarlo a su suerte. Nadando al máximo, fijó un rumbo que la llevaría a interceptar a la jauría antes de que alcanzaran a sus víctimas. Calculó la velocidad y la trayectoria de sus oponentes y comprendió que iba a ser difícil conseguirlo. Tembló de frustración. Un instante más tarde, ya lejos de su familia, reparó en el imponente número de atacantes. Entonces fue consciente de su propia pequeñez y de su solitaria situación. “Pero, ¿qué crees que vas a hacer tú sola ante un ataque de esa magnitud? ¿Servirles de aperitivo?”, se dijo a sí misma. Aún así, ya no había vuelta atrás. La decisión estaba tomada. Solucionaría los problemas a medida que se presentasen.

Vio que los siete grandes machos se separaron del pelotón de hembras, dispuestos a detener a los atacantes antes de que alcanzasen la manada. Mientras, el resto de ésta, encabezada por la matriarca, trataba de alejarse. Pero no podían adquirir mucha velocidad, pues las crías más pequeñas no lograrían mantener el ritmo. Los machos jóvenes que formaban la escolta de la matriarca, como si obedeciesen una orden prefijada, formaron una línea de ataque en “V” y se lanzaron en pos de sus compañeros adultos, dispuestos a reforzar la barrera de cuerpos que detendría, como siempre, a los carnívoros. Todos ellos habían percibido la sorprendente actitud de la pequeña Navegante. Al principio no supieron qué pensar, sorprendidos por el hecho de que una cría de una especie tan distinta se enfrentase resueltamente, y en solitario, a una manada de carnívoros tan peligrosa... para defender a los miembros de una familia a la que nada la vinculaba. Pero enseguida salieron de su asombro y se lanzaron hacia sus perseguidores, dispuestos a defender a las hembras y a sus crías a toda costa.

En aquel momento, eran tres los conjuntos de animales implicados en la incierta situación. La manada de Aulladoras, apelotonada cerca de la superficie para poder respirar, los machos, divididos en dos grupos, descendiendo en diagonal al encuentro de los carnívoros, y éstos, ascendiendo también en diagonal rumbo al rebaño de crías.

Destello, con una perspectiva más amplia a causa de la distancia que la separaba de los tres grupos, percibió un cambio en la jauría atacante. Aunque apenas conseguía ver algo más que sombras difusas, podía magtinarlos con toda claridad. Los carnívoros se habían dividido en dos. Casi todos los Bocasierras y tres Grupos de Masticadores parecían mantenerse en segundo plano, algo más retasados que los demás. El resto avanzaba a toda velocidad hacia el grupo de machos. Desconcertados, éstos vieron que los cazadores no disminuían la velocidad ni se desviaban, como siempre habían hecho en todas las situaciones anteriores.

La jauría se abrió en abanico y se echó encima de los sorprendidos machos.

Inmediatamente se estableció una lucha sin cuartel. Los defensores se vieron rápidamente sobrepasados en número por los atacantes, que les mordían furiosamente por todo el cuerpo. Estaban desconcertados. Aquel comportamiento de los cazadores era totalmente anormal. Los Masticadores nunca atacaban a individuos adultos y sanos de Aulladora, y menos aún a una escuadra completa de machos. Cuando se veían ante un frente defensivo, se dispersaban y desistían del ataque.

O se habían vuelto locos o terroríficamente osados.

Pero no se dejaron amedrentar por la nueva situación y se defendieron valientemente, conscientes de que su fracaso podía significar la pérdida de su familia. Con poderosos golpes propinados con las aletas y la cola lograron mantener precariamente a raya a los carnívoros. Entonces llegaron los jóvenes y las fuerzas se igualaron un poco. El agua se tiñó paulatinamente de sangre de uno y otro bando. Los Aulladores no poseían dientes en sus mandíbulas, por lo que no podían morder a sus contrincantes, pero podían aplastarlos con ellas. Su gran tamaño les restaba movilidad, pero si alcanzaban a algún enemigo con sus potentes aletazos, el golpe era mortal. Los jóvenes compensaban su falta de experiencia con su mayor agilidad y su contundente arrojo.

Por un momento, Destello pensó en usar su defensa eléctrica para ayudar a los Aulladores, pero comprendió que también los dañaría a ellos. De pronto, cayó en la cuenta de que nunca lo había hecho. Sabía que aún era demasiado pequeña. No se veía capaz de generar un pulso lo suficientemente intenso. Sus madres eran las que siempre ahuyentaban a los predadores. Los pequeños habían jugado alguna vez a darse “latigazos”, pero nunca en serio. Se removió contrariada. Cambió ligeramente de rumbo y se dirigió resueltamente hacia el corazón de la pelea. Los potentes músculos de sus costados empezaban a cosquillearle levemente, pero no se preocupó. Estaba muy lejos de empezar a sentirse cansada.

Desvió su atención de la batalla durante un parpadeo, para hacerse una idea clara de la ubicación de todos los implicados. El grueso de la contienda estaba justo ante ella, a cinco Cuerpos de distancia y a dos por debajo de su posición. La manada de Aulladoras estaba en la superficie, a siete Cuerpos a su derecha. Entre los dos conjuntos de animales mediaba una distancia de un Grupo con dos Cuerpos. En cuanto a su familia, mamá, Río, Coral y Bondadosa se habían lanzado tras ella.

El inesperado apoyo de su familia aumentó su resolución. De repente, se le ocurrió una idea. Transmitió a su madre y las demás que protegiesen a las crías, que se colocasen a media distancia entre los dos grupos, formando una disuasoria barrera defensiva, por si los valerosos machos perdían la batalla. Había suficiente distancia hasta la manada principal de Aulladoras como para usar la defensa eléctrica sin dañarlas. Le costó convencerlas, pero al final cedieron, persuadidas por la apabullante determinación de la pequeña. A regañadientes, viraron y se dirigieron hacia la manada de Aulladoras. Luchadora sentía un doloroso nudo en el corazón, angustiada por la suerte de Destello. Varias veces estuvo a punto de dirigirse hacia ella, pero algo en su interior se lo impedía. Algo le empujaba a confiar en su hija.

Por su parte, Cuidadora se había detenido a casi dos Grupos de Cuerpos por detrás, con Bebé, Amanecer y Bandas. Les estaba costando bastante contener las ganas de pelea de éste último. El joven e impetuoso macho hervía de furia y excitación. Destello percibió claramente su estado de ánimo a pesar de la distancia. Le gustó el arrojo de su joven amigo. Se sorprendió pensando que le encantaría que estuviese allí, a su lado, aleta con aleta contra los Masticadores, desafiando juntos al peligro. Quizá no había sido muy buena idea lanzarse al ataque de aquella manera. Acababa de ser plenamente consciente de su completa soledad, nadando a toda velocidad hacia una batalla sin cuartel y lejos de sus seres queridos. Un escalofrío de aprensión recorrió su joven cuerpo.

*

Luchadora, Río, Bondadosa y Coral se habían lanzado en pos de Destello unos momentos después de que ésta partiese como una exhalación para enfrentarse a los atacantes. Excepto Río y Bondadosa, las demás habían sufrido ataques a sus cachorros por parte de los predadores y la nueva y extraña actitud de éstos las irritaba sobremanera. Tras unos momentos de indecisión al recibir la transmisión de Destello, y en vista de que ya no podían alcanzarla, las cuatro adultas viraron y partieron en pos de la manada, con intención de constituir una barrera defensiva ante ésta, tal y como Destello les había pedido. Las Aulladoras, por su parte, se percataron enseguida de la maniobra de las Navegantes y redujeron la velocidad, confusas. Sabían por experiencia que los carnívoros no se aproximarían mientras los magníficos seres espaciales estuviesen cerca. El rebaño se detuvo cerca de la superficie, para que todos sus miembros pudiesen respirar cuando lo precisasen, y se mantuvieron en alerta para huir al menor indicio de peligro. Todas las criaturas de la manada observaban con infinita curiosidad a las Navegantes, tratando de comprender su insólito comportamiento protector. Luchadora y las demás, ante la inmovilidad del grupo de Aulladoras, decidieron frenar a una distancia prudencial, para evitar dañar a la manada cuando usasen sus defensas eléctricas. Se dispusieron en línea, de manera que cerraban casi completamente el paso a los predadores. Si éstos querían llegar a las crías, deberían dar un amplio rodeo para evitar a las Navegantes. Pero éstas, que se desplazarían por un círculo de menor radio, siempre les podrían tomar la delantera. La manada parecía estar perfectamente protegida.

No podían hacer nada más que esperar, mientras percibían cómo la pequeña Destello avanzaba resueltamente hacia la batalla entre los Masticadores y los Aulladores. El olor dulzón y herrumbroso de la sangre impregnaba el agua incluso a aquella distancia.

Luchadora sentía el alma dividida, debatiéndose entre la irrefrenable necesidad de acudir en ayuda de su hija y el deseo de proteger a las vulnerables crías de la manada de Aulladoras. Una garra de angustia le oprimía el corazón, por el incierto destino de su pequeña pero, al mismo tiempo, también sentía un inmenso orgullo por su valor y su determinación.

*

Menos de dos Cuerpos la separaban ya del lugar en el que los Aulladores luchaban a muerte con el grueso de los Masticadores y algunos Bocasierras. Ya podía verlos con bastante claridad, así que no dependía tanto del magto. Le sorprendió comprobar que los Aulladores estaban mucho más calientes que los carnívoros, a los cuales percibía en tonos marrones y granates gracias a las células termosensibles de sus retinas. En cambio, los Aulladores emitían vivos colores rojos y amarillos, sobretodo en el pecho y en la cabeza. Según pudo comprobar, dos de los machos jóvenes estaban gravemente heridos.

En aquel momento notó un cambio en los defensores. Algo no iba bien. Sus valerosos amigos perdían ímpetu. Los movimientos de algunos se volvían paulatinamente más pesados y descoordinados, mientras sus cuerpos temblaban débilmente. Destello supo instintivamente que los Aulladores necesitaban ascender a la superficie, para rellenar de aire nuevo aquellas extrañas y grandes vejigas de su cuerpo. Les iba la vida en ello. Lo intuía.

Comprendió que, a pesar del formidable valor que mostraban, su necesidad de respirar suponía una clara desventaja ante sus oponentes. Éstos no precisaban del aire atmosférico para vivir.

El segundo grupo de carnívoros, que comprendía al grueso de los Bocasierras, se había ido sumergiendo gradualmente, rodeando la batalla principal. Se hallaban más allá de la línea defensiva de Navegantes y lejos de la manada de Aulladoras, como si la ignorasen. Destello, que había centrado toda su atención en sus amigos, reparó de pronto en ellos. Estaba segura de que tramaban algo siniestro. Las alarmas de su instinto se dispararon cuando les magtinó alejarse furtivamente, confundiéndose en la distancia con actitud sospechosa. Algo no cuadraba. Se le estaba escapando un detalle decisivo para comprender la táctica de caza de aquellos carnívoros. Desplegó sus agudos sentidos y se concentró, tratando de formarse un mapa mental de la situación general y de las posibles pautas. Pocos latidos después una luz se encendió en su cerebro y, de repente, lo entendió todo: el ataque frontal tan sólo era una maniobra de distracción. Mientras la mayor parte de los Masticadores mantenían a raya a la poderosa defensa de machos con su abrumadora superioridad numérica, la mayoría de los temibles Bocasierras se escabullía sigilosamente para atacar a la desprevenida manada por detrás.

"Si lo consiguen será una auténtica carnicería..."

Una parte de su mente no pudo sino admirar la inteligente estrategia. Demasiado inteligentes e innovadores para su gusto. Con toda su atención puesta en los Bocasierras, no se dio cuenta de cuánto se había acercado al lugar de la batalla. Un par de Masticadores se fijaron en ella y, aprovechando su momentánea distracción, se le echaron encima justo cuando pretendía advertir a su madre de la maniobra del segundo grupo. No tuvo tiempo ni de pensar. Antes de saber de dónde procedía el ataque, sufrió dos violentos golpes en el vientre. La táctica, efectiva contra los Aulladores, era inútil contra un Navegante. Ella no respiraba, por lo que un golpe fuerte en el vientre le era tan indiferente como otro recibido en el lomo. Además, ella estaba acorazada y los Aulladores no. Se centró de inmediato e identificó a sus atacantes. Se reprendió a sí misma por su falta de concentración y trató de golpear a los Masticadores. Pero éstos la esquivaron sin problemas. Aquellos animales eran sorprendentemente rápidos. Realizó una rápida finta, en el instante en que se le volvían a echar encima con las fauces abiertas. Mientras viraba violentamente hacia la derecha, trató de canalizar la energía de su cuerpo para crear una descarga, pero no logró el control necesario. El débil pulso resultante sólo molestó levemente a sus atacantes, que se alejaron un poco.

Manteniendo la distancia, los Masticadores nadaron en círculo a su alrededor, con movimientos cautelosos y sin quitarle los ojos de encima. Parecían estar sopesando las capacidades defensivas de la joven Navegante. Debieron decidir que no representaba un peligro apreciable porque, de repente, volvieron a la carga con ferocidad. Para entonces, Destello había virado por completo y, viendo que no podía usar sus capacidades eléctricas, les plantó cara con sus temibles armas. Los cazadores se abrieron uno a cada lado, para asaltarla por los dos costados simultáneamente. Durante un latido, la pequeña no supo qué hacer, pero su aguda inteligencia se impuso. Si trataba de atacarlos a los dos a la vez no lograría nada. Así que eligió al más cercano y se abalanzó contra él con dos vigorosos aletazos. El carnívoro, sorprendido por la ilógica reacción de su supuesta víctima, cometió el error de vacilar por un instante.

El robusto colmillo frontal de Destello rasgó la piel y la carne del costado del animal, cuando éste trató de esquivar la acometida de su presa. Una nube de sangre se expandió perezosamente a su alrededor, mientras el Masticador se alejaba de ella con rápidos y nerviosos coletazos. La herida no era mortal, pero sí muy dolorosa. Incapacitado para continuar la lucha, optó por retirarse.

El segundo Masticador, furioso y confuso ante la actitud de la pequeña, cambió bruscamente de dirección varias veces, en rápida sucesión, rodeándola. Giró de improviso y atacó de nuevo.

Viró a la izquierda y arriba tan rápido como pudo y sintió un fuerte golpe en la aleta trasera derecha. En un primer momento, pensó que su enemigo la había atrapado. Vio una nebulosidad oscura en el agua, cerca de la aleta. En aquel instante el olor de la sangre fresca inundó su olfato. Durante unos breves momentos de angustia e incredulidad, pensó que el Masticador había logrado herirla. Pero compendió el error inmediatamente: la sangre era roja, no dorada, y olía a hierro. Por tanto, no podía ser suya.

Extrañada, giró tratando de entender qué había pasado. Vio al Masticador alejarse tembloroso, con un terrible y extenso corte en el costado izquierdo. En algunos lugares el hueso estaba a la vista. Y le faltaba la aleta pectoral de aquel lado. Extendió su propia extremidad y percibió algo de sangre y minúsculos restos de carne en el afilado borde. Entonces lo comprendió.

Al darse la vuelta, el cazador y ella habían chocado accidentalmente. El golpe que había sentido no se había debido al ataque del animal, sino a la colisión. Pero el Masticador tuvo la mala suerte de impactar de lleno contra el temible filo de la aleta de la Navegante. Y se había rebanado limpiamente parte del costado izquierdo. La horrible herida era mortal de necesidad.

En parte aliviada y en parte apesadumbrada, Destello giró y volvió a nadar vigorosamente sumergiéndose en el seno de la batalla. Sabía que el Masticador moriría en poco tiempo. Tomar conciencia de ello le causó una repugnante sensación que le hizo sentirse sucia. No había querido matarlo en ningún momento. Había sido un accidente. Ella no era un predador. No mataba a otras criaturas sin motivo. Acababa de descubrir lo aborrecible que podía ser arrebatar una vida.

Entonces observó, horrorizada, que los Aulladores que trataban de alcanzar la superficie para respirar eran víctimas de un virulento ataque por parte de los escasos Bocasierras de la jauría. No les dejaban ascender, mordiéndoles el lomo con saña y empujándolos hacia abajo con poderosos movimientos de sus aletas. Destello intuyó la intención de sus enemigos. No les hacía falta matarlos a mordiscos; les bastaba con evitar que ascendiesen para respirar y el tiempo haría el resto.

Los Aulladores se estaban asfixiando lentamente.

Una tremenda cólera inundó su corazón. Aquello no era juego limpio. La táctica era inteligente y efectiva, cierto. Pero se le revolvieron las entrañas de aprensión ante la crueldad y la cobardía de sus enemigos. Olvidó de inmediato su pesar por la muerte del Masticador. Se dirigió hacia uno de los machos más grandes que, desesperado, trataba por todos los medios de ascender hacia la superficie. Un enorme Bocasierra y varios Masticadores se lo impedían. Casi podía oler la crueldad y la diversión que emanaban ante los estériles esfuerzos de su víctima por respirar. Furiosa como nunca lo había estado en toda su vida, se lanzó a toda velocidad contra el Bocasierra. Por un instante, la imagen de su colmillo atravesando el cuerpo del carnívoro cruzó su mente. Pero la apartó rápidamente, asqueada. Colisionó contra la fiera, costado contra costado. El animal, pillado por sorpresa, salió despedido violentamente.

Liberado de su agresor por la contundente acción de Destello, el Aullador ascendió inmediatamente, ignorando las profundas heridas que los Masticadores le seguían causando en el lomo. Tal era su ansia por llegar arriba, su necesidad vital de respirar, que ni tan siquiera parecía sentir el terrible dolor. Su sangre carmesí teñía el agua tras él, dejando una nebulosa estela que se diluía perezosamente. El macho rompió la brillante lámina que separaba cielo y mar a toda velocidad, sacando fuera del agua más de la mitad de su enorme cuerpo. Destello pudo oír su anhelante y profunda inspiración desde donde estaba. En apenas un parpadeo, el enorme animal vació las vejigas aéreas de su pecho y las volvió a llenar de aire fresco, antes de precipitarse de nuevo contra el mar. Renovada su reserva, se sumergió a toda velocidad y atacó con renovados bríos. Cambió de rumbo de repente, lanzándose hacia uno de sus compañeros, que era acosado por dos Bocasierras. El Aullador se precipitó hacia ellos. Completamente desprevenidos, no reaccionaron a tiempo. El viejo macho logró matar a uno con un salvaje golpe propinado por la robusta cola. Antes de que el segundo consiguiera alejarse, lo atrapó entre sus mandíbulas triples. Aunque los Aulladores carecían de dientes, los músculos de su boca podían desarrollar una potencia estremecedora. Presionó brutalmente a su víctima hasta que, con un horrible crujido, sus huesos y sus tejidos se desgarraron. El cuerpo del Bocasierra se partió. Las dos mitades, que aún se agitaban débilmente en una nube de sangre, se hundieron trazando amplias espirales, rumbo a la oscuridad impenetrable del fondo.

Destello quedó vivamente impresionada por la contundente réplica del enorme macho. Las dos muertes que el Aullador había causado la turbaron profundamente, aunque la determinación y la ansiedad que vio en sus ojos le mostraron una nueva perspectiva ante la situación. Una verdad indiscutible afloró en su mente: si no había ninguna otra opción, matar a otro ser era tan solo una cuestión de conservación. Acababa de aprender una de las lecciones más importantes de la supervivencia: matar para no morir.

Pero no tuvo tiempo de perderse en cavilaciones de índole filosófica. Los demás Aulladores se encontraban en una situación crítica. Perdían brío por momentos y sus movimientos eran cada vez más torpes y descoordinados. Trataban desesperadamente de alcanzar la superficie, pero sus contrincantes lo impedían una y otra vez.

La joven sintió su ira crecer de nuevo. Se lanzó contra el grupo de carnívoros más cercano, que, obsesionados con su presa, aún no se habían percatado de los ataques consecutivos de la Navegante y del Aullador. Extendió las cuatro aletas anteriores, exponiendo los mortíferos y afiladísimos bordes de éstas, mientras se daba impulso con las cuatro extremidades posteriores. Intentó de nuevo canalizar su enorme potencia eléctrica hacia los extremos metálicos de las aletas, no para crear una onda de choque, pues hubiese afectado también a los Aulladores, sino para que se produjese una fuerte descarga al contactar con el cuerpo de alguno de los carnívoros. Falló. Volvió a intentarlo de nuevo, concentrándose más. Pero volvió a fallar. La energía no le obedecía. La situación de los Aulladores era cada vez más crítica. Se enfureció de veras y volvió a intentar reunir energía para una descarga. Quizá fuese su cólera desatada. O la suerte. O que, al fin, lo había hecho bien. Fuera cual fuese la causa, los órganos eléctricos de su organismo obedecieron a su cerebro y los bordes de las aletas empezaron a brillar trémulamente. Un estimulante sentimiento de orgullo la inundó.

La pequeña atacó con contundencia. Se lanzó al centro de la formación de Masticadores, que atacaban a un joven Aullador, atravesando la cola del primero con su robusto colmillo frontal. Las aletas de la Navegante rozaron los cuerpos de otros tres, que fueron sufrieron la fuerte descarga eléctrica. Convulsionándose, flotaron a la deriva, pero vivos. El joven macho, repentinamente liberado de la mortífera trampa, ascendió a toda velocidad hacia la superficie salvadora dejando tras de sí una estela de burbujas y sangre. Inspiró con desesperación el fluido vital de la atmósfera y volvió a sumergirse. Destello no se entretuvo. Una vez que lo vio libre se olvidó de él y se concentró en ayudar al siguiente. Había perdido el factor sorpresa, pero le sobraba valor y armamento. Y parecía que, por fin, sabía usar sus defensas eléctricas.

Se dirigió resueltamente al Aullador más cercano, un macho veterano en situación crítica, mientras el joven al que acababa de salvar hacía lo propio con otro de sus congéneres. Durante una fracción de parpadeo las miradas de los dos se cruzaron. Destello pudo leer en sus ojos un infinito agradecimiento y una terrorífica determinación. Se sintió inexplicablemente orgullosa de sí misma y de sus nuevos amigos.

Y, al instante siguiente, una inmensa aflicción enturbió su corazón.

Uno de los Aulladores jóvenes había muerto asfixiado y caía hacia el abismo. Débiles espasmos agitaban su cuerpo.

La furia creció una vez más. Se dirigió hacia el siguiente macho. Sus iris violetas empezaron a brillar débilmente, mientras una sombría determinación emergía de su mente. Los carnívoros, inesperadamente, abandonaron a su víctima y se lanzaron en tromba a por ella. Destello, sorprendida, frenó en seco, mientras el Aullador recién liberado ascendía desesperado por respirar. El brillo feroz de la mirada de la Navegante aumentó levemente de intensidad, por la idea que se le acababa de ocurrir. Pegó las aletas a los costados todo lo posible, para evitar que se las pudiesen dañar. Los siete Masticadores se lanzaron al unísono contra su lomo y su abdomen. La piel blindada de la joven resistió sin ningún problema, aunque pudo sentir la fuerte presión de sus dientes tratando de destrozar su poderosa coraza. Era el momento que había estado esperando. Tras dos o tres intentos logró acumular una inestable pero potente carga eléctrica, que canalizó directamente a través de su piel metálica. Sin embargo, la descarga de energía que la recorrió de la cabeza a la cola no fue tan intensa como ella había esperado, pues una parte importante se disipó justo antes de usarla. Los carnívoros, sujetos a la que creían su víctima, recibieron el impacto eléctrico en la boca. Acusaron la descarga e, incómodos, la soltaron, aunque siguieron acechándola, prudentes. Se removió fastidiada. Se había librado de ellos momentáneamente, pero su intención había sido ser tan contundente como para que se marchasen de allí. Y lo habría logrado si la energía hubiese obedecido a su mente como ella había planeado.

Entonces percibió un cambio a su alrededor. De repente, múltiples enemigos dejaron de luchar contra los Aulladores –de los que otros dos habían sucumbido— y se volvieron hacia la joven Navegante. Destello los miró, desafiante y altiva, y se mantuvo inmóvil mientras los animales la rodeaban, impidiéndole retirarse. Al contrario que los Aulladores, ella no necesitaba respirar, lo cual la igualaba a sus rivales. Pero eso no reducía su número. Tres Grupos de enemigos la amenazaban. La pequeña vio ascender hacia la superficie a todos los machos supervivientes y se hundió lentamente, tratando de alejar lo más posible a los dos bandos. Era necesario para poder atacarlos con las descargas... si lograba entender porqué no conseguía que funcionasen.

Pero no le dejaron ni acabar de pensar en ello. Como si obedeciesen algún tipo de orden o consigna, se lanzaron todos a una contra la desprotegida Navegante. No tuvo tiempo a preparar su estrategia. Necesitaba unos momentos para acumular y redirigir la potente energía de su organismo hacia sus defensas. La mordieron ferozmente por todo el cuerpo, con crueldad. Aunque no lograron penetrar su piel acorazada, el dolor fue espantoso, lo que provocó que su rabia ganase en intensidad. Ignoró el dolor que la atenazaba y se concentró en generar y reunir toda la energía posible en los extremos de su cuerpo, donde se encontraban localizados los órganos bioeléctricos más potentes de su anatomía. Tras un espacio de tiempo que a ella se le hizo eterno, consiguió acumular una inestable y huidiza carga energética.

En el preciso momento en que los Masticadores creyeron que su victoria era indiscutible, Destello liberó instintivamente la onda de choque a través de los alargados órganos impulsores de su cola, en lugar de hacerlo directamente a través de la piel. Amplificada por su insólitos órganos, la rapidísima oleada de fuerza se extendió en todas direcciones, pulsando alrededor de su cuerpo. Varios Masticadores se alejaron aterrorizados, con grietas sangrantes en la piel causadas por la contundente defensa de la pequeña Navegante. Algunos flotaron inconscientes y otros se lanzaron enloquecidos hacia la superficie, tratando inútilmente de escapar al doloroso tormento eléctrico. Dos Masticadores murieron, con sus corazones paralizados por la intensa corriente. Algunos Aulladores, los más cercanos, también sufrieron una fuerte descarga, pero solo les ocasionó una molesta incomodidad a causa de su gran tamaño.

Un extraño y repentino agotamiento la embargó. No era cansancio muscular. Sentía sus órganos eléctricos anormalmente lentos, incapaces. No sabía qué era, pero algo iba rematadamente mal en su cuerpo. Tanto esfuerzo para algo tan simple como emitir una descarga no era normal. Ni aun siendo un cachorro. Preocupada, miró a su alrededor, por si algún otro enemigo decidía atacarla.

Pero al ver lo que había hecho, al ver a los desgraciados predadores con la piel retorcida y ulcerada, y a los dos muertos, se sintió horriblemente mal. Una sensación de náusea la dominó por un momento, no de asco, sino de pena. Por muy enfadada que estuviese, su intención nunca fue matarlos. Quería darles una lección y alejarlos de ella y de la manada, no herirlos cruelmente.

La pequeña Navegante se reunió compungida con el resto de machos, en la superficie. Los animales respiraban con ansiedad, conscientes de lo cerca que habían estado de morir. Destello reconoció al gran macho con el que había compartido aquella intensa mirada antes del ataque. De repente se dio cuenta de que había pasado muy poco tiempo desde aquel momento. Parecía que hubiese transcurrido una eternidad... Se acercó lentamente al imponente animal, tratando de encontrar sosiego a la confusión que atenazaba su alma. Temblaba de aprensión. Los ojos de ambas criaturas se cruzaron mutuamente, en una intensa y explícita mirada que transmitió, en apenas un parpadeo, todas las emociones que sentían los dos. El agradecimiento y la admiración brillaban en los ojos de él. Pero en los de ella sólo había vacío, inseguridad. Contra toda lógica, el gran macho pareció comprender la razón del desasosiego de la pequeña. Con gran ternura, la tocó con la aleta delantera derecha, cubierta de heridas superficiales. En aquel momento, se creó un vínculo entre los dos, un lugar íntimo en sus mentes en el que las fronteras entre especies desaparecieron. Sus conciencias se fundieron parcialmente. El resto de machos se aproximó también, tocándola y rozándose con ella, al tiempo que emitían curiosos sonidos. La Navegante se sumergió en la intensa mirada de comprensión y agradecimiento del Aullador. Pudo sentir en su misma alma como el gran animal apoyaba su acción, sin juzgarla. Sólo había hecho lo que debía hacer. Las consecuencias eran irrelevantes. El tiempo pareció quedarse suspendido en aquel instante, en el que los corazones de aquellos dos seres tan distintos latieron al unísono. Destello se sintió aliviada como nunca. Gracias a su amigo, había liberado su conciencia de un peso abrumador que habría podido acabar aplastándola.

De pronto, los dos abrieron mucho los ojos. Separaron sus cuerpos, rompiendo el etéreo vínculo mental. Se habían olvidado por completo. Era imperdonable.

Aún quedaba un grupo de atacantes. El más peligroso: el de los Bocasierras.

*

Luchadora, Río, Bondadosa y Coral, que en un principio habían adoptado una posición defensiva entre el grupo atacante y la manada de Aulladoras, al ver que los machos estaban a punto de sucumbir, no pudieron esperar más y se lanzaron al ataque. Vieron a Destello entrar en tromba justo hacia el centro de la lucha y liberar al primer macho. A todas se les encogió el corazón de angustia. La cría era muy pequeña y podía pagar caro su arrojo y su valor. Después, otro grupo de enemigos se lanzó sobre ella. La joven Navegante, usando una táctica que ninguna había visto ni imaginado antes, dejó que los carnívoros la mordiesen con tremenda ferocidad. Las adultas pudieron magtinar un intenso y concentrado pulso de energía que recorrió la piel de la pequeña y fulminó a sus enemigos. Redujeron la velocidad, anonadadas. No supieron si Destello hacía gala de una inteligencia y una astucia realmente agudas, o simplemente estaba loca. Luego, el resto de predadores la atacó al unísono, con una superioridad numérica abrumadora. Luchadora, acongojada, se lanzó de nuevo hacia su hija. Las demás la siguieron apenas un latido después, reuniendo potencia para activar la defensa de pulsos.

Entonces, la valerosa jovencita provocó una nueva descarga. Sorprendidas, las Navegantes percibieron que no la emitió a través de la piel, como era habitual, sino que lo hizo con los insólitos órganos impulsores de su cola. Aquello multiplicó la potencia de la onda de tal forma que hirió gravemente a varios de sus atacantes. Luego, la pequeña ascendió a la superficie junto a los Aulladores. Las adultas dejaron de aletear, atónitas. Con su novedosa táctica, Destello había generado una onda de choque de una energía asombrosa para ser tan sólo una cría. Acababa de cumplir su primera Gran Revolución y ya poseía la capacidad defensiva de una adulta.

“Si es tan poderosa siendo una cría... ¿cuál será su poder cuando se convierta en adulta?”, pensó Luchadora, inquieta.

Pendientes de la suerte de la pequeña, ninguna reparó en el segundo grupo de carnívoros, que se había ido alejando discretamente dando un amplio rodeo. Habían aprovechado la distracción causada por la lucha para acercarse furtivamente a la desprotegida manada de hembras y crías. Aunque en su plan original no figuraba la inesperada intromisión de las Navegantes, habían conseguido situarse casi al otro lado de la manada de Aulladoras, más cerca de ésta que ellas.

En aquel momento nada se interponía entre cazadores y presas.

*

Destello, consciente de repente de la crítica situación, magtió una llamada de auxilio a su madre y las demás. Los cazadores se acercaban al indefenso grupo de Aulladoras desde casi el otro lado de la manada de hembras y crías. Furiosa, tuvo que reconocer que había sido una maniobra de una astucia admirable.

¡¡MAMÁAAA!! ¡Ayudad a la manada! ¡Rápido, van a atacarlos! (Urgencia, Miedo, Ansiedad)—transmitió Destello tan fuerte como pudo. Estaba terriblemente angustiada. Tenían que atravesar la manada de Aulladoras para poder situarse entre éstas y sus atacantes. Estando éstos más cerca, no llegarían antes que ellos. Y, aunque así fuese, no había distancia de seguridad para poder usar sus descargas eléctricas sin herir a las crías. No creía que pudiesen evitar una terrible carnicería.
¡Deprisa! (Consternación)—las azuzó Luchadora—. ¡Dad la vuelta! ¡Vamos de interceptar a los Bocasierras!
(Determinación).
“Malditos bichos...”, pensó. “Nos han engañado completamente. No me gusta nada el nuevo comportamiento que muestran los carnívoros de este mundo. Se están volviendo demasiado... inteligentes”. Sintió un estremecimiento de aprensión ante la idea.

Una parte de su mente también se sorprendió por el hecho de estar ayudando a las Aulladoras. Generalmente, los miembros de una especie no interferían en los asuntos o las desgracias que le ocurrían a los de otras. Pensó que para Destello (pues ella ignoraba la terrible lucha emocional que había sufrido su hija) no habían existido dudas al respecto. En cuanto vio a los carnívoros atacar, se lanzó a defender a las Aulladoras. Para ella era complejo entenderlo, aunque había hecho lo mismo con aquella Caparazón, varios Ciclos antes del parto. Pero sintió que para las otras cuatro adultas el comportamiento de la pequeña era muy difícil de asimilar. Simplemente se habían dejado arrastrar por el arrojo y la determinación de Destello. Era otra demostración fehaciente de lo diferente que era su hija respecto al resto de Navegantes.

Los machos supervivientes, muchos de ellos seriamente heridos, ya se habían puesto en marcha a toda velocidad, precedidos por la pequeña Navegante. Sabían que ni en sueños llegarían antes que sus contrincantes. Por su parte, el escuadrón de Luchadora y las demás avanzaba en una trayectoria que pretendía pasar bajo la manada y cortarles el paso al otro lado. Pero habían quedado muy rezagadas. Estaban seguras de que tampoco los interceptarían a tiempo.

El gran macho amigo de Destello emitió entonces un sonido que a la pequeña le pareció terriblemente angustiado. Fue un retumbo grave y prolongado mezclado con un silbido agudo y modulado, que se extendió por el agua haciéndola vibrar. Era una señal de advertencia para su manada, emitida con una gran congoja y teñida de miedo.

El grupo de hembras y crías se puso en movimiento como un solo ser, avanzando con la premura que da el pánico, y se dirigieron rápidamente hacia las Navegantes y los machos.

Y la escuadra de atacantes aceleró también, al ver que sus presas se alejaban.

En una fracción de latido, Destello hizo un cálculo de la situación. La manada se hallaba a unos dos Grupos de Cuerpos de distancia en línea recta de su posición actual. Mamá y las demás estaban a siete Cuerpos de ella, sobre la misma línea. El grupo de Bocasierras, acercándose a la manada en una trayectoria casi contraria a la que recorrían ellos, se encontraba a unos tres Grupos de Cuerpos de la tropa de machos, a dos Grupos de Cuerpos de las Navegantes... y a poco más de siete Cuerpos de las crías.

Nadie llegaría a tiempo de evitar una masacre. Nadie. Teniendo en cuenta la velocidad de los carnívoros, la de la manada y la de ella misma, Destello comprendió, horrorizada, que se encontraría con los Bocasierras cuando éstos hubiesen liquidado por lo menos a la cuarta parte de los pequeños.

La pavorosa escena se materializó en su mente. Vio a las madres desesperadas y heridas tratando de proteger a sus hijos mientras eran cruelmente devorados. Los frágiles cuerpos de las crías aplastados y desgarrados por las terribles mandíbulas erizadas de dientes de los carnívoros, la sangre, el horror, la tristeza...

Algo se rompió dentro de ella, en lo más hondo de su alma.

Su mente racional se enturbió, como si hubiese recibido un impacto demoledor, aunque aún era consciente de sí misma. Una helada voluntad, que cada vez cobraba más intensidad, que aunaba instinto y razón, emergió de las profundidades de su mente. Una terrible forma de conciencia carente de autocensura que no se parecía a nada que hubiese sentido antes. Era fría. Indomable. Salvaje. Se habría asustado si hubiese podido.

Una sola emoción ocupó su corazón y su mente, de una pureza e intensidad dolorosas.

Furia.

No una ira convencional, como la que había sentido antes. Era una forma de cólera completamente distinta, feroz y terrorífica.

Los preciosos ojos violetas de la pequeña brillaron con intensidad en la penumbra.

Sus sentidos se amplificaron de manera dolorosa y su percepción del tiempo se ralentizó. La adrenalina inundó sin control su sangre, multiplicando de forma brutal su fuerza muscular. Mientras a su alrededor todo parecía moverse con una lentitud extrema, la pequeña Navegante se propulsó hacia delante a una velocidad superior a todo lo que había experimentado hasta entonces, forzando sus músculos hasta el límite. El enorme esfuerzo hizo que le doliese cada fibra de su ser. En un latido se alejó del grupo de machos y, unos instantes después, adelantó al de su madre como una exhalación. Luchadora y las demás no podían creer lo que veían. Se les encogió el corazón de angustia: Destello iba a enfrentarse de nuevo con los temibles depredadores... sola.

Pero, además, su madre también pudo sentir por un instante la mente de su hija cuando pasó a su lado. Y lo que percibió la atemorizó. Dentro de aquel pequeño cuerpo no estaba su querida y maravillosa hija. En su lugar había una criatura temible, embargada por una furia helada y devastadora que la convertía en algo letal, algo como nunca había sentido. Se encogió de miedo.

Y tampoco le pasó desapercibido el intenso y extraño brillo violáceo de los ojos de Destello. En toda su vida no había visto aquello en ningún otro ser vivo.

*

Los Bocasierras se encontraban a unos cuatro Cuerpos de la manada de Aulladoras, que avanzaba a la máxima velocidad que sus crías podían desarrollar. Los cachorros iban delante y las hembras detrás. Las cuatro más veteranas cubrían la retaguardia. Llegado el momento lucharían, tratando de ganar tiempo para que el grupo huyera.

Destello había conseguido recortar la distancia con los carnívoros en unos ocho Cuerpos, aunque sabía que sería insuficiente. La terrible furia que atenazaba su alma se incrementó aún más.

En aquel momento su mente acelerada captó la presencia del campo magnético del planeta. Ondulaba, crecía y disminuía a su alrededor, mientras las ondas de fuerza, aunque débiles, lo inundaban todo. Podía magtinarlo perfectamente: cortinajes de energía etéreos se perdían en la lejanía y atravesaban su cuerpo. Instintivamente supo que podría usarlo. Pero, para eso, debía aletear de una forma distinta, lo que le restaría avance en el agua. La forma de mover las extremidades en el seno de las corrientes magnéticas era diferente a la forma enérgica y puramente muscular de moverlas en el agua. Ambas formas de impulso eran incompatibles.

Entonces, sin ser apenas consciente de ello, su mente actuó.

Aunque la fuerza magnética del pequeño mundo era muy moderada, el organismo de Destello la amplificó y la redirigió con los alargados impulsores magnéticos de su cola. Aquellos que tanto se parecían a los de los Ensartadores y que ella nunca había utilizado.

El resultado fue espectacular.

La pequeña tuvo que plegar las aletas contra los costados a causa de la potente aceleración que experimentó. Avanzó a una velocidad nunca vista en el agua por ninguno de los demás. Con su percepción enormemente acelerada, podía ver cómo el agua se abría ante su hocico como si fuese gelatinosa. Una serie de ondas de presión que se superponían, apartándose y resbalando a lo largo de su cuerpo. También podía ver las turbulencias que generaban todos los demás seres en movimiento, arremolinándose y girando a su alrededor y tras ellos. De hecho, su misma rapidez la sorprendió incluso a ella, provocando que su conciencia volviese a tomar precariamente las riendas de su conducta. La furia seguía alimentando su voluntad, pero ya no estaba sujeta a aquella emoción primitiva. El brillo de sus ojos disminuyó. Se sintió poderosa, orgullosa y terrible. La rabia y la excitación se mezclaron en su corazón hasta hacerse indisolubles. De hecho, incluso olvidó el creciente dolor que la atenazaba. En aquel instante, era el ser vivo más peligroso de la zona. Y lo sabía.

A una velocidad asombrosa, pasó por debajo de la manada que huía, dirigiéndose directamente hacia los cazadores.

Tan sólo cuatro Cuerpos la separaban del grupo de carnívoros, que no se habían percatado en absoluto de la cercanía de la joven Navegante. La mirada de todos ellos estaba fija en sus presas, a apenas dos Cuerpos de distancia. Los numerosos Bocasierras, y los pocos Masticadores que los seguían, disfrutaban de un cruel sentimiento de anticipación, seguros de la captura. Se divertían de lo lindo con la persecución. Una vez que estuvieron convencidos de haber dejado atrás a sus rivales, ya no se preocuparon más que de pensar en la sabrosa, cálida y tierna carne de las crías de las Aulladoras. Indefensas y grandes presas, cada una capaz de saciar el apetito de dos o tres de ellos, esperando que sus mandíbulas se cerrasen sobre ellas y sus temibles dientes cortasen su piel, desgarrasen su carne y triturasen sus huesos. Despedazarían a las víctimas ante la mirada aterrorizada e impotente de sus madres, que verían como sus verdugos se entregaban anhelantes y ansiosos a una orgía de depredación, sangre y muerte.

Pero antes se divertirían con aquellas cuatro hembras que se habían separado de la manada principal y les plantaban cara.

*

Estaba muy cerca de la hembra. Era un ejemplar joven y vigoroso que nadaba aterrorizada a toda velocidad, consciente de su presencia tras ella. Las cuatro hembras adultas que flanqueaban la manada se habían arrojado contra el grupo atacante, pero él las había esquivado hábilmente y había seguido su rumbo con un brillo ansioso y sanguinario en la mirada. No pudieron detenerle, porque seis de sus compañeros, junto a todos los Masticadores del grupo, se lanzaron sobre ellas. Eso le dejó el paso libre junto a los otros cuatro Bocasierras, que lo escoltaban y esperarían. Por algo él era el macho dominante de aquella jauría; el primero en elegir y el primero en comer. Al mirar atrás, con absoluta indiferencia vio que las cuatro Aulladoras estaban en un serio aprieto. Iban a morir destrozadas. Ignoró por completo el drama que tenía lugar tras él. Su objetivo estaba delante. Abrió la terrible boca erizada de dientes y extendió los colmillos inferiores, presto a inocular en el cuerpo de la hembra su toxina incapacitante. No estaba interesado en ella, de hecho. Tan sólo era un estorbo que se interponía entre él y sus presas reales: las jugosas y tiernas crías. La dejaría para los demás cuando la mordiese. No se iba a molestar ni siquiera en matarla. Lo harían los otros cuando la devorasen, si querían. Si no, moriría asfixiada de todas formas.

Ya la tenía al alcance. Con un poderoso golpe de cola se le echó encima. No perdió tiempo. Un preciso movimiento circular de la cabeza, hacia la derecha, y los delgados colmillos venenosos se hundieron en el cuerpo de la joven hembra, emponzoñando su torrente sanguíneo. La víctima se agitó al sentir el pinchazo y aumentó su velocidad, abandonando la manada presa del pánico. El veneno no tardaría mucho en hacer efecto, pero eso no le importaba en absoluto. Sus cuatro compañeros se lanzaron tras ella, para disfrutar del regalo que él les hacía. Su atención se dirigió al hueco que había dejado la hembra en la formación al huir. Las crías estaban desprotegidas. Babeó de placer y empezó a acercarse a la más cercana, un macho de la última camada. Ya medía casi la mitad de su propia longitud. Era un delicioso bocado que saciaría su hambre, con su tierna y abundante carne y su sabrosa grasa, hasta la siguiente noche.

Dio dos vigorosos golpes de cola y se situó justo al lado de la cría. Rozó su piel con el hocico, deleitándose con su suavidad y calidez y el estremecimiento que el contacto produjo en los músculos de su próxima comida. Abrió la boca de nuevo, pero esta vez no extendió los colmillos venenosos de la mandíbula inferior, sino los terribles colmillos de sable de la superior. Los clavaría profundamente en el cuerpo del pequeño y, mientras saboreaba su sangre caliente, lo arrastraría hasta los arrecifes para regalarse lentamente con su presa aún viva. Lo único que no le gustaba era que morían asfixiadas enseguida. Nunca podía disfrutar el tiempo suficiente del horror y las convulsiones que sus víctimas padecían mientras les iba arrancando pedazos de carne metódicamente. Pensó que, la próxima vez, trataría de atrapar a alguna cría de los grandes seres espaciales que había sentido en las cercanías. Sabía por experiencia que aquellos no se ahogaban y podrían saciar sus instintos durante mucho más tiempo.

Levantó la cabeza por encima del lomo de la cría para asestarle la dentellada fatal...

... y, de pronto, perdió impulso.

Había sentido un leve golpe en el costado y una inexplicable y helada sensación en su interior, como un escalofrío... Extrañado, giró el cuello y miró atrás. Al principio no pudo entender lo que veía. Su cuerpo se acababa abruptamente un poco después de las aletas delanteras y una nube de sangre oscura se extendía detrás de él. Un objeto amorfo y de un intenso color azul se hundía perezosamente en la oscuridad. Entonces, con una mezcla de sorpresa y terror comprendió lo que estaba viendo. Sintió un mareo de incredulidad. Aquello era su propia cola. Mejor dicho: era la mitad trasera de su cuerpo. Algo lo había cortado limpiamente más o menos por el centro, detrás de las costillas. Simultáneamente a la horrible revelación, un dolor sordo fue cobrando intensidad en la zona donde había sufrido la terrible mutilación. Notó una presencia y miró hacia arriba. Era una de aquellas criaturas que venían del cielo, una cría. Una de sus aletas estaba ligeramente manchada de sangre. Sus ojos resplandecían con un intenso tono violeta. Se fijó en que los bordes delanteros de sus aletas brillaban a causa de los terribles filos. Entonces sintió frío, un frío denso y mortal que invadió su ser. Una horrible debilidad se apoderó de él y perdió rápidamente la conciencia. Justo antes de perderse en la negrura, pensó con ironía que lo había matado precisamente una de las criaturas a las que había planeado devorar. Después, todo se oscureció y difuminó a su alrededor.

Y luego, nada.

*

Destello describió un cerrado giro hacia arriba cuando pasó por debajo de la manada de Aulladoras. Entonces, a menos de un Cuerpo, había visto cómo el enorme Bocasierra, seguido por otros cuatro más pequeños, atacaba a la joven hembra tras esquivar a las cuatro valerosas Aulladoras, que estaban a punto de sucumbir. La superioridad de los Bocasierras y los Masticadores había sido abrumadora. Prácticamente las estaban descuartizando vivas a dentelladas, con una celeridad y eficiencia pavorosas. Por un instante, la pequeña pensó en ayudar a las valerosas hembras, pero consideró que su sacrificio sería inútil si permitía que las crías fuesen atacadas. A regañadientes siguió adelante. Sólo ella estaba lo suficientemente cerca como para defender al rebaño. Entonces vio a los cuatro Bocasierras menores abalanzarse sobre la joven hembra, envenenada por el gran macho dominante, mientras se hundía lastimosamente en el agua oscura, medio paralizada por la ponzoña. La joven Navegante no pensó, sólo actuó. Varió su rumbo y se arrojó entre los desprevenidos carnívoros como una centella. Las puntas de sus filos provocaron profundos cortes a tres y su robusto colmillo metálico se hundió en el arranque de la cola del cuarto, haciéndole un profundo desgarro. Los animales se alejaron dando bandazos, sangrando y sacudiéndose de dolor. Ella, por su parte, se olvidó de ellos y, rápidamente, se concentró en el enorme Bocasierra, que ya había elegido a una cría. Aceleró, describió una cerrada trayectoria que la llevó bajo el carnívoro, giró bruscamente ascendiendo hacia la superficie y extendió en ángulo la aleta trasera cuando pasó junto al cazador a toda velocidad. Pero se equivocó y extendió la aleta más de lo que quería; el temible filo se abrió paso entre los músculos, los huesos y los órganos sin ninguna dificultad, como si hubiese atravesado el limo del fondo marino. Tan solo sintió una ligera presión hacia atrás. Cambió de dirección y detuvo por fin su alocada carrera. Su percepción del tiempo volvió a la normalidad y, con ella, el dolor. Estupefacta, vio cómo la mitad trasera del animal se hundía en las profundidades envuelta en una nube carmesí. El Bocasierra la miró con incredulidad durante un instante y sus ojos se apagaron. Después también se hundió.

Destello, dándose cuenta de su error, quedó paralizada por la impresión. Hasta aquel momento no había sido realmente consciente del poder que podía desarrollar. Quería herir al Bocasierra, como a los otros, pero no partirlo por la mitad. A pesar de la furia que la dominaba, seguía sin tener intención real de matar. Por tanto, la magnitud de lo que acababa de provocar golpeó su cerebro con una fuerza demoledora. Su visión se enturbió y todo empezó a darle vueltas. Estaba muy aturdida.

Se había alimentado de pequeños crustáceos y otros animalillos, sí, pero aquella había sido la primera vez que mataba directamente con sus armas a otro ser. Los dos Masticadores a los que su descarga energética mató antes habían fallecido fortuitamente. Y aquel que chocó con ella y se rebanó parte de un costado se dañó de forma accidental. Pero ahora había matado a una criatura viva con una acción directa, encaminada a dañar, a herir. Una parte de su mente se sintió poderosa, pero su sentimiento de culpa fue mucho más fuerte. Su alma, su ser, no podían asimilar una acción así. No estaba bien. No era admisible. Sus defensas eran lo suficientemente potentes como para alejar de ella a los predadores sin hacer más daño que el estrictamente necesario. Trató débilmente de justificar su acción, intentando convencerse a sí misma que se había limitado a actuar en defensa de las crías, que había sido la única opción posible, que no había tiempo para otra cosa. Pero su corazón no se mostró tan complaciente.

*

La manada de Aulladoras, una vez violada su integridad, empezó a comportarse caóticamente. La formación, hasta entonces compacta y organizada, empezó a disgregarse poco a poco. Algunas hembras trataban de mantener juntas a las crías, que empezaban a mostrarse confusas, asustadas y erráticas. Otras, presa del pánico, abandonaban la formación, sin darse cuenta de que aquello las hacía todavía más vulnerables. Entonces, un poderoso y grave sonido, de una intensidad dolorosa incluso para las Navegantes, retumbó a través del agua. El grupo de predadores se detuvo en seco, confusos por la horrible muerte de su compañero y por la intensa vibración sónica. El efecto sobre la aterrorizada manada fue instantáneo. Las criaturas, tras unos brevísimos instantes de indecisión, recompusieron la formación, apremiando a las crías. Destello buscó con la mirada el origen de aquel increíble sonido vibrante. Lo había emitido la vieja matriarca, la más sabia y experimentada de todos. Se fijó en ella con preocupación. La veía agotada, débil. De alguna forma supo que había tenido que reunir todas sus fuerzas para emitir aquella poderosa llamada.

La pequeña se mantuvo en el lugar en que se había detenido mientras veía morir al Bocasierra. El dolor que atacaba todo su cuerpo aumentaba paulatinamente. Vio con alivio que la manada se alejaba de allí a toda velocidad, así que centró su atención en la joven hembra envenenada. Se hundía. Hizo acopio de fuerzas, se situó bajo ella y la empujó hacia la superficie. Estaba prácticamente inconsciente. Al sentir a la Navegante bajo ella, abrió trabajosamente los ojos. Con un supremo esfuerzo logró flotar en la superficie, mientras los carnívoros recuperaban la compostura. Destello comprobó que entre los cazadores y la manada no mediaba la suficiente distancia como para usar la defensa eléctrica sin dañar a las Aulladoras, así que se sumergió de nuevo, ignorando el dolor. Avanzó resueltamente, interponiéndose entre los carnívoros y sus presas, tratando de mostrarse lo más amenazadora posible. Buscó a su madre y a las demás magtinándolas. Todavía estaban lejos, a unos seis Cuerpos y acercándose. Se dirigían a ayudar a las cuatro hembras que trataban de entretener a los Bocasierras. Las pobres criaturas presentaban horribles heridas y el agua estaba enturbiada con su sangre, pero continuaban atacando con arrojo. Los machos Aulladores supervivientes también avanzaban hacia ella a toda velocidad, pero, tras la sangrienta batalla contra los Masticadores, estaban muy débiles.

Se tomó unos instantes y se concentró en sí misma, para ser consciente de su estado. Desde hacía unos Ciclos se encontraba algo extraña, un poco débil. Y el tremendo esfuerzo que acababa de hacer para proteger a las crías había agravado su situación seriamente. Se sentía pesada, frágil. Su cuerpo temblaba ligeramente y le dolía cada fibra muscular. La desbocada carrera le había salido cara. Pero el agotamiento no fue lo que la asustó, sino descubrir que acababa de perder por completo el control eléctrico de su cuerpo. La súbita revelación hizo flaquear su corazón. Sentía que la energía se comportaba de forma un caótica dentro de su organismo. En aquellas condiciones sería imposible canalizar una nueva descarga defensiva.

Estaba allí, frente a un aterrador grupo de carnívoros. Sin defensas. Sin protección. Sola.

De pronto, algo cambió en la banda de cazadores. Una parte pareció desentenderse de las cuatro Aulladoras y concentró su atención en ella. A pesar de la distancia, pudo distinguir en sus ojos un brillo extraño, algo que destilaba crueldad y odio. Enseguida lo comprendió. Venganza.

Se lanzaron sobre ella. Rapidísimos. Todos a la vez. Apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Trató de esquivar la salvaje acometida. Ignorando el lacerante dolor que inundaba su cuerpo, se defendió dando veloces aletazos en todas direcciones, mientras maniobraba a un ritmo enloquecido. Los temibles filos laceraban la carne de aquellos a los que lograba alcanzar. Pero eran muy escasos los cazadores a los que hería, y siempre de manera bastante superficial. Eran tan rápidos y ágiles que no podía centrar su atención en un solo objetivo. Poco a poco, iba agotando sus cada vez más escasas fuerzas, sin percatarse de ello. Imperceptiblemente, sus movimientos empezaron a ralentizarse. Cada vez le costaba más mantener a sus enemigos a raya. De repente, fue consciente de lo que estaba pasando.

“Me están provocando para que me agote y no pueda defenderme”, pensó, atemorizada.

Pero su inteligencia se impuso. Sólo tenía que aguantar un poco. Mamá, Río, Coral y Bondadosa estaban cada vez más cerca... y ellas acabarían con aquello en un latido. Así que decidió no hacer nada. Se quedó inmóvil, con las aletas fuertemente pegadas a los costados y cerró los ojos. No obstante, aquellos no eran Masticadores. Eran Bocasierras. Se abalanzaron sobre ella en el acto, seguros de su captura. La mordieron con extrema violencia, por todo el cuerpo. Un lacerante dolor la invadió. A pesar de su evolucionado blindaje, las fuertes mandíbulas de los Bocasierras aplicaron tal presión sobre su piel que le pareció oír crujir sus huesos. Sintió un golpe brutal en su lomo, seguido de un dolor todavía más agudo y cruel. Uno de sus enemigos había logrado traspasar levemente la coraza metálica con los enormes colmillos de sable, justo en una intersección de las placas de la armadura. Los dientes se hundieron en su piel apenas el grosor de una aleta. Los tejidos extraordinariamente resistentes que mantenían juntas las placas dérmicas impidieron que los pavorosos caninos penetrasen en su cuerpo. Pero la sensación fue horrible, como si hubiesen violado su alma. Hasta aquel momento se había sentido siempre invulnerable, poderosa; arrogante incluso. Fue una dura y valiosa lección de humildad. Por muy excepcional que se creyese, seguía siendo una cría y, por tanto, no era invencible.

La habían inmovilizado entre todos, agarrados con las fauces y tironeando de ella en todas direcciones. Los temibles y afilados dientes de sus mandíbulas arañaban su coraza, provocando un desagradable y continuo chirrido que taladraba el cerebro de la joven. Mientras, el Bocasierra que la había logrado herir continuaba adherido a su lomo, rezumando odio y ferocidad. En una de las sacudidas de la cabezota del cazador, los colmillos alcanzaron uno de los pequeños capilares sanguíneos que había entre las diferentes capas de la armadura. Un fino hilillo de sangre dorada tiñó el agua.

La bestia, al olfatear la sangre de la pequeña, se volvió loca de ansia. Sacudió violentamente la cabeza de un lado a otro, tratando de desgarrar la coraza y hundir más profundamente los dientes en el cuerpo de Destello. La presión que el carnívoro aplicaba en la mordedura, y las salvajes sacudidas de su gran cabeza, provocaron que los colmillos penetrasen un poco más en su coraza, profanando su cuerpo y acercándose cada vez más a su carne. El dolor era lacerante. En un desesperado intento por zafarse de su verdugo extendió rápidamente una aleta y la dirigió hacia arriba, con el filo por delante. Pero no llegó a dañar a su adversario. Otro Bocasierra notó el movimiento y la atrapó, cerrando sus mandíbulas alrededor de la extremidad. La joven notó los agudos dientes rechinando sobre su piel metálica, sin lograr atravesarla. El animal empezó a sacudir la cabeza con violencia. La presión se hizo tan grande que se sintió desfallecer. Por un momento creyó que le iba a arrancar el pedazo, tal era la brutalidad con la que el cazador la zarandeaba. No obstante, la estructura y los tejidos de un Navegante están dotados de una resistencia extraordinaria. Han sido diseñados por la Naturaleza y la Evolución para resistir las tremendas fuerzas, impactos y aceleraciones que se pueden experimentar en el espacio.

Pero eso no evitaba el dolor. El tormento era agónico, aunque la articulación ni siquiera se resintió.

Fue consciente, de repente, de que al menos dos Grupos de Bocasierras estaban sobre ella, mordiendo su cuerpo con ansia y crueldad infinitas. El olor de su sangre los había excitado más allá de todo límite. El horrible y continuo dolor invadía cada fibra de su ser, cada rincón de su organismo. Sintió que uno de aquellos indeseables estaba tratando de arrancarle un ojo, pero los párpados poderosamente blindados no cedieron un ápice. Trató de controlar y reunir las indomables ondas energéticas que fluían caóticamente por su organismo, pero no conseguía canalizarlas. Estaba segura de que, aparte del agotamiento y el dolor insufrible, algo más impedía que su cuerpo respondiese con eficacia a los dictados de su cerebro. Y no comprendía qué podía ser

Intentó serenarse, sobreponerse al sufrimiento, centrar su mente y obligar a su ser a obedecerla. No pudo lograrlo. Lo intentó una y otra vez, sin tregua, siempre con el mismo resultado. Cada vez que creía que lo iba a conseguir, la energía se escapaba de ella, como un fantasma. Al final, agotada tanto física como emocionalmente, una resignada tranquilidad empezó a invadirla. No creía que pudiesen matarla, y sabía que su madre lo impediría en cuanto llegase, pero se resignó ante la idea de que la situación superaba ampliamente su capacidad.

Y se dejó ir.

Permaneció unos instantes sumida en aquella pegajosa lasitud. Y entonces su mente se rebeló, desgarrada entre dos sentimientos enfrentados: determinación por sobrevivir y repulsión hacia sí misma. Sí. Se sintió furiosa consigo misma, por su cobardía y la facilidad con que se había rendido. Por un momento, se dio asco. Y aquello la alteró profundamente. Allí, en aquel momento, atacada por todas partes y aturdida de dolor, se hizo la inquebrantable promesa que nunca más, mientras viviese, volvería a dejar aflorar un sentimiento tan estúpido y denigrante. Jamás se rendiría de nuevo de aquella manera. Lucharía hasta la última gota de vida.

De pronto, sin que sus atacantes se lo esperasen, abrió las otras siete aletas con los filos listos para cortar lo que se les pusiese por delante. Enloquecida de dolor, rabia y miedo, la joven giró sobre sí misma a gran velocidad, aleteando con dos extremidades y los orificios impulsores de los costados, a la vez que mantenía las demás rígidas y perpendiculares al cuerpo. El Bocasierra continuaba sujeto a su lomo, tratando de hundirle los colmillos, pero los demás se separaron de ella con una agilidad extraordinaria. Sólo uno recibió una pavorosa herida en un costado. Pero el resto no se amilanó y la atacó por la cola y el hocico, donde quedaban relativamente a salvo de las aletas.

Dos Bocasierras se aferraron a su hocico y a su cola. La joven trató de continuar girando, pero no podía arrastrar consigo a los dos grandes predadores, por lo que acabó inmovilizada de nuevo, aunque sin dejar de forcejear. El resto de carnívoros se abalanzó inmediatamente sobre ella, tratando de aprovechar su vulnerabilidad. Trató de alcanzarlos con las aletas sin éxito, aunque logró contenerlos a duras penas. Intentó zafarse de las dos alimañas que inmovilizaban los extremos de su cuerpo y del Bocasierra que trataba de taladrar su lomo, pero fue inútil. La tenían sólidamente agarrada. Mientras mantenía a raya a los demás con sus peligrosas armas, intentó de nuevo controlar la electricidad para defenderse. Seguía sin lograrlo. Ahora, ni tan siquiera lograba usar la energía ambiental.

El agudo y continuo dolor de los colmillos del Bocasierra en su lomo se volvía cada vez más irritante. En aquel momento penetraron un poco más y el dolor estalló con una intensidad que habría creído imposible. Sólo quedó un pensamiento en su mente: sacudirse a toda costa a aquella alimaña de encima. No soportaba por más tiempo sentir sus repugnantes dientes incrustados en su lomo tratando de infiltrarse bajo su piel para llevarse pedazos de su carne. No soportaba siquiera su mera presencia. Sus iris violetas brillaron de nuevo. Arrastrada por una nueva oleada de furia incontrolable, forzó a su cuerpo más allá de los límites para producir electricidad, sin pensar siquiera en las consecuencias que podía tener para su organismo algo así. Sólo actuaba guiada por la brutal intensidad de su furioso instinto de supervivencia.

Concentrándose al máximo y, tras fallar en dos ocasiones, logró generar y estabilizar un pequeño “grumo” de energía. Lo sentía en su interior como algo físico, como una parte más de su cuerpo que podía desplazar a donde quisiese. Un malévolo odio empezó a crecer en su corazón. En aquel momento, apenas consciente, un solo deseo ocupó su mente.

Matar a aquella bestia.

Trastornada de dolor y desesperación, hizo un último y supremo esfuerzo, condujo la carga eléctrica concentrada justo hasta dónde el Bocasierra la había herido y la liberó.

La tremenda pulsación energética se descargó sobre los dos colmillos incrustados en su lomo. En fracciones de latido, la electricidad se expandió por los dientes al cráneo del carnívoro… a la vez que magtía, sin tan siquiera ser consciente de ello, la salvaje furia y el profundo odio que sentía en lo más íntimo de su ser.

El Bocasierra experimentó una brutal sacudida que lo arrancó literalmente de su presa. Con el cuerpo imposiblemente arqueado hacia atrás y el cerebro abrasado, quedó flotando inerte entre dos aguas, a tres aletas de distancia. La carne de su cabeza, devastada por horribles úlceras y quemaduras, era apenas una máscara sanguinolenta. Estaba muerto.

A pesar de sus anteriores escrúpulos acerca de matar a otro ser, Destello sólo pudo sentir dos cosas en aquel momento al ver a su verdugo: desprecio y satisfacción.

*

Las salvajes emociones que la pequeña había emitido se expandieron por el agua, llegando con dolorosa claridad hasta su familia. El oscuro mensaje que llevaban implícito atenazó de ansiedad el alma de Luchadora, aunque fue la única que lo captó en su auténtica magnitud, porque era la más cercana a Destello. Se encogió de aprensión, mientras su corazón latía desbocado, presa de una emoción que conocía bien, pero que se negaba a relacionar con su querida hija: miedo. Los demás también pudieron sentir aquel terrible cóctel de emociones, pero de una manera menos profunda. No compartían el vínculo que existía entre madre e hija. Estaban tan absortos e impresionados por la lucha feroz que estaba teniendo lugar, que no pudieron captar la oscuridad que acababa de emerger del alma de Destello.

Aquella última descarga le costó cara a la pequeña. Había llevado a su organismo más allá del límite y no pudo soportarlo más. La onda de choque había sido mucho mayor de lo que ella creía y no se había limitado tan sólo al Bocasierra de su lomo. La corriente se expandió por su piel a la velocidad del relámpago, alcanzando a otros seis carnívoros. Tres murieron en el acto, con sus corazones paralizados de repente y su piel agrietada y llena de ampollas. Los otros tres, a la vista de las heridas sufridas, no tardarían mucho en sucumbir.

Los demás Bocasierras lograron esquivar la descarga y se habían alejado prudentemente de la Navegante, mientras presenciaban furiosos y sorprendidos la dolorosa muerte de sus compañeros. Pero la repentina inmovilidad de su presa y la sangre que manaba de las heridas en el lomo, hicieron que se diesen cuenta que ya no podía más. Estaba totalmente indefensa. Se abalanzaron sobre ella de nuevo, mientras una nauseabunda debilidad la invadía. Sin fuerzas, en su alma luz y oscuridad se confundieron.

Un último pensamiento se abrió paso en el turbulento caos de negrura, odio y furia en que se había convertido su mente. Curiosamente, fue un pensamiento que no tenía nada que ver con el odio. Ni con la furia. Ni con la oscuridad que habita en un rincón del alma de toda criatura y que la había dominado hasta unos momentos antes. Emergía directamente desde la otra mitad de su ser, la que se alimentaba de su curiosidad, su generosidad y su inteligencia. Un cálido sentimiento de amor y cariño lo acompañaba. La luz que arrastraba aquel único y sencillo pensamiento barrió la malvada esencia que la poseía, arrastrándola al vacío del inconsciente.

“Mamá... Mamá ayúdame... por favor...”

Ni siquiera supo si lo había magtido o sólo lo imaginó.

Destrozada, perdió el conocimiento y la oscuridad la engulló.

*

Los pequeños jugaban en el desfiladero a un juego nuevo que habían inventado, consistente en que todos se escondían y uno intentaba encontrarlos. Habían vuelto al cañón al acabar la Oscuridad. Hasta ese momento habían permanecido en alta mar, cuidando de la valerosa jovencita, que permaneció inconsciente casi toda la Noche. Su enfermedad parecía haber remitido, pero Luchadora aún la miraba con inquietud y reserva. La dolencia que la había afectado era habitual entre los miembros de su especie, ya que la mayoría de los jóvenes la experimentaban. La llamaban la Languidez. Sólo se sufría una vez en la vida. Era un mal que debilitaba el organismo durante unos Ciclos, y provocaba, entre otros síntomas, la pérdida de la capacidad para controlar la electricidad generada por el cuerpo y una creciente debilidad generalizada. A su hija, simplemente, la había alcanzado en el peor momento. La terrible batalla contra los predadores, y el horroroso esfuerzo al que había sometido a su organismo, agravaron considerablemente los efectos de una enfermedad leve y sin ninguna importancia. La pequeña había estado muy cerca de morir.

Pero lo que de verdad la mortificaba no era el estado de salud de su hija, ni la certeza de haber estado tan cerca de perderla. Lo que la consumía era el miedo que había sentido. Tenía miedo de Destello, de su querida Destello. Nunca antes, en toda su vida, había sentido una emoción tan oscura, siniestra y destructiva como la que la joven había emitido junto a la terrible descarga. Aunque el concepto era demasiado ambiguo como para comprenderlo en toda su extensión, su alma sí lo había reconocido. Era maldad. Su hija había destilado maldad y odio puro desde cada fibra de su ser. Aunque luego, cuando pidió ayuda, fue un cálido amor lo que percibió.

Por eso, sabía que la pequeña no era malvada en absoluto. Y que nunca lo sería. Estaba completamente segura. Conocía su corazón, lleno a rebosar de cálidos sentimientos y emociones puras y luminosas. Era generosa, solidaria, valerosa, paciente, alegre... Aunque acababa de demostrar que también poseía un instinto ilimitadamente salvaje y despiadado, la luz de su alma era mucho más poderosa que su oscuridad. Era algo muy parecido a lo que ella misma había experimentado cuando despertó su propia conciencia durante el ataque de los Ensartadores, pero multiplicado enormemente. Supo, de alguna manera que no acertaba a comprender, que Destello era terriblemente peligrosa si dejaba que las emociones destiladas por su inconsciente la dominasen por completo. El resultado final de la batalla así lo atestiguaba: aún enfrentados a una cría, varios carnívoros resultaron heridos de gravedad, con horribles quemaduras y ampollas sangrantes en su piel. Tres de ellos murieron al instante, mientras que los otros tres no tardarían en hacerlo. Y el que la había logrado morder había perecido de una forma tan horrible que nunca podría borrar el recuerdo de su mente.

Justo cuando la pequeña perdió el conocimiento, Luchadora llegó por fin hasta ella con el corazón encogido de angustia. Al ver de nuevo a los Bocasierras sobre su hija, inmóvil y sangrando, la rabia sustituyó a la angustia. Llevada por una ira vengativa liberó la inmensa potencia que atesoraba en su organismo de adulta en plenas facultades. La electricidad se expandió en ondas concéntricas alrededor de su cuerpo, pulsando a su máxima intensidad. Al contrario que la pequeña, a ella no le remordía la conciencia por acabar con otros animales si amenazaban la vida de su querida hija. Varios carnívoros, que no vieron la llegada de la adulta, murieron instantáneamente al recibir la terrible descarga. El resto consiguió huir a duras penas.

Luchadora no pudo dejar de notar que las descargas que había emitido Destello eran diferentes a las suyas. Normalmente, un Navegante emitía ondas concéntricas que perdían intensidad rápidamente con la distancia. Pero la pequeña emitía haces concentrados de energía, sin apenas dispersión, que descargaban en unos pocos objetivos, pero con muchísima más potencia. Aunque curioso, no era el momento de preocuparse por ello, sino de atender a su hija. Puso su hocico suavemente contra el costado de Destello y empujó amorosamente su cuerpo exánime hacia la superficie, dónde se dedicó a cuidarla con mimo hasta que despertó.

La manada de Aulladoras había logrado escapar. Las acciones de Destello habían salvado a todas las crías y las hembras jóvenes, además de a la mayoría de machos. Estaba orgullosa de su pequeña. Era valiente y arrojada, aunque inconsciente e impulsiva. Lo cual era lógico, pues tan sólo era una cría aún. Lo único que lamentaba era la muerte de las cuatro Aulladoras adultas que se interpusieron entre los Bocasierras y el grupo de crías. Las terribles heridas que habían recibido durante el enfrentamiento, junto a la enorme pérdida de sangre, acabaron por matarlas. Aún así, no dejaron de luchar hasta el último latido de su corazón.

En su grupo familiar, por otra parte, estaban asombrados del poder desplegado por la joven durante la batalla. Nunca habían visto a ningún miembro de su especie moverse a aquella velocidad en el agua. Y tampoco habían sentido una energía tan grande en una criatura tan joven.

En cuanto al malévolo odio que había magtido, comprendió que si su hija aprendía a controlar sus emociones y a canalizar la terrible fuerza de su instinto, sería la Navegante más poderosa y excepcional que hubiese existido nunca. La primera de una nueva evolución. También fue consciente, no obstante, que si no conseguía controlar sus arrebatos de furia la consumirían y acabarían con ella.

Así que, a pesar del ahogado temor que sentía, tomó la firme decisión de ayudarla. Al fin y al cabo, era su hija. Aunque no fuese tan inteligente como la pequeña, su experiencia era abrumadoramente superior, y el amor que sentía por ella, infinito. Desechó su miedo al poco tiempo. No tenía nada que temer, en verdad. Era cierto que a Destello la había dominado una furia aterradora, una ira atroz como ningún Navegante había experimentado anteriormente, que ella supiese. Pero también era cierto que aquel odio había sido liberado por sentimientos nobles y por instinto de supervivencia. No había dado rienda suelta a su cólera gratuitamente, sino para proteger a unas criaturas indefensas y para evitar morir devorada.

Empezaría su educación enseguida. Pondría en ello todo el inagotable amor que inundaba su corazón. Igual que la pequeña le había enseñado a comunicarse, ella le enseñaría a controlar sus emociones y a canalizar su enorme potencial.

*

Amanecer se escondió en una garganta lateral y rebajó su actividad eléctrica casi por completo, pues le tocaba a Destello encontrarlos y era muy difícil engañarla. Nadó lentamente a través del estrecho pasillo, deslizándose como una sombra entre las altas e irregulares paredes de piedra, tratando de perturbar lo mínimo posible el agua. Una traviesa diversión la embargaba. No sería nada fácil que la encontrase, desde luego.

La garganta se ampliaba un poco más adelante, a causa de un antiguo derrumbamiento, creando un amplio espacio cubierto de fina arena. Dos formas redondeadas de gran tamaño se encontraban en aquella especie de sala sin techo. Una estaba flotando entre dos aguas, describiendo un lento círculo alrededor de la otra, que se encontraba posada en el suelo agitando las aletas y levantando una nube de arena que se depositaba enseguida un poco más allá. Amanecer se acercó curiosa y precavida. No eran habitantes del planeta, estaba segura, pero no reconocía la especie. Durante su viaje por los mares del Mundo Vivo, antes de conocer a Luchadora y Destello, había encontrado algunos seres espaciales, aunque ninguno como aquellos. Eran algo más pequeños que su madre, más cortos y anchos, con un poderoso blindaje en el lomo de gruesas placas metálicas. Sólo tenían seis aletas, y bastante pequeñas. Eran hembras.

La que estaba vigilando se giró alarmada hacia ella, pero cuando vio qué tipo de criatura se acercaba, se relajó visiblemente. La pequeña pudo magtir su transmisión de alivio, confianza y una emoción que la dejó intrigada: gratitud.

Amanecer rodeó al gran animal, admirada, y descendió suavemente hasta el fondo consumida por la curiosidad, para ver qué hacia la otra hembra.

Había cavado un gran hoyo y un tubo carnoso salía de la parte posterior de su vientre hasta el fondo de éste. Estaba depositando en él, con sumo cuidado, unas grandes bolas marrones, que salían de su cuerpo a través del tubo. Contó cuatro. La Navegante se acercó un poco más, muy intrigada. La hembra expulsó otra bola. Entonces retrajo el tubo de vuelta al interior de su vientre y ascendió lentamente, visiblemente cansada. Amanecer se fijó en que no movió las aletas para elevarse, sino que, de pronto, empezó a flotar. Otro misterio más para añadir a la lista. Entonces captó la presencia de algo más. Escondidas tras una roca, en un recodo del desfiladero, había otras cuatro criaturas. Notó que estaban asustadas. Asustadas de ella. Aquello la dejó estupefacta. ¿Ella daba miedo? ¡Pero si sólo era una cría! ¡Destello sí que daba miedo cuando se defendía…! La hembra de arriba se acercó al lugar y magtió tranquilidad y confianza. Las criaturas salieron de su escondite no sin cierta reticencia y, en ése momento, la Navegante se dio cuenta que eran sus hijos. Unos seres tímidos y de pequeño tamaño que nadaron pegados a su madre sin quitarle los ojos de encima.

Sintió que Destello estaba cerca, seguida por Bandas y Bebé. Se había olvidado por completo del juego. De hecho, en ese momento era lo que menos le importaba. Aumentó su actividad eléctrica hasta superar sobradamente el nivel normal, guiando a sus amigos hacia ella. Cuando los tres pequeños llegaron al lugar se pararon en seco, vivamente sorprendidos.

¡Hala...! Amanecer, ¿quiénes son? (Sorpresa)—preguntó Bandas, emocionado.
No lo sé. Son del Territorio, como nosotros, pero no había visto nunca a ninguno así. (Reflexión) Los he encontrado nadando por aquí (Vanidad)—respondió ella— ¿Vosotros habéis visto antes seres como ellos? (Expectación)
Yo no—dijo Bandas.
Ni yo—secundó Bebé.
Yo tampoco—admitió Destello.
Y hacen cosas muy raras—explicó Amanecer, señalando con la aleta delantera izquierda—. Aquellos pequeños son los hijos de ésa. Estaban escondidos allí... y me tenían miedo. ¡A mí, que soy una cría! Y ésa otra ha hecho un hoyo grande ahí abajo y le han salido unas bolas del cuerpo, y las ha dejado en el fondo del agujero. Luego se ha elevado sin mover las aletas y se ha quedado ahí arriba. Está muy cansada. (Ilusión) Luego habéis venido vosotros y ...
¿Bolas grandes? ¿Qué bolas? (Expectación)—interrumpió Bandas.
¿Dónde están? Quiero verlas, quiero verlas... (Impaciencia)—preguntó Bebé.
Creo que antes deberíamos pedirles a ellas si nos dejan verlas, ¿no creéis?—razonó Destello, divertida—. Podrían enfadarse.

Todos magtieron una ligera culpabilidad y callaron. Destello se adelantó hacia la más cercana de las hembras, la que estaba rodeada de cachorros, emitiendo tranquilidad y confianza. Apuntó su hocico hacia el agujero destilando una gran curiosidad. Después volvió a mirar a la hembra y transmitió expectación. “Espero que me entienda...” La hembra la miró con intensidad y se dirigió lentamente al hoyo, difundiendo necesidad de compañía y... otra vez aquella desconcertante gratitud.

“Me ha entendido. ¡Qué bien!”, pensó la pequeña, feliz. Acto seguido avisó a sus amigos, que nadaron respetuosamente hacia el agujero. Se asomaron tímidamente al interior. Efectivamente, allí había varias bolas el doble de grandes que un ojo de sus madres, de color marrón claro con vetas algo más oscuras. Si uno no se fijaba bien, podían pasar por simples piedras cubiertas de arena, sobre todo cuando estaban semienterradas. Tras mirarlas en silencio durante largo rato, con exquisita admiración, los pequeños decidieron volver con sus madres y explicarles todo lo que habían visto.

Los cuatro transmitieron un profundo y cálido agradecimiento y subieron a la superficie rápidamente. En los últimos cuatro Cuerpos,
Destello decidió poner en práctica una idea que llevaba un par de Ciclos madurando. Forzó sus músculos, cargándolos al máximo de energía, y se precipitó a toda velocidad hacia la brillante lámina de agua que separaba cielo y mar. Rompió la superficie como un Dardo Explosivo, pero al revés, saliendo fuera del agua completamente. Subió medio Cuerpo en el aire y, durante un delicioso momento, sintió una estimulante ingravidez. Le encantó la sensación de volar, aunque fuese tan efímera. En un parpadeo volvió a caer, trazando una trayectoria curva gracias al control del ángulo de sus aletas, y se sumergió estruendosamente, levantando una gran columna de agua.

Los otros se quedaron inmóviles por la sorpresa, pues no esperaban que ninguno de ellos fuese capaz de saltar de aquella manera. Generalmente conseguían sacar, más o menos, la mitad del cuerpo al emerger, pero nunca habían visto nada igual. Se repusieron rápidamente, pues la pequeña seguía nadando a toda velocidad hacia las adultas. La persiguieron tan rápido como pudieron. Empezaron a explicar atropelladamente y todos a la vez lo que habían visto, presas de la misma ilimitada emoción que estaban transmitiendo en ese momento con una intensidad casi dolorosa.

¡¡Hemosestadoconunascriaturasgrandesalliabajoenelcañónyunaestabaponiendounasbolasgrandesymarronesquelesalíandedentrodelcuerpoenunagujeroenlaarenay...!!—decía Destello.
¡¡Erandelespacioigualquenosotrosperonoloshabíavistonuncaytienenunblindajemuygruesoyseisaletas...!!—emitía Bandas al mismo tiempo que ella.
¡¡Habíacuatromuypequeñosqueestabanconsumamáporquelasdosgrandeseranhembrasynoshandejadoverelagujeroconlasbolasesastanraras...!!—exclamaba feliz, Bebé, superponiéndose también..
¡¡Yoloshedescubiertocuandojugábamosalesconditeymeheacercadoconcuidadoymehantransmitidocalmaparaquenomeasustara...!!—ametralló Amanecer orgullosa, con apenas unos instantes de retraso respecto a sus tres amigos.
¡Parad, por favor, parad! No he entendido nada. Transmitid más despacio y de uno en uno, chicos—cortó Luchadora, sorprendida y divertida a la vez.
Eso. A ver, explicaos con calma—pidió Río, emitiendo tranquilidad.

Los pequeños enmudecieron un instante, se miraron y volvieron a explicar, despacio y por turnos, lo que habían visto y sentido en el cañón. Cuando acabaron, Amanecer hizo notar cuánto la había sorprendido que aquella criatura les emitiese gratitud, cuando ellos no habían hecho nada más que mirar.

Luchadora les dijo que los seres que habían descrito eran Caparazones y que los llamaban así por el grueso blindaje de su lomo. Eran animales pacíficos y tranquilos, con escudos eléctricos moderados, pero que sabían defenderse muy bien en caso de necesidad.

Las bolas marrones—les explicó suavemente—, es lo que usan para reproducirse. En lugar de traer a sus crías a la luz directamente desde dentro del cuerpo, como nosotras, vienen envueltas en esas cosas redondas. Unos cuantos Ciclos más tarde, las bolas se rompen y las crías salen de ellas completamente formadas. Pero nacen muy pequeñas y fáciles de cazar. Los Masticadores matan a muchas. Por eso ponen tantas bolas. Seguro que alguna sobrevive.
¿Y no les importa que maten a sus hijos? ¿Por qué no tienen uno solo y tratan de cuidarlo mejor?—preguntó Amanecer, confundida.
Claro que les importa. Y les duele. Pero así son las cosas. Cada especie actúa como su instinto le dice que debe hacerlo. Si se reproducen de esa manera, sus motivos tendrán—respondió Luchadora.
Pero...—empezó Destello.
Hijos, debéis aprender que cada cual ve las cosas a su manera. Lo que pensamos los Navegantes, no tiene por qué ser igual que lo que piensan los Caparazones, los Bocatentáculos o incluso los Ensartadores (Afecto)—explicó Bondadosa.
Además, sólo tenéis que ver que, incluso dentro de los Navegantes, no todos los grupos son iguales. De hecho, y gracias a Destello, nuestra pequeña familia hace cosas que los demás no hacen, ni han hecho nunca, como comunicarse de ésta manera tan peculiar, ¿no?—añadió Río, con dulzura.
Pues si nosotros hemos podido cambiar y avanzar, también les enseñaré a las Caparazones a hacerlo (Determinación)—afirmó Destello, orgullosa y decidida.
A lo mejor no pueden... A mí me cuesta entenderte muchas veces. Piensa que no todos tenemos las mismas habilidades (Paciencia)—le replicó dulcemente Coral.
Quizá tengáis razón, pero yo lo voy a intentar. Podemos quedarnos aquí algún tiempo. Hay mucho alimento y el lugar es precioso y seguro. No hace falta estar siempre navegando por todo el océano. Y aún falta muchísimo tiempo hasta que llegue el momento de volver al Territorio (Expectación, Esperanza).
¡Eso, eso, vamos a quedarnos aquí! (Ilusión)—dijeron los otros tres entusiasmados.

Las madres lo pensaron unos momentos y vieron que Destello tenía razón. No era para nada un mal sitio y estaban algo cansadas. Además, los pequeños parecían tan encantados con la idea...

De acuerdo—magtieron las cinco a la vez—. Nos quedaremos aquí hasta que nos cansemos de ver corales.

Los cuatro pequeños transmitieron una inmensa felicidad y se pusieron a saltar y a zambullirse en el agua, hasta que Destello repitió el espectacular salto de antes y las adultas enmudecieron de asombro, ante la divertida complicidad de los pequeños.

*

La Caparazón había puesto los huevos en el nido un Ciclo después de acabar la Oscuridad, y deberían eclosionar tres o cuatro antes de que ésta volviese. Como tan sólo faltaban seis Ciclos para el final de la luz, los pequeños Navegantes estaban muertos de impaciencia. Pasaban todo el tiempo que podían en el desfiladero de los Caparazones, vigilando los huevos, jugando con las pequeñas crías de la primera camada, patrullando la zona para que ningún predador se acercase por allí...

Sus madres también empezaban a sentir curiosidad. Habían visto a los Caparazones, sus huevos y sus crías varias veces, tanto en los mares del Mundo Vivo como en el Territorio, pero nunca habían presenciado una eclosión. Se mantenían en la superficie, justo encima de la garganta, magtinando atentas a la irrupción de cazadores con las defensas a punto, y conversaban mientras los Nadadores las limpiaban.

Amanecer y Bebé permanecían al lado del nido. Mientras, Destello y Bandas, al ser los únicos con armas, patrullaban los desfiladeros adyacentes. Nadaron hasta un pequeño cráter que había cerca de allí y volvieron. Decidieron ascender para cubrir más campo y vieron gran parte del sistema de fracturas que roturaba la meseta. La gran mayoría convergían en el gran cráter, cuyo borde superior empezaba una Línea más allá, y otras procedían de los más pequeños. Había siete restos de impacto en total, cada uno de un tamaño distinto. Fue entonces cuando Bandas observó una grieta que no habían visto antes. Conectaba uno de los cañones principales con el desfiladero de los Caparazones, pero más arriba del nido. Ellos siempre habían vigilado la zona por la que habían llegado la primera vez, pero no habían caído en inspeccionar el otro lado.

Descendieron cautelosamente poniendo rumbo a la fractura recién descubierta. Cuando se adentraron en ella, con todos los sentidos atentos, observaron que había varias cuevas, desprendimientos y roturas en las que un Masticador, e incluso un Bocasierra, podría esconderse sin ninguna dificultad. De hecho, encontraron trazas del olor de los carnívoros, pero eran antiguas. No les gustó nada. Nadaron hasta el gran cráter, de tres Líneas de diámetro, y lo cruzaron, admirándose por su gran tamaño. Llegaron hasta el cañón principal y lo recorrieron. Cuando se encontraron el desfiladero de los Caparazones, giraron y volvieron al nido. No habían visto ni sentido nada, por lo que se relajaron y decidieron reunirse con los demás.

Los finísimos sentidos de Destello captaron una extraña señal compleja, muy sutil, que parecía emanar de una pequeña grieta a su izquierda. La curiosidad infantil se impuso sobre cualquier precaución y los dos pequeños se acercaron con cautela hacia el origen de la señal desconocida. Se acercaron despacio al borde de la grieta y atisbaron el interior. Un extraño olor a una compleja combinación de metales y compuestos desconocidos se deslizaba suavemente por el agua. Al mirar dentro, empujándose el uno al otro, no pudieron reconocer qué veían.

Encajonado entre las dos paredes de la grieta descansaba un extraño objeto de metal pulido, con formas geométricas en su superficie. Medía alrededor de media aleta de largo y tenía una forma puntiaguda por abajo y cortada y angulosa por arriba. Parecía que se hubiese encajado allí cayendo desde la superficie del mar. Una parte de su lateral presentaba numerosas aberturas muy pequeñas. El interior de ellas estaba vacío, pero no había duda de que habían contenido algo y que ese algo ya no estaba allí. El débil rastro oloroso de una sustancia desconocida impregnaba cada una de ellas. El objeto seguía emitiendo la suave señal que los había llevado allí. No parecía representar ningún peligro inmediato, pero su presencia les causaba un desasosiego poco común. Destello especialmente se encontraba cada vez más inquieta. Sentía una sorda e inexplicable crispación, un impulso violento que crecía en su corazón. Aquella cosa no era algo natural, de eso estaban seguros… pero si no lo era, ¿qué otra cosa podía ser? Y aquella señal compleja y sutil resultaba cada vez más insidiosa para ambos… Recelosos, se alejaron de allí rápidamente. En cuanto pusieron cierta distancias entre ellos y la misteriosa cosa empezaron a sentirse mejor, lo cual les desconcertó aún más.

Regresaron junto a los otros sin mencionar el incidente en la grieta. Todo seguía igual. Al cabo de un buen rato decidieron subir a la superficie a extender los pétalos. Todos menos Bebé, que se negó en redondo. Estaba satisfecha y no quería perderse ni un parpadeo de aquel acontecimiento. Podía sentir a las crías en el interior de los huevos. Percibía sus movimientos, las olía, veía sombras apenas perceptibles deslizarse bajo las cáscaras de color arena. También sentía débiles señales eléctricas, claro indicador de que se acercaba el momento.

Cuando sus amigos estaban a punto de emerger, la pequeña vio que una parte de uno de los huevos se volvía elástica, blanda. Se deformó y se rompió. Una pequeña criatura, algo menor que el ojo de un adulto, salió con esfuerzo envuelta en una especie de gelatina transparente. La gelatina se deshizo lentamente. El diminuto y delicado Caparazón quedó libre y nadó torpemente con sus minúsculas aletas hacia su madre, que descendía magtiendo dulcemente en ese momento.

La pequeña fue consciente de repente que los animalitos estaban naciendo y los demás se lo iban a perder. Forzó su campo eléctrico al máximo y focalizó la señal hacia la superficie, porque en el último instante pensó que podría asustar a los recién nacidos. La señal viajó cargada de una tremenda ilusión.

Los jóvenes al sentir el estallido de energía de su amiga se detuvieron en seco. En menos de un parpadeo dieron la vuelta y se sumergieron a toda velocidad. Sus madres los siguieron un poco más despacio, aunque les consumía la misma curiosidad.

Cuando las adultas llegaron al nido, sus hijos ya estaban allí, dispuestos alrededor en círculo, mirando extasiados cómo una tras otra aquellas curiosas bolas se deformaban, se movían y temblaban para, al final, romperse y liberar su precioso contenido. Un cálido y dulce sentimiento inundó los corazones de todos.

Destello no olvidaría en toda su vida aquel increíble momento.

Ni tampoco lo que sucedería en los próximos Ciclos...




[1]Las especies espaciales no respiran, así que no es fácil que comprendan una necesidad tan extraña a ellas. (N. del A.)
[2] El cerebro de las especies del Territorio, junto con el corazón principal, se halla en el centro del cuerpo, dentro de un arca ósea acorazada, donde está más protegido de radiaciones, impactos y ataques. (N. del A.)
[3] Entre los Navegantes, el concepto de cabeza es un poco complejo. Ellos son básicamente una unidad casi rígida, sin cuello, pelvis, ni articulaciones fuera de las extremidades. Aunque poseen esqueleto interno, éste no se articula a lo largo de ninguna estructura (como nuestra columna vertebral). Sus sentidos están repartidos por todo el cuerpo y el cerebro se halla en el centro de éste. Por eso, para ellos no existe una cabeza como la entendemos nosotros. Pero al mismo tiempo, sí que la identifican como tal en las especies planetarias. (N. del A.)
[4] Una Aglomeración son ocho Grupos, es decir 64 unidades. (N. del A.)