domingo, 29 de abril de 2012

Capítulo Séptimo: ESCOLTA A CASA


—Comandante, tengo a la Elcano en los sensores de largo alcance—informó el operador del puesto de rastreo de espacio profundo.
—¡Vaya! ¡Ya era hora! ¡Mira que han tardado en llegar! Al fin sabremos qué demonios traen para arriesgarse a volar tanto tiempo a esa velocidad—exclamó Catherine Branighan, comandante del Aries, mirando por uno de los ventanales. Se giró y se acercó al puesto de sensores, caminando a paso vivo. Se inclinó sobre el hombro del joven operador, dejando que su cabello resbalara por sus hombros. Lo colocó detrás de la oreja con un rápido y grácil movimiento de su mano. Miró de reojo al muchacho.

Jean Michael Fortiers era un chico moreno y delgado, de veintidós años y metro setenta y ocho de estatura. Era un oficial capaz y dinámico, en cuyos ojos brillaban una viva inteligencia y la inagotable curiosidad de un niño. Había conseguido una de las máximas notas de su promoción en la Academia Espacial. Tras acabar sus estudios se le ofrecieron varias alternativas y escogió hacer prácticas como operador de sensores en el Aries. El joven consideraba un verdadero honor poder desempeñar un puesto de responsabilidad en una embarcación tan emblemática y famosa como aquella.

*

La nave, como tal, tiene más de sesenta años, aunque el barco a partir del cual fue desarrollada, una corbeta de combate de la OTAN llamada Retaliator construida en el año 2.021, contaba otros tantos cuando la reflotaron y empezaron a modificarla para abandonar la Tierra. Por tanto, la robusta base estructural del Aries tiene más de un siglo. Sus constructores aprovecharon el novedoso reactor de fusión de deuterio que equipaba originalmente el barco, sustituyeron las grandes turbinas marinas por tanques presurizados de combustible, alargaron el casco, que tenía inicialmente una eslora de ciento doce metros, y añadieron dos góndolas laterales de treinta metros de longitud, que albergaban los motores espaciales de iones. En la bodega instalaron los voluminosos repulsores y los impulsores de maniobra. Reforzaron y aislaron el casco y las cubiertas, cambiaron los ventanales, añadieron paneles solares y emisores de escudos electromagnéticos e instalaron el sistema de soporte vital de un submarino nuclear, debidamente modificado. Así, un barco de patrulla y escolta se convirtió en una nave espacial armada con capacidad para doscientos tripulantes, aunque durante el Éxodo transportó a más de novecientas personas. La embarcación es excepcionalmente resistente y fiable, como quedó demostrado durante las batallas del Conflicto de Boreas. La Retaliator se construyó antes de la Catástrofe, cuando no existían los escudos de energía, por lo que su casco blindado y su estructura ya estaban diseñados para soportar impactos de proyectiles explosivos y torpedos. Al modificarla y construir con ella el Aries, los refuerzos añadidos y los deflectores la han hecho el doble de robusta que cualquier otra nave de su tamaño, aunque también menos ágil.

El veterano navío permanece estacionado en el acceso principal a la Colonia desde hace dieciocho años, tras haber combatido en el Conflicto de Boreas y en algunas escaramuzas posteriores. Efectúa tareas de torre de control, gestionando el tráfico de naves y evaluando las posibles (y muy poco habituales) amenazas. Junto a las estaciones axiales Cástor y Pólux, El Aries es el último puesto armado pesado de la Colonia. Si cayese, el asentamiento sólo podría contar con sus propias baterías de armamento, sus escudos y las naves de combate que hubiese en cada momento.

*

La amplia pantalla principal del puesto de sensores mostraba la Colonia en el centro de una esfera virtual de cien millones de kilómetros de radio. Los miles de fragmentos rocosos que compartían la órbita del asentamiento alrededor de la estrella aparecían como un halo granuloso de color anaranjado, al igual que los otros dos anillos de asteroides. La estrella brillaba en un costado de la esfera con su sosegado fulgor blanco. Varios puntos verdes en movimiento, señalados con etiquetas alfanuméricas, identificaban otras tantas naves que se encontraban en el sector en el momento. La línea de balizas que daba acceso a la Colonia a través de la Aglomeración aparecía en amarillo. Pero Catherine y Jean Michael tenían su atención centrada en la línea azul brillante que señalaba el rumbo de aproximación de la Elcano, una vez pasado el Oort y el sistema planetario exterior. Una etiqueta más extensa que las demás mostraba los datos de navegación más importantes de la nave. La comandante se acercó un poco más a la pantalla, con los ojos entornados. No era que le fallase la vista, al contrario. Eran la curiosidad y la impaciencia las que la hacían escrutar la pantalla como si su mirada pudiese obligar al ordenador a decirle qué remolcaba la nave de sus amigos.

Catherine Branighan era una mujer de cuarenta y siete años. Medía metro sesenta y tres y, aunque musculosa, su figura era perfectamente femenina. La edad y las responsabilidades de su cargo habían formado marcadas líneas de expresión en su cara. No obstante, su rostro de pómulos altos conservaba las líneas suaves y los rasgos sensuales de la belleza que había sido en su juventud. Era una mujer muy atractiva, pero emanaba autoridad e infundía un gran respeto. Sus grandes ojos almendrados, de un color castaño dorado, lo escrutaban todo con espíritu crítico y eficiente. Pero, tras aquella fachada de dureza y responsabilidad, brillaban un espíritu juvenil y un humor inteligente que, para quienes la conocían bien, constituían su principal encanto. Siempre llevaba la abundante melena cobriza perfectamente recortada y suelta sobre los hombros. Le encantaba sentir el cabello acariciando sus mejillas y su cuello.

Apoyó el antebrazo en el respaldo del asiento, tras el cuello de Fortiers. El joven sintió un hormigueo que recorrió su columna vertebral y se ruborizó levemente. El delicado aroma de la comandante y su madura belleza lo turbaban. Al inclinarse hacia la pantalla, su busto quedó a la altura de sus ojos, firme y pleno a pesar de la edad. Carraspeó y trató de disimular sus miradas de soslayo a las sensuales turgencias de la mujer. Ella sonrió para sus adentros. Aunque siempre mantenía la disciplina y las formas, le encantaba provocar aquellas reacciones en sus hombres, sobre todo en los jóvenes. Hacían que su autoestima alcanzase cotas astronómicas. Seguro que el uniforme ajustado que lucía, que marcaba sugerentemente su anatomía, contribuía en gran medida al azoramiento del pobre muchacho. Por otro lado, aquel inocente juego de seducción creaba un ambiente distendido y amigable con la tripulación, lo que contribuía al compañerismo y a la lealtad entre todos.

Apareció una nueva indicación en la pantalla, procedente de la Elcano. Era un cuadro de texto. Fortiers lo leyó.

—Señora, solicitan un vector de aproximación despejado para la Bóveda Diecinueve. Y un equipo médico para atender a... a una recién nacida y a su madre... —Había un deje de sorpresa en su voz.
—¿La Bóveda Diecinueve? ¿Por qué? Es tan solo un gran espacio vacío. Se ha construido para albergar el invernadero de pluvisilva africana...
—Parece ser que no quieren que haya curiosos metiendo las narices antes de que las autoridades pertinentes examinen el objeto. Pero me temo que será difícil...
—¿Y eso porqué?
—Pues porque sea lo que sea lo que arrastran, es casi tan grande como la Elcano misma. Y porque han de pasar justo por delante de los niveles residenciales y de ocio.
—Vaya por Dios. Facilíteles las coordenadas y envíe al Neptuno junto a una escuadrilla de cazas para que les escolten y mantengan a raya a los mirones—dijo Branighan con gesto cansado.

Se levantó, para alivio del joven operador. Su profunda mirada castaña observaba detalladamente todos los datos que mostraban las diferentes pantallas, tratando de averiguar qué diablos habían encontrado Li y Mónica allí fuera. Se habían arriesgado a un vuelo de veintidós días a altísima velocidad, cuando habrían llegado en apenas unos minutos a hipervelocidad. Los conocía lo suficiente como para saber que lo que transportaban debía ser realmente extraordinario y... De repente algo cruzó su mente. Un comentario que se le había pasado por alto en primera instancia. Se giró de nuevo hacia Fortiers, traspasándolo con la intensidad de su hermosa mirada.

—Un momento, un momento... ¿qué es lo que ha dicho antes? —Preguntó de pronto, con el ceño fruncido y los ojos convertidos en dos ranuras.
—Que sea lo que sea lo que arrastran es casi tan grande como...
—No, no —le interrumpió ella—. Antes de eso.
—Antes de eso —respondió Fortiers, tras unos instantes de duda—, he dicho que solicitaban acceso a la Bóveda Diecinueve y asistencia médica...
—Asistencia médica... —De pronto, recordó— ¿Asistencia para una recién nacida? ¿Es eso lo que dijo antes?
—Sí, en efecto. Solicitan un equipo médico para atender a...
—¡Pero cómo puede ser tan idiota! —exclamó, interrumpiéndolo— ¿Me está diciendo que Mónica Llanos ha dado a luz en la nave, en medio del espacio, con la única ayuda de su marido y del Programa Médico Autónomo? —Se podía apreciar la divertida ironía en su voz.
—Ssssi..., sí señora. Creo... —El pobre estaba algo confundido.

Un denso silencio se instaló entre los dos. Se sostuvieron la mirada un momento. De repente, la comandante Catherine Branighan, que siempre mostraba una fachada de seriedad y eficiencia, estalló en incontrolables carcajadas. Rió tanto y tan a gusto que los calambres hicieron que se doblase por la cintura, abrazándose el estómago mientras gruesas lágrimas resbalaban por sus mejillas. Ni siquiera podía hablar, pues era tal la intensidad de su risa que llegó a ponerse morada por la falta de aire. Justo cuando creía que se iba a ahogar, logró inspirar de nuevo. Sólo consiguió seguir desternillándose con más ganas. Tuvo que cruzar las piernas con fuerza para evitar una situación vergonzosa. Le dolía cada vez más la musculatura abdominal y la mandíbula. Le faltó muy poco para caerse al suelo.

El resto del personal del puente, ante la explosión de risa de la comandante, se miraron los unos a los otros, estupefactos. No duró mucho; las carcajadas de Branighan eran terriblemente contagiosas y, uno tras otro, fueron sumándose inevitablemente a ellas, tímidamente al principio, pero más desinhibidamente a cada instante. Al poco, las veinte personas que había en el puente del Aries, hombres y mujeres, se partían de risa por todas partes. Y lo mejor era que la gran mayoría ni siquiera sabía qué había causado aquel estallido de buen humor. Sólo se reían de verse unos a otros y la algazara general estaba adquiriendo la magnitud de una fuerza de la Naturaleza. No podían hablar, ni moverse, ni casi respirar. El puente era un mar de lágrimas y de gente retorciéndose de risa y luchando por no caerse al suelo.

Al cabo de unos minutos la situación empezó a normalizarse, pues todo el mundo estaba completamente exhausto y dolorido. Una nave cisterna procedente del Sistema Boreas, repleta de agua procesada, solicitaba permiso para acceder al interior de la Aglomeración y efectuar el descanso del hipermotor. Poco a poco, los tripulantes fueron volviendo a sus puestos, secándose los ojos con el dorso de la mano o las mangas de las camisas y con una sonrisa divertida en los labios que no se borraría de sus caras durante un buen rato. El suboficial, al ver el estado de la comandante, autorizó el acceso de la nave cisterna.

Luchando por devolver su respiración a la normalidad y con el estómago acalambrado, Fortiers llamó la atención de la comandante Branighan, que se había sentado en el sillón de mando para no caer al suelo. Se estaba enjugando las lágrimas que le resbalaban por las mejillas entre hipidos y toses. Aún no había conseguido recuperarse totalmente y a duras penas lograba contener la risa.

—Comandante...—tosió—Perdón. No quiero parecer entrometido pero, ¿a qué ha venido todo esto?—Abarcó el puente con un gesto circular de su brazo. Poco a poco, la sala de mando volvía a su estado habitual—¿Por qué le ha hecho tanta gracia la información del nacimiento de la niña?
—Se lo voy a decir. —Se pasó el dorso de la mano por los ojos llorosos— Resulta que conozco muy bien a ésos dos elementos que tripulan la Elcano y no me puedo imaginar a Liiiiii...—Su voz se perdió en una nota aguda. Fue incapaz de seguir y volvió a sufrir otro ataque de risa. Trataba de hablar pero le era imposible. Al cabo de unos dos minutos logró recuperar precariamente la compostura—. Lo siento... Ay, madre... Ay... Ay, Dios. A ver, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! Como decía, no me puedo imaginar a ese hombre tan serio...—Se detuvo, sonriendo durante un segundo, temiendo un nuevo ataque. Continuó—… tan serio, digo, delante de una Mónica sudorosa y casi histérica, nervioso como un adolescente en su primera vez, con las manos metidas hasta las muñecas en un parto. Y, para colmo, todo bajo el control de un programa informático que les guía para traer a su hija al mundo... Hubiese pagado por verlo, se lo juro. Ésos dos solos en medio del espacio y en una situación de ese calibre... ¡Realmente impagable!—exclamó divertida.
—La verdad es que, visto así, la cosa tiene su gracia, no hay duda—concedió risueño Fortiers.
—Sí, sí que la tiene. En fin, infórmeme—pidió la comandante, tratando de serenarse. No acababa de conseguirlo—. Distancia de la Elcano a la Colonia, velocidad, tiempo de llegada... todo.
—Empezaron la secuencia de frenado a cincuenta y una Unidades Astronómicas[1]. Se encuentran a unos noventa millones de kilómetros, viajan a poco más de un cinco por ciento de la velocidad de la luz y siguen decelerando. La telemetría indica que la nave está en perfecto estado. Los escudos, amortiguadores y el compensador se encuentran a pleno rendimiento. Tiempo estimado de llegada tres horas y cuatro minutos.
—Veintidós días de navegación convencional… Están locos.
—Según los datos de que dispongo, el objeto que remolcan mide unos cuarenta metros de largo por diez de diámetro y su masa ronda las ochenta toneladas. Lo cierto es que es sorprendentemente ligero para su tamaño. Más aún si lo comparamos con las casi setecientas toneladas de la Elcano.
—Esos datos no comprometen en absoluto las capacidades de frenado, maniobra e hipervelocidad de esa nave. ¿Qué narices es eso que llevan para que hayan tomado la decisión de ir con tanto cuidado y no usar la hiperpropulsión? ¿Dice algo la red informática?
—No. No han incluido ningún dato del objeto en la memoria de la navicomputadora.
—¿Y los telescopios?
—La Elcano se acerca en un ángulo que cubre al objeto con su propia masa.
—¡Mierda! Quiero saber qué diablos traen ahí. Transmita los vectores de aproximación, pero varíe las coordenadas del sector seis a rumbo uno ocho ocho.
—Así que quiere hacerles pasar justo por delante de nosotros, ¿no? —preguntó el joven, entrecerrando los ojos con suspicacia.
—Por supuesto. Una parte de nuestra misión es controlar el tráfico de entrada y no voy a darles acceso a menos que vea qué traen—respondió ella, elevando una ceja con suficiencia, mientras miraba por la ventana.
“¿Qué habéis encontrado, chicos...?”—pensó la comandante, mirando al vacío nebuloso del exterior.
—Transmitiendo la ruta de aproximación con la variación de vector. Transmisión finalizada—dijo Fortiers, mirando a la comandante de reojo con expresión divertida—. La Elcano la ha recibido.

*

Mónica manejaba los controles de vuelo, mientras Li monitorizaba a su extraordinario invitado desde la cubierta de popa. Alexia estaba durmiendo en un nido de ropa que se encontraba al lado de su madre, en una depresión con forma de cuenco del bloque central de mandos. Anteriormente había servido para alojar el tablero de control ambiental de los camarotes de pasajeros. Al ser modificada la nave, la mayoría de los alojamientos se sustituyeron por dos amplias bodegas y se eliminó el aparato, que fue sustituido por un escáner cóncavo de muestras minerales. Como en esos momentos no iban a usarlo, y tenía el tamaño adecuado, cumplía a la perfección su improvisada función de cuna.

Comprobó los datos de navegación, prestando especial atención a la secuencia de desaceleración. Los tanques de combustible se encontraban a menos del diez por ciento de su capacidad. Tantos días alimentando ininterrumpidamente el escudo de protones, y los larguísimos encendidos de aceleración y frenado, habían mermado seriamente las reservas. Tenían poco propulsante. Pero, según sus cálculos, bastaría para atracar con seguridad. Además, en caso de necesidad, siempre podían pedir ayuda a alguno de los remolcadores de la Colonia.

Los cuatro motores principales estaban orientados a proa. Así sus chorros de impulsión se oponían al movimiento de la nave, frenándola. Miró por una de las ventanillas laterales de la cabina, hacia atrás. Los dos motores que veía desde allí, los de babor, emitían un poderoso flujo de brillante plasma azulado, pues estaban funcionando casi a plena potencia. Habían preferido no correr el riesgo de dañar al animal y, por tanto, Mónica programó el campo de amortiguación englobando a la nave y a su acompañante. Así forzaba bastante el compensador, a causa del gran volumen en el que debía actuar, pero se aseguraba de reducir al mínimo los efectos del frenado en la pavorosa herida del costado de la criatura. Dado el débil estado en que se encontraba, no quería obligar a su organismo a enfrentarse a más dificultades. Durante el viaje trataron de suministrarle energía de todas las formas que pudieron concebir, con la excepción del paréntesis ocasionado por el nacimiento de Alexia.

Cuatro días después del parto, Li dejó que su mujer volviese paulatinamente al trabajo, cuando consideró que había descansado lo suficiente como para realizar tareas suaves. Por supuesto, ella ya se había querido levantar al día siguiente de dar a luz, pero él se negó en redondo, firme como una roca. Y el Programa Médico Autónomo lo apoyó. Así que no tuvo más remedio que armarse de paciencia y descansar. Aunque, la verdad, estar junto a su hijita hizo que no notase el paso del tiempo. Se pasaba horas mirándola con infinita ternura, ya fuese dormida o succionando sus pechos.

Tras veintidós días de viaje, el estado del animal había mejorado ligeramente, o, al menos, eso creyeron interpretar ellos. Abrió los ojos en varias ocasiones, pero siempre volvía a reducir su metabolismo al mínimo y se quedaba allí, flotando inmóvil tras la nave y absorbiendo energía. También intentaron alimentarle, pero el animal no estaba por la labor. Y ellos tampoco tenían ni la más remota idea de qué debía comer aquel ser.

Se encontraban en aquel momento a menos de noventa millones de kilómetros de la Colonia, a un cinco por ciento de la velocidad luz y reduciendo. Entrarían en la línea principal de balizas en unas tres horas, con un impulso adecuado para atracar. El asentamiento todavía se encontraba demasiado alejado como para verse a simple vista, pero el sensor óptico del telescopio ya lo mostraba en el monitor.

Mónica miraba la diminuta y distante estrella que marcaba el camino a casa. La joven se deleitó observando los etéreos y brillantes filamentos de gas del interior de la nebulosa planetaria de Helia, como hacía siempre que regresaba al hogar. Varios millones de años atrás la antigua estrella amarilla había agotado el hidrógeno de su núcleo, lo que detuvo la reacción de fusión que la mantenía estable y la precipitó hacia la fase final de su “vida”. Se convirtió en una gigante roja que destruyó los planetas más cercanos a ella. Cuando no pudo soportar más su propia gravedad, Helia colapsó. Emitió al espacio sus capas exteriores, formando el bellísimo y grueso anillo de gases multicolores que se expandía y disipaba lentamente. Su ardiente núcleo, presionado por la abrumadora fuerza del colapso gravitatorio, quedó atrás, increíblemente denso y caliente. La estrella se convirtió así en una refulgente enana blanca. Pero Mónica sabía perfectamente que su níveo brillo era tan sólo un espejismo. Al contrario que en las estrellas “vivas”, alimentadas por las poderosas reacciones nucleares de sus corazones, Helia era un astro muerto, una brasa que resplandecía porque estaba terriblemente caliente. Durante los próximos miles de millones de años se iría enfriando lentamente, cambiando paulatinamente de color, pasando del blanco al amarillo, al anaranjado, al rojo y al marrón. Al final, perdido todo brillo, y tan fría como el espacio que la rodease en ese futuro lejano, se habría convertido en una enana negra, el invisible cadáver de lo que otrora fue un rutilante sol, y así permanecería hasta que el Universo llegase a su fin.

Admiró los tonos azules, verdes, amarillos y rojos de los anillos nebulosos que habían dejado atrás. Los hermosos colores eran provocados por las radiaciones de Helia al excitar las moléculas gaseosas. La nebulosa tenía un diámetro aproximado de medio año luz, por lo que el gas era bastante denso. La estrellita brillaba justo en su centro con una luz blanca inmaculada. Ella sabía bien que, aunque Helia era pequeña (apenas mayor que un planeta como la Tierra o Vian’har), su densidad era abrumadora. Una cucharilla de café llena de la materia que la componía pesaría más de mil toneladas. Se estremeció ante la idea de que pudiese existir algo de aquella naturaleza.

Un destello azulado a proa llamó su atención, sacándola de sus reflexiones.

El escudo de energía brillaba ocasionalmente cuando algún pequeño fragmento errante impactaba contra él. De no contar con los escudos deflectores, apenas sería posible la navegación a grandes velocidades. Para ello se precisaría un enorme, denso y pesado escudo frontal que impediría saber qué había delante. El escudo de energía permitía esquivar y destruir objetos de un tamaño que ningún material habría sido capaz de detener.

Había sido una buena idea configurarlo, a máxima potencia, como una amplia sombrilla cónica ante la proa de la embarcación. Protegía eficazmente a la Elcano y al animal. Aunque Mónica no podía evitar inquietarse cada vez que veía un destello, claro indicativo de un impacto.

El escudo de una nave estelar está compuesto por varias capas distintas de deflectores. En general, son tres: la interior es de naturaleza electromagnética, protege la embarcación de las radiaciones espaciales y su geometría no se puede modificar.

La segunda capa está compuesta por una red de partículas de alta energía, generalmente protones confinados en estrechos haces magnéticos anulares, que se hacen rotar a gran velocidad alrededor del casco. Provocan la destrucción o desviación de objetos sólidos, según el tamaño de éstos. Permite alterar su morfología, aumentando su potencia en unos sectores y disminuyéndola en otros, para proteger partes específicas del casco.

Por último, el tercer blindaje, el Escudo de Combate, heredado de la tecnología confiscada a los Amos, es una emisión de partículas energéticas condensadas que envuelve la nave como un capullo. Su función es puramente defensiva, bloqueando, desviando o absorbiendo los disparos de las armas de energía. Su geometría se puede modificar de forma casi ilimitada. Sólo se activa cuando es previsible un ataque. Realmente no se sabe muy bien cómo funciona y la tecnología de la Confederación no puede sostener estos escudos más allá de unos minutos. Requieren muchísima potencia y los cristales de control se degradan rápidamente con el uso.

Pero la coraza invisible tiene puntos débiles: los dos escudos de energía no sirven para detener impactos de cuerpos sólidos; y el blindaje de partículas, que sí lo hace (con sus limitaciones), es permeable a todo tipo de rayos.

Mónica pasaba mucho tiempo pendiente de la pantalla del radar, algo que no hacía habitualmente. Normalmente, las naves no volaban a aquella velocidad por el espacio convencional. Cuando querían ir a algún lugar alejado, saltaban al Hiperespacio y punto. La velocidad de la embarcación antes y después del salto era exactamente la misma. No se acostumbraba a navegar a altas velocidades porque no era necesario ni seguro. Exceptuando casos de emergencia o especiales, como el encuentro con la sorprendente criatura espacial, en que se admitía alcanzar hasta 0.5c[2], las Normas de Navegación recomendaban no sobrepasar los 150.000 km/h en navegación convencional. En esas condiciones el escudo de partículas, en su configuración básica, podía destruir cuerpos de hasta medio metro de diámetro y desviar objetos de hasta cinco metros. Aunque un choque así haría temblar la nave de arriba abajo, ni el casco ni sus ocupantes sufrirían ningún daño.

El avanzado radar anticolisión, basado en fluctuaciones cuánticas del fondo de radiación próximo, tenía un umbral de detección de cuarenta centímetros a cuatrocientos mil kilómetros y de tres centímetros a cinco mil kilómetros. A la velocidad de la Elcano en aquel momento, de un cinco por ciento de la de la luz, el escudo, en su configuración habitual, no sería capaz de desviar nada mayor que una pelota de tenis... un tamaño que no sería captado por el radar hasta que no hubiese tiempo material de evitar el impacto. Así que Mónica y Li habían concentrado todo el blindaje de partículas a proa, realizando algunas modificaciones temporales y forzando los generadores al máximo. De ese modo lograron aumentar el límite de resistencia del escudo casi hasta los setenta centímetros de diámetro, a costa de dejar el resto de la nave desprotegida ante cualquier impacto lateral… algo poco probable por la propia velocidad a la que navegaban. El radar “sentía” los objetos de ese tamaño a setecientos mil kilómetros, cerca ya de su alcance absoluto. Por tanto, a aquella velocidad, disponían de unos cuarenta y seis segundos, desde la detección hasta el impacto, para modificar la trayectoria levemente y evitar la colisión.

Mónica había programado a Vyla para que dedicase todos los sensores de vuelo de la nave a escanear el espacio a proa, a máxima sensibilidad. También le otorgó plena potestad para variar el rumbo a la menor señal de peligro, sin esperar confirmación del objeto ni autorización del piloto. Aunque confiaba plenamente en la eficiencia de la navicomputadora, no podía evitar sentir un nervioso hormigueo en la espalda cada vez que se alejaba de la cabina de mando. El menor fallo podía significar la muerte inmediata de los tres sin saber qué les había golpeado. Nunca antes había volado tanto tiempo a tanta velocidad. Y la presencia de Alexia a bordo aumentaba aún más su intranquilidad. Era tan pequeña, tan indefensa...

Lo más grande con lo que habían colisionado en todo el viaje no pasaba de diez centímetros. La computadora había esquivado ocho señales potencialmente conflictivas. En dos de aquellas ocasiones, Mónica estaba presente en el puente. Pero, aunque no habían sufrido ningún percance, cada vez que se producía un destello en la invisible pantalla de fuerza no podía evitar que el vello de la nuca se le erizase.

“Habrá que revisar a fondo los emisores del escudo de partículas de proa. Llevan tres semanas funcionando a pleno rendimiento de forma continuada. Podrían fallar en cualquier momento. Tenemos suerte de que no se hayan sobrecargado. Si hubiesen estallado...”, pensó, preocupada. “Éste ha sido un viaje que espero no tener que repetir nunca más.”

Estaba sumida en sus cavilaciones, buscando formas de reforzar todavía más la potencia del escudo de partículas sin comprometer los emisores, cuando sonó un aviso en el panel central. La pantalla principal cambió, mostrando una semiesfera tridimensional esquemática del espacio circundante, con un radio de doscientos mil kilómetros. En el centro de la base estaba la Elcano, representada por una navecita amarilla, y un óvalo azul tras ella, que representaba a la criatura que remolcaban. En un costado apareció una distorsión que deformó las líneas del esquema. Un triángulo grande y verde, flanqueado por cuatro más pequeños, apareció en el centro de la anomalía. Las cinco naves volaban hacia ellos, acelerando a lo largo de una amplia trayectoria curva para situarse junto a la Elcano e igualar su velocidad y rumbo.

—Li, tenemos compañía…—dijo por el intercomunicador interno, con una sonrisa al reconocer los datos de las naves—. Parece que vienen a escoltarnos. Acaban de salir de hipervelocidad justo a estribor de proa, a ciento cincuenta mil kilómetros.
—¿Quiénes vienen? —respondió él.
—Según los datos de sus transpondedores, es el Neptuno. Y cuatro cazas ligeros.
—¡Ah! Nuestro amigo Cortés viene a darnos la bienvenida. Seguro que se alegra de vernos.

En ese mismo instante la pantalla de la consola de comunicaciones se iluminó. Mónica inclinó la cabeza hacia ella, para comprobar el mensaje entrante.

—Estamos recibiendo una transmisión del E. Son los vectores finales de aproximación y coordenadas de entrada para la baliza de la bóveda Diecinueve. Hum... Hay una desviación de ángulo de nueve grados en el sector seis.
—Eso nos hace pasar a unos quinientos metros a babor del Aries. Justo por delante del puente de mando —comentó él, casi al instante.

Li tenía una facilidad pasmosa para ubicarse en el espacio y calcular mentalmente rumbos, trayectorias y vectores. Era algo que siempre la había fascinado. Aún no comprendía cómo era posible que una mente tan dotada para la trigonometría, y las matemáticas en general, pudiese ser tan cálida y sensible en las relaciones personales.

—Parece que a Cat se la come la curiosidad, ¿no? Ha variado los datos de rumbo para que pasemos ante ella y ser la primera en ver qué llevamos.
—Sonrió, divertida.
—Sí, seguro que sí.
—El Neptuno va a entrar en alcance visual en unos minutos. Voy a llamar a Cortés, para prevenirle y para ver si lo convenzo de que no le diga nada a Catherine hasta que nos acerquemos al Aries.

*


Ramiro Cortés estaba sentado en el sillón de mando, con el codo en el apoyabrazos y la cabeza sobre la mano. Miraba el fondo multicolor de la nebulosa con el ceño fruncido. Llevaba días escuchando todo tipo de rumores acerca de la extraña tardanza de la Elcano. Y, de pronto, Catherine lo enviaba a interceptar a toda prisa a la nave exploradora y escoltarla a casa con una escuadrilla de cazas armados. No le acababa de gustar todo aquello. Los secretismos lo ponían enfermo. Estupideces de ese tipo habían acabado con la destrucción de la vida en la Tierra. Lejos de aprender de sus errores, los humanos continuaban haciendo el imbécil. “¿Cuándo aprenderemos que solo lograremos sobrevivir cooperando y confiando plenamente los unos en los otros?”, pensó, fastidiado.

Cambió de posición y comprobó los datos de navegación en su pantalla personal. Un rápido vistazo al resto de monitores del puente y se hizo una idea del estado de la nave y de lo que la rodeaba. Exceptuándolos a ellos mismos, a la Elcano y su misteriosa carga, allí afuera no había nada en diez millones de kilómetros a la redonda. Acarició el apoyabrazos derecho, forrado de un material que imitaba el cuero. Amaba aquella nave.

La cañonera estelar Neptuno era un navío de combate de cuarenta y tres metros de eslora. Formaba parte de una de las tres escuadras que se encargaban de la defensa de la Colonia. Aquella clase de embarcación había sido ideada como una plataforma de armamento móvil, pero con una gran agilidad. La sobredimensionada red de potencia ocupaba la mayor parte del espacio interior del casco, para garantizar la enorme demanda de energía de la nave cuando todos sus sistemas trabajaban a pleno rendimiento. Y no era para menos: los escudos habían sido amplificados hasta igualar la potencia de naves militares tres veces mayores y el chasis de hiperpropulsión alcanzaba y mantenía el nivel cuatro durante tres horas. El sistema de energía estaba formado por dos grandes núcleos gemelos de fusión, dos reactores nucleares de apoyo y dos largas bancadas de células energéticas compactas. Poseía asimismo un sistema auxiliar alimentado por un generador de celdas de combustible y cada torreta de combate equipaba su propia célula de energía autónoma, por si fallaba el suministro principal.

El armamento comprendía dos pulsocañones pesados de plasma a proa de manufactura jurhanii, dos torretas láser pesadas de rayo continuo en la cubierta y otras dos en la quilla, cuatro ametralladoras omnidireccionales de proyectiles explosivos de 150 milímetros en las bordas, seis torretas de ráfagas de 25 milímetros anticaza en los costados, y dos torres lanzadoras de cabezas armadas, una en el lomo y la otra en el vientre. Cada lanzador cargaba diez misiles perseguidores anticaza y cuatro torpedos pesados altamente explosivos con guiado por láser, usados para abatir naves grandes sin escudos. La estructura del Neptuno estaba reforzada y el casco muy blindado. Su forma estilizada reducía el blanco ante un ataque, con toda la maquinaria protegida. Sólo exponía los sistemas imprescindibles, como los amplios radiadores de refrigeración o los integradores de hipervelocidad. Sin olvidar los potentes motores gemelos, alojados en dos góndolas retráctiles de quince metros de longitud, una a cada costado de popa, y fuertemente acorazadas. Pero, a pesar de su gran masa, la movilidad de las góndolas motrices, los potentes impulsores auxiliares repartidos por el casco y el sistema giroscópico de posicionamiento dotaban a la embarcación de una sorprendente agilidad y maniobrabilidad para su tamaño.

La voluminosa maquinaria dejaba el espacio suficiente para que una tripulación de doce personas pudiese desenvolverse con bastante comodidad durante meses. Tenían a su disposición camarotes dobles, cada uno con su baño, comedor común, cocina, despensa y dos salas de recreo. También estaba el puente, la cubierta de cápsulas de evacuación, la bodega de carga, la sala de reuniones, una completa enfermería y el taller de mantenimiento. El resto lo ocupaban tanques de contenidos diversos, pasillos de mantenimiento y demás.

Cortés se levantó del asiento y se irguió cuan largo era, estirándose con los brazos a la espalda. Sus vértebras crujieron suavemente. Ya no era ningún jovencito, desde luego. Sus articulaciones empezaban a cansarse y cada vez toleraban menos la inmovilidad.

Era un hombre corpulento, de espalda y hombros anchos como los de un caballo. A pesar de su metro setenta de estatura, su presencia era imponente. No había ni un gramo de grasa en sus ochenta y cinco kilos, pero su musculatura tampoco era excesiva. A sus sesenta y un años las sienes presentaban un color blanco plateado que contrastaba con el negro azabache del resto de su cabello, impecablemente cortado. Su cara, de facciones duras y angulosas, estaba enmarcada por una fina barba bien arreglada, pero su mirada gris era franca y noble. En ella se adivinaba el brillo de los que habían nacido en la Tierra, antes del Éxodo. No llevaba uniforme. Se negaba rotundamente a ello. En las circunstancias en las que vivía la humanidad desde hacía más de un siglo, aquellas banalidades castrenses de antaño habían dejado de tener validez. Quien quería usar uniforme lo hacía y quien no quería, no. Eso sí, higiene y pulcritud eran máximas sagradas. Vestía una camiseta de manga corta, de un tejido vegetal vianhio parecido al algodón, unos viejos pantalones tejanos con más de un siglo de antigüedad, a los que cuidaba con mimo, y botas magnéticas negras de media caña. Se tocaba con un añejo gorro de lana de color rojo desvahído, el único objeto que conservaba de su legado familiar. Llevaba un andrajoso pañuelo azul anudado en el bíceps izquierdo, para no olvidar nunca una promesa que le hizo a un amigo en el momento de su muerte. Le gustaba llevar una antigua pipa de hueso en los labios, que nunca había encendido, pues el tabaco ya hacía décadas que no existía. De todas formas, seguro que habría estado prohibido fumar en las naves de la Flota.

Cortés era de ascendencia panameña, el último de una familia de larga tradición marinera que se remontaba casi a tiempos de Cristóbal Colón. Por eso le gustaba parecerse, en la medida de lo posible, a aquellos bravos navegantes que surcaban los mares en primitivas embarcaciones de madera y tela, de los que se sentía orgulloso heredero. Antes del Neptuno, había capitaneado la James Cook que, junto con la Elcano, fue la responsable del primer contacto con los vianhios, dos semanas después de abandonar la Tierra. Él era tan sólo un crío en aquel entonces. Pero pronto demostró una notable habilidad como piloto. Con los años fue ascendiendo en el escalafón, hasta que obtuvo el mando de la veterana nave exploradora. Fue su capitán durante siete años. En la batalla del Conflicto de Boreas, contra los naderios, la James Cook fue destruida. Cortés logró salvar a sus diez tripulantes antes de que los motores detonasen. En el transcurso de la evacuación de la nave se lesionó la rodilla derecha. Desde entonces cojeaba ligeramente. Un año después, tras recuperarse de las lesiones, le asignaron como premio el puesto de capitán del Neptuno, que ocupaba desde entonces.

A menudo pensaba en la gran diferencia que había entre los vianhios y los naderios. De las cinco civilizaciones del sector, los primeros estaban tecnológica y socialmente más avanzados que los humanos. Era una cultura pacífica y solidaria, que recibió con los brazos abiertos a los refugiados terrícolas, dándoles todo su apoyo y compartiendo con ellos parte de su tecnología desde el primer momento. De no ser por los vianhios, lo hubiesen tenido muy difícil para sobrevivir. Aunque a Cortés siempre le había parecido cuando menos curiosa aquella actitud tan abierta y amigable. No era desconfianza, en absoluto. Más bien tenía la vaga impresión de que los vianhios se sentían en deuda con los humanos por alguna razón que no alcanzaba a comprender.

En cambio, los naderios, con un desarrollo tecnológico algo menor que el de la Confederación, no hacían más que crear problemas. Nader es un sistema con pocos recursos, que no tiene cinturones de asteroides ni halos de gas, y con sólo tres pequeños planetas orbitando la vieja estrella enana anaranjada que constituye el corazón del sistema. Sus habitantes son altivos y orgullosos y han hecho de la guerra y la confrontación la base de su civilización. Su planeta natal, Entanimoe, es un duro mundo desértico con un solo mar el doble de grande que el Mediterráneo, escarpadas y altas cordilleras tapizadas por una vegetación baja y espinosa, algunos ríos y poca tierra fértil. Su año dura casi dos de los de la Tierra y en la mayor parte de la superficie no llueve nunca. También es un mundo con escasez de depósitos minerales, de difícil extracción a causa de las violentas tormentas de arena que lo asolan cada cierto tiempo. Vian’har había ofrecido en repetidas ocasiones compartir la explotación de los ricos yacimientos espaciales cercanos a las fronteras con el Sistema Nader, pero ellos nunca lo habían aceptado. Las tensiones surgidas entre las dos civilizaciones durante la Era de la Esclavitud pesaban bastante en las relaciones mutuas. Consideraban que los vianhios se habían vuelto demasiado pacifistas y pusilánimes tras la Liberación, que no habían perdido la mirada de esclavos de sus ojos, así que no querían tratar con ellos en condiciones de igualdad. Por tanto, se dedicaban a asaltar las naves vianhias y jurhanii, a explotar los yacimientos próximos a su territorio sin pedir permiso y a desafiar a las modestas fuerzas armadas de sus vecinos. Así estuvieron unos cincuenta años.

Entonces llegaron los humanos. Los vianhios, y en menor medida los jurhanii, los ayudaron sin reservas. De hecho, Vian’har cedió una parte notable de su territorio a los refugiados de la Tierra para que pudiesen rehacer su civilización. La Concesión Humana incluía las dos “depresiones” de la Barrera actualmente denominadas Golfo de Eolia y Bahía de Cólquide, así como los sistemas Deméter y Boreas, situados dentro de la primera. Los nombres originales vianhios no eran aquellos, por supuesto, pero se cedió el honor a los humanos de renombrar a su gusto las zonas que habitarían a partir de entonces. Los yacimientos serían compartidos por las dos culturas a partes iguales, según el Tratado de Cooperación Mutua. El problema surgió con el Sistema Boreas. El Anillo de Agua estaba dentro de la Concesión Humana, cosa que a los naderios no les hizo ninguna gracia. Trataron de reclamar la propiedad exclusiva del valioso sistema. Los humanos, en deuda de gratitud con los vianhios, se opusieron con determinación, haciendo frente común con sus benefactores. Los naderios lo intentaron después por la fuerza. Y casi lo lograron. Fue entonces cuando humanos, vianhios, jurhanii y meggios se aliaron definitivamente, anularon todos los tratados anteriores y las declaraciones de voluntades, y se fundieron en una sola entidad: la Confederación. Una civilización, cuatro culturas. La avanzada tecnología de vianhios y meggios y jurhanii, combinada con el enorme e inagotable talento para la guerra de los terrícolas, se tradujo en la construcción de varias naves de combate, así como el reequipamiento y modernización de otras muchas.

El doce de diciembre del 14 del Éxodo[3] se produjo el enfrentamiento. Una numerosa armada naderia se dirigía a Boreas con intención de tomar posesión del sistema. Fueron interceptados cerca de Deméter por la flota de la Confederación, a la que se unieron varias embarcaciones de combate jurhanii. La batalla fue corta pero intensa. Enseguida quedó claro que las naves aliadas eran, en general, superiores a las de sus atacantes. Sólo fueron destruidas seis embarcaciones de la Confederación, todas ellas de modelos antiguos, como la James Cook. Hubo treinta y ocho muertos. Los naderios perdieron unas treinta naves y algo más de cien tripulantes. Heridos en su orgullo y en sus aspiraciones se retiraron, pero juraron venganza. Desde entonces atacaban a todas las naves que se acercaban a su territorio, especialmente a las humanas, en fulminantes acciones relámpago en las que no era extraño que se produjesen bajas. También realizaban incursiones en los sistemas de la Confederación. Se apropiaban de las embarcaciones, cuando tenían éxito, y dejaban a los supervivientes a la deriva en las cápsulas de salvamento. “Al menos, ese pétreo sentido del honor que tienen impide que sean unos asesinos despiadados”, pensó Cortés. Nunca habían matado a nadie a sangre fría, pues lo consideraban algo vergonzoso e indigno de guerreros orgullosos como ellos. El elevadísimo sentido del honor de los naderios era sagrado. Todos los muertos se habían producido en el transcurso de algún combate, pero jamás tras la rendición de sus presas. Una vez que abordaban la nave, obligaban a la tripulación a evacuarla y se la apropiaban.

En todos los años transcurridos desde entonces habían ido incrementando sus conocimientos tecnológicos gracias a las embarcaciones robadas, lo que había llevado a una velada carrera de armamento entre la Confederación y el Sol de Nader. La situación era de alta tensión, pero no de guerra declarada. Por suerte, nunca habían logrado capturar ninguna nave de combate construida con posterioridad al Conflicto de Boreas. Sólo se habían hecho con dos cruceros humanos anticuados, una manta de combate jurhanii casi destrozada y algunos cazas, además de multitud de naves civiles.

Así que, desde hacía varios años, Cortés tenía mucho trabajo. Pero todos los años que había pasado al mando de la James Cook y, más tarde, al del Neptuno, todas las cosas insólitas que había visto, los rumores de todo tipo que había oído y las muchas situaciones comprometidas que había vivido, no lo habían preparado para creer lo que vio en el momento en que la Elcano apareció ante sus ojos.

*

—Nave civil de exploración de Espacio Profundo J. S. Elcano llamando a Cañonera Estelar Neptuno. Al habla la capitana Mónica Llanos.

La pantalla principal cambió y mostró la imagen del puesto de mando del Neptuno con Ramiro Cortés sentado en el sillón de comandancia.

—Nave Elcano, aquí Neptuno. Hola, Mónica. Veo que te has vuelto muy formal en el establecimiento de comunicaciones—alzó una ceja, con expresión divertida. —¿Te encuentras bien?
—Hola, Cortés. Es que este viaje nos ha deparado sorpresas muy especiales y me ha embargado la responsabilidad—dijo ella con una luminosa sonrisa.
—¿Y puedo preguntar en qué han consistido esas sorpresas de que hablas, encanto?
—Ramiro Cortés, te recuerdo que soy una mujer casada—le amonestó falsamente ofendida, haciendo un mohín.
—Y eso es algo que siempre perturba mi sueño. Pero has de reconocer que mis piropos siempre te han gustado…
—Sí, la verdad es que sí. Los latinos sois un peligro... Aunque creo que ahora vas a tener que cambiar el objetivo de tus halagos. Mira qué tengo aquí —comentó ella, tecleando en la consola lateral para desplazar el objetivo de la cámara hacia su hija, a la vez que inclinaba tiernamente la cabeza hacia la izquierda.
—¡Rayos y truenos! ¡Pero qué...!—exclamó Cortés, levantándose de golpe del asiento a causa de la sorpresa. Tenía los dedos engarfiados en los apoyabrazos, con los nudillos blancos. —¿Cuándo has tenido ese bebé? ¿Has dado a luz en medio del espacio? ¿En la nave? ¿Sola?—Su voz se fue volviendo más aguda con cada pregunta.
—¡No, hombre, no! —rió ella—. Me ayudaron Li y la computadora.
—Lo que yo decía: sola —respondió él irónicamente, agitando la mano tras unos instantes de silenciosa incredulidad.
—Pobre. La verdad es que se portó muy bien, dadas las circunstancias. No todo el mundo hubiese mantenido la compostura ante una parturienta sudorosa, nerviosa y primeriza. —Hizo una pausa y adoptó un tono solemne—. Ramiro Cortés, te presento a nuestra hija, Alexia Llanos Wong.

En ese momento, como si hubiese estado planeado de antemano, la niña abrió los ojos. Mónica aprovechó la oportunidad e hizo zoom con la cámara sobre su carita. El extraordinario color violeta de sus ojos inundó las pantallas del Neptuno, destellando como si brillasen con luz propia. Cortés miró a la niña, boquiabierto.

—¡Carajo, Mónica! Es toda una belleza. Aunque habiendo nacido de ti, no esperaba menos... ¡Y vaya ojazos que tiene!
—Anda, zalamero, déjate de cumplidos—dijo ella, sonrojándose levemente.
—¿Y dónde está el feliz papá?
—Ésa es precisamente la segunda sorpresa.
—¿Y es...? —preguntó Cortés, impaciente.
—Está monitorizando el estado de salud de un invitado inesperado.
—¿Qué invitado? ¿Habéis rescatado a alguien?
—Pues sí… en cierta manera.
—¡Déjate de secretismos de una vez! ¿Me quieres decir qué está pasando ahí?
—Estás a tres minutos de nuestra posición. En unos momentos entraremos en tu campo visual. Entonces lo verás. ¡Chao! Elcano fuera —exclamó Mónica sonriente a la vez que cortaba la comunicación, dejando a Cortés estupefacto, confundido y devorado por la curiosidad.

La chica se arrellanó en el asiento, giró la cabeza y miró a la niña con dulzura. “Cortés tiene razón. Eres una criatura preciosa”, pensó. “Aunque claro: qué va a decir una madre de su hija.” Le hubiese parecido hermosa incluso siendo más fea que un pie sin uñas. Llamó a Li, que estaba en la esclusa de popa, y lo previno para el inminente encuentro con el Neptuno y los cazas.

*

Cortés volvió a sentarse y estudió los datos que aparecían en las pantallas. Estaban a punto de avistar a la Elcano y su misteriosa carga. No podía contener su curiosidad. La forma en que Mónica Llanos había cortado la comunicación le exasperaba. Luego volvió a recordar a la preciosa niña que había visto al lado de su madre. Sus ojos eran realmente extraordinarios. De hecho, los niños pertenecientes a la segunda generación de nacidos en el espacio tras el Éxodo, como Alexia, venían presentando una incidencia cada vez mayor de pequeñas mutaciones poco usuales, mayoritariamente inocuas. Cambios de pigmentación en cabello, ojos y uñas, estilización de las formas y aumento de la altura, ligero agrandamiento de los ojos, sentidos más agudos... Eran básicamente cambios estadísticos y estéticos. También habían aparecido muy ocasionalmente mutaciones dañinas, aunque los avanzados tratamientos de medicina genética las habían eliminado. Pero Cortés no había visto nunca unos ojos como los de Alexia...

El operador del puesto de sensores y comunicaciones llamó su atención. Su voz temblaba.

—Comandante Cortés... Tenemos a la Elcano a la vista... No va a creerlo...
—En pantalla—ordenó, mirándolo con extrañeza.

El gran monitor frontal cambió, pasando del mapa esquemático tridimensional del sector, a la elegante imagen de la nave exploradora recortada contra el fondo azul y verde de la Nebulosa. La escuadrilla había reducido la velocidad y se acercaba despacio a la posición de Mónica y Li, tras la amplia curva de aproximación. Se encontraban a cinco kilómetros y se podía ver una oscura forma alargada, salpicada por diminutos puntos de luz. El rayo tractor de popa, de color naranja desvaído, se hallaba en contacto con una masa fusiforme más oscura, aproximadamente de la mitad del tamaño de la nave. Las radiaciones hacían brillar tenuemente el campo de fuerza que envolvía a los dos objetos. La parte superior de la masa que remolcaban estaba fuertemente iluminada por los reflectores posteriores de la Elcano, pero aún estaban lejos para apreciar más detalles. El Neptuno, seguido por los cuatro cazas en formación, se fue aproximando lentamente, siguiendo la trayectoria programada que lo situaría de costado a cien metros del centro comprendido entre la nave de Mónica y el objeto que atoaba. Los cazas debían situarse alrededor, protegiendo todos los flancos.

Cuando se acercaron más, una exclamación de asombro recorrió el puente. Cortés, en un principio, no pudo comprender qué estaba viendo. Bien, en honor a la verdad, su cerebro lo entendió al instante, pero su mente no podía asimilarlo. Asió los apoyabrazos con ambas manos y se levantó lentamente, sin dejar de mirar la pantalla principal, como hipnotizado. Su razón se negaba a aceptar la evidencia que sus ojos le mostraban. Era absolutamente increíble. Los cerró y volvió a abrirlos. Seguía allí, desafiando toda lógica. Al final, completamente aturdido por la sorpresa, su mente cedió y aceptó lo que tenía ante sí. En ése momento lo entendió todo: la negativa a usar la hiperpropulsión, la larga navegación consiguiente, la dilatada deceleración...

“Remolcan una enorme criatura espacial...”.

*

La cara de Cortés ocupó toda la pantalla principal de la Elcano. Tenía los ojos cerrados y se pellizcaba el puente de la nariz con el pulgar y el índice, como si le doliese la cabeza. Empezó a hablar pausadamente. Mientras, Mónica sonreía divertida por el shock que había causado en su buen amigo.

—Ahora comprendo vuestra testarudez en cuanto a la hipervelocidad… Mónica, vida mía, mi amor, mi luz... ¿me puedes explicar, si eres tan amable… por favor… DE DÓNDE COÑO HAS SACADO A ÉSE BICHO?—gritó por fin, señalando hacia fuera con el dedo rígido, los ojos desorbitados y la respiración agitada.
—¡Vaya, qué elocuencia! Veo que te ha gustado nuestra pequeña sorpresa—rió ella, feliz.
—¡¡PERO... PERO, QUÉ SORPRESA NI QUÉ RÁBANOS!! ¿ERES CONSCIENTE, REPITO, REALMENTE CONSCIENTE DE LO QUE LLEVÁIS AHÍ DETRÁS? ¿ESTÁIS COMPLETAMENTE LOCOS LOS DOS? ¡ES... ES...!
—¿Increíble? ¿Fantástico? ¿Maravilloso? ¿Un sueño?—completó ella, con una carantoña.

Cortés se quedó inmóvil, con la boca abierta y un gesto de incredulidad en la cara. Recuperó lentamente algo de la compostura inicial, aunque un sudor frío bañaba su frente. Se estiró la camiseta y se sentó de nuevo. La impresión había sido tan devastadora que jadeaba nervioso, parpadeando compulsivamente. Se incorporó. Volvió a mirar a la pantalla.

—Sí, Mónica, tienes toda la razón—concedió, al cabo de unos segundos—. Es algo realmente fantástico. Extraordinario. No he visto nunca, ni esperado ver, nada parecido. Un animal que vive en el espacio... Increíble. Completamente increíble... —Murmuró, más para sí mismo que para ella.
—Ya. Algo así me había pasado por la mente...
—¿Estáis seguros de que no representa una amenaza?
—Está tan malherido que dudo que ni tan siquiera pueda pensar en defenderse—dijo ella, con una expresión de pena en su bello rostro.
—¿Y si se cura... qué?
—No lo sé. Parece que de su boca salían dos colmillos metálicos hacia delante, de longitud considerable, pero están partidos casi de raíz. Y las aletas presentan un borde aserrado muy afilado, aparte de numerosas crestas también metálicas dispuestas estratégicamente por todo su cuerpo. Pero como ha perdido las cuatro aletas de la izquierda, sus capacidades defensivas y motrices están prácticamente destruidas.

“En cuanto a sus habilidades energéticas, creemos que está preparado para manejar energías inmensas, sobretodo de naturaleza electromagnética. Al menos, por lo que llevamos averiguado hasta ahora. Aunque pensamos que es capaz de generar una potencia muy intensa por sus propios medios, las mayores energías las debe de canalizar directamente del ambiente.

“Y también hemos observado grandes vejigas en el tercio posterior del cuerpo, conectadas a dos cámaras blindadas orientables bajo la cola. Da toda la impresión de ser algún tipo de propulsor térmico.

—Fascinante. Es un descubrimiento excepcional. Pero no creo que haya aparecido de repente de la nada. Un ser así ha de llevar millones de años evolucionando. Y, por supuesto, no debe estar solo. Por lo que veo en los datos que me has transmitido, no parece una criatura en decadencia. Más bien da la impresión de pertenecer a una especie en plena evolución. Por tanto, deben de existir miles, quizá millones, de ellos. Me pregunto por qué los vianhios no nos han contado nunca nada al respecto...—comentó Cortés, pensativo.
—Quizá no los han visto nunca—aventuró Mónica.
—¡Por favor...!—exclamó, haciendo un gesto de incredulidad con la mano—. Llevan casi un siglo navegando por la región. Su territorio es inmenso y su tecnología más avanzada que la nuestra cuando llegamos aquí. Han tenido que encontrarse con ellos por fuerza—razonó él.
—Es posible que no los conozcan… si vienen del otro lado de la Barrera.
—¿Cómo dices?
—Lo encontramos relativamente cerca de las estribaciones orientales del Cabo Artemisio. Y, por los datos que la computadora de vuelo ha extrapolado de su rumbo probable, su trayectoria venía de dentro de la Barrera, atravesándola. A lo mejor se hirió tratando de franquearla. Personalmente, no lo creo, pues a mí me parece más el daño que provocaría un ataque. Incluso tengo la vaga impresión de que fue él quien atacó. No creo que lo hiciera para comer, pues la configuración de su cuerpo, su boca y sus “armas” no parecen propias de un predador. Por tanto, me inclino a pensar que trató de defenderse, a sí mismo o a algún otro animal.
—Y tú, ¿cómo sabes todo eso?
—No lo sé. Llámalo intuición femenina, o sentido común. He pasado días mirando sus ojos y no he visto en ellos nada que me haga pensar que hay en él ni tan siquiera un atisbo de malicia o amenaza. Al contrario. He visto gratitud, confianza, comprensión y una aguda inteligencia. Sí, ya sé, sólo hablo de impresiones y suposiciones. Pero te puedo asegurar que no se trata de la habitual tendencia de las personas de humanizar las acciones y las emociones de los animales. Ramiro, estoy completamente segura de lo que digo.
—De acuerdo. No sé por qué, pero te creo. Entonces, si viene del otro lado de la Barrera como tú dices, tenemos aquí un verdadero misterio: cómo ha conseguido cruzar. Sabes tan bien como yo que todas las tecnologías de impulsión que se han experimentado para atravesar el Muro han sido completamente inútiles. Y no se puede utilizar la hipervelocidad, porque la Barrera destruye la ventana de hiperespacio y porque no hay computadora capaz de compensar y controlar las tremendas y caóticas fuerzas que imperan en la región. Es una zona terriblemente inestable, inundada de anomalías gravitatorias, sombras de masa, distorsiones energéticas y Dios sabe qué más.
—Sí, lo sé.
—Sólo puede atravesarse por inercia, si se tiene la suerte de no chocar contra nada. Pero la Barrera tiene un grosor desconocido, aunque se cree que oscila entre dos y siete años luz. Su longitud y su anchura también son completamente desconocidas.
—Sí, todo eso lo sé. Es como una pared puesta en medio de la Gran Nebulosa, que queda prácticamente partida en dos.
—Entonces, ¿cómo lo ha hecho nuestro amigo?
—No tengo idea. Es evidente que no usa sistemas electrónicos, no tiene computadoras y no posee nada capaz de reunir la energía necesaria para abrir ventanas al Hiperespacio. Por tanto, sólo ha podido cruzar por inercia.
—Pero, dada la velocidad relativamente reducida a la que derivaba cuando lo encontrasteis, habría tardado siglos en traspasar la Barrera. No sé cuánto tiempo vivirán estos bichos, pero me parece un tiempo excesivo incluso para unas criaturas tan excepcionales. Y más si tenemos en cuenta que está gravemente herido.
—A eso mismo llevo yo varios días dándole vueltas. No consigo comprender qué hacía allí. Pero los datos de la computadora son indiscutibles: el animal ha atravesado el Muro. Y lo ha hecho en muy poco tiempo, pues a causa de su horrible herida no habría vivido mucho más. No te puedes imaginar cuanto me frustra no poder entender cómo ha cruzado la Barrera.
—Ya que ninguna tecnología funciona allí dentro, no podemos comprender qué pasa en ella.
—Quizá tenga que ver con que esta criatura es orgánica, no tecnológica.
—Quizá. Pero eso no soluciona el problema. Sólo le permite sobrevivir dentro de la Barrera, no atravesarla. Siempre he pensado que es muy extraña. Parece que realmente alguien la haya puesto ahí —dijo Cortés, pensativo—. Yo mismo he estado en su interior cuatro veces, pero no conseguí averiguar nada en absoluto. Cuando entras allí, los generadores se apagan y nadie sabe la causa. Ni siquiera los vianhios comprenden lo que pasa en esa zona muerta. Cuando penetras en su seno, la energía se disipa antes de poder ser usada. Ni tan solo logras comunicarte a través de un cable. La comunicación por radio es imposible, por supuesto. Y en la Banda Subespacial tampoco funciona. Yo he salido siempre de allí por la sencilla razón de que la nave de pruebas iba unida a un cable de remolque acoplado a una embarcación de carga fuera de la Barrera. Pasado un tiempo convenido, el equipo de apoyo tiraba de mí y me sacaban.

“Las únicas energías que no se ven afectadas por ese ambiente extraño son las orgánicas y las de tipo puramente mecánico. Nunca sentí nada raro en mi cuerpo mientras estaba allí dentro. Respiraba, pensaba y me movía con normalidad. Y la sonda se desplazaba gracias a cilindros rellenos con gas a alta presión situados estratégicamente a lo largo del casco. Sus válvulas de vaciado las accionaba yo mismo mediante palancas y cables. Era un sistema absolutamente primitivo, pero el único eficaz.

“Es muy frustrante, Mónica. Con toda nuestra tecnología, hay que navegar por allí dentro como los marineros del siglo XVII lo hacían por el mar. Puedes atravesar planetas y estrellas cuando vuelas por el Hiperespacio, pero no es posible traspasar la Barrera porque te roba la energía. Es demasiado compleja e inestable.

—Ya nos pondremos en contacto con los vianhios, cuando lleguemos a la Colonia, y les explicaremos todos nuestros descubrimientos, observaciones y suposiciones. Pero la tarea que nos ocupa ahora es la de llegar a casa sin problemas y sin dañar a nuestro misterioso amigo.
—Por cierto—preguntó Cortés, alzando una ceja—, ¿es chico o chica?
—Estoy casi cien por cien segura de que es un macho.
—Y lo sabes porque... —inquirió él, con mirada maliciosa.

Ella, por toda respuesta, tecleó en la consola para que se mostrara en la pantalla de comunicaciones una imagen del escáner y marcó una zona, en la que se veía un objeto alargado, muy vascularizado y perfectamente protegido. Estaba conectado a cuatro órganos casi esféricos en su base, dentro del cuerpo.

—Para mí, esto tiene toda la pinta de un pene —dijo ella alegremente.
—¡¡Pues, si lo es, tiene cojones la cosa!!—exclamó Cortés, riéndose estruendosamente— ¡¡Cuatro, ni más ni menos!! ¡¡Con razón ha tenido huevos para atravesar la Barrera!!

El hombre se puso colorado, sentado en el sillón de comandancia con los brazos cruzados sobre el estómago, que le dolía de tanto reírse a carcajada limpia. Y no paraba de hacer chistes fáciles con los juegos de palabras. Mónica también se lo estaba pasando en grande. La niña miraba torpemente a su madre, que estaba en el sillón muerta de risa, y al energúmeno que daba carcajadas a mandíbula batiente en la pantalla. Alexia tenía los ojos muy abiertos y la pobrecilla no sabía cómo reaccionar ante aquella extraña situación, así que se dejó llevar e hizo lo primero que su inmaduro cerebro concibió. En vez de llorar, que habría sido lo normal, empezó a sonreír y, un minuto después, enseñaba sus encías desdentadas mientras agitaba los bracitos, feliz. De esa guisa los encontró Li cuando regresó de la esclusa de popa y, tras unos momentos de estupefacción, se fue contagiando y acabó riendo escandalosamente junto a los demás.

Y con aquel buen humor que invadió la Elcano, el Neptuno y los cuatro cazas de escolta, la flotilla llegó un par de horas después a la boya exterior: el radiofaro que señalizaba la entrada al pasillo balizado a través de la Aglomeración.

La Colonia estaba a la vista.





[1] 1 UA= 150 millones de kilómetros, que es la distancia de la Tierra al Sol. En este caso, 51 UA=7.640 millones de kilómetros, equivalente 1,4 veces la distancia del Sol a Plutón (N. del A.)..
[2] "c" es la velocidad de la luz. 0,5c es, por tanto, la MITAD de la velocidad de la luz (N. del A.).
[3] 2.114 d. C. (N. del A.)




sábado, 28 de abril de 2012

Capítulo Sexto: ALEXIA

Llegó a la enfermería apoyada en el hombro de su marido. Le costaba caminar, pues sentía una molesta presión en el bajo vientre. Aun no había sufrido ninguna contracción, pero intuía que no iban a tardar demasiado en aparecer. Mientras tanto, la navicomputadora gobernaría la nave, controlando su vuelo de retorno a la Colonia.

La compuerta blindada se abrió y dejó ver la estancia del interior. Era una habitación ligeramente ovalada de unos treinta metros cuadrados, con un gran aparato cónico colgando del techo, en el centro, sobre una cama articulada y flanqueada de consolas e instrumentos. Las paredes estaban cubiertas por armarios, pantallas, mecanismos, una cabina de aislamiento y dos cámaras de crioestasis. Todo estaba pintado con colores suaves, muy bien iluminado y el ambiente era pulcro y acogedor. En la pared del fondo había un amplio ventanal, protegido por diferentes filtros, que permitía ver el exterior de la nave.

Se tumbó en la cama, tratando de ponerse lo más cómoda posible. La superficie adoptó automáticamente una forma que la hizo colocarse semisentada. Li activó con una palabra el programa médico de diagnóstico y la computadora independiente de la enfermería monitorizó a Mónica. En un segundo identificó el caso y pasó a controlar las constantes vitales de la chica y del feto. Una representación holográfica de su cuerpo, se proyectó desde el complejo aparato cónico del techo, y quedó suspendido a un metro por encima de ella. Al no haber médico en la tripulación, la imagen sólo servía como curiosidad. Pero, para el personal cualificado, era un sistema de diagnóstico y control extraordinario.

Dos palancas articuladas subieron desde la parte baja de la camilla, sujetando sus piernas y separándoselas, dejando su sexo libre y a la vista. La imagen se amplió, cubriendo sólo la sección comprendida entre el diafragma y la mitad de los muslos. Podían ver al feto dentro del útero, colocado en posición, con el cuerpo libre del cordón umbilical. La vagina se había dilatado cinco centímetros y la matriz aparecía inmóvil aún.

Entonces Mónica sufrió la primera contracción. Se dobló de dolor. En el holograma se vio claramente cómo el útero experimentaba una fuerte constricción. Los datos bioquímicos y las constantes cambiaban en las pantallas. La computadora controlaba exhaustivamente el cuerpo de la chica. Según los parámetros programados, el nivel de dolor había alcanzado cotas poco recomendables para que el parto se desarrollase de una manera poco traumática. La voz sintética del ordenador se oyó en la enfermería.

Se aconseja administración de anestésico epidural. Niveles de estrés por dolor en el límite recomendable. Se precisa autorización del personal médico cualificado.
—No hay personal médico en la nave. Hemos partido con tripulación mínima—explicó Li a la computadora.
Entendido. Activando protocolo médico autónomo. Deberá usted seguir las indicaciones que se le irán facilitando. Interviniendo espacio periepidural. Terminaciones nerviosas sensibles al dolor inactivas.


Mónica vio como su marido se situaba ante ella, entre sus piernas, con guantes estériles en las manos. Las contracciones se sucedían rítmicamente, pero ya no sentía dolor. Al contrario de lo que se hacía siglo y medio atrás, cuando se pinchaba la columna para administrar el anestésico, ahora se usaba un infusor de gas comprimido y un campo energético estabilizador que colapsaba las fibras nerviosas deseadas, desactivándolas.

Mantenga su atención en la abertura vaginal. Cumpla las indicaciones estrictamente para garantizar el correcto desarrollo del proceso de alumbramiento.
—Está bien. Guíame, porque yo no tengo ni idea de esto—dijo Li, muy nervioso. Un sudor frío le resbalaba por la espalda, metiéndose en el pantalón del traje de ambiente que se había puesto a toda prisa.
—Más te vale que hagas caso de la computadora. Como metas la pata te vas a enterar—lo amenazó Mónica con los ojos chispeantes.
—Hay que ver como os ponéis las mujeres durante un parto... —Había un tonillo irónico en su voz.
—Cierra la boca y atiende las instrucciones—masculló ella.
—No lo entiendo. La anestesia debería insensibilizarte al dolor. ¿Por qué estás tan irritada?
Las terminaciones nerviosas están inactivas, pero el cerebro está inundado de cortisol, la hormona causante del estrés. Se computan dos causas desencadenantes: nerviosismo y ausencia de flujo de información útero-cerebroaclaró la computadora.
—Gracias por la lección de biología. Pero mejor nos concentramos en lo que nos ocupa en este momento, ¿no?
Sugerencia aceptada. Reanudando protocolo médico de asistencia al parto..

Bajo la supervisión del ordenador, y con la ayuda de Li, Mónica trataba de dar a luz. Empujaba cuando se le pedía, respiraba como se le indicaba, pero estaba muy nerviosa. El hecho de dejar a su bebé en manos de una máquina, por muy bien instruida que estuviese, y de un marido inexperto, por mucha voluntad que pusiese, no la tranquilizaban en absoluto. No sentía dolor, pero sí una fuerte presión en los riñones y el bajo vientre.

Aún no había conseguido dilatar completamente, por lo que el parto propiamente dicho no podía tener lugar todavía. La computadora provocaba pequeñas y precisas descargas eléctricas con un aparato unido a un brazo articulado, que aceleraban el proceso de dilatación y minimizaban el riesgo de un desgarro de los músculos vaginales o del perineo. También relajaban la zona, sometida a un gran esfuerzo. La musculatura no debía sobrecargarse antes de ser realmente necesaria. Según los datos acumulados, el alumbramiento se llevaría a cabo sin más problemas si conseguía una expansión óptima del canal de parto. La criatura no era especialmente grande ni presentaba complicaciones. Venía de cabeza, en una posición excelente y el cordón umbilical no estaba enrollado en nada. Las constantes eran normales y la oxigenación de madre y bebé era perfecta.

Pero el tiempo pasaba y Mónica dilataba lentamente. La computadora, consciente de la ausencia de un médico a bordo, trataba de evitar la episiotomía a toda costa, un procedimiento que consistía en realizar un corte de unos cinco centímetros en un costado de la abertura vaginal para facilitar la salida del feto. Siguió tratando de provocar la máxima relajación muscular. Mientras las constantes fuesen estables, no lo plantearía, no sin un médico cualificado. El programa médico autónomo había sido diseñado para reducir al mínimo imprescindible las intervenciones de personal profano en materia sanitaria. Pero si se veía en la necesidad imperiosa de llevar a cabo la intervención, podía hacerlo solo, o guiar paso a paso a alguien para realizarla con éxito.

Al cabo de una hora más el programa consideró factible un parto sin riesgos para la madre ni el bebé, por lo que desactivó la señal que mantenía los nervios del útero inactivos. A los pocos segundos, la naturaleza siguió su curso y la matriz empezó a contraerse con gran fuerza, expulsando a la criatura hacia el exterior.

Li seguía atentamente las indicaciones que le proporcionaba la computadora, tanto de viva voz, como ilustradas en el holograma suspendido ante sí.

Mónica empujaba cuando sentía una contracción, de forma automática, pero nunca antes de que el programa le indicara el momento propicio. Ningún ginecólogo humano podría llegar nunca a un nivel tal de exactitud. Gracias al control de la computadora, la cabeza asomó un par de minutos después, suavemente y sin ningún problema para el feto. Ahora le tocaba a Li. El ordenador disponía de múltiples brazos robóticos adosados a la camilla para realizar distintas tareas, pero computó una probabilidad muy elevada de que el bebé prefiriese el tacto suave y cálido de las manos de un humano, a la frialdad y rudeza metálica de un brazo articulado.

Sitúe las manos tal y como aparece en la imagen, con mucho cuidado. Estire suavemente de la cabeza, rotando un poco a cada lado. Debe aplicar una tracción cuidadosa pero firme. De no hacerlo, pueden resultar dañadas las vértebras cervicales. Estire cuando la contracción llegue a su punto de máxima intensidad. Ahora.

Li seguía las indicaciones con suma atención. Sudaba a causa de la tensión. Su bebé dependía de él. Y no quería hacerle ningún daño. Le dolía el corazón al estirar de la minúscula cabecita. Mónica, que se hallaba parcialmente incorporada, miraba hacia abajo, y veía la pequeña cabeza con aquella carita apretada y ensangrentada. Era lo más maravilloso que podía llegar a imaginar. Aquel pedacito de vida había crecido en su interior, abrigado y alimentado por su cuerpo, y ahora lo abandonaba lentamente, para ser recibido en los brazos de su padre.

—Las manos deben presionar la cabeza con la misma fuerza en todos los puntos y han de cubrir la máxima superficie posible. En la próxima contracción deberían salir los hombros del feto. Esté atento al momento. Deberá ser rápido y preciso.
—¿Qué he de hacer?—preguntó Li al ordenador.
Usted ha de ayudar a su mujer tratando de incrementar ligeramente el diámetro de la abertura vaginal con dos dedos. Acto seguido volverá a tirar de la cabeza, con un poco más de fuerza. El programa controlará los músculos para focalizar la fuerza en el punto correcto. Y ustedindicó a Mónica, debe estar atenta a la señal y empujar con todas sus fuerzas en el momento exacto.
—Intentaré hacerlo bien—dijo ella. Su voz se notaba cansada.
Estén preparados. Contracción en doce segundos. Punto de máxima presión calculado cuatro segundos más tarde.

Mónica estaba cada vez más nerviosa. Respiraba tratando de relajarse y controlar su cuerpo. Estaba muy cansada y le costaba mantenerse psicológicamente centrada. Con una gran fuerza de voluntad se obligó a seguir. Tenía el abdomen dolorido por el esfuerzo, aunque no sentía ningún dolor desde la pelvis hasta las rodillas. Pero sí notaba una fuerte y molesta presión entre las piernas, en los riñones y en las caderas. Sintió como venía la contracción y la necesidad imperiosa de empujar con todas sus fuerzas. Pero resistió hasta que el programa le indicó el momento exacto. Entonces tensó la musculatura abdominal al máximo, conteniendo la respiración. Sudaba copiosamente y tenía los dientes tan apretados que rechinaban. En su cara se podía ver una mueca de tremendo esfuerzo. Entonces, con un movimiento fluido y un suave sonido de succión, los dos hombros salieron de repente del cuerpo de la madre, primero uno y luego el otro. El bebé emergió hasta la cadera. Durante unos instantes, el tronco, los bracitos y la cabeza quedaron suspendidos en manos de Li, con la pelvis y las piernas aún dentro de su madre. La criatura abrió levemente los ojos y parpadeó, molesta por la luz. Mónica también entreabrió sus ojos, con una gran sensación de alivio y vacío tras el intenso esfuerzo, y observó extasiada al pequeño ser que asomaba a medias de entre sus piernas. Éste abrió completamente los párpados y ambos adultos quedaron mudos de asombro.

Sus iris eran de un increíble y maravilloso tono violeta encendido.

Entonces Mónica sintió de nuevo ganas de empujar, y el bebé salió definitivamente, conectado al cordón umbilical y seguido por un poco de líquido sanguinolento. Miraron a la criatura. Todo parecía correcto. No se apreciaba nada raro, exceptuando el color de los ojos. Entonces Li apartó el cordón y pudieron verle los genitales. Era una niña. Una niña preciosa.

Él cogió a la pequeña con infinita ternura y le metió un dedo en la boca para retirar el moco que la obstruía. La niña, molesta, basqueó, agitó los bracitos y empezó a llorar. Fuerte, con decisión. Aspiraba por primera vez el aire del exterior, y lo hacía con determinación, aferrándose a la vida. Li la depositó con cuidado en el pecho desnudo de Mónica. La niña se calló inmediatamente al sentir la cálida piel de su madre y escuchar el latido profundo y anhelante de su corazón. Entonces buscó ávidamente con su boquita y la chica le puso uno de sus hinchados senos en los labios. La pequeña succionó el pezón con ansia y evidente placer y cerró los ojitos, saboreando la deliciosa leche de su mamá por primera vez.

Mientras Mónica amamantaba a la niña, el programa médico guió a Li para cortar el cordón y retirar la placenta, ayudado por otras dos o tres contracciones de menor intensidad. El ordenador chequeó a las dos protagonistas y los resultados fueron satisfactorios. La pérdida de sangre de la madre estaba dentro de lo normal y no se apreciaban heridas internas ni roturas en la placenta. La pequeña estaba perfectamente y sus constantes eran inmejorables. La chica envolvió a la recién nacida en una cálida y suave mantita térmica y se tumbó a descansar. Sentía la necesidad imperiosa de dormir un poco, pero no podía apartar la mirada de aquella minúscula e indefensa criatura que succionaba su pecho. No sabría describir, ni en un millón de años, todo lo que su corazón sintió en esos momentos. Era una mezcla de admiración, maravilla, incredulidad y profundo e infinito amor.

Cuando Li acabó de atender a Mónica, se lavó, recogió todo lo que había por medio y se dispuso a eliminar la placenta y el resto de tejidos sobrantes del parto. Pero el programa médico lo detuvo.

Sería muy aconsejable que no se destruyese el cordón umbilical. Debería ser depositado en un cilindro de conservación de tejidos. Las células madre que lo forman pueden tener utilidad para la recién nacida en el futuro.
—Tienes razón. Gracias por prevenirme. Con todo esto, estoy un poco nervioso y confuso—admitió Li.
—Los cilindros están en ése armario, cariño. Deberías respirar hondo y relajarte. Todo ha salido bien. Luego recogeremos todo esto.
Se desaconseja firmemente que se realice cualquier tipo de ejercicio o actividad física hasta que la pueda revisar personal cualificado. Podría sufrir una hemorragia o algún otro trastorno imprevisto. El escáner final ha mostrado resultados satisfactorios para la madre y la hija. Ahora, ambas deben descansar.
—Pero hay que limpiar todo esto. La enfermería está perdida de líquido amniótico y sangre—protestó Mónica.
Como sin duda sabrá, comandante, la sala de enfermería está equipada con un sistema de autolimpieza y esterilización gestionado por el Programa Médico Autónomo. Ustedes dediquen su atención y cuidados a la recién nacida. El programa mantendrá monitorizadas a ambas en previsión de posibles complicaciones posparto.
—Gracias. La verdad es que estoy agotada y necesitaría descansar un rato… Durante los próximos diez años, o así. Si me ayudas—dijo tendiendo la mano a Li—, me voy al camarote.
—Claro. No faltaba más. Ven. Con cuidado—comentó con ternura mientras la ayudaba a incorporarse, la tendía en una camilla de ruedas plegables y salían de la enfermería. Mónica no dejaba de mirar la carita de la pequeña, que se había quedado dormida plácidamente con la boca todavía adherida a su pecho.


Estaban a punto de cruzar la puerta, cuando la computadora volvió a hablar:


Quedan dos cuestiones pendientes, por favor. La primera: el Programa Medico Autónomo les felicita por su recién estrenada paternidad y les desea prosperidad.
—Gracias—dijeron los dos al unísono, sorprendidos por la sensibilidad que demostraba la IA del ordenador. Luego cayeron en la cuenta de que seguramente era una frase pregrabada en el diseño del programa.
De nada. Y la segunda: ¿qué nombre debo anotar en el diario de navegación como identificativo de la neonata? Estos datos serán transferidos a la base de datos central a efectos de censo e identificación cuando la nave retorne a la Colonia.


Mónica miró a su marido y luego a la niña. Sin levantar la vista, dijo:


—Alexia. Siempre me ha gustado. Se llamará Alexia Wong Llanos.
—No—contravino Li—. Se llamará Alexia Llanos Wong—sentenció con firmeza, mirando a su mujer a los ojos. Deseaba profundamente que el primer apellido de la niña fuese el de su maravillosa madre. Y no iba a cambiar de opinión por nada.
Confirmado. La niña queda registrada como Alexia Llanos Wong, nacida el 22 de junio del año 49 del Éxodo, a bordo de la nave estelar de prospección J. S. Elcano, en ruta desde el Cabo Artemisio hacia la Colonia, a las 14:19 horas tiempo sídero.

Tras mirarse unos segundos en silencio, Mónica, con un brillo deslumbrante de gratitud y amor, levantó a la niña en sus manos y le dio un delicado beso en la frente. La criatura hizo una mueca.
 
—Bienvenida al Universo, Alexia.