martes, 24 de abril de 2012

Capítulo Cuarto: LA PRIMERA LUZ


Los pinchazos en el costado se sucedían cada vez con más frecuencia y el dolor se había ido agudizando, aunque aún se mantenía en niveles soportables. El parto se había adelantado seis o siete Ciclos, según sus previsiones, y la había sorprendido en alta mar. Nadaba con brío, en dirección a una resguardada cala que ya había localizado con anterioridad. Llegaría en poco tiempo y podría prepararse para traer a su cría a la luz. Esperaba aguantar lo suficiente. Navegaba a buena velocidad, dejando una amplia y extensa estela tras de sí. El amanecer era fresco y el mar estaba en calma. Sobre el horizonte, a su derecha, grandes nubes oscuras se estaban formando, como un borrón gris oscuro sobre el tenue resplandor anaranjado del cielo. Al frente distinguía una gran masa oscura de contornos irregulares: tierra firme. Los pinchazos casi no le daban tregua, pero aguantaba la incomodidad, aleteando vigorosamente.

Como si hubiese proclamado a los cuatro vientos su estado, varios Masticadores se estaban congregando a su alrededor, a una distancia prudencial. La seguían tenazmente, sin perderla de vista. Aunque no los veía, los podía sentir por todas partes. Empezó a irritarse. Los notaba ávidos, ansiosos. Su enfado ante la presencia de los carnívoros fue en aumento. Sabía que eran mucho más ágiles en el agua que ella, pero su tamaño los disuadía de atacarla. Iban a por su cría. Pero si había sobrevivido al brutal ataque de los Ensartadores, no serían unos cuantos mequetrefes acuáticos los que la preocupasen. Además, no llegarían a la cala con ella. Se iban a llevar una desagradable sorpresa. Un malicioso y sarcástico pensamiento arraigó en su mente. Y empezó a disfrutar de una deliciosa anticipación. ¡Qué desilusión les esperaba...!

Forzó los enormes músculos vibradores de su cuerpo para generar una gran cantidad de energía que desvió hacia las aletas traseras. Los bordes de éstas empezaron a emitir una suave luz pulsante, que cobraba cada vez mayor intensidad. Cuando consideró que ya había acumulado suficiente potencia redujo considerablemente la velocidad de avance y los carnívoros se acercaron a ella, pensado que iba a dar a luz allí mismo. Nada más lejos de la realidad.

Sentía vibrar la energía acumulada en las aletas. Entonces los Masticadores se acercaron lo suficiente.

Liberó la poderosa fuerza contenida y generó una violenta descarga eléctrica, que se expandió en pulsaciones concéntricas a su alrededor. De repente, el agua se había convertido en una dolorosa trampa, como si un relámpago hubiese descargado en la superficie marina.

La onda de choque alcanzó a los predadores, que se retorcieron de dolor. Algunos incluso saltaron fuera del agua en un vano intento de escapar a la tortura. Completamente desorientados, otros se acercaron a la Navegante en vez de alejarse, con lo que sólo consiguieron aumentar su sufrimiento. Batían el mar con espantosas convulsiones, salpicando agua en abundancia en todas direcciones y creando caóticas crestas espumosas.

Dejó de emitir energía y los Masticadores flotaron inertes. No estaban muertos, pues ella no abrigaba ninguna intención de matarlos. Sólo pretendía darles una lección para que la dejasen en paz y se alejasen de ella. Mientras el agua se calmaba, ella avanzó de nuevo en dirección a la costa. Se le acababa el tiempo. No quería ponerse de parto en medio del océano. En la cala se encontraría protegida. Daría a luz hacia la playa mientras protegía con su cuerpo la estrecha entrada rocosa que daba acceso al mar. Así no habría sorpresas.

Se forzó a aguantar y redobló sus esfuerzos para avanzar lo más rápido posible. La costa ya estaba cerca, a unos dos Grupos de Cuerpos de distancia. El dolor del costado y el vientre la hacía sufrir como ninguno de sus partos anteriores. Éste era diferente, lo notaba. Y luego estaba aquella extraña inapetencia que llevaba Ciclos preocupándola. Estaba empezando a sucumbir al nerviosismo mientras nadaba vigorosamente hacia la cala. El camino se le hacía eterno. Un solo pensamiento embargaba su mente: llegar al pequeño refugio. Estaba cansada. Al dolor y la fatiga muscular causada por el esfuerzo, se sumó en ese momento la primera contracción. Durante unos momentos quedó paralizada por el dolor y la sorpresa.

Como pudo volvió a nadar, avanzando de nuevo, pero sus fuerzas habían disminuido mucho y, en consecuencia, su velocidad también. Volcó la poca electricidad que pudo generar en los poderosos músculos que movían sus extremidades, con lo que consiguió algo más de fuerza de avance.

Ya veía la entrada de la cala. Estaba a unos cinco Cuerpos.

Le costó un gran esfuerzo mantener el movimiento de sus aletas, pero logró cruzar las dos paredes de piedra que se alzaban a cada lado. Justo cuando se hallaba en medio de las dos grandes rocas le sobrevino la segunda contracción. Se encogió de dolor, paralizada por la irritante sensación, sus extremidades colgaron flácidas a ambos costados del cuerpo y entró lentamente en la cala, llevada por su inercia.

Precariamente, movió las aletas delanteras para darse la vuelta y apuntar el hocico hacia la entrada. El agudo dolor ya no la dejaba pensar. Tan sólo actuaba por instinto. Cerró los ojos y se quedó inmóvil, flotando en el centro de la cala. Entonces le sobrevino la tercera contracción. La suerte estaba echada. Ya no había marcha atrás.

Tras la tercera, empezaron a sucederse con mayor rapidez. Sabía, por sus anteriores alumbramientos, que aquellos espasmos sólo servían para preparar a la cría para el parto. Lo peor estaba por llegar. Hasta que, por fin, se produjo la primera contracción del parto propiamente dicho. Aunque no era, ni con mucho, la primera vez que daba a luz, la intensidad demoledora de aquella sacudida muscular la sorprendió. A continuación, su conducto vaginal se dilató rápidamente para permitir la liberación de la cría contenida en el útero. Los potentes músculos empujaban al cachorro hacia fuera, mientras ella se estremecía por el esfuerzo. El dolor la atenazaba. Procuró relajarse en la medida de lo posible. Sabía por experiencia que sería más fácil dar a luz si se tranquilizaba. En las ocasiones anteriores no había tenido problemas, ni tan siquiera la primera vez. No comprendía por qué le estaba resultando tan laborioso entonces.

Empujaba ayudada por las rítmicas contracciones, pero no conseguía expulsar a la cría de su cuerpo. Por más que se esforzaba, por más que ponía toda su voluntad en ello, no conseguía dar a luz.

Decidió vaciar las dos vejigas más cercanas al útero y la vagina, para facilitar un poco más el avance de su retoño a través del conducto. Lo hizo a través de los propulsores de su cola. El nitrógeno que llenaba las dos grandes bolsas musculares se expandió por la cala, burbujeando y siseando mientras se evaporaba. El agua se enfrió rápidamente y se formó escarcha sobre su lomo húmedo. A su alrededor incluso se formaron pequeñas láminas de hielo, que se derretían enseguida.

El tiempo se iba desgranando inflexible, latido a latido, pero la cría avanzaba por el canal de parto con una lentitud desesperante. Ya se había doblado la duración de un alumbramiento normal y ni tan siquiera había asomado el hocico aún. Supo en aquel instante que la criatura era más grande de lo habitual, lo que estaba provocando las grandes dificultades que estaba padeciendo. Sentía como se le agotaban rápidamente sus reservas de energía. Y, como apenas había comido nada desde que aterrizara, sus tejidos, sometidos a un estrés terrible, consumían vertiginosamente las provisiones de glucosa y grasa de su cuerpo. Su metabolismo se había disparado. A aquel ritmo, no tardaría mucho tiempo en quedarse sin recursos para controlar sus músculos. Podían morir los dos.

Víctima de la desesperación y de la impotencia, reunió las exiguas fuerzas que pudo encontrar dispersas por su organismo, las concentró en su vientre y, haciendo un terrible esfuerzo, empujó con toda su alma...

Por fin, el morro salió.

*

La estrella casi despuntaba ya por detrás del gran planeta anillado, a punto de bañar con su luz la costa continental en la que ella se encontraba. El largo amanecer estaba a punto de culminar y se podía intuir una fresca y despejada mañana.

Pero la Navegante no estaba en situación de contemplar la belleza que traía consigo el nuevo día. Su organismo se encontraba al límite del agotamiento absoluto. El parto se estaba alargando de una forma alarmante y ella ya no podía aguantar más. Sus potentes músculos se habían agarrotado, sobrecargados por el tremendo esfuerzo al que estaban siendo sometidos de forma continua desde hacía tanto tiempo. Sentía calambres por todo el cuerpo y las extremidades le temblaban incontroladamente. Apenas le quedaba alimento, no tenía reservas eléctricas y estaba al límite de sus fuerzas.

Expuesta a aquel violento desgaste psicológico, su mente rozaba la inconsciencia. Empezaba a aceptar que iba a morir, que no podría sobrevivir a aquella prueba. Ya llevaba más de un cuarto de ciclo intentando dar a luz, unas diez veces la duración de un parto normal. Y no había salido ni la mitad de la cría de su cuerpo. Había perdido una gran cantidad de sangre, que flotaba a su alrededor como una nebulosidad de color dorado oscuro, y le dolía terriblemente la vagina y el vientre. Debía acabar. Tenía que expulsar a la cría de su interior o morirían las dos.

Todas las reservas de su cuerpo se habían agotado. Estaba a punto de sufrir un colapso orgánico total. La muerte empezaba a rozarla con sus siniestros y fríos tentáculos. Desesperada, empezó a asimilar músculos y tejidos no esenciales. Incluso los propios pétalos llenos de algas. Llevado al límite, su organismo usaba su último recurso, tratando de extraer energía para un último y supremo esfuerzo. Aunque ella se considerase ya condenada, quería con todo su corazón que su cría viviese.

Reunió las últimas fuerzas que le quedaban y, más por voluntad que por capacidad, consiguió por fin expulsar al cachorro fuera de su cuerpo con un titánico empujón. La cría se alejó flotando mansamente en el agua teñida por la sangre dorada de su madre, en dirección a la playa. Un latido antes de perder la conciencia por completo la miró y vio que estaba bien. Agitaba las aletas torpe pero segura. Era una hembra. Notó que su mente se disipaba. Dio un ligero aletazo con las extremidades traseras y flotó inerte hacia la entrada de la cala. Abrió la boca y el agua entró a raudales en su estómago, sumergiéndola hasta tocar el fondo con el vientre. Dado su tamaño y la poca profundidad, el lomo asomaba en la superficie. El espacio abierto entre las rocas quedó así bloqueado por su enorme cuerpo.

Su hija estaba segura.

Su mente se hundió en espiral y todo se volvió negro.

*

“Humedad cálida y familiar...”

“Apretones... estrechez... incomodidad... dolor”.

“Un tiempo larguísimo en aquel lugar angosto...”

“Libre por fin. Humedad fría... un suave movimiento de vaivén...”

“Amplitud... sonidos... olores... infinidad de olores...”

“Luz al abrir los ojos... manchas de colores oscuros y claros... un tenue brillo anaranjado por arriba...”.

“Sensación extraña... una emisión de energía, débil... delante...”

“Algo grande, pero familiar... benigno... cálido...”

“Vibraciones y ondas de energía... distintos orígenes...”

“Cerca... lejos... mucho más lejos... por todas partes...”

“Y de nuevo una señal débil, cálida... muy cerca...”

“Las aletas se mueven... torpemente; avance...”

“Una forma grande brillando bajo la luz creciente... inmóvil... familiar”

“Comprensión...”

“MAMÁ...”




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