sábado, 28 de abril de 2012

Capítulo Sexto: ALEXIA

Llegó a la enfermería apoyada en el hombro de su marido. Le costaba caminar, pues sentía una molesta presión en el bajo vientre. Aun no había sufrido ninguna contracción, pero intuía que no iban a tardar demasiado en aparecer. Mientras tanto, la navicomputadora gobernaría la nave, controlando su vuelo de retorno a la Colonia.

La compuerta blindada se abrió y dejó ver la estancia del interior. Era una habitación ligeramente ovalada de unos treinta metros cuadrados, con un gran aparato cónico colgando del techo, en el centro, sobre una cama articulada y flanqueada de consolas e instrumentos. Las paredes estaban cubiertas por armarios, pantallas, mecanismos, una cabina de aislamiento y dos cámaras de crioestasis. Todo estaba pintado con colores suaves, muy bien iluminado y el ambiente era pulcro y acogedor. En la pared del fondo había un amplio ventanal, protegido por diferentes filtros, que permitía ver el exterior de la nave.

Se tumbó en la cama, tratando de ponerse lo más cómoda posible. La superficie adoptó automáticamente una forma que la hizo colocarse semisentada. Li activó con una palabra el programa médico de diagnóstico y la computadora independiente de la enfermería monitorizó a Mónica. En un segundo identificó el caso y pasó a controlar las constantes vitales de la chica y del feto. Una representación holográfica de su cuerpo, se proyectó desde el complejo aparato cónico del techo, y quedó suspendido a un metro por encima de ella. Al no haber médico en la tripulación, la imagen sólo servía como curiosidad. Pero, para el personal cualificado, era un sistema de diagnóstico y control extraordinario.

Dos palancas articuladas subieron desde la parte baja de la camilla, sujetando sus piernas y separándoselas, dejando su sexo libre y a la vista. La imagen se amplió, cubriendo sólo la sección comprendida entre el diafragma y la mitad de los muslos. Podían ver al feto dentro del útero, colocado en posición, con el cuerpo libre del cordón umbilical. La vagina se había dilatado cinco centímetros y la matriz aparecía inmóvil aún.

Entonces Mónica sufrió la primera contracción. Se dobló de dolor. En el holograma se vio claramente cómo el útero experimentaba una fuerte constricción. Los datos bioquímicos y las constantes cambiaban en las pantallas. La computadora controlaba exhaustivamente el cuerpo de la chica. Según los parámetros programados, el nivel de dolor había alcanzado cotas poco recomendables para que el parto se desarrollase de una manera poco traumática. La voz sintética del ordenador se oyó en la enfermería.

Se aconseja administración de anestésico epidural. Niveles de estrés por dolor en el límite recomendable. Se precisa autorización del personal médico cualificado.
—No hay personal médico en la nave. Hemos partido con tripulación mínima—explicó Li a la computadora.
Entendido. Activando protocolo médico autónomo. Deberá usted seguir las indicaciones que se le irán facilitando. Interviniendo espacio periepidural. Terminaciones nerviosas sensibles al dolor inactivas.


Mónica vio como su marido se situaba ante ella, entre sus piernas, con guantes estériles en las manos. Las contracciones se sucedían rítmicamente, pero ya no sentía dolor. Al contrario de lo que se hacía siglo y medio atrás, cuando se pinchaba la columna para administrar el anestésico, ahora se usaba un infusor de gas comprimido y un campo energético estabilizador que colapsaba las fibras nerviosas deseadas, desactivándolas.

Mantenga su atención en la abertura vaginal. Cumpla las indicaciones estrictamente para garantizar el correcto desarrollo del proceso de alumbramiento.
—Está bien. Guíame, porque yo no tengo ni idea de esto—dijo Li, muy nervioso. Un sudor frío le resbalaba por la espalda, metiéndose en el pantalón del traje de ambiente que se había puesto a toda prisa.
—Más te vale que hagas caso de la computadora. Como metas la pata te vas a enterar—lo amenazó Mónica con los ojos chispeantes.
—Hay que ver como os ponéis las mujeres durante un parto... —Había un tonillo irónico en su voz.
—Cierra la boca y atiende las instrucciones—masculló ella.
—No lo entiendo. La anestesia debería insensibilizarte al dolor. ¿Por qué estás tan irritada?
Las terminaciones nerviosas están inactivas, pero el cerebro está inundado de cortisol, la hormona causante del estrés. Se computan dos causas desencadenantes: nerviosismo y ausencia de flujo de información útero-cerebroaclaró la computadora.
—Gracias por la lección de biología. Pero mejor nos concentramos en lo que nos ocupa en este momento, ¿no?
Sugerencia aceptada. Reanudando protocolo médico de asistencia al parto..

Bajo la supervisión del ordenador, y con la ayuda de Li, Mónica trataba de dar a luz. Empujaba cuando se le pedía, respiraba como se le indicaba, pero estaba muy nerviosa. El hecho de dejar a su bebé en manos de una máquina, por muy bien instruida que estuviese, y de un marido inexperto, por mucha voluntad que pusiese, no la tranquilizaban en absoluto. No sentía dolor, pero sí una fuerte presión en los riñones y el bajo vientre.

Aún no había conseguido dilatar completamente, por lo que el parto propiamente dicho no podía tener lugar todavía. La computadora provocaba pequeñas y precisas descargas eléctricas con un aparato unido a un brazo articulado, que aceleraban el proceso de dilatación y minimizaban el riesgo de un desgarro de los músculos vaginales o del perineo. También relajaban la zona, sometida a un gran esfuerzo. La musculatura no debía sobrecargarse antes de ser realmente necesaria. Según los datos acumulados, el alumbramiento se llevaría a cabo sin más problemas si conseguía una expansión óptima del canal de parto. La criatura no era especialmente grande ni presentaba complicaciones. Venía de cabeza, en una posición excelente y el cordón umbilical no estaba enrollado en nada. Las constantes eran normales y la oxigenación de madre y bebé era perfecta.

Pero el tiempo pasaba y Mónica dilataba lentamente. La computadora, consciente de la ausencia de un médico a bordo, trataba de evitar la episiotomía a toda costa, un procedimiento que consistía en realizar un corte de unos cinco centímetros en un costado de la abertura vaginal para facilitar la salida del feto. Siguió tratando de provocar la máxima relajación muscular. Mientras las constantes fuesen estables, no lo plantearía, no sin un médico cualificado. El programa médico autónomo había sido diseñado para reducir al mínimo imprescindible las intervenciones de personal profano en materia sanitaria. Pero si se veía en la necesidad imperiosa de llevar a cabo la intervención, podía hacerlo solo, o guiar paso a paso a alguien para realizarla con éxito.

Al cabo de una hora más el programa consideró factible un parto sin riesgos para la madre ni el bebé, por lo que desactivó la señal que mantenía los nervios del útero inactivos. A los pocos segundos, la naturaleza siguió su curso y la matriz empezó a contraerse con gran fuerza, expulsando a la criatura hacia el exterior.

Li seguía atentamente las indicaciones que le proporcionaba la computadora, tanto de viva voz, como ilustradas en el holograma suspendido ante sí.

Mónica empujaba cuando sentía una contracción, de forma automática, pero nunca antes de que el programa le indicara el momento propicio. Ningún ginecólogo humano podría llegar nunca a un nivel tal de exactitud. Gracias al control de la computadora, la cabeza asomó un par de minutos después, suavemente y sin ningún problema para el feto. Ahora le tocaba a Li. El ordenador disponía de múltiples brazos robóticos adosados a la camilla para realizar distintas tareas, pero computó una probabilidad muy elevada de que el bebé prefiriese el tacto suave y cálido de las manos de un humano, a la frialdad y rudeza metálica de un brazo articulado.

Sitúe las manos tal y como aparece en la imagen, con mucho cuidado. Estire suavemente de la cabeza, rotando un poco a cada lado. Debe aplicar una tracción cuidadosa pero firme. De no hacerlo, pueden resultar dañadas las vértebras cervicales. Estire cuando la contracción llegue a su punto de máxima intensidad. Ahora.

Li seguía las indicaciones con suma atención. Sudaba a causa de la tensión. Su bebé dependía de él. Y no quería hacerle ningún daño. Le dolía el corazón al estirar de la minúscula cabecita. Mónica, que se hallaba parcialmente incorporada, miraba hacia abajo, y veía la pequeña cabeza con aquella carita apretada y ensangrentada. Era lo más maravilloso que podía llegar a imaginar. Aquel pedacito de vida había crecido en su interior, abrigado y alimentado por su cuerpo, y ahora lo abandonaba lentamente, para ser recibido en los brazos de su padre.

—Las manos deben presionar la cabeza con la misma fuerza en todos los puntos y han de cubrir la máxima superficie posible. En la próxima contracción deberían salir los hombros del feto. Esté atento al momento. Deberá ser rápido y preciso.
—¿Qué he de hacer?—preguntó Li al ordenador.
Usted ha de ayudar a su mujer tratando de incrementar ligeramente el diámetro de la abertura vaginal con dos dedos. Acto seguido volverá a tirar de la cabeza, con un poco más de fuerza. El programa controlará los músculos para focalizar la fuerza en el punto correcto. Y ustedindicó a Mónica, debe estar atenta a la señal y empujar con todas sus fuerzas en el momento exacto.
—Intentaré hacerlo bien—dijo ella. Su voz se notaba cansada.
Estén preparados. Contracción en doce segundos. Punto de máxima presión calculado cuatro segundos más tarde.

Mónica estaba cada vez más nerviosa. Respiraba tratando de relajarse y controlar su cuerpo. Estaba muy cansada y le costaba mantenerse psicológicamente centrada. Con una gran fuerza de voluntad se obligó a seguir. Tenía el abdomen dolorido por el esfuerzo, aunque no sentía ningún dolor desde la pelvis hasta las rodillas. Pero sí notaba una fuerte y molesta presión entre las piernas, en los riñones y en las caderas. Sintió como venía la contracción y la necesidad imperiosa de empujar con todas sus fuerzas. Pero resistió hasta que el programa le indicó el momento exacto. Entonces tensó la musculatura abdominal al máximo, conteniendo la respiración. Sudaba copiosamente y tenía los dientes tan apretados que rechinaban. En su cara se podía ver una mueca de tremendo esfuerzo. Entonces, con un movimiento fluido y un suave sonido de succión, los dos hombros salieron de repente del cuerpo de la madre, primero uno y luego el otro. El bebé emergió hasta la cadera. Durante unos instantes, el tronco, los bracitos y la cabeza quedaron suspendidos en manos de Li, con la pelvis y las piernas aún dentro de su madre. La criatura abrió levemente los ojos y parpadeó, molesta por la luz. Mónica también entreabrió sus ojos, con una gran sensación de alivio y vacío tras el intenso esfuerzo, y observó extasiada al pequeño ser que asomaba a medias de entre sus piernas. Éste abrió completamente los párpados y ambos adultos quedaron mudos de asombro.

Sus iris eran de un increíble y maravilloso tono violeta encendido.

Entonces Mónica sintió de nuevo ganas de empujar, y el bebé salió definitivamente, conectado al cordón umbilical y seguido por un poco de líquido sanguinolento. Miraron a la criatura. Todo parecía correcto. No se apreciaba nada raro, exceptuando el color de los ojos. Entonces Li apartó el cordón y pudieron verle los genitales. Era una niña. Una niña preciosa.

Él cogió a la pequeña con infinita ternura y le metió un dedo en la boca para retirar el moco que la obstruía. La niña, molesta, basqueó, agitó los bracitos y empezó a llorar. Fuerte, con decisión. Aspiraba por primera vez el aire del exterior, y lo hacía con determinación, aferrándose a la vida. Li la depositó con cuidado en el pecho desnudo de Mónica. La niña se calló inmediatamente al sentir la cálida piel de su madre y escuchar el latido profundo y anhelante de su corazón. Entonces buscó ávidamente con su boquita y la chica le puso uno de sus hinchados senos en los labios. La pequeña succionó el pezón con ansia y evidente placer y cerró los ojitos, saboreando la deliciosa leche de su mamá por primera vez.

Mientras Mónica amamantaba a la niña, el programa médico guió a Li para cortar el cordón y retirar la placenta, ayudado por otras dos o tres contracciones de menor intensidad. El ordenador chequeó a las dos protagonistas y los resultados fueron satisfactorios. La pérdida de sangre de la madre estaba dentro de lo normal y no se apreciaban heridas internas ni roturas en la placenta. La pequeña estaba perfectamente y sus constantes eran inmejorables. La chica envolvió a la recién nacida en una cálida y suave mantita térmica y se tumbó a descansar. Sentía la necesidad imperiosa de dormir un poco, pero no podía apartar la mirada de aquella minúscula e indefensa criatura que succionaba su pecho. No sabría describir, ni en un millón de años, todo lo que su corazón sintió en esos momentos. Era una mezcla de admiración, maravilla, incredulidad y profundo e infinito amor.

Cuando Li acabó de atender a Mónica, se lavó, recogió todo lo que había por medio y se dispuso a eliminar la placenta y el resto de tejidos sobrantes del parto. Pero el programa médico lo detuvo.

Sería muy aconsejable que no se destruyese el cordón umbilical. Debería ser depositado en un cilindro de conservación de tejidos. Las células madre que lo forman pueden tener utilidad para la recién nacida en el futuro.
—Tienes razón. Gracias por prevenirme. Con todo esto, estoy un poco nervioso y confuso—admitió Li.
—Los cilindros están en ése armario, cariño. Deberías respirar hondo y relajarte. Todo ha salido bien. Luego recogeremos todo esto.
Se desaconseja firmemente que se realice cualquier tipo de ejercicio o actividad física hasta que la pueda revisar personal cualificado. Podría sufrir una hemorragia o algún otro trastorno imprevisto. El escáner final ha mostrado resultados satisfactorios para la madre y la hija. Ahora, ambas deben descansar.
—Pero hay que limpiar todo esto. La enfermería está perdida de líquido amniótico y sangre—protestó Mónica.
Como sin duda sabrá, comandante, la sala de enfermería está equipada con un sistema de autolimpieza y esterilización gestionado por el Programa Médico Autónomo. Ustedes dediquen su atención y cuidados a la recién nacida. El programa mantendrá monitorizadas a ambas en previsión de posibles complicaciones posparto.
—Gracias. La verdad es que estoy agotada y necesitaría descansar un rato… Durante los próximos diez años, o así. Si me ayudas—dijo tendiendo la mano a Li—, me voy al camarote.
—Claro. No faltaba más. Ven. Con cuidado—comentó con ternura mientras la ayudaba a incorporarse, la tendía en una camilla de ruedas plegables y salían de la enfermería. Mónica no dejaba de mirar la carita de la pequeña, que se había quedado dormida plácidamente con la boca todavía adherida a su pecho.


Estaban a punto de cruzar la puerta, cuando la computadora volvió a hablar:


Quedan dos cuestiones pendientes, por favor. La primera: el Programa Medico Autónomo les felicita por su recién estrenada paternidad y les desea prosperidad.
—Gracias—dijeron los dos al unísono, sorprendidos por la sensibilidad que demostraba la IA del ordenador. Luego cayeron en la cuenta de que seguramente era una frase pregrabada en el diseño del programa.
De nada. Y la segunda: ¿qué nombre debo anotar en el diario de navegación como identificativo de la neonata? Estos datos serán transferidos a la base de datos central a efectos de censo e identificación cuando la nave retorne a la Colonia.


Mónica miró a su marido y luego a la niña. Sin levantar la vista, dijo:


—Alexia. Siempre me ha gustado. Se llamará Alexia Wong Llanos.
—No—contravino Li—. Se llamará Alexia Llanos Wong—sentenció con firmeza, mirando a su mujer a los ojos. Deseaba profundamente que el primer apellido de la niña fuese el de su maravillosa madre. Y no iba a cambiar de opinión por nada.
Confirmado. La niña queda registrada como Alexia Llanos Wong, nacida el 22 de junio del año 49 del Éxodo, a bordo de la nave estelar de prospección J. S. Elcano, en ruta desde el Cabo Artemisio hacia la Colonia, a las 14:19 horas tiempo sídero.

Tras mirarse unos segundos en silencio, Mónica, con un brillo deslumbrante de gratitud y amor, levantó a la niña en sus manos y le dio un delicado beso en la frente. La criatura hizo una mueca.
 
—Bienvenida al Universo, Alexia.




2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. A tí, compañero!! Seguimos con ello, intentando que sea cada vez mejor y más interesante.

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