miércoles, 25 de abril de 2012

Capítulo Quinto: DOS SORPRESAS Y UN IMPREVISTO


Li Wong estaba cansado. Llevaban cuatro días explorando aquel vasto campo de asteroides, a medio año luz de la Colonia. En línea recta, claro. Los sensores de prospección de la nave habían detectado varios elementos interesantes en cantidades significativas, entre ellos titanio, silicio, niobio, iridio y manganeso. La expedición podía considerarse exitosa, pues no habían tenido ningún encuentro con los Naderios, y los yacimientos encontrados garantizarían el abastecimiento de las factorías y astilleros del asentamiento durante los próximos ocho o diez años.

Y tan sólo hemos logrado cartografiar el uno por ciento de la región de las Columnas de Gas en casi cincuenta años... apenas un rincón minúsculo de esta gigantesca nebulosa”, pensó. Se masajeó los hombros con gesto fatigado. Se levantó para estirar las piernas y la espalda. Uno de los cristales de la cabina le devolvió el reflejo de su cuerpo, que él contempló un momento. No se podía quejar, la verdad. A sus cuarenta y tres años se encontraba en plena forma, gracias a los ejercicios diarios y al Tai Chi. Lucía una musculatura trabajada, sin exageraciones de culturista, que le confería una silueta armoniosa y bien proporcionada a su metro setenta de estatura. Unas modestas arrugas empezaban a surcar la suave expresión de sus rasgos orientales, en los que destacaba el brillo inteligente de su mirada. Su madre, Yuan, era china y su padre, Kim, norcoreano. Yuan aún vivía. Pero su padre había muerto tres años atrás, a consecuencia de una insuficiencia cardiaca. Li le echaba mucho de menos. Su madre siempre le decía que era el vivo retrato de Kim. Él le había transmitido desde niño su intensa pasión por la Naturaleza. Aunque tan sólo pudo conocerla gracias a los libros y a viejas fotografías y videos documentales, el interés por los ecosistemas y las formas vivas del pequeño creció tanto que superó incluso al de su padre. Cuando Li nació, la Tierra hacía seis años que había sido evacuada, así que nunca la había visto en la realidad. Pertenecía a la primera generación de humanos engendrados en el espacio. Sus padres tampoco habían conocido la Tierra antes de la Catástrofe; Kim nació 45 años después del desastre. Yuan nació seis años más tarde.

Sacudió la cabeza para alejar la tristeza que le causaba recordar a su padre y se sentó de nuevo en la butaca del piloto. Tocó la pantalla principal, marcando diversas coordenadas. Ya habían acabado la misión y era hora de regresar a casa. Los enormes condensadores del hipermotor empezaron a acumular la ingente cantidad de energía necesaria para abrir una ventana al hiperespacio, mientras la navicomputadora hacía los cálculos pertinentes. Como el Cabo Artemisio les impedía alcanzar el Sistema Deméter directamente, se verían obligados a efectuar tres saltos para rodearlo y llegar a la Colonia. Por suerte, como en cada impulso recorrerían una distancia relativamente corta, podían ahorrarse las paradas de seguridad e iniciar un nuevo salto inmediatamente después de finalizar el anterior. Llegarían a casa en apenas dos horas. La verdad era que ya tenía ganas de salir de la nave y pasear por los exuberantes jardines de las cúpulas invernadero. Se arrellanó en el asiento, cruzando las manos detrás de la cabeza, y contempló las inmensas volutas gaseosas de la nebulosa y las escasas estrellas que se podían ver a través de ellas. Hacía tiempo que albergaba el deseo de volver a viajar hasta el Osiris, en el límite exterior de la Gran Nebulosa. No sólo porque fuese uno de los directores del Programa de Astrobiología de la Confederación. La verdad era que añoraba admirar la inmensidad tachonada de estrellas que se extendía más allá de la gigantesca nube. Contemplar aquellos miles de millones de soles distantes le hacía sentir una relajación y una paz absolutas.

No es que el interior de la Gran Nebulosa no sea interesante. Todo lo contrario. Es arrebatadoramente hermoso”, pensó, “pero limita el alcance de la vista”. Para él, observar el Universo en su infinita magnitud de espacio y tiempo era el espectáculo más sobrecogedor y espiritual que podía soñar.

El sonido de la compuerta de la cabina al abrirse lo sacó repentinamente de sus cavilaciones.

Hizo girar el sillón del puesto de pilotaje y se quedó mirando a su esposa, que entraba en el puente en aquel momento. La puerta de doble hoja se cerró rápidamente tras ella. El embarazo estaba llegando a término. No había querido quedarse en la Colonia, pese a las reticencias de él al respecto. Pero Mónica Llanos no era una persona que aceptase un no por respuesta. Si quería hacer algo, lo hacía y punto. Podía ser tan encantadora como indómita.

La joven irradiaba algo especial. Acababa de cumplir treinta y dos años y era especialmente atractiva, poseedora de la clase de belleza que aumenta con la edad. Cuanto más tiempo se permanecía a su lado, más intensa era la sensación de hermosura que emanaba de ella. Sus movimientos gráciles y felinos la dotaban de una involuntaria y cálida sensualidad que cautivaba a todo el mundo. Llevaba su melena de ébano recogida en una cola de caballo que dejaba al descubierto su cuello de cisne, de piel bronceada y sedosa. A pesar de su avanzado estado de gestación, se adivinaba una figura esbelta y torneada, fruto del esmerado cuidado al que sometía a su cuerpo[1].

Sus grandes ojos almendrados, de un profundo color negro, atestiguaban su origen mediterráneo, pues sus bisabuelos habían nacido y vivido en Andalucía, en el sur de España, antes de la Catástrofe. En ellos siempre brillaba una aguda inteligencia y una fina perspicacia, pero también la dulzura y la amabilidad. Los carnosos labios enmarcaban una perfecta y marfileña sonrisa, que ella prodigaba sin reparos. Aunque con su metro sesenta y cinco no se podía considerar especialmente alta, sus sinuosas curvas y sus largas piernas atraían todas las miradas. Era el tipo de mujer que hechizaba con su sola presencia.

Li la quería con locura y ella se sentía arrastrar por un torbellino de emociones cada vez que miraba los ojos castaños de su marido. Por alguna razón, le vino a la mente el momento en que se conocieron. La verdad era que lo suyo había sido un auténtico flechazo. Él regresaba a la Colonia tras pasar unos meses en el Osiris, recién inaugurado, y, al salir del muelle de atraque, tropezó con aquella bellísima joven morena de infinitos ojos negros que le atraparon inmediatamente. El tiempo se detuvo para los dos, encadenados cada uno a la mirada del otro. Ella reaccionó primero y le ayudó a levantarse, sin apartar la vista ni un instante. Li jamás podría olvidar la intensidad y el brillo de aquella primera mirada. Aquella misma tarde se buscaron frenéticamente por la Colonia y comenzaron una relación que duraba ya diez años. Se habían casado dos años atrás y en aquel momento esperaban su primer hijo. No habían querido saber el sexo del bebé, pues preferían que fuese una sorpresa.

— ¿Va todo bien, cariño? —Se agachó ligeramente y besó los labios de su marido, mirándolo de aquella manera tan suya que lo volvía loco.
—Sí. Acabo de marcar las coordenadas hasta el extremo sur del cabo. Los condensadores están cargados. Será mejor que te sientes. Estamos a punto de saltar. —Acarició la mano de ella. Le encantaba la suavidad de su piel.
—Pues entonces deja libre mi sillón y ve al tuyo, que parece que estés esperando que me vaya para ponerte a los mandos. —Lo dijo sonriendo, sin el menor atisbo de reproche.
—¡Ya apareció el instinto maternal! A la chica no le gusta que nadie pilote a su niña mimada. —Li levantó los brazos, con gesto de exasperación, a la vez que le cedía el asiento a ella.
—No digas tonterías, anda. No es mi niña mimada. Sólo estoy pendiente de ella porque nuestra vida depende de que la nave se encuentre en un estado óptimo. Es lo que haría cualquier piloto. —Se sentó con cierta dificultad, a causa del voluminoso vientre—. Aunque no puedo negar que me encanta estar a los mandos —añadió, con un brillo de ilusión en la mirada.

Él le puso las manos en los hombros, desde atrás, y acercó los labios a su oreja izquierda.

—Supongo que tu reciente elección como la mejor piloto de la clase C no te lleva a proteger tu... “territorio”, ¿no? —La besó en el cuello.

Mónica ronroneó y rodeó con sus esbeltas manos las dos palancas tipo joystick instaladas en cada uno de los apoyabrazos del asiento. Con ellas y los siete pedales se gobernaban todos los parámetros principales de vuelo de la Elcano. Había otros controles y diversos sistemas automatizados que podían reprogramarse temporalmente en modo manual, para realizar maniobras concretas. Miró la pantalla principal, dónde se mostraban en aquel momento todos los datos relativos al hipersalto programado.

—Has calculado tres saltos, ¿no?
—Sí. He pensado que si avanzábamos hasta más allá del extremo del cabo, de forma que la Colonia quedase en una línea visual directa, nos veríamos obligados a realizar una pequeña parada de regeneración antes del siguiente salto. Y ya tengo ganas de llegar a casa. Así que, con tres saltos cortos, nos ahorramos las paradas y estaremos en la Colonia dentro de un rato.
—Sabía que no sólo fue ese cuerpo de Adonis que luces lo que me enamoró de ti… —Sonrió con ironía. Él le hizo una burla y puso una falsa expresión de fastidio.
—Eres muy graciosa, ¿no? ¿Pues sabes qué? Que la próxima vez programaré la computadora para volver por Vian’har, Anaulis, la explotación de gas Angelis y Boreas. ¡Y le pondré un código de acceso! ¡Y no te lo diré! ¡Hala! —Hizo un mohín, haciéndose el ofendido.

Mónica lo miró fijamente, con una media sonrisa y la cabeza ladeada y ligeramente baja.

—Oh, pobrecito mío. Si se me ha molestado... Pero escúchame con atención: puedes estar absolutamente seguro de que SÍ me dirías el código. Por supuesto que me lo dirías. Y no tardarías ni tan siquiera dos minutos en hacerlo. Sabes muy bien de qué soy capaz si me desafías, amor mío —dijo con voz peligrosamente dulce y los ojos brillantes de picardía.

Li tragó saliva, imaginando lo persuasiva y complaciente que ella podía ser cuando se lo proponía. Sintió que un calor turbador ascendía por sus ingles. Así que trató de concentrarse en las pantallas de su puesto de navegación a ver si se le bajaba... el ánimo. Por supuesto, a Mónica no le pasó desapercibida la reacción involuntaria del cuerpo de su marido, aunque la consola central lo ocultaba de pecho para abajo. No necesitaba verle para saber que lo que acababa de decirle había desatado su imaginación. Por un momento pensó en hacer algún comentario subido de tono al respecto, pero se compadeció de él y decidió no mortificarlo más.

Por ahora... Ya hablaremos tú y yo más tarde. O mejor: no hablaremos en absoluto.”

Mónica comprobó de nuevo los datos de la pantalla. El punto de destino seleccionado estaba a 0,63 años luz. El tiempo de vuelo estimado sería de una hora y cinco minutos en el primer nivel energético. Los motores estaban en espera, con las líneas de combustible presurizadas y los campos magnéticos de confinamiento activados. Tan sólo necesitaban la orden de encendido. Todo estaba en orden a bordo.

—¿Lo vas a guiar manualmente? —preguntó él.
—Ya sabes que sí —respondió ella, mientras hacía una última comprobación. No tenía nada en contra de los automatismos, pero pilotar era su pasión. La deliciosa sensación de libertad que experimentaba a los mandos de una nave era para ella como una droga. Y, en el caso de la Elcano, un auténtico deleite. Sólo cedía el control a la navicomputadora en los trayectos largos y rutinarios. Y, aún así, era difícil sacarla de la cabina.

Activó la secuencia de salto. Notó el habitual zumbido, suave y profundo, que se expandió por la nave mientras el campo de integridad la envolvía. Un instante después, el generador de hipervelocidad emitió la inmensa pulsación de energía que rompería la frontera entre el Espacio y el Hiperespacio. El vello de la nuca se le erizó cuando la potente onda de potencia recorrió la nave de popa a proa. El pulso invisible dejó atrás la embarcación en una fracción de segundo y se concentró en el lugar donde había sido enfocado, varios kilómetros a proa. Fragmentó el tejido del espacio-tiempo formando el acostumbrado desgarrón luminoso de bordes deshilachados y ondulantes. En su centro, el familiar vórtice de oscuridad viscosa y turbulenta, rodeado por la desconcertante luz líquida rojiza, les invitaba a adentrarse en la extraña dimensión del Hiperespacio. Había realizado aquella maniobra centenares de veces. Y siempre, en cada una de ellas, había sentido la misma mezcla de excitación y miedo que experimentaba en aquel momento. Agarró con firmeza las dos palancas de control. Li la miró de soslayo. El bello rostro de su esposa se transfiguraba cada vez que guiaba un salto, adoptando una peculiar expresión a medio camino entre la concentración más absoluta y el más desbordante entusiasmo. Mónica pisó suavemente el pedal del extremo derecho, programado por ella para activar a la vez los cuatro grandes motores principales.

Los poderosos impulsores cobraron vida con una intensa llamarada azul. La joven apuntó cuidadosamente la proa hacia el centro exacto del vórtice, situado a unos veinte kilómetros de distancia. Sintió un cosquilleo en la boca del estómago. “La parte más delicada de la maniobra…” Un par de metros de desviación respecto al centro y la embarcación sufriría una aceleración descompensada que la partiría en pedazos, arrojándola contra las paredes del torbellino oscuro y desintegrándola por completo. Por supuesto, sabía que no tendría que pilotar hasta allí. El invisible halo de energía rotatoria, que envolvía la ventana de salto como un capullo de fuerza, los absorbería con tremenda furia en cuanto rozasen su perímetro, a menos de cinco kilómetros de distancia. Seis segundos después de encender motores, la proa hendió el invisible horizonte de energía y la Elcano experimentó una monstruosa aceleración. De haber ocurrido en el espacio normal, ni el compensador más potente habría podido evitar que Mónica y Li se convirtiesen en sendas masas de gelatina sanguinolenta. Pero, tras el velo de energía, las leyes físicas del Espacio no tenían ningún valor. La nave se precipitó como una flecha enfurecida hacia la ventana de salto. El campo de integridad brilló con intensidad cegadora y la Elcano salió del Espacio a una velocidad aterradora, engullida por el oscuro túnel. El desgarrón espacial que formaba la ventana de salto se cerró violentamente tras ellos, con un potente estallido de radiación gamma.

Dentro de la nave, en cambio, no sintieron ningún tipo de movimiento. Desde el instante en que atravesaron la delgada lámina energética, tan sólo las alargadas líneas luminosas en que se convirtieron las estrellas, justo antes de desaparecer dentro del vórtice, les dieron una pista de la tremenda aceleración que experimentaron. En apenas unas fracciones de segundo volaban a cientos de veces la velocidad de la luz… al menos, en apariencia.

Lo que viajaba a través de la exótica dimensión era la pequeña burbuja de Espacio, delimitada por el campo de integridad, en el que la Elcano estaba contenida. Aunque lo paradójico era que, dentro de la burbuja, la nave seguía volando a la misma velocidad que llevaba cuando entró en la ventana de salto… pero permanecía completamente inmóvil, incapacitada para usar ninguno de sus sistemas de navegación. Como si el borde delantero de la burbuja se estirase infinitamente ante ellos, a su misma velocidad, eternamente inalcanzable. Mónica sabía muy bien que, en el momento de abandonar el Espacio, los motores y los propulsores de maniobras dejaban de generar empuje, aun estando encendidos. Algunos modelos incluso se apagaban por completo. Nadie, nunca, había logrado dar con una explicación convincente para aquel fenómeno. Por tanto, la única fuente de movimiento dentro del túnel provenía del flujo de taquiones que recorría las entrañas del hipermotor. El poderoso torrente de energía emitido por el extraño dispositivo envolvía por fuera el campo de integridad, como si de un lubricante se tratara, haciendo que la burbuja, y la nave en ella contenida, se “deslizasen” a través del Hiperespacio como un cuchillo al rojo a través de un trozo de mantequilla.

Mónica se acomodó en el asiento. La verdad, el voluminoso vientre empezaba a resultarle bastante incómodo. “Y aún faltan más de tres semanas para el parto…”, pensó con un suspiro. Miró al frente, sin ver en realidad.
Agradecía muchísimo la hiperpropulsión, por supuesto. La alternativa era pasar meses o años para viajar de un sistema estelar a otro volando por el Espacio a velocidad subluz. Pero le fastidiaba profundamente no poder hacer nada. Estar en la cabina, en su sillón, esperando a que la navicomputadora los llevase hasta el destino programado, la ponía nerviosa. No podían hacer otra cosa. Esperar, esperar y esperar….

… o abrir una ventana antes de completar el tiempo calculado y arriesgarte a regresar al Espacio sin saber dónde vas a emerger exactamente. O dentro de qué…”.

Aquellas palabras, pronunciadas tantos años atrás en la clase de Física Extradimensional por su instructora de vuelo, Rachel Stone, se habían grabado a fuego en el cerebro de Mónica y eran para ella una especie de moraleja. La frase había irrumpido metódicamente en su memoria en todos y cada uno de los cientos de saltos que había realizado a lo largo de su carrera como piloto. Sonrió levemente, con un brillo de melancolía en la mirada. “Rachel…”. Echaba mucho de menos a aquella mujer menuda y vivaracha con la que había mantenido tantas y tan estimulantes conversaciones. Su muerte, acaecida dos años atrás en un desgraciado accidente, supuso un duro golpe del que tardó en recuperarse. Para Mónica fue como perder a su hermana mayor. Tenía claro que, por muchos años que viviese, Rachel Stone ocuparía siempre un rincón especial en su corazón.

Li, totalmente ajeno a los pensamientos de su mujer, contemplaba el pasillo por el que viajaban. Los familiares y alargados trazos luminosos de tonos blancos y azulados perfilaban aleatoriamente los límites del túnel, desplazándose hacia atrás con una lentitud engañosa e hipnótica. Frente a ellos, en la lejanía, los rayos de luz convergían hasta juntarse casi del todo. A través de las paredes del túnel podía vislumbrar un paisaje extraño de difícil descripción. A pesar de los cientos de veces que lo había visto, no lograba acostumbrarse a su naturaleza.

Lo más aproximado sería decir que el conducto luminoso se encuentra ubicado entre dos infinitas láminas , una en el “suelo” y otra en el “techo”, de aspecto cristalino ligeramente nuboso y turbulento. Se las conoce como Seinas, que en estonio significa muralla. Miles de estructuras alargadas, de textura indefinible, se extienden entre las dos superficies hasta dónde alcanza la vista.

Las llamadas "columnas", poco abundantes pero muy grandes y vistosas, son parecidas a relojes de arena estilizados y tocan con sendos extremos ambas seinas, fundiéndose en ellas. Otras formaciones, conocidas como "botellas" y "copas", emergen de una sola seina sin llegar a tocar la otra y son las estructuras más numerosas y de más variados tamaños. Son anchas en la base, se estrechan un poco y luego se ensanchan notablemente. Algunas se vuelven a cerrar de diversas maneras (las botellas) o se quedan abiertas y deshilachadas (las copas). Y después están los "critters", llamados así por unas antiguas películas de criaturas carnívoras esféricas y peludas. Son "bolas" compactas, bulbosas, pulsantes y deshilachadas poco frecuentes, que suelen estar cerca de las columnas, sin conexiones visibles con ninguna de las dos seinas.

Pero esa es sólo una forma muy simplificada de explicarlo. Al cerebro humano le es prácticamente imposible interpretar la información que los ojos le proporcionan en aquella insólita dimensión. Las cámaras fotográficas y de vídeo no captan nada en ninguna longitud de onda, sólo los trazos luminosos del túnel en el que viaja la nave. Por extraño que pueda parecer, en el Hiperespacio es una especie de líquida oscuridad la que lo ilumina todo. Y llega a ser tan intensa en algunos casos que hay que protegerse los ojos del deslumbramiento. Aquello siempre había sido incomprensible para Li.

¿Cómo demonios es posible que la oscuridad deslumbre...?”, había preguntado, años atrás, a un veterano piloto de mirada turbia en la cantina de la Academia Espacial. El hombre, algo bebido, estaba explicando apasionadamente, a un grupo de jóvenes cadetes, sus viajes por el sector. Alguien le preguntó por el aspecto del Hiperespacio y el hombre contestó que lo más desconcertante era “la deslumbrante oscuridad que todo lo baña”. Li, que contaba dieciséis años, lo escuchó y le hizo aquella pregunta, cargada de escepticismo. El piloto le puso la mano en el hombro y, tras mirarlo intensamente a los ojos con un brillo enigmático en la mirada y una sonrisa burlona, le respondió escuetamente: “Cuando entres allí, lo entenderás”.

Y vaya si lo entendió. Nunca había podido olvidar el tremendo impacto emocional que le causó su primer vuelo hiperespacial.

Siguió contemplando aquel ambiente extraño y fascinante. Las seinas de apariencia imposible de definir, pero hermosa, "ondean" lenta y majestuosamente, a la vez que reflejan la extraña y viscosa “no-luz” que lo bañaba todo. Las diversas columnas, botellas y copas que emergen de ellas son aún más extrañas, pues exhiben desconcertantes dualidades: parecen estar y no estar compuestas por el mismo "material" que las seinas; dan la impresión de ser violentamente turbulentas y estar en completa calma; lo que sea que las compone gira y se arremolina en varias direcciones simultáneamente…

En condiciones normales, si miras dos objetos colocados sobre una mesa y separados entre sí, se ve un objeto, un espacio vacío y el otro objeto, ¿no? Pues bien, allí dentro es el espacio vacío entre estructuras el que da sensación de volumen y de presencia, mientras que las formaciones son las que parecen ausentes, como si ellas fuesen el espacio vacío”, había dicho aquel piloto. Y, aunque estaba bastante de acuerdo con aquella definición, a Li siempre le había parecido más acertado compararlo con lo que sucede cuando se mira el dibujo de una palmatoria blanca sobre fondo negro y, de repente, se ven dos caras negras enfrentadas sobre un fondo blanco.

No obstante, lo que más curiosidad despertaba en Li era que las columnas y demás siempre aparecían en frente, a la derecha y detrás de la nave. Nunca había estructuras a la izquierda, fuese cual fuese el punto de origen y destino del salto. Lo único que se podía ver a la izquierda era una pared granulosa y aparentemente cilíndrica de altura infinita, cuyos extremos quedaban fuera del alcance de la vista, pero que parecían fundirse en ambas seinas. Había científicos que especulaban con que fuese una enorme columna que englobaba nuestro Espacio normal. Según ellos, cada estructura era una representación en múltiples dimensiones de cada galaxia tridimensional y, por ello, esa gran columna de la izquierda, sería la forma de nuestra Vía Láctea en esa dimensión extraña. Había teorías para todos los gustos, pero ninguna lograba dar una explicación coherente de aquel paisaje.

Los investigadores están convencidos de que todo lo que se ve en el Hiperespacio no es real, sino una construcción aproximada de nuestra mente acerca de algo que es incapaz de comprender. Una especie de alucinación o sueño que explica porqué las cámaras no captan nada y el cerebro sí.

Todo ello, unido a la permanente sensación de minúscula infinitud que invade los sentidos en todo momento, convierten el Hiperespacio en el lugar más extraño y desconcertante que se puede encontrar. Es muy habitual que, en su primer viaje por esa exótica dimensión, la gente se maree violentamente. Muchos llegaban incluso a desmayarse. Algunas personas jamás vuelven a asomarse a una ventanilla mientras su nave viaja a hipervelocidad.

A Li, por el contrario, le gustaba dejarse llevar por el hipnótico espectáculo visual que se ofrecía ante sus ojos. Le relajaba. Era un efecto parecido al de contemplar una lámpara de lava. Nunca se repetía el mismo patrón. A veces había creído ver a una segunda Elcano viajando por un túnel paralelo al suyo pero, en cuanto se fijaba, desaparecía. Otras veces eran figuras extrañas, destellos o clones vaporosos de su propia nave volando en dirección contraria, pero sin cruzarse nunca con ella.

No obstante, en aquella ocasión se encontraba un poco bajo de ánimo. Miró la pantalla de sensores de navegación. Como era habitual, no mostraba nada coherente. Ninguno de ellos servía en el Hiperespacio. Todos los intentos de diseñar algún tipo de detector útil para aquel ambiente habían sido infructuosos. Alargó sin interés la mano hacia la pantalla táctil para que mostrase el estado del campo de integridad, que brillaba serenamente formando ondas perezosas alrededor de la nave. Por error, pulsó el icono que activaba los sensores de prospección, inútiles dadas las incoherentes condiciones reinantes allá afuera. Se dio cuenta de la equivocación, e iba a pulsar de nuevo para cerrar la ventana de información, cuando se le cayó el vaso vacío al suelo. Se agachó para recogerlo y, en ese momento, sonaron una serie de señales acústicas en la pantalla. Se levantó para mirar la pantalla... y su sorpresa fue mayúscula cuando vio lo que mostraba.

—Mónica... no te vas a creer lo que acaba de ocurrir. —Tenía una expresión indefinida en el rostro, mezcla de fascinación e incredulidad.
—¿Qué pasa?
—Míralo tú misma. Te paso los datos a tu monitor central. —Su voz se había vuelto insustancial, ahogada, como si le costase hablar. Pulsó su pantalla levemente, sobre la ventana activa, y arrastró la mano hacia la derecha, más allá del borde. Una copia del contenido de la pantalla se deslizó fuera de ésta por la derecha y apareció por la izquierda en el monitor de Mónica.
—¿Qué te parece tan interesante? Aquí sólo veo datos caóticos de... Dios mío. —Abrió la boca, estupefacta. Li no sonreía, pero su expresión era de éxtasis.—¿Es un error de lectura?
—No lo parece, es algo completamente nuevo…
—Entonces, ¿habremos arrastrado materia desde nuestro Espacio y se ha desnaturalizado aquí dentro?
—Me extrañaría. Lo que está dentro de la burbuja de integridad, se mantiene totalmente aislado de las leyes físicas de fuera—apuntó Li, pensativo. —Por eso, si algo atravesase la burbuja sería aniquilado instantáneamente. Lo que estamos viendo aquí son partículas que están fuera de la burbuja…
—Pero eso es… es…
—¿Te das cuenta de lo que significa esto? En contra de todo lo que hemos aprendido, de todo lo que conocíamos y de todo cuanto se suponía, hay partículas materiales en el Hiperespacio. Materia, Mónica. ¡Completamente nueva y desconocida!
—Pero... se suponía que en el Hiperespacio sólo había varios tipos de taquiones… que no existía nada más, aparte de la hipotética energía negativa…  Los taquiones no tienen masa... Son partículas virtuales puntuales, como los quarks, pero sólo pueden existir aquí por ser más rápidos que la luz. Se supone que son pura energía comprimida y plegada en varias dimensiones. —Hizo una pequeña pausa, con la mirada clavada en las pantallas—.  Pero, según estos datos, aquí hay partículas físicas, estables y pesadas de un tipo desconocido, que además NO deberían existir. ¿Por qué nadie se ha dado cuenta de esto antes? Hace casi cincuenta años que los mejores ingenieros de cuatro mundos estudian el Hiperespacio. ¿Cómo es posible que no lo hayan visto? —Estaba exaltada y furiosa a la vez y hablaba atropelladamente. No podía comprender aquella aparente estupidez.
—Porque ninguna de las naves de investigación usadas equipaba sensores de identificación atómica para prospección. ¿Para qué? Nada hacía pensar que en este ambiente pudiesen ser útiles. Ninguna otra nave tiene sensores de ese tipo tan modernos como los nuestros. Recuerda que la Elcano es la nave más avanzada de la Confederación en éste ámbito. Y los “arreglillos” que les hizo Max optimizaron aún más los equipos —dijo Li con calma.
—Ya, ya lo sé. Pero, aún así, no es lógico que nadie haya detectado esto nunca. ¡Son casi cincuenta años, por el amor de Dios! —Su voz sonaba más aguda a causa de la exasperación que sentía—. ¿Lo estás grabando?
—Claro que sí. Estos datos son vitales. Podrían ser la clave para entender de una vez por todas ésta dimensión. La existencia de esas partículas quizá pueda aportar la pista fundamental para comprender las leyes que reinan aquí. ¡No te extrañe que haya incluso átomos!.
—No creo que... ¡Espera! Según los sensores,  algunas de esas partículas interaccionan con la corriente de taquiones que forma el túnel. Y cuando eso sucede... —Dudó. Li se levantó y se acercó a ella—. Se… se “funden” entre sí y dan lugar a algo distinto. No sé cómo interpretarlo—sacudió la cabeza—. Los sensores no son capaces de identificarlo. Lo único que sé es que, tras unos segundos, “eso” se desvanece. Sin dejar ningún rastro.
—Sea lo que sea, es inestable y se desintegra…
—No, no, no—lo interrumpió ella—. No he dicho que se desintegra. He dicho que se desvanece. Desaparece por completo. Es como si... como si se fuese a otro lugar.
—Eso no tiene ningún sentido—frunció el ceño—. Bueno, como todo aquí. En fin… —chasqueó la lengua y agitó la mano con indiferencia—, no tenemos ni equipo ni conocimientos para investigar esto como es debido. Grabaremos todos los datos que podamos y, cuando lleguemos a casa, lo comunicamos y que los expertos vean qué pueden hacer con todo ello.
—De acuerdo. —Hizo una pausa—. Pero queda un tema pendiente.
—¿Y es?
—Que habría que darle un nombre a esta especie de materia del Hiperespacio, ¿no?.
—Cierto… ¿Se te ocurre alguno?
—Pues ahora mismo no. Pero tenemos un buen rato por delante para pensarlo. Quedan treinta y dos minutos y diecisiete segundos para llegar al punto de destino que has calculado. Si no te importa, voy a tumbarme un poco. Este bombo me está matando —comentó con gesto cansado, señalando su abultado vientre.
—Tranquila. Yo me quedo. Te avisaré cinco minutos antes de llegar. ¿Necesitas algo?
—No, gracias. Estoy bien, solo es cansancio.

Li la vio caminar pesadamente por el pasillo, con las manos en los riñones. Bajó un quince por ciento la gravedad artificial en toda la sección de proa, hasta los camarotes, para facilitarle un poco las cosas. Mientras tanto, él siguió observando con interés los datos que proporcionaba el sistema de sensores de la nave.

Casi treinta minutos después, Mónica volvió al puente. Tenía mejor cara. El descanso y la menor gravedad le habían sentado bien. Se sentó en su puesto y guió la maniobra para abandonar el Hiperespacio. El campo de integridad se deformó, concentrando el halo de taquiones en un amplio haz cónico a proa. El tejido interdimensional se rasgó, dejando ver la nebulosidad multicolor de aquella región del Espacio. La Elcano atravesó la nueva ventana con una lentitud engañosa y con un destello de energía, regresó a su ambiente natural. El suave zumbido del campo de integridad se desvaneció. La joven realizó un rápido chequeo de los sistemas. Todo estaba en orden, como siempre. Estaban apenas a cinco kilómetros del punto calculado. Una precisión exquisita, dadas las peculiaridades de la navegación a hipervelocidad. Lo normal era emerger en algún lugar de una esfera de unos cien kilómetros de radio a partir del punto calculado. Con la nueva posición establecida, fijó las coordenadas de destino del segundo salto, a un cuarto de año luz de distancia. Apenas media hora de vuelo. Los indicadores del hipermotor estaban en verde, aunque un poco altos. No habría problema para saltar inmediatamente, pues el núcleo no necesitaba ninguna parada de regeneración.

Accionó la palanca derecha suavemente a estribor. Los impulsores de maniobra de babor se activaron y la proa empezó a virar con elegancia. Efectuó un par de pulsos de frenado con los de estribor y la nave se detuvo. Verificó que la proa apuntara exactamente hacia el segundo punto de destino, echó un último vistazo a los cálculos y activó la secuencia de salto. La Elcano desapareció de nuevo a hipervelocidad.

*

—Emergiendo al Espacio... ¡ahora!

Mónica estaba contenta. Helia estaba a la vista, a estribor, brillando distante en el centro transparente y diáfano del sistema. Deméter estaba rodeado por una pequeña y joven nebulosa planetaria, en cuyo borde interior se encontraba la Elcano en aquel momento. El límite externo de la nebulosa rozaba las fronteras de los sistemas Boreas y Vian’har. Los colores irisados de los filamentos de gas eran tan hermosos que a la joven se le iluminó la mirada. Pocas veces tenía oportunidad de verlos desde una posición tan ventajosa. Le parecía increíble cómo podía cambiar el espacio en poco tiempo. Los astrofísicos de la Colonia habían determinado que no hacía ni cuatrocientos mil años que Helia era una inmensa gigante roja. Algo sorprendente, pues una estrella de ese tipo tardaría millones de años en perder sus capas exteriores en forma de nebulosa y convertirse en una enana blanca como Helia. Al parecer, la estrella se transformó de golpe, en lugar de hacerlo gradualmente. Pero, sin embargo, la materia eyectada se expandía a una velocidad casi diez veces inferior a la habitual en esos casos. Nadie había logrado averiguar las causas de aquel insólito comportamiento, aunque quizá tenía algo que ver que Helia había sido una de aquellas extrañas estrellas de carbono, de las que se habían descubierto varias decenas en las últimas décadas. Fuera como fuese, gracias a su peculiaridad Helia había formado una de las nebulosas planetarias más bellas y densas de las descubiertas en toda la galaxia. Una nebulosa que nunca habría podido ser detectada desde la Tierra, por hallarse oculta tras un denso brazo de gas y polvo del complejo de la Gran Nebulosa.

Revisó el estado de la nave y del hipermotor de nuevo. Seguía todo correcto. Los indicadores de regeneración rozaban la zona amarilla. Pero, puesto que la distancia que quedaba por recorrer era de apenas diez días luz y que el último salto era también el final del viaje, no se preocupó. La Elcano estaría parada varios días. Tendría tiempo más que de sobra para eliminar la radiación de taquiones de los cristales de control del núcleo. Y para repostar los tanques de combustible, ya que estaban a menos de media capacidad. Guiándose por las coordenadas que aparecían en la pantalla, viró de nuevo apuntando la proa unas décimas de grado a babor de la pequeña estrella blanca. Directos hacia la Colonia. Por fin podrían descansar en casa y pasear por los invernaderos. No iba a volar más hasta mucho después de que naciese su bebé. No había sido muy buena idea insistir tanto en realizar aquel viaje, después de todo. Li tenía razón. Debería haberse quedado a esperar tranquilamente. Su madre y su suegra la habrían atendido como a una reina. Pero últimamente habían pasado pocos días juntos, por las obligaciones del uno y del otro. Y en aquella misión de exploración sólo hacían falta dos tripulantes en la Elcano. Cerca y fácil. Era una oportunidad estupenda para disfrutar de unos días de intimidad con su marido, lejos del bullicio y de las obligaciones. Y su última oportunidad de volar antes del parto.

Acercó la mano a la pantalla táctil, para iniciar por tercera vez la secuencia de hipervelocidad.

Sonó una señal de aviso en el panel lateral del puesto de navegación. Los sensores del sistema de prospección, que permanecían activados desde el primer salto, habían detectado una insólita acumulación de minerales de extraña configuración en un espacio muy reducido. La anomalía se encontraba a unos mil cuatrocientos kilómetros, a estribor de su posición. Quedaba oculto a la vista por un estrecho filamento gaseoso. Mónica miró la pantalla de los sensores. Activó el radar de barrido lateral y lo focalizó hacia las coordenadas indicadas. Según las cartas de navegación, no había nada en aquella posición. Quizá se tratase de un asteroide errante, o de un cometa de largo periodo. Un par de segundos después llegó el resultado a la pantalla.

Se trataba de un objeto alargado, de unos cuarenta metros de longitud por diez de ancho y parecía poseer unas extrañas excrecencias en un lateral. Era sorprendentemente ligero, apenas ochenta toneladas de masa. Estaba recubierto por unas anómalas aleaciones metálicas. Li y Mónica se miraron. La curiosidad pudo con ellos en una fracción de segundo. Abortaron la cuenta atrás cuando la computadora había empezado a cargar los condensadores. Variaron el rumbo, poniendo proa hacia el objeto. Se hallaba a menos de mil kilómetros en aquel momento y empezaron a decelerar para aproximarse con precaución. Según las lecturas de los sensores, aquello no se parecía a nada conocido, y no querían sorpresas. Los sistemas de navegación estaban preparados para largarse de allí a toda velocidad en caso de peligro. Hacía tiempo que no tenían problemas con los Naderios y no era cuestión de encontrarse metidos en una emboscada. Por si acaso, Mónica activó el escudo de combate de la nave. El profundo zumbido de la potente emisión energética que envolvió a la Elcano como a una crisálida la reconfortó.

Tardaron apenas dos minutos en atravesar el filamento gaseoso. Ante ellos se extendía un panorama diáfano en varios centenares de miles de kilómetros a la redonda. La nebulosa planetaria, con su forma de anillo de brillantes colores recortándose contra el azul fantasmagórico de la Barrera, ofrecía un sereno y maravilloso espectáculo de formas, tonos y texturas. La cosa se hallaba en aquel momento a unos trescientos kilómetros de la Elcano. Estaba al alcance de las cámaras del telescopio. La pequeña torreta sobre el fuselaje del puente giró y el tubo del telescopio se extendió, apuntando hacia el objeto desconocido. Li lo enfocó y pasó la imagen al cristal central de la cabina, la gran pantalla principal de la nave. Lo que vieron los dejó estupefactos. La cámara mostraba un objeto ahusado, con la superficie exterior formada por grandes placas de color zafiro de forma irregular. Poseía una extraña y alargada protuberancia de contorno ligeramente cónico y textura irregular en la parte... ¿delantera? La parte inferior parecía estar veteada por distintos tonos plateados. Aquella cosa, fuera lo que fuese, estaba en una posición perpendicular respecto a la nave y presentaba en aquel lado cuatro objetos alargados y planos de diferentes longitudes. Aún estaban demasiado lejos para apreciar más detalles, y la imagen estaba un poco distorsionada.

—Eso no se parece a nada que haya visto antes —dijo Mónica, frunciendo el entrecejo—. No tengo la menor idea de qué demonios puede ser. Pero de una cosa sí estoy segura: ni es un asteroide ni el trozo de algún cometa.
—Yo tampoco sé qué puede ser —contestó Li con la mirada fija en la pantalla. Su rostro reflejaba curiosidad y preocupación a partes iguales.
—Pues vamos a acercarnos más y vemos si podemos averiguar algo. Se parece a algún tipo de nave, ¿no?... —comentó ella—. Aunque, desde luego, el diseño no es en absoluto confederado, juranii ni naderio. A lo mejor es de alguna civilización que no conocemos aún.
—No registro lecturas energéticas de ningún tipo. Ni campos de fuerza, ni residuos de impulsión... nada. Da la impresión de que va a la deriva. Si es una nave perteneciente a alguna civilización desconocida, parece que fue abandonada hace tiempo—indicó Li, irguiéndose en su sillón y manipulando algunos mandos del control de sensores, a fin de obtener lecturas más precisas.
—Voy a ir rodeando eso a una distancia prudencial, a ver si captamos más detalles. De momento, no creo que debamos acercarnos más. No me fío.
—Intentaré saber algo más con los sensores.

Con Mónica a los mandos, la nave empezó a describir un círculo a unos ciento cincuenta kilómetros del objeto, rodeándolo lentamente, mientras los sensores trataban de penetrar el recubrimiento exterior para intentar dilucidar qué había dentro de aquella cosa.

Li focalizó el radar en un haz concentrado de gran energía. Activó el sistema y... la cosa brilló. Un etéreo campo de luz ondulante y azulada se formó en un lateral, allí donde el pulso de energía había impactado, y desapareció al cabo de un instante. Los extraños objetos que colgaban en uno de los costados se agitaron ligeramente.

Por un instante se hizo un pesado silencio en la cabina. Mónica estaba sopesando la posibilidad de activar los motores para irse de allí a toda máquina. La “nave” no mostró ninguna otra actividad. En aquel momento, el instinto de la joven hizo que abortara la maniobra. Una extraña sensación se abrió paso en su mente. Una especie de revoloteo en el estómago y un hormigueo en la nuca detuvieron sus pies antes de pisar los pedales de aceleración. Supo, de alguna manera que no alcanzaba a comprender, que aquella cosa no representaba una amenaza... Supo, sin lugar a dudas, que necesitaba ayuda. Cambió el rumbo de pronto, poniendo proa directamente hacia el objeto. Li iba a protestar cuando vio la mirada de determinación de su mujer. Ella sabía algo. Y estaba acostumbrado a confiar en el fino instinto de Mónica. Jamás pondría en peligro a su bebé y a su querida nave, así que calló y la dejó hacer. La pantalla del panel de sensores cobró vida. El ordenador había realizado por su cuenta un escaneo completo y había conseguido penetrar el interior del misterioso objeto, que flotaba inerte ante ellos a menos de cincuenta kilómetros.

Entonces, la computadora habló. Y nunca, jamás, por muchos años que ambos viviesen, olvidarían aquella frase de Vyla, la Inteligencia Artificial de la nave.

Terminado el análisis inicial. El objeto está compuesto íntegramente por materia orgánica y muestra signos vitales inequívocos.
—Pero qué demonios... —masculló Li, al ver los datos de la pantalla principal. Mónica levantó la mirada. No podía creerlo.
—Dios mío... —murmuró, boquiabierta—. No es una nave... es un ser vivo...
Afirmativo. En función de los datos disponibles, se computa una probabilidad del 99,99 por ciento de que el objeto sea algún tipo de criatura viva.
—¿Un ser vivo en medio del espacio? ¿Pero cómo...? —Li se levantó, frotándose las sienes y la cabeza. Aquello era más de lo que podía asimilar.
—Ni… ni idea. —No le salían las palabras, tal era su estupor—. Vyla, ¿en qué estado se encuentra la criatura?
Datos incompletos. Fisiología desconocida. Tomando como base la información conocida de otros seres de similar tamaño, existe una probabilidad del cuarenta por ciento de que los signos vitales detectados puedan ser considerados como débiles o muy débiles. Presenta una enorme lesión en el costado derecho, con pérdida de tejidos orgánicos. No es posible ofrecer ninguna otra valoración fiable.
—Esto es increíble. ¿Cómo puede existir una criatura capaz de vivir en el vacío del espacio? Las radiaciones, las temperaturas extremas, los impactos, las distancias… ¿cómo puede sobrevivir en un ambiente así? —El choque emocional del descubrimiento había sido tan contundente que Li apenas podía pensar. Le dolía la cabeza y sentía un desagradable nudo en el estómago.
—Ahora no importa eso, cariño. Lo importante es que es un ser vivo y está gravemente herido. Debemos ayudarlo. —Una férrea determinación ardía en su mirada.
—¿Ayudarlo? ¿Ayudarlo, dices? —La miró con incredulidad. Su cara era el vivo reflejo de la estupefacción—. ¿Y cómo piensas hacerlo, eh? No sabemos absolutamente nada de... de eso. Podría ser agresivo, incluso peligroso. No tiene manera de saber que tratamos de ayudarlo, está herido y lo más probable es que interprete que un carroñero o un predador intenta atacarlo. Puede ocurrir cualquier cosa... —Una parte de su mente se sorprendió por la naturalidad con la que había supuesto la existencia de otros seres. Aunque tenía sentido… si había uno, debía haber más...
—Pero mira en qué estado se encuentra, hombre. No está en condiciones ni siquiera de sobrevivir por sí mismo. No puede defenderse, ni mucho menos atacar. —Su voz estaba teñida de compasión. Li se sintió desfallecer ante el tono de súplica de su mujer.
—No tenemos ni idea de en qué condiciones está realmente, ni de la capacidad de ataque o defensa que conserva. Y no pienso poneros en peligro, ni a ti ni a nuestro bebé —sentenció Li, aunque sin mucha convicción—. ¿No te das cuenta de que mide cuarenta metros? ¿Qué ocurriría si nos golpease?
—Pues yo no pienso dejarlo aquí, abandonado a su suerte. Tú, que tanto adoras la naturaleza que perdimos en la Tierra, deberías comprenderme mejor que nadie. ¡Es un descubrimiento extraordinario! ¡Seres vivos en el espacio abierto! —apuntó Mónica, con firmeza—. En cuanto a sus dimensiones, esta nave es casi el doble de grande y pesa unas diez veces más. ¿En serio crees que tiene la menor posibilidad de dañarnos? —Sus labios se inclinaron levemente hacia arriba, a la vez que elevaba la ceja derecha. Era un gesto que él adoraba—. Además, no podrá golpearnos si nos mantenemos en el costado herido…

Li la miró. Vio determinación en sus ojos. Supo que no había nada que hacer. Había perdido aquel asalto. Ella había tomado su decisión y nada la haría cambiar de opinión. A veces podía llegar a odiar su testarudez... Cedió.

—Está bien, pero al más mínimo indicio de peligro, nos largamos. No pienso correr ningún riesgo —dijo él, mientras su mano se desplazaba hacia los controles de la torreta del láser de prospección. El cañón de energía se utilizaba habitualmente para vaporizar la roca y extraer muestras de minerales. No había sido diseñado para utilizarse como arma, pero podía cumplir perfectamente aquel cometido.
—No creo que eso sea necesario, cariño. Estoy segura de que no representa ninguna amenaza —indicó suavemente Mónica, mostrando su más radiante sonrisa y Li se sintió derrotado—. Intuición femenina...

La joven tomó los controles. Maniobró con habilidad y se acercó resueltamente a la criatura. A veinte kilómetros ladeó la nave para aproximarse de costado, tratando de parecer lo menos amenazante posible. No tenían la menor idea del comportamiento de aquel ser, ni de lo que éste podría considerar una amenaza. Pero decidieron actuar como lo habrían hecho con un animal de la Tierra... si hubiesen conocido alguno. Mónica pensó, con tristeza, que cuando ellos nacieron ya hacía décadas que habían desaparecido los animales salvajes. Sólo se conservaban pequeños reductos de fauna en la Colonia. Pero, tras pasar más de un siglo en cautividad, habían perdido completamente sus instintos. En las naves de escape habían embarcado todos los animales y plantas que pudieron salvar de la Tierra agonizante, además de miles de muestras genéticas de seres de los que no se pudieron recuperar ejemplares vivos, con la esperanza de encontrar un mundo en el que establecerse y adaptarlos. Pero, por el momento, no había sido posible. Todo lo relacionado con el comportamiento de la fauna salvaje lo habían aprendido de antiguas grabaciones, documentales de la vida en la Tierra antes de la Catástrofe. Viejas secuencias de video sonoro, grabadas en soportes arcaicos tales como cintas magnéticas, discos ópticos, tarjetas de memoria electrónicas... Los cristales de datos, con una capacidad de almacenamiento infinitamente superior, habían aparecido pocos años antes de la Catástrofe, y se había pasado gran cantidad de información a ellos, remasterizado y mejorado. Pero había quedado muchísimo más por convertir...

Apartó aquellos melancólicos pensamientos de su mente y se concentró en las pantallas. Los sensores de la nave escaneaban exhaustivamente al espécimen. Li los había reprogramado para modificar su sensibilidad. Estaban diseñados para identificar minerales, no tejidos orgánicos. Pero, con unos pequeños ajustes, cumplían con bastante dignidad su nueva función. Los signos vitales del asombroso ser eran muy débiles, o al menos, lo que ellos consideraron signos vitales... Presentaba una tremenda herida en el costado izquierdo, con los tejidos congelados a causa del frío del espacio. No les cupo la menor duda de que así se había evitado la pérdida de fluidos vitales.

—Debía de tener otras cuatro… aletas como esas en este lado, pero parece que ha sufrido una colisión desastrosa y las ha perdido —observó ella.
—Su piel está compuesta por placas metálicas sobre varias capas de tejidos aislantes —dijo Li, mirando la imagen que mostraba la pantalla con expresión concentrada—. Pienso que es probable que su sistema biológico se base en el uso de la electricidad. Los sensores detectan varios grupos musculares repartidos por su cuerpo que son muy similares a los de algunos animales de la Tierra, como las anguilas eléctricas o los torpedos, o de Vian'har, como los lakas de cola de látigo… Pero éstos son mucho más potentes y evolucionados. Además, en el interior de las aletas detecto millares de finas estructuras tubulares con un alto contenido en metales magnéticos. Casi parecen bobinas. Y mira, mira todo esto —comentó, señalando varios puntos de la pantalla—. Se parece mucho a una extensa red de potencia que recorre el cuerpo. Si te fijas, es mucho más densa cerca de esos músculos y de las aletas. Además, los sensores captan que las placas dérmicas contienen un elevado porcentaje de silicio cristalino en su composición. Podría generar energía fotovoltaica, igual que el recubrimiento de nuestras naves. Luego están esos cinco grandes espacios vacíos, parecidos a pulmones o vejigas. Los sensores detectan trazas de nitrógeno, metano y amoniaco dentro de ellas. La central es la mayor y está medio llena de… ¡agua!— Li, pensativo y absorto en la pantalla, iba describiendo como en trance lo que los sensores descubrían, mientras ella programaba el piloto automático para que la nave se acercase lentamente al ser.
—Hay muchos órganos que no sé qué función pueden tener. Éste con forma de rosquilla —dijo Mónica, levantando la mirada y señalando la pantalla—, parece su cerebro, pero se encuentra en el centro del cuerpo, no en extremo...  Esos otros ocho nódulos parecen sistemas nerviosos secundarios, como si las aletas poseyeran su propio control unitario independiente. ¿Ves? Tu “red de potencia” pasa justo por el centro de cada uno de ellos. Luego están esas extrañas estructuras, largas y arrugadas, bajo el lomo. Los sensores detectan clorofila en grandes cantidades. Li, este ser no se parece a nada que conozcamos. No tiene nada que ver con los animales de la Tierra ni de los mundos de la Confederación. —Parecía frustrada. Se echó hacia atrás en la butaca, con las manos detrás del cuello y mirando al techo—. Pero claro, ninguno de ellos vive en el espacio interestelar. Su biología y sus adaptaciones han de ser realmente extraordinarias para sobrevivir en un medio tan hostil —añadió después, casi para sí misma.
—Ya que parece que puede generar y, seguramente, canalizar electricidad en grandes cantidades, quizá podríamos conectar su cuerpo con los generadores de la nave. A lo mejor eso lo mantiene estable mientras decidimos qué hacer después —sugirió él.
—Tienes razón. Lo conectaremos e iremos incrementando el voltaje y la intensidad hasta que se aprecie algún cambio. Voy a prepararlo todo...
—No. Ni hablar. Tú te quedas aquí. En tu estado no te conviene hacer tonterías ni exponerte a las radiaciones. Lo haré yo. Y no hay discusión —atajó Li, con aplomo.

La joven lo miró y accedió. Le hubiese encantado salir allí fuera, pero su marido tenía razón. Además, cayó en la cuenta de que le iba a resultar muy difícil ajustarse el traje espacial con aquel vientre tan abultado... Así pues, ella quedó al mando de la nave mientras él preparaba el equipo. Mónica maniobró la Elcano de forma que ésta y el animal quedaron alineados, con la popa a unos cien metros de lo que habían convenido en identificar como la parte delantera. Varió el ángulo de los cuatro motores treinta grados hacia fuera, para que los chorros de plasma ardiente no dañasen a la criatura si debían encenderlos.

Dejó al ordenador a cargo de los sistemas, mantuvo los impulsores preparados y esperó.

Por su parte, Li se había colocado el traje espacial. Era un modelo nuevo, un ST-99. Aunque parecía un traje y tenía forma humana, en realidad era un vehículo autónomo. A pesar de su volumen solo pesaba cien kilos. Tenía impulsores, campos de protección, brazos articulados con herramientas universales intercambiables, un sistema de regeneración del aire que otorgaba doce horas de autonomía sin usar las reservas... También poseía un sistema de soporte vital de emergencia capaz de mantener a una persona con vida unas dos semanas, en un estado de coma inducido. El piloto, además de estar fuertemente protegido, no veía en absoluto entorpecidos sus movimientos. El traje era muy flexible y equipaba en toda su extensión amplificadores biomecánicos y nanodispositivos de control, que aumentaban tanto la fuerza como la velocidad de su portador, una vez que éste se adaptaba a él. De hecho, se tardaba más o menos un mes en aprender a controlarlo, pues al principio, uno no tenía medida de la fuerza que aplicaba, y acostumbraba a romper los objetos que intentaba coger con delicadeza. Pero cuando piloto y traje conseguían sincronizarse, formaban un equipo de trabajo sobresaliente. Li había oído rumores en la Colonia de que algunos trajes habían sido modificados, aumentando sus blindajes y adaptándoles armamento. De ser así, y si los pilotos eran hábiles, constituirían una fuerza de ataque o defensa bastante respetable. Algunos de aquellos trajes "tuneados" en las naves mercantes, y los Naderios no las asaltarían tan alegremente para robar su carga.

Se colocó la escafandra. Había sido fabricada con Cerxiglass, un tipo de plástico rígido de base cerámica, derivado del antiguo plexiglás que se usaba en la Tierra, antes de la Catástrofe. El material estaba polarizado, se oscurecía automáticamente según la luz incidente y poseía una notable resistencia a los impactos. Había sido diseñada de forma que rotaba al mover la cabeza, permitiendo la visión en todas direcciones. El recubrimiento interior, de cristal líquido, proyectaba información en realidad aumentada ante los ojos del piloto. Cuando el cierre se selló, Li estuvo listo para salir al exterior. Andaba con desenvoltura, a pesar de que el sistema de gravedad artificial de la nave se encontraba ajustado a casi un “G”. El traje pesaba mucho en ésas condiciones. Sin los sistemas de amplificación de fuerza casi no habría podido caminar con él. Entró en la esclusa de aire de babor, se cerró la compuerta interior y las bombas empezaron a hacer el vacío. Cuando la presión desapareció, se abrió la compuerta exterior de tipo diafragma. En la esclusa no había gravedad, por lo que Li salió flotando suavemente al espacio con un leve impulso de sus manos. Se alejó una veintena de metros de la nave y giró. No podía evitarlo. Cada vez que salía al exterior, debía verla. Y, a pesar de su insólita apariencia, apenas mitigada por la capa de pintura, el mismo brillo de orgullo aparecía en su mirada, siempre.

Llevaba años navegando en ella y nunca se cansaba de admirarla.

Una embarcación legendaria...

*

La J. S. Elcano era una nave excelente, muy resistente y adaptable. De hecho, había sido ampliamente modificada, pues el diseño original era el de un navío de evacuación. Medía setenta y tres metros de eslora y treinta y cinco de manga. Tenía una forma vagamente triangular, con la cabina de mando acristalada en la proa, y cuatro voluminosos motores a popa, dos arriba y dos abajo, montados sobre soportes rotobasculantes que permitían orientarlos en cualquier dirección.

La zona ventral delantera estaba completamente cubierta por los dispositivos sensores, el repulsor secundario, el proyector de tracción de proa y el apoyo de aterrizaje. En la sección central disponía de un anillo ovalado que equipaba el brazo robótico articulado y el compensador de aceleración. En el lomo, sobre el fuselaje, estaba la torreta del láser de prospección, el telescopio, la compuerta de expulsión del núcleo y los integradores para la navegación a hipervelocidad. En la zona inferior trasera estaban el repulsor principal, los trenes de aterrizaje traseros y el rayo tractor de popa.

Poseía tres esclusas de aire, dos en los costados, con anillos de anclaje universales, y una a popa, entre los motores. Toda la sección delantera podía separarse del resto de la nave, como vehículo de salvamento autosuficiente. Los emisores de los deflectores estaban situados en dos aletas redondeadas a cada lado de proa, apuntadas ligeramente hacia abajo.

La Elcano, en su forma original, fue la nave que traspasó en primer lugar el inmenso agujero de gusano que trajo a la Nueva Esperanza y al resto de la Flota a la región de la Gran Nebulosa de Orión, tras la evacuación de la Tierra. Fue la primera en llegar al otro lado y transmitió el mensaje de alegría y esperanza que hizo que las demás naves se adentrasen en lo desconocido, buscando una nueva oportunidad para la especie humana. Un año después fue ampliamente modificada en el mayor astillero orbital de Vian’har. Se le retiraron sus redes de potencia y sus motores tipo cohete, así como los depósitos de hidracina, pero se conservaron los dos reactores de energía, debidamente mejorados. A continuación, se le instaló un chasis hiperpropulsor nuevo, pues el suyo era terriblemente primitivo y poco fiable. Le adaptaron escudos de energía y de partículas, la torreta láser de rayo continuo, sensores e Inteligencia Artificial avanzados y muchas cosas más. También se reforzó la estructura y el casco, modificándolos en parte. Cuando salió del astillero, la nueva Elcano apenas se parecía a la original. Incluso la pintaron toda en un color blanco satinado muy bonito, con una franja roja a todo lo largo del casco.

*

Li la recorrió con la mirada, una rutina que había adquirido tras tantos años de navegar por el espacio. Aunque los sensores podían detectar cualquier daño, también podían fallar, así que una exploración visual nunca estaba de más. Exceptuando algunos desconchones en la pintura y un par de reparaciones del casco de poca importancia, no presentaba el menor daño. Su estado de conservación era realmente admirable, máxime si se tenía en cuenta que contaba casi sesenta años. Li activó los impulsores del ST-99 y se dirigió hacia popa. Cuando llegó avisó a Mónica. La joven activó uno de los cinco cabestrantes traseros, equipado con un ligero y resistente cable eléctrico de mil quinientos metros. Li enganchó el cable en uno de los soportes del traje, puso los pies en el casco de la nave y se impulsó con todas sus fuerzas. Los amplificadores multiplicaron por cinco la potencia de sus músculos y salió propulsado a gran velocidad hacia el animal. Era una forma fácil de ahorrar el combustible del traje. A veinte metros de la criatura, puso en marcha los retrocohetes y tomó contacto con ella suavemente. Ahora que la veía tan de cerca, se maravilló.

El diseño de las placas de su piel era muy complejo, con preciosos reflejos irisados. En los espacios entre éstas, pudo distinguir un gran número de pequeñas protuberancias, como verrugas. Aunque la piel del animal era aparentemente metálica, le sorprendió mucho su flexibilidad. Se desplazó por encima de la "cabeza" hasta el lomo, arrastrando tras de sí el cable. Poseía una serie de órganos con forma de bulbo, de unos cuarenta centímetros de diámetro, colocados en línea a todo lo largo del cuerpo. En el escáner realizado antes los había identificado como órganos eléctricos, pero su instinto le dijo que se parecían más a sensores que a generadores. Pasó un par de minutos pensando dónde conectar los terminales del cable, y al final decidió hacerlo directamente sobre la piel, poniendo cada ventosa en una placa. Dado que la forma del organismo era alargada, cabía suponer que la electricidad se generaría por la diferencia de potencial entre los dos extremos. Se había llevado dos regletas porta cables, con cinco extensiones cada una. Las conectó al cable principal y las aseguró sobre la parte superior del lomo. Tras comprobar que la criatura no se movía, estiró de las cinco prolongaciones de una regleta y las conectó en la parte trasera, donde el cuerpo se estrechaba para formar la "cola", tratando de disponerlas en círculo. En ningún momento dejó de vigilar, atento a la menor señal de peligro para alejarse. Volvió al centro del cuerpo y arrastró tras de sí los otros cinco terminales, conectándolos alrededor de lo que sería el cuello si tuviese cabeza. Comprobó que todo estuviese asegurado y en orden, apartándose pocos metros. Se situó en el costado derecho, tomando como referencia la línea con la nave, frente a una media esfera metálica de casi un metro de diámetro. No tenía la menor idea de cuál podía ser su función...

—Mónica, ¿me recibes? Cambio. —La estática crepitó levemente en sus oídos.
—Roger. Te recibo alto y claro, cariño.
—Empieza a suministrar energía. He estado pensado. Es posible que, dada su configuración física, sea más fácil que acepte corriente continua que alterna. No creo que importe la polaridad. En el espacio hay campos electromagnéticos terriblemente caóticos, ya lo sabes. Estoy seguro de que su capacidad para adaptarse a ellos debe de ser increíble.
—Recibido. Empiezo suave e iré incrementando los valores de voltaje e intensidad gradualmente —informó ella según iba girando los potenciómetros del tablero de control.
—Muy bien. Vigila las constantes. No vaya a ser que por intentar ayudarle, le hagamos daño.
—No creo que sea tan fácil dañar a un animal tan extraordinario. Como tú mismo has dicho, debe estar acostumbrado a manejar energías muchísimo más intensas. Solo hay que ver el medio ambiente en el que vive —apuntó ella.
—Tengo una idea. Enciende los reflectores de popa e ilumínalo con ellos. Seguro que ayuda —sugirió Li de pronto.
—Enseguida. Ya están activados.

El cristal de la escafandra se oscureció repentinamente, cuando la intensa luz de los reflectores bañó a Li y al espécimen.

—Sigo aumentando voltaje e intensidad—informó Mónica—. Ciento veinte voltios, un amperio. Un momento... Parece que reacciona.

Li, que observaba atentamente la gran criatura, vio que se movía ligeramente. Se estremeció y aparecieron unas débiles trazas de luminosidad a lo largo de su cuerpo, en las juntas de las placas metálicas. “Bioluminiscencia... pero de origen eléctrico”, pensó él, fascinado. Giró la cabeza y vio que las aletas se movieron un poco, ondulando suavemente. Entonces Li percibió algo por el rabillo del ojo. El objeto redondo que había al lado de la cabeza había temblado. Se giró hacia la curiosa estructura y la miró fijamente. La forma esférica se separó por la mitad. Bajo ella había una cúpula de material transparente, y detrás, otra media esfera opaca, de aspecto blando y carnoso. Ésta también se separó por la mitad y se abrió y cerró rápidamente dos o tres veces.

Tras ella había un círculo azul de textura granulosa con un agujero negro en el centro, que cambió de diámetro súbitamente.

Dios mío...” pensó Li, temblando de emoción al comprender lo que estaba viendo.

UN OJO”.

*

Notaba como la electricidad recorría de nuevo su cuerpo, sacándolo del horrible estado de sopor en el que se había encontrado inmerso hasta entonces. Era extraño. Una energía suave, delicada, pero constante, que se iba incrementando lentamente. Y podía sentir una potente luz que bañaba su lomo. Su mente empezó a despertar de las nieblas del inconsciente, donde había quedado sumida tras rebajar su metabolismo al mínimo, tratando de ahorrar recursos para sobrevivir, mientras intentaba curar sus heridas.

Magtinó algo grande justo delante de él. Sorprendentemente, también podía sargrarlo. Era un objeto el doble de voluminoso que él mismo, pero demasiado pequeño para emitir una gravedad tan intensa como la que percibía Una gravedad insólita y desconcertante, pues tenía un alcance muy limitado. Además, lo rodeaba un campo de energía muy extraño. No se parecía a nada que hubiese sentido antes. Así que hizo un gran esfuerzo y abrió los ojos para mirarlo. Tuvo que parpadear dos o tres veces hasta que consiguió enfocar la vista. Y lo primero que vio, cerca de su ojo derecho, fue algo muy pequeño y alargado, con dos extremidades a los lados, otras dos abajo y media bola brillante encima. Olió su composición y descubrió que era metálico por fuera y su interior estaba vivo. También emitía una débil energía. Nunca había visto un ser así, pero su configuración física se parecía a la del resto de especies del Territorio.

Sintió una viva curiosidad por aquella criatura a pesar del agudo dolor que atenazaba cada fibra de su cuerpo. Tras la brillante esfera transparente había algo redondo que se movía y que tenía dos ojillos diminutos. Aquel ser le miraba fijamente. Supo instintivamente que no representaba ninguna amenaza. Miró hacia delante y vio el otro objeto extraño, el que lo había desconcertado tanto. Tenía cuatro grandes protuberancias en la parte trasera y un aspecto anguloso. Una especie de hilo delgado iba desde aquella cosa hasta su lomo. Unas potentes luces, situadas en la parte superior, entre las protuberancias, estaban enfocadas directamente hacia él. Se quedó sorprendido. No tenía ni idea de qué era aquello, pero de una cosa sí estaba completamente seguro: no estaba vivo. Por un momento se inquietó. No obstante, daba la impresión de estar ayudándolo. De todos modos, no tenía fuerzas ni medios para huir o luchar, así que se quedó inmóvil, a la expectativa.

*

No se lo podía creer. Aquel animal también tenía ojos. Y era unos ojos preciosos. Medía unos setenta centímetros de diámetro, con la esclerótica de un tono azul muy pálido y el iris de un increíble color turquesa, con vetas de zafiro. La pupila era redonda. Se parecía notablemente a un ojo humano, sólo que muchísimo más grande. Se acercó lentamente y acarició la piel de la “cara” con una mano. Entonces vio que la pupila temblaba y el animal se alejó un par de metros. Li lo entendió. Estaba demasiado cerca y el ojo no podía enfocarlo bien. Manipuló los mandos y se separó del globo ocular algunos metros.

Era una mirada increíble. El hombre pudo sentir la curiosidad y la inteligencia que emanaban de ella. Supo que se encontraba ante una criatura mucho más extraordinaria de lo que había supuesto en un principio. En aquel instante supo que su vida acababa de cambiar para siempre.

Se separó lentamente del animal y se dirigió hacia el otro costado, pasando por debajo. Se dio cuenta de que poseía dos estructuras curiosas. Dos placas móviles justo en la parte ventral delantera la cabeza, que tal vez protegían algún tipo de boca, y lo que quedaba de algo parecido a dos estiletes o cuernos horizontales a cada lado de ésta. Quizá fueran algún tipo de colmillos, como los de los narvales. Rodeó el cuerpo hacia el costado izquierdo, pasando por delante del otro ojo, que lo siguió con la mirada. Se le encogió el corazón al ver la enorme herida que mutilaba el lateral. Medía más de veinte metros de largo y unos tres metros en su parte más ancha. Se había producido una gran pérdida de tejidos. Podía ver las distintas capas de la piel, los músculos, algunos huesos astillados, nervios... todo. La congelación producida por la exposición al frío del espacio había cauterizado la herida, conservando intactos el resto de tejidos internos. No podía saber que le había pasado, pero tuvo que ser algo realmente terrible. Li se compadeció. A menos que las terminaciones nerviosas hubiesen quedado destruidas, el dolor debía ser atroz. “Pobre animal. Vaya destrozo. No creo que se recupere nunca”, pensó, abatido.

De pronto, se le ocurrió algo.

—Cariño, ¿me oyes? —llamó Li por radio.
—Sí, te recibo. ¿Qué tal va todo por ahí detrás?
—Todo bien. Se ha despertado. Pero la herida es realmente aterradora. He pensado una cosa...
—Un momento, un momento. ¿Has dicho que se ha despertado? ¿Cómo que se ha despertado? —preguntó Mónica con extrañeza.
—Luego te lo cuento. Ahora escucha: aún tenemos dos o tres tanques de gel de silicona, ¿verdad? Los que se usan para sellar grietas en el casco. Los de la etiqueta amarilla.
—Sí, sí, ya sé a los que te refieres. Creo que nos quedan dos, pero voy a mirar. ¿Para qué los necesitas?
—Verás. Tal como suponíamos, la congelación ha cauterizado temporalmente la herida. Al acercarme he observado que la situación es más precaria de lo que parecía en un principio. Si el costado izquierdo queda expuesto a la radiación solar, aunque sólo sea un momento, se descongelará y empezará a sangrar... o lo que sea que tenga este bicho en las venas... si es que tiene venas…
—... y has pensado que si recubres la herida con el gel aislante, quedaría suficientemente protegida, al menos hasta llegar a la Colonia, ¿no es así? Porque, si no me equivoco, tienes intención de remolcarlo hasta casa... —Terminó la frase ella.
—Sabía que esos preciosos ojos que tienes no fueron el único motivo de que me casase contigo —bromeó, devolviéndole la pulla que ella le había lanzado antes, en la cabina.
—Muy gracioso —respondió ella sarcásticamente, caminando por el pasillo—. Voy hacia la bodega de babor. Un momento. A ver... Sí, en efecto. Aquí están—dijo al cabo de algunos segundos.
—Déjalos en la esclusa de aire de popa. Voy hacia allá.

Li activó los impulsores y se dirigió hacia la nave, que flotaba majestuosamente ante él, sobre el fondo rojizo de la nebulosa.

Mónica se enfundó unas botas magnéticas y manipuló los controles de gravedad artificial, para reducirla al diez por ciento en la bodega y en el pasillo que llevaba hasta la esclusa de popa. El corredor atravesaba la sección de ingeniería, pasando entre los convertidores, los sistemas de apoyo y por debajo del vaso de contención del núcleo de energía. A cada lado había compuertas que daban a puestos de control o de mantenimiento de la maquinaria, un taller y un almacén de recambios. Tras pasar bajo el núcleo, se llegaba a una sala más grande, en el extremo de popa de la cual se encontraba la esclusa y las bocas de cuatro túneles en diagonal. Cada uno llevaba a un motor. Un ascensor de plataforma comunicaba con la cámara en la que se hallaban los sistemas de la hiperpropulsión. La chica llevaba los contenedores, de noventa kilos cada uno, cogidos por el asa como si tal cosa. Con la gravedad tan reducida, sólo pesaban unos nueve kilos. Pero ella caminaba con soltura gracias a las botas, que la mantenían pegada al suelo metálico. La suela magnética se desconectaba al levantar el pie y se volvía a activar al bajarlo.

En menos de un minuto cubrió la distancia que separaba la bodega de babor de la esclusa de popa. Llegó a la compuerta y esperó. El testigo luminoso estaba en rojo. Eso quería decir que las puertas exteriores se encontraban abiertas. Mónica miró por la ventanilla y vio a su marido dentro del ST-99, en el centro de la cámara. El testigo cambió a amarillo, señal que las compuertas se habían cerrado y el sistema estaba restaurando la presión atmosférica. Se oía el siseo de las bombas al inyectar aire en la esclusa. Un minuto después, la presión se equilibró y la luz cambió a verde. La compuerta interior se abrió y Mónica entró en la estancia. Miró a Li con una sonrisa. El hombre se dio la vuelta y ella le colocó un contenedor a cada lado. Tuvo buen cuidado de no tocar el traje, pues estaba terriblemente frío. Conectó la manguera que había en la parte superior de cada botellón a los pulverizadores que se hallaban en los portaherramientas laterales. Cuando estuvieron asegurados se apartó un par de pasos. Se volvieron a mirar.

—Ve con cuidado —dijo ella.
—Descuida —la tranquilizó.

Mónica salió de la esclusa y cerró la compuerta interior. Pulsó los botones de control y se oyó el ruido de las bombas al hacer el vacío. Cuando la presión fue nula, la compuerta exterior se abrió y Li volvió a salir fuera. Se impulsó de nuevo con los pies y se dirigió hacia el animal, hacia el costado izquierdo. Pasó por delante del ojo, que volvió a seguirlo y frenó al tener la herida a la vista. Echó un vistazo a los indicadores. Las reservas de combustible estaban por encima del setenta y cinco por ciento. Se detuvo ante los graves daños que presentaba la criatura en el lateral, se colocó en posición, abrió las válvulas y empezó a pulverizar líquido sobre la herida. La composición del gel impedía que se congelase inmediatamente, a la vez que lo mantenía extremadamente adhesivo. También ayudaba el hecho de que los pulverizadores calentaban la mezcla antes de proyectarla.

Fue cubriendo lenta y metódicamente toda la herida, primero hacia la cola y luego hacia la cabeza, hasta que los contenedores quedaron vacíos. El gel, al irse endureciendo, aumentaba de volumen antes de helarse, con lo que reforzaba su acción aislante. Además se volvía de un color blanco intenso, para reflejar el calor. Cuando acabó, toda la herida había quedado cubierta por una gruesa y bulbosa capa blanca helada, parecida a nata montada. Se retiró unos quince metros y comprobó el resultado. Como quedó satisfecho, volvió lentamente a la nave. Se detuvo de nuevo ante el ojo del animal y se sumergió otra vez en su profunda mirada. Creyó ver un destello de agradecimiento en ella. Unos segundos después encendió los propulsores y regresó a la esclusa, a casi cien metros de distancia. Sintió la mirada de la criatura a su espalda, observándole mientras se alejaba. La compuerta exterior se abrió y Li se giró un momento para volver a ver al ser que flotaba suavemente a un centenar de metros de él. Se metió en la esclusa de aire y la cerró.

*

Aquel minúsculo bicho había entrado en la cosa grande que flotaba allí delante mismo y que le estaba suministrando energía. Una pequeña parte se había abierto, emitiendo una luz blanca. El ser se había metido dentro y, al cabo de unos momentos, volvió a salir con dos cosas alargadas pegadas al lomo. Había podido captar cientos de olores distintos, la mayoría desconocidos, cuando la Cosa Grande se había abierto. Y también captó transmisiones complejas e indescifrables para él, entre el Pequeño y la Cosa Grande.

No entendía nada de lo que estaba pasando, pero la pequeña criatura se desplazó hacia su costado herido. Al pasar ante su ojo izquierdo volvieron a cruzar sus miradas. Algo en los ojos del aquel diminuto ser lo tranquilizó. Aunque no sabía qué motivaba su comportamiento, supo que tan sólo intentaba ayudarlo.

Entonces pasó algo aún más extraño: de las extremidades superiores del animalillo salieron unos chorros de un líquido de olor desconocido, con el que fue recubriendo toda la herida hasta que quedó tapada por una costra bulbosa y blanca. Era bastante fea, pero le alivió mucho el dolor al aislar sus tejidos dañados del ambiente hostil del espacio. Luego el ser regresó hacia la Cosa Grande, pero se paró de nuevo ante su ojo. Él le intentó transmitir todo su agradecimiento, y le pareció que el animalito lo comprendió. Sin duda era inteligente, de eso estaba seguro. Incluso intuyó que, de algún modo, el gran objeto que tenía delante era algo creado por la pequeña criatura. O quizá por muchos de ellos.

El ser se puso en movimiento, se alejó y se metió en la Cosa, desapareciendo en su interior.

Al poco, unos rayos filamentosos de luz anaranjada emanaron de una extraña estructura bajo la parte trasera del objeto, iluminando su lomo. Sintió sobre sí algo parecido a la gravedad, pero no logró identificar qué era.

Unos instantes después, las cuatro grandes protuberancias alargadas en la cola de la Cosa giraron hacia fuera. A continuación, sus extremos, que eran huecos, se iluminaron con un intenso destello azul. Pudo oler perfectamente el hidrógeno a una temperatura extrema, mucho mayor que la de la superficie de las estrellas. También magtinó unos complejos y poderosos campos magnéticos en cada una de las cuatro "extremidades".   Supuso que serían algún tipo de propulsor para la enorme Cosa. Como dándole la razón, en aquel instante sintió que se ponían en movimiento.

*

—Haz de tracción fijado en el objetivo. El enlace es estable. He modificado el ángulo de los motores treinta grados hacia fuera. Así evitaremos que el flujo de plasma lo abrase. Perderemos eficiencia, pero no importa —dijo Mónica, manipulando los controles.
—Secuencia de inicio de los impulsores. Empieza a mover la nave suavemente, para reducir al mínimo el estrés —recomendó Li.
—Tranquilo, cariño. Procuraré no hacerle más daño. Ya está suficientemente débil.
—No tengo la menor duda —dijo él, acariciándole la mano.

Los reguladores del núcleo volcaron energía en los bobinados magnéticos de los motores. Simultáneamente, los generadores de confinamiento proyectaron un campo de aislamiento, que protegería las líneas de impulsión y las toberas del tremendo calor producido por el torrente de plasma en que se iba a convertir el combustible.

Cuando el sistema estuvo cargado y estable, la computadora procedió a inyectar combustible en las líneas de ignición, un delicado y complejo proceso que requería un control constante y rapidísimo. Un fallo y el motor podría llegar a explosionar. Los motores de la Elcano eran impulsores de ignición de iones con contención magnética, llamados popularmente Triple I, un tipo de propulsor de fusión que admitía cualquier carburante que contuviese hidrógeno, con distinto grado de eficiencia según la composición química de éste. Aunque el modelo ya estaba algo anticuado, eran potentes, de bajo consumo y, sobretodo, fiables.

El amoniaco que había en los tanques de la embarcación en aquella ocasión se incendió dentro de la cámara de fusión, convirtiéndose en plasma a más de un millón de grados. El sistema apartaba el nitrógeno a un ramal secundario y usaba el hidrógeno como fuente de plasma principal, comprimiéndolo magnéticamente hasta alcanzar la fusión nuclear. Fuertemente confinado por el intenso campo magnético para que no tocase las partes del motor, pues las desintegraría instantáneamente, el torrente de plasma de helio fusionado y rayos gamma era dirigido hacia las toberas del motor. Un continuo y potente impulso empezó a mover la nave suavemente hacia delante. Las toberas brillaban con la intensa luz azulada de los estrechos y abrasadores haces de plasma.

La Elcano avanzó majestuosamente sobre el fondo carmesí de la nebulosa, remolcando al magnífico ser tras ella, y fue acelerando paulatinamente hasta adquirir la suficiente velocidad para navegar por el espacio en línea recta, sin necesidad de seguir los dictados de la navegación por gravedad.

*

Hasta que se descubrió el principio de los motores de plasma, los de fusión y la navegación por el Hiperespacio, todas las naves debían desplazarse describiendo multitud de trayectorias curvas, siguiendo las leyes gravitatorias de Newton y Einstein. Para llegar de un planeta a otro, por ejemplo, se usaba una trayectoria parabólica o hiperbólica; para salir o entrar en órbita, las naves describían espirales, aprovechando la gravedad para acelerar o frenar según el caso. A veces, para ir a un lugar determinado, primero se dirigía la nave en sentido contrario, hacia un cuerpo mayor (por ejemplo, un sol) y así se podía aprovechar el fenómeno de la asistencia gravitatoria para cambiar de dirección y acelerar, o frenar, sin gastar un gramo de combustible. Pero claro, eso suponía un tiempo considerable, generalmente, meses o años, y sólo se había aplicado a naves automatizadas y sondas. Las nuevas tecnologías astronáuticas han superado esos escollos y, ahora, las naves viajan según sus propias necesidades, surcando el espacio en líneas rectas, tal y como un barco lo hace en el mar. La navegación espacial se ha hecho independiente de las leyes gravitatorias, excepto en las órbitas, y el tiempo de viaje se ha reducido a horas o días.

*

Mónica había configurado el escudo deflector de la nave de manera que formase una gran cúpula cónica delante de ésta, como si de un paraguas gigante se tratase, para proteger a su huésped de cualquier impacto. A la velocidad a la que se desplazaban, una partícula del tamaño de un guisante podía destruirlos completamente sin los escudos.

Habían discutido sobre la conveniencia o no de activar el hipermotor, pero llegaron a la conclusión de que no era lo más adecuado. El desplazamiento por el Hiperespacio era muy complejo y peligroso, y no sabían cómo afectaría al animal. Tras estudiar detenidamente los datos e imágenes proporcionados por los sensores, nada en su organismo sugería la capacidad de emplear las enormes energías requeridas para abrir ventanas de salto.

Así que habían puesto rumbo a la Colonia a la mitad de la velocidad de la luz, la máxima a la que se podía volar con cierta seguridad. La Elcano, con los amortiguadores de inercia, el compensador de aceleración y sus potentes motores de fusión, podía acelerar hasta unos 150G y alcanzar más del 70% de la velocidad luz con los depósitos llenos. Pero los efectos de la Relatividad, que comprimen el Tiempo y el Espacio conforme aumenta la velocidad, hacen que ni las computadoras ni las tripulaciones puedan reaccionar a tiempo en caso de alerta de colisión con algún objeto errante. A 0,5c (el 50% de la luz), el tiempo pasa un 15% más despacio, lo cual es el margen máximo de seguridad establecido por las normas de la Flota para vuelos subluz de emergencia. Sería un suicidio volar más rápido, pues no hay suficiente tiempo "real" para reaccionar a un imprevisto, ni los escudos pueden bloquear efectivamente las radiaciones letales producidas por el choque con los átomos del medio interestelar, o las colisiones con pequeños detritos errantes.

Según los cálculos, cubrir los 10 días-luz que les separaban de la Colonia serían unos 22 días de vuelo, pues les llevaría unas 28 horas acelerar hasta 0,5c y otro tanto decelerar al llegar al destino. Era un tiempo considerable... Llevaban tanto tiempo realizando viajes fuera del Espacio para llegar de un punto a otro, que habían olvidado lo lenta y laboriosa que era la navegación tradicional.

*

Los días pasaban mientras la Elcano volaba hacia el Sistema Deméter. A bordo, Mónica y Li no se aburrían en absoluto. Aunque sólo eran dos, y la tripulación normal asignada a la nave constaba de seis personas, lograron que "su" tiempo transcurriese de forma amena. Anclados en los efectos de la Relatividad, para ellos el fluir del tiempo no se había alterado en absoluto… pero bastaba un vistazo por una de las ventanillas para observar sutiles efectos, como los etéreos tonos azulados a proa y rojizos a popa de todo lo que les rodeaba, producidos por el efecto Doppler.

Para mantenerse entretenidos, se ocuparon de realizar todas aquellas tareas de mantenimiento que siempre quedaban pospuestas. Pequeñas reparaciones, limpieza de rincones, pequeñas revisiones y demás acciones de poca importancia para las que casi nunca había tiempo. Cada cierto número de horas de servicio, la nave era revisada con detenimiento y puesta en activo nuevamente. Entretanto, las pequeñas cosas, como un tapizado un poco suelto, limpiar el fondo de los armarios, ordenar enseres o una bisagra algo torcida, se iban acumulando si no se estaba por ellas con cierta frecuencia.

Pero, al estar navegando a velocidad subluz, tiempo era precisamente lo que les sobraba. Se habían puesto en contacto con la Colonia a través de la Banda Subespacial, pues por la radio convencional hubiese sido imposible mantener una conversación a causa de la distancia. Informaron que remolcaban un objeto inusual y que no podían volar a hipervelocidad, por temor a que se dañara. Como tenían reservas más que suficientes, no representaba mayor problema. Enviaron todos los datos recogidos durante la prospección y desde el Control de Vuelo se dio permiso a la Elcano para regresar a su discreción. No obstante, se mantuvo una especial vigilancia en su ruta de regreso, por si recibían visitas inesperadas. En el sector por el que ellos estaban volando había pocos satélites de rastreo y comunicaciones, y ninguna estación sensora. Era una zona casi inexplorada, razón por la cual la Elcano había hecho acto de presencia allí. El puesto de vigilancia más cercano era una pequeña instalación automatizada, la ESViR 12, a tres días luz de distancia en dirección a Vian´har. Cubría el acceso a la región denominada Bahía de Cólquide, un vasto espacio en forma de burbuja delimitado por la extraña luminosidad azul de la Barrera. Otras tres estaciones, a cinco días luz a proa, vigilaban el perímetro planetario exterior de Deméter.

Se habían detectado varios posibles campos de asteroides y nubes de gas en Cólquide recientemente, por lo que habían enviado a la Elcano a hacer un inventario. El amplio acceso se abría hacia el Sistema Vian’har, varios millones de kilómetros por encima de la línea visual entre éste y el Sistema Deméter, quedando separado de la Colonia por un saliente de la Barrera. Por aquella razón, la Bahía de Cólquide no había sido explorada oficialmente con anterioridad.

Mónica, que se encontraba en su camarote descansando un poco, recordó sin proponérselo la conversación que habían mantenido con el jefe del Control de Vuelo, Omar Kassim. Sonrió levemente.

Cuando dieron aviso de su insólita situación, Omar les preguntó que qué era exactamente aquello que les obligaba a regresar tan lentamente, y por qué no lo dejaban donde lo habían encontrado para estudiarlo más tarde. Li le pidió que se ocupase de reunir a los miembros del Gobierno con el nivel de acreditación más elevado. En una hora volverían a comunicarse por el canal de alta seguridad, directamente a la Sala de Audiencias del Consejo.

Una hora después, tal y como habían prometido, Mónica y Li exponían la situación a las nueve personas que se habían reunido en la sala con gesto grave y, en algunos casos, huraño, aunque sin revelar nada de la naturaleza del objeto que remolcaban. La curiosidad y la impaciencia devoraban a los nueve miembros del pequeño comité cuando el bueno de Omar ya no pudo aguantar más. Se puso en pie de pronto, se acercó a la pantalla y, con evidente malhumor, les conminó a dejarse de rodeos y a explicar de una vez qué demonios era lo que habían encontrado. En la Elcano, la pareja cruzó una traviesa mirada de complicidad y, por toda respuesta, transmitieron una foto de altísima resolución de la criatura, junto a una imagen de su interior obtenida por los sensores.

Cuando la imagen del increíble ser espacial llenó la pantalla de la Sala de Audiencias, la estupefacción y la incredulidad de las personas allí presentes fueron tales, que nadie pudo articular palabra durante un rato. Miraban alternativamente las imágenes del animal y los rostros divertidos de Mónica y Li en el monitor lateral, con los ojos desorbitados por la sorpresa y las bocas abiertas como bobos.

Tenéis permiso para regresar de la forma que consideréis más adecuada. Sin restricciones...” fue todo lo que Omar logró balbucear. Acto seguido, Li les dio las gracias, les dijo que los mantendrían informados y cortó la comunicación.

Volvió a sonreír. Se acarició el abultado abdomen, con ternura. “Pobre Omar”, pensó. “Nunca he visto a nadie tan superado por las circunstancias. Otro susto así y se nos queda en el sitio. Ya no tiene edad para estas cosas...” Salió de la habitación. Ya en el pasillo miró hacia popa. Li estaba a unos veinte metros de distancia. Había retirado un panel de registro del mamparo de babor y estaba dando un vistazo rutinario a una matriz de relés de alto voltaje. Mónica lo observó con dulzura, recostada en la pared y con los brazos cruzados sobre el pecho.

Estaban perfectamente compenetrados. Se repartían eficazmente las tareas en la nave y la vigilancia del estado de salud del animal. No parecía haber ocurrido ningún cambio en él. Se dejaba remolcar, simplemente. Según los sensores, su metabolismo estaba al mínimo. Supuso que se había sumergido de nuevo en un estado de hibernación para tratar de mantenerse con vida. Li había realizado dos salidas más con el ST-99 para verificar el aspecto de la costra de silicona que taponaba la herida. En las dos ocasiones pudo comprobar que todo estaba en orden.

Caminó hacia proa, hacia la cabina de mando, con las manos en la espalda y el cuerpo ligeramente echado hacia atrás. Lo avanzado del embarazo la obligaba a descansar a menudo y le resultaba muy fatigoso. Se sentó en la cómoda butaca del puesto de pilotaje, suspirando aliviada. Como siempre, con un simple vistazo, repasó los paneles de mandos y las pantallas de información. Todo estaba en orden.

Los sensores de navegación suministraban una enorme cantidad de datos que permitían a Vyla guiar el vuelo de regreso con seguridad. Su trayectoria les llevaba directamente hacia la ruta balizada a través del Oort de Helia, que con su baja densidad, era muy fácil de atravesar. Al no tener que atender los mandos, disponían de todo su tiempo para hacer lo que quisieran.

Desde que los supervivientes de la humanidad se habían establecido en la Colonia, hacía ya cuarenta y nueve años, los momentos de intimidad eran un bien escaso. La enormidad del trabajo que suponía mantener la vida en la Colonia, y la poca gente que había para realizarlo, absorbía casi todo el tiempo disponible. De no ser por la ayuda de los vianhios...

En otras circunstancias, un vuelo tan largo podría haber sido realmente entretenido para la pareja. Podría haberse convertido en un viaje muy romántico... o tórrido. Dos enamorados, solos, con tiempo, en una nave que volaba a través de un entorno de ensueño... No hacía falta mucha imaginación, desde luego. Una desconexión de la gravedad artificial en alguna estancia y... a jugar. Pero con el embarazo tan avanzado...

Programó una reducción de gravidez en la primera sección del pasillo, ajustándola al setenta por ciento de la normal. Así caminaría más cómoda. Debía andar regularmente para evitar que se le formasen varices en las piernas, a causa de los problemas circulatorios que ocasionaba el embarazo en cualquier mujer. Ya que no podía realizar ejercicios más enérgicos, pasaba su tiempo libre paseando arriba y abajo por la nave. Por propia iniciativa, procuraba evitar las secciones de Ingeniería y de Transmisiones. Aunque estaban perfectamente aisladas y protegidas, siempre había un pequeño riesgo de irradiación, y no quería exponer a su bebé a aquello sin un motivo justificado. Llegó a la intersección central. El pasillo se abría allí, formando una estancia levemente hexagonal, con dos lados más alargados. De cada una de las paredes laterales partía un corto túnel que llevaba a las esclusas de aire de babor y estribor. Las cápsulas de escape, una a cada lado formando un ángulo de cuarenta y cinco grados hacia abajo, flanqueaban el lugar en el que Li estaba arrodillado, comprobando unas juntas.

Levantó la cabeza y miró a su esposa, que había apoyado el hombro izquierdo en el acolchado que protegía el grueso arco estructural en el que se unían el pasillo y la intersección. Se sujetaba el vientre con las dos manos. Su larga melena se derramaba como ébano líquido sobre sus hombros. Y en su mirada brillaba una infinita ternura. La encontraba realmente excitante. Giró de nuevo la cabeza y se concentró en el cableado tras el panel, aunque no pudo evitar sentir un cálido hormigueo en la ingle. Hacía unos días que no dejaban de asaltarle imágenes eróticas de ellos dos en diversos lugares... y posturas. Como buen descendiente de orientales, tenía una actitud hacia el sexo mucho más profunda y espiritual que los occidentales. Aunque las fronteras entre culturas estaban prácticamente diluidas tras varias décadas de estrecha interrelación y trabajo en común (y de la destrucción de la Tierra y todos sus países), aun se adivinaban ciertas diferencias en la actitud de las personas respecto a diversas cuestiones, incluidos los placeres de la intimidad.

Ella, por su parte, sensual y ardiente debido a sus profundas raíces mediterráneas, mantenía una actitud abierta y traviesa que a veces chocaba fuertemente con la de él. Por tanto, en su vida íntima había un nivel de creatividad y de improvisación tan alto que sabían cuándo empezaban, pero no cuándo y cómo acabarían. Nunca se ponían límites ni tabúes. Hacían lo que les apetecía, cuando les apetecía… o podían. Li sacudió la cabeza, intentando despejar su mente de aquellos pensamientos, pues le desconcentraban. Sabía que el sexo en el avanzado estado de gestación de Mónica no era aconsejable, y eso no hacía sino aumentar su necesidad de ella. La chica suspiró y sus miradas se cruzaron. Ella sonrió de aquella manera tan encantadora. No hicieron falta palabras. Sabía qué estaba pensando su marido. Él bajó la mirada ruborizado y siguió con lo que estaba haciendo.

Entonces sucedió algo extraño. Sintió que no pesaba. Las herramientas empezaron a levitar perezosamente a su alrededor. En la pared, el indicador de gravedad artificial marcaba cero. Miró a Mónica interrogativamente y se quedó estupefacto.

La joven se estaba desnudando lenta y sensualmente y se dirigía flotando hacia él. Cuando sus manos se rozaron, las braguitas pasaron volando suavemente ante sus ojos.

—Cariño, escucha... No creo que sea acons... —balbuceó él, absorto.

Por toda respuesta, ella le colocó un dedo en los labios. Lo miró con infinita dulzura y se fundieron en un húmedo y apasionado beso.

*

Mónica miró el reloj de la consola, mientras recogía su traje de ambiente. Tres horas habían pasado en un instante. Que corto se hacía el tiempo cuando se disfrutaba... Li descansaba a su lado, desnudo y exhausto. Ella cogió una toalla y se secó el sudor de la frente y la nuca. Pequeñas gotitas resbalaban por su espalda y entre sus senos. Se sentía estupendamente. “Gracias a la Evolución por inventar algo tan entretenido...”, pensó sonriendo. Fue hacia el lavabo y se dio una relajante ducha. Al salir se sintió fresca y descansada, se perfumó, se recogió el cabello en una cola de caballo y se vistió.

Li entró en el baño cuando ella salía. Se dieron un cariñoso beso y la chica se dirigió hacia proa, caminando muy erguida y contoneando sus caderas descaradamente. El suave olor de su perfume se derramó lánguidamente a su alrededor, quedando suspendido en una delicada estela tras ella mientras se alejaba por el pasillo. Li se quedó mirando el atractivo trasero de su mujer hasta que la compuerta se cerró a su espalda. Suspiró y se metió en el baño. Estaba a punto de entrar en la ducha cuando se quedó inmóvil. Había escuchado algo. Parecía...

Volvió a sonar. No había duda.

Un grito.

Mónica lo llamaba. Y parecía asustada...

Salió corriendo, desnudo como estaba, en busca de su esposa. Resbaló con los pies mojados y a punto estuvo de partirse la cabeza contra el suelo. Pero mantuvo el equilibrio y corrió hacia la compuerta del pasillo. Ésta se abrió rápidamente cuando Li se acercó a ella. Quedó paralizado. Mónica estaba en medio del pasillo central, de pie y con las piernas algo separadas, mirando al suelo.

Tenía la entrepierna y el pantalón completamente empapados y un pequeño charco de líquido transparente a sus pies.

La chica levantó la cabeza y su mirada se clavó en la de su marido.

—No puede ser. Todavía faltan casi dos semanas... —El tono de su voz era suplicante. Volvió a bajar la cabeza y se miró las piernas. “Aún no es el momento, joder. Es demasiado pronto...”, pensó.

Li miró al suelo de nuevo, como atontado.

Había roto aguas. Antes de tiempo.

El parto había empezado… en medio del espacio.




[1] Aún con los sistemas de gravedad artificial, la vida en el espacio exige mantenerse en forma para evitar la aparición de problemas de salud muy severos, tales como osteoporosis, anemia, inmunodeficiencias, o incluso esterilidad. (N. del A.)



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