sábado, 18 de febrero de 2012

SEGUNDO PRÓLOGO, LA EVACUACIÓN


Los poderosos motores cobran vida con un tremendo rugido, expulsando plasma ardiente a través de más de un centenar de toberas. El suelo bajo ellas se convierte en ardiente roca líquida y la titánica nave invernadero empieza a elevarse perezosamente en medio de una densa nube de polvo y humo. Entra en funcionamiento un segundo grupo de motores, los extraños dispositivos repulsores. Apenas un instante antes de colisionar con el techo de la inmensa caverna, un rosario de explosiones cuidadosamente calculadas reduce a polvo la sólida roca de la bóveda de la inmensa gruta, que queda expuesta al aire libre por primera vez tras muchos millones de años.

La cúpula acristalada del descomunal navío, protegida por el potente campo deflector, empieza a emerger del subsuelo a través del enorme cráter que ha quedado en el terreno. La tórrida temperatura del aire y los salvajes vientos imperantes no la afectan en absoluto, tal es su tamaño. Densas nubes de tonos marrones y amarillentos cruzan veloces el aire pesado y caliente, arremolinándose en un turbulento caos. Sobre ellas, a diez kilómetros de altitud, se extiende el ácido y opaco manto nuboso que cubre completamente el planeta. La luz del sol llega muy tamizada a través de los tóxicos vapores. Imponentes relámpagos zigzaguean sin pausa de horizonte a horizonte. Muchos descargan su terrible potencia en el suelo, dejando pequeños cráteres chamuscados y humeantes. La cálida atmósfera está tan cargada de energía por el altísimo índice de evaporación que se ve permanentemente sacudida por gigantescos huracanes que soplan desde hace años. La energía también forma continuos y furiosos tornados, que castigan sin descanso la totalidad de la superficie.

En ese preciso instante, mientras la nave invernadero asciende, más de un centenar de enormes mangas la rodean hasta donde alcanza la vista. Los destellos de los incesantes relámpagos les dan una apariencia irreal, como de pesadilla. Algunos de los terribles remolinos de polvo, que giran sobre sí mismos a más de seiscientos kilómetros por hora, se hallan cerca de la imponente embarcación. Atraídos por la turbulencia que ésta causa con su vuelo, se abalanzan sobre ella. Pero tan sólo logran estremecerla ligeramente. A lo lejos se puede observar el trémulo fulgor de los ríos y campos de lava volcánica. Los ocupantes, apiñados en las plataformas bajo la inmensa bóveda de cristal cerámico, miran con curiosidad, temor y congoja el paisaje yermo y devastado, batido por los vientos y los tornados. Los continuos fogonazos de los relámpagos blanquean sus rostros, como si la nave transportase un cargamento de millones de fantasmas. A causa de los rápidos destellos, los movimientos parecen producirse a impulsos, sin fluidez, de forma mecánica. Como si fuesen los actores de una extraña película, grabada de forma que dos de cada tres fotogramas tan sólo fuesen una pantalla en negro. Los flashes cansan los ojos, por lo que muchos los cierran y se abrazan a sus seres queridos con fuerza. Sus corazones laten desbocados de miedo e incertidumbre.

A pesar de las adversas condiciones climáticas, la gigantesca nave ovalada, impasible, se eleva majestuosamente en el aire, acelerando de forma moderada pero constante. El inmenso y polvoriento agujero del que ha salido se va alejando rápidamente. Entonces se sumerge con la fuerza de un ariete en la capa más baja del manto de nubes. Atraviesa con decisión sus veinticinco kilómetros de grosor y rompe como una exhalación su límite superior, arrastrando tras de sí jirones gaseosos enredados en su turbulencia aerodinámica. La cúpula transparente resplandece por vez primera bajo la luz del sol, que a aquella altitud brilla en el aire cristalino y enrarecido sin nada que mitigue su fulgor. Su clara e intensa luz inunda la cúpula. La inmensa mayoría de los seres que hay a bordo de la embarcación no lo ha visto en toda su vida. Tan sólo los más mayores lo recuerdan, aunque ya hace casi setenta años que la espesa capa de nubes impide disfrutar de su imagen en el cielo. Han olvidado la sensación de su luz en el rostro, los colores con que pinta los objetos que ilumina y los hermosos amaneceres o atardeceres. La vida de todos ellos ha transcurrido bajo tierra, rodeados de roca sólida y luz artificial. En la hostil superficie en eterna penumbra tan sólo reinan la muerte y la desolación.

A doscientos kilómetros de altitud, la nave se encuentra con el anillo de rocas que orbita el planeta. Son los escombros del tremendo impacto. Los millones de fragmentos rocosos fueron lanzados con tanta fuerza por la explosión, que abandonaron la atmósfera. Muchos de ellos, en trayectoria balística, volvieron a caer sobre miles de kilómetros cuadrados de la superficie como una lluvia de meteoritos. Pero la mayoría permaneció en órbita, atrapados por la gravedad. Es inevitable que colisionen con la enorme nave, pero el potente escudo de energía que la rodea destruye o desvía todos y cada uno de los objetos que impactan contra él sin ningún problema. Tan sólo los aleatorios destellos azulados dan fe de que se producen colisiones, pero la inmensa embarcación ni siquiera se estremece. Aún así, la multitud no acaba de sentirse completamente a salvo y, con cada destello, más y más individuos se ponen nerviosos. Entonces, la nave traspasa por fin el cinturón de rocas y dejan de producirse fogonazos. Millones de seres exhalan aliviados.

Unos minutos más tarde el planeta es visible prácticamente en su totalidad. Su perfecta curvatura se recorta majestuosamente contra el fondo estrellado. Desde esa altitud, el desolado globo muestra una imagen serena y calmada. Nada en su aspecto da una idea del infierno existente bajo la densa capa de nubes ácidas. Solo el fulgor fantasmal de los relámpagos en el hemisferio nocturno rompe la sensación de quietud. Centenares de miles de pasajeros se asoman a los grandes ventanales o miran a través de la bóveda transparente. Se abrazan unos a otros dándose ánimos, consolándose y observando con tristeza el mundo que dio a luz a su civilización. El planeta, antaño una joya de tonos azules, blancos y verdes, se ha convertido en una esfera de venenosos y calcinados marrones, rojizos y amarillentos. Mientras los refugiados contemplan el abrasado globo, la embarcación continúa su viaje a través del espacio.

*

La inhabitabilidad a la que el planeta se ha visto abocado ha forzado el desesperado e incierto éxodo de los pocos supervivientes. Más de dos siglos de desastrosa gestión de los recursos, de una total falta de sensibilidad por las posibles consecuencias, junto al tremendo desastre provocado por la Gran Catástrofe, han degenerado en una situación irreparable; el clima se encuentra sometido a un efecto invernadero totalmente fuera de control.

La horrible colisión del asteroide lanzó a la atmósfera billones de toneladas de polvo y vapor de agua, provocando un invierno nuclear que duró cinco años. Al mismo tiempo, las ondas de choque del impacto llegaron hasta el núcleo del planeta. Los polos magnéticos modificaron su posición de repente, lo que desencadenó una inversión geológica de la corteza planetaria. Continentes enteros se hundieron en el mar, mientras el lecho oceánico se levantaba miles de metros en otros lugares, escupiendo inmensas coladas de lava. Maremotos terribles y terremotos devastadores asolaron la superficie. Todos los volcanes entraron en erupción simultáneamente, lanzando millones de kilómetros cúbicos de gases tóxicos al aire. Océanos de lava cubrieron regiones enteras. Las montañas se derrumbaron. Las llanuras se elevaron. Las ciudades desaparecieron. Pareció que el planeta se retorciese de dolor. Pandemias espantosas se cebaron de tal manera con los ecosistemas y con los pocos supervivientes de la Catástrofe, que los vivos llegaron a envidiar a los muertos, pues éstos ya habían dejado de sufrir.

Pero lo peor estaba por venir. Tras la inversión polar, la rotación del núcleo se detuvo, lo que provocó la desaparición del campo electromagnético planetario. Las radiaciones solares abrasaron la superficie, esterilizándola. Y el calor que emanaba de los volcanes y los mares de lava fue retenido por el espeso manto de nubes que cubría todo el planeta. La temperatura global empezó a subir de forma imparable. El gélido invierno nuclear se convirtió en un efecto invernadero totalmente fuera de control. Para cuando el núcleo volvió a rotar de nuevo, arrastrado por el giro del planeta, ya era tarde. La biosfera había desaparecido por completo. Los océanos se habían convertido en ciénagas calientes, ácidas y pestilentes, sin prácticamente ningún rastro de vida. Los escasos individuos que lograron salvarse se vieron obligados a refugiarse bajo tierra, con los pocos animales y plantas que consiguieron preservar, en el único lugar de la corteza planetaria que se mantuvo geológicamente estable: una enorme isla continental en medio del mayor océano.

Veinticinco años después de la Catástrofe, la temperatura media global era de cuarenta y seis grados. En las zonas poco profundas de la región ecuatorial del planeta el mar había llegado a hervir. La superficie era un yermo calcinado y hostil. La atmósfera se había convertido en un turbulento y caótico infierno barrido por vientos abrasadores de una intensidad brutal. También empezó a subir lentamente la temperatura del subsuelo, lo que puso fecha de caducidad a la supervivencia de los refugiados. En unos cincuenta o sesenta años el calor sería tan intenso que la vida se volvería imposible incluso bajo tierra. Así que sólo quedó una opción: escapar antes de abrasarse vivos.

Pero, ¿cómo?

Y… ¿a dónde?

Justo entonces, cuando el único futuro era la muerte, se descubrió de forma extrañamente casual la enorme caverna, a todas luces artificial, muy cerca de donde los supervivientes se hallaban refugiados. El insólito y extraordinario contenido de la gigantesca gruta les brindó la esperanza que les hacía falta. Tenían unos cincuenta años por delante para conseguirlo. Aunque primero hubo que sortear importantes dificultades, desde rebeliones religiosas y augurios fatalistas, hasta luchas de poder y fuertes problemas raciales y nacionalistas. Pero la adversidad acabó por limar asperezas. Al final, todos colaboraron por igual. Y todos subieron a la nave, abandonando aquel infierno devastado.

Han pasado sesenta y nueve años desde la Gran Catástrofe. Intentarán empezar de nuevo, en ese lugar señalado en las inscripciones de los monolitos alojados en la cueva. No volverán a cometer los errores del pasado. Los avanzados conocimientos técnicos y científicos que encontraron ocultos en aquella vasta cavidad subterránea, milagrosamente salvados del cataclismo, propiciaron el desarrollo de novedosas y audaces tecnologías que les ayudarán a sobrevivir. La desmesurada embarcación en la que ahora viajan es una perfecta muestra de ello.

Sólo un misterio se resiste a ser resuelto.

¿Quién o quienes construyeron la caverna, guardaron en ella todo aquel saber y toda aquella tecnología y lo prepararon todo para que, tiempo después, en el momento preciso, lo descubriese un grupo de refugiados desesperados? ¿Qué fue de aquel o aquellos seres? Y lo más importante, ¿cómo sabían que ocurriría un horrible cataclismo, que aquella isla permanecería un tiempo inmune al desastre y que los supervivientes se cobijarían justo al lado de la vasta gruta?

Esas son preguntas que, quizá, jamás encuentren respuesta.

*

Dos horas después, su mundo es tan sólo un disco ocre tras ellos. La nave se mantiene estacionada en el punto de equilibrio gravitatorio entre el planeta y su gran satélite. Los demás navíos de la flota, mucho menores que la inmensa nave invernadero, van llegando hasta allí lentamente, reuniéndose a su alrededor. Forman un conjunto cuando menos pintoresco: una descomunal embarcación acristalada, construida con los materiales más variados e insospechados, rodeada por un enjambre de naves de diversos tamaños. Todas han sido desarrolladas a partir de viejos buques marítimos o aeronaves y adaptadas para su uso en el espacio. Algunas de ellas parecen el producto anárquico de la colisión de los más variopintos vehículos. Su estrafalario aspecto está más próximo al de montones de chatarra que al de naves espaciales. Pero, milagrosamente, cumplen su función de manera más que decente.

Por fin, la flotilla se reúne al completo en ese punto aparentemente vacío del espacio. Los científicos detectaron años atrás el exótico fenómeno que han venido a buscar, tal y como se indicaba en las estelas de piedra de la cueva. También se encontraba descrita en ellas toda la información sobre la extraña anomalía, las características de su misma existencia, su insólita naturaleza y la forma de sacar provecho de su peculiaridad.

A una orden del puesto de comandancia, todas las naves menores se aproximan a la gran embarcación ovalada. Unos rayos de luz de color esmeralda, procedentes de los proyectores situados en la proa del enorme navío, convergen en un punto preciso a unos kilómetros a proa. Un potente destello azul precede a una distorsión del espacio. Da la impresión de que éste ondula, tiembla y se retrae sobre sí mismo. Aparece súbitamente un túnel arremolinado de brillantes paredes acuosas que gira a gran velocidad, como si fuera un gigantesco desagüe en medio de la nada. La insólita manifestación apenas mide unos metros de diámetro cuando aparece, pero empieza a crecer con una rapidez increíble, hasta que la enorme nave, del tamaño de una ciudad, parece minúscula a su lado. La multitud enmudece, atónita ante la sobrecogedora aparición. Se apiñan unos contra otros, sin poder apartar la mirada del fenómeno, hipnotizados. La fascinación y el miedo ocupan por igual sus asombradas mentes.

Tras unos instantes de indecisión, la embarcación designada como nave exploradora enciende los motores y se aproxima al titánico agujero de gusano con cautela. Los tripulantes observan extasiados el gigantesco remolino azul en el que van a introducirse. Un escalofrío de aprensión recorre la columna de todos y cada uno de ellos. De no haber conocido de antemano la peculiar naturaleza de la fascinante anomalía, ni locos se acercarían a ella. La puntiaguda proa de la nave perfora levemente el horizonte de sucesos del agujero, apenas una delgada e invisible película de energía transparente tras la que el túnel luminoso y ondulante se pierde en la lejanía. El agujero de gusano la absorbe de repente, con una fuerza monstruosa. Parece que la nave se estire dolorosamente hasta el infinito. En milésimas de segundo desaparece en su interior.

El resto de la flota espera, expectante, rezando por la suerte de sus valerosos compañeros. Pasan unos momentos de incertidumbre que se hacen eternos y, por fin, se escucha claramente la trasmisión de esperanza desde el otro lado. Una salva de aplausos y gritos de alegría retumba en el interior de la cúpula acristalada. Y una exclamación de júbilo recorre a continuación las demás embarcaciones. La nave exploradora y su intrépida tripulación, haciendo honor al nombre escrito en el fuselaje, han llegado a su destino sanos y salvos. Acto seguido, los demás navíos encienden sus motores y van entrando en el agujero de gusano de tres en tres, pasando al otro lado. El último grupo transmite que todas y cada una de las naves y sus tripulaciones han llegado perfectamente y a salvo.

Entonces le toca el turno al gran navío. Sus decenas de poderosos propulsores, instalados en unas enormes góndolas a popa, bajo la cúpula, entran en acción con un intenso brillo azulado de plasma ardiente. La inmensa nave avanza perezosamente hacia el torbellino luminoso. Apenas la redondeada proa rompe el horizonte del agujero, éste la absorbe con una fuerza colosal, estirándola dolorosamente como si fuese de goma, igual que ha hecho con todas las demás. Una fracción de segundo más tarde la enorme embarcación ha desaparecido.

Y dos segundos después, con un tremendo destello de energía gamma, el agujero se cierra violentamente sobre sí mismo. Privado del suministro energético que le proporcionaban los generadores de la nave invernadero, se desestabiliza y colapsa. El espacio ondula como si una piedra hubiese roto la superficie de un estanque tranquilo. Las ondas se dispersan rápidamente y la zona regresa a la normalidad.

No queda el menor rastro de lo que acaba de suceder, ni de las naves que acaban de desaparecer.

Atrás queda su antiguo y devastado hogar.

La Tierra.




4 comentarios:

  1. Muy bien hijo sigue adelante y ánimo

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  2. mola... sigo leyendo... un saludo, new-anubis

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    1. Venga, que seguro que te irá enganchando. Si te gusta el tema, caes!! Por cierto, se aceptan sugerencias, críticas constructivas y aportaciones.

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