domingo, 26 de febrero de 2012

Capítulo Primero: TERRITORIO


Le encantaba atravesar las nubes de infinitos tonos carmesíes a toda velocidad; ver como los jirones deshilachados de gases se arremolinaban alrededor de su cuerpo, dejando tras de sí espirales y volutas que giraban lentamente en la estela turbulenta de su envoltura energética. Los halos de gas estimulaban su olfato. El aroma intensamente carmesí del hidrógeno, junto al efluvio blanquecino del helio, predominaban en el ambiente. Pero también captaba otros muchos. El resultado era una amalgama de olores que formaba un torbellino pausado y deshilachado de colores entremezclados. Era hermoso. Muy hermoso.

Sus agudos sentidos la guiaban a través de las masas etéreas, mientras mantenía desplegadas, a modo de pétalos, las translúcidas membranas de su lomo, cargadas de algas diminutas, para que recibiesen la mayor cantidad de luz posible de las luminarias que brillaban en la lejanía. Las radiaciones hacían brillar su enérgico campo magnético en una gran variedad de tonos añiles y turquesas, envolviéndola en una permanente aurora que no cesaba de ondear como si fuese luz líquida.

Ya se empezaba a encontrar mejor. Su organismo se había normalizado y el dolor casi había desaparecido. Usar un Túnel tenía desagradables consecuencias, pero no había otra alternativa cuando se trataba de recorrer aquellas enormes distancias.

Sus nebulosos pensamientos derivaron entonces hacia el interior de su cuerpo, donde sabía que estaba creciendo una nueva vida. Su instinto la empujaba a llegar al sistema dónde había nacido antes de ponerse de parto, tal y como habían hecho muchas hembras de su especie desde hacía miles de generaciones. Podía traer a su cría a la luz allí mismo sin problemas en caso de necesidad, pero siempre era mejor hacerlo en el cálido mar en que su propia madre la había tenido a ella. Los depredadores del pequeño mundo eran mucho menos peligrosos que los que patrullaban el espacio. Aproximadamente, la mitad de las crías nacidas en él morían antes de cumplir la primera Gran Revolución. En cambio, los pequeños que venían a la luz en el mar tenían más tiempo para fortalecerse y soportaban muchos menos riesgos. La gran mayoría sobrevivía y llegaba a la edad adulta. El problema radicaba en que aquel sistema estelar estaba ubicado en una región remota, lejos de otras estrellas. Llegar hasta allí era duro y laborioso. Muchas madres preferían dar a luz en el espacio antes que acometer aquel peligroso viaje de ida y vuelta. En total, sólo dos o tres de cada diez hembras se decidían por el Mundo Vivo.

Se preguntó qué debía estar sucediendo exactamente en su interior. Su difusa conciencia, tan frágil y delicada como las nubes por las que se estaba desplazando, era difícil de centrar, así que formularse una pregunta tan específica como aquella era todo un logro. Entre los miembros de su especie, inteligentes y curiosos por naturaleza, había apenas unos pocos que habían traspasado una especie de frontera mental que los demás no lograban comprender: habían desarrollado una conciencia de sí mismos. Ella era una de aquellos pocos. Si constituía una ventaja o un lastre para la supervivencia, el tiempo lo desvelaría. Por el momento, era capaz de plantearse preguntas acerca del porqué de las cosas que sentía o que la rodeaban, pero la mayor parte del tiempo apenas lograba hilvanar sus pensamientos en una secuencia coherente o razonar de forma abstracta, de modo que prefería dejarse guiar por su instinto.

Tras unos instantes sumida en sus confusas reflexiones volvió a tomar contacto rápidamente con la realidad que la rodeaba. Se encontraba en el vacío existente entre las masas nebulosas, que se extendían a su alrededor en todas direcciones, más densas en unas zonas que en otras, hasta quedar fuera del alcance de sus sentidos. Veía las brillantes columnas de gases azulados a su izquierda, elevándose hacia el infinito; a su derecha, una densa y gigantesca nube informe de gas y polvo, coloreada por una increíble variedad de tonos marrones, ocres y anaranjados. Podía sentir las corrientes de energía, radiación y gravedad que emanaban de su interior.

Su mente destelló momentáneamente, y pensó que aquella nube oscura era también una especie de madre criando a sus vástagos en su seno, igual que ella misma. Se sorprendió. Aquellos instantes de claridad de pensamiento que experimentaba cada vez eran más frecuentes. Le gustaba mucho la sensación que producían en ella, y cada vez lograba mantenerlos durante más tiempo. Pero tenía otras cosas en las que centrar su atención en aquel momento, así que el placentero destello mental se apagó rápidamente para dedicar todos sus recursos a la búsqueda que la tenía ocupada. Su reloj biológico no se detenía y no le sobraba el tiempo. Pequeñas nubes de colores increíbles salpicaban aquí y allá el vasto espacio diáfano y de visibilidad casi ilimitada que se extendía entre las dos gigantescas masas gaseosas. A su cola podía ver la Nube Verde, que acababa de atravesar y, tras ella, se vislumbraba el fondo negro salpicado de puntitos brillantes que constituía lo Desconocido.

“¿Serán estrellas también?”, pensó de pronto.

Ante sí, en la lejanía, se extendía en todas direcciones la Gran Nube Roja, que encerraba en su seno, a modo de gigantesco recipiente de paredes gaseosas, un vasto espacio vacío en el que brillaban poderosamente cuatro jóvenes estrellas azuladas de diferentes tamaños, rodeadas por extensos discos de materia y que emitían potentes chorros de energía por sus polos.

Todo lo que se exhibía ante sus ojos era parte del Territorio, el hogar de sus antepasados desde hacia miles de Vidas.

Sabía que no debía acercarse al campo de estrellas, pues las radiaciones y el calor serían demasiado fuertes para su organismo. Pero eso no impedía que admirase con deleite la belleza de la región, como hacía cada vez que viajaba por la zona. Los luminosos astros parecían estar casi al alcance de las aletas, pero no se dejó engañar: a su máxima velocidad tardaría Generaciones en llegar a las inmediaciones del más cercano. Desvió su rumbo hacia el interior de la gran columna de polvo interestelar situada a su derecha, cuyos extremos superior e inferior se perdían en la inmensidad. Ella sabía muy bien que, delimitado por espesas y opacas murallas gaseosas, se hallaba un espacio transparente en forma de burbuja, con una brillante y diminuta estrellita de tremenda densidad en su centro, orbitada por cuatro planetas. Era la Zona de Cría, a donde decenas de especies acudían, desde tiempos inmemoriales, a traer a sus hijos a la luz.

Conforme viajaba hacia el lejano muro gaseoso empezó a sentir las gigantescas corrientes magnéticas rotatorias que circulaban por la región, alimentadas por la extraña naturaleza y la alta velocidad de giro de la exótica estrella. Debido a la gran distancia a la que se encontraba, aún eran demasiado débiles como para poder usarlas y navegar de forma eficiente, sin malgastar sus existencias de combustible. Prefería reservarlas para casos más necesarios. Aún tardaría bastante tiempo en llegar a una zona de mayor energía. Entonces podría desplegar sus aletas y “nadar” en las corrientes como sólo los miembros de su especie, los Navegantes, sabían hacerlo. Así podría aumentar sustancialmente su velocidad.

Su objetivo todavía estaba lejos. Y aún faltaba para el esperado momento. Se sentía tranquila y confiada. Todo iba bien. No habría problemas.

A menos...

Debía ser precavida. La región de cría era bastante segura, debido a la gran cantidad de hembras adultas, y algunos machos, que se podían encontrar allí. Pero para llegar, podía encontrarse con serios inconvenientes: cambios en las corrientes, bolsas de radiaciones, acercarse demasiado a los Grandes Flujos de Energía... y los Ensartadores. De todos los riesgos, éstos eran, con mucho, lo que ella más temía.

*

Los Ensartadores son rápidos y actúan en grupos. Poseen cuatro anchos tentáculos frontales para agarrar a sus presas, dotados de grandes ventosas que se adhieren molecularmente a cualquier superficie. Cuatro enormes colmillos venenosos pivotantes, cada uno capaz de atravesar el blindaje de placas metálicas que forma la piel de sus presas, dotados de canales inoculadores de veneno. Su boca extensible, equipada con varias filas de grandes dientes piramidales de dureza extraordinaria, desarrolla una fuerza abrumadora capaz de arrancar placas enteras de blindaje. Cuando un Ensartador consigue aferrarse a la víctima con su mortal abrazo, corroe la armadura metálica con su pegajosa saliva ácida, o ataca con los dientes tratando de quebrar las placas. Luego procura hundir rápidamente sus colmillos en la herida, inoculándole el veneno paralizante que deja a la desdichada presa sin posibilidad de defensa. Entonces puede devorarla a placer, sin tan siquiera molestarse en matarla antes. Por suerte, el veneno también colapsa el sistema nervioso de la infeliz criatura, que queda totalmente insensibilizada hasta su ominoso final.

Hay muchas especies en el Territorio de las Grandes Nubes. La mayoría de ellas encuentran su alimento en el ambiente y lo completan con una relación simbiótica con las algas y otros microorganismos que habitan sus cuerpos. Unas son capaces de disolver la roca de los asteroides para encontrar minerales útiles. Otras viajan por las nubes absorbiendo gas y polvo interestelar gracias a sus potentes campos magnéticos, que actúan como colectores. Todas consiguen agua de los campos de hielo y de los cometas, de otras criaturas o de los escasos mundos en los que algunas pueden aterrizar. Y la piel rica en silicio que las recubre alimenta sus organismos con la energía fotovoltaica producida cuando se acercan a alguna fuente luminosa.

Además de los elementos inorgánicos, la base de la cadena trófica la constituyen millones de especies de bacterias extremófilas que metabolizan los componentes de las nubes y los asteroides. Forman gigantescas colonias de formas muy variadas, diseñadas para aprovechar al máximo la luz de las estrellas. Y otras procesan los cadáveres y los residuos de los organismos superiores.

Un pequeño porcentaje de especies se ha especializado en la caza de las demás, convirtiéndose en depredadores. Los Ensartadores son los más grandes y peligrosos conocidos, unos de los pocos capaces de atacar a los miembros adultos de las especies más grandes. Y no escatiman energías ante la posibilidad de cobrarse una presa... Pero hay muchas especies carnívoras, y miles de sistemas y lugares desconocidos. En cualquier momento, en cualquier lugar, puede haber una sorpresa desagradable

*

Ella era un ejemplar adulto en el mejor momento de su vida. Aún podría criar dos o tres veces más. Su gran tamaño la mantenía relativamente a salvo y sólo temía a las manadas de predadores más peligrosos. Ningún Ensartador en solitario podría rivalizar con ella. Tanto su fuerza como sus campos de energía podían protegerla de un ataque. Sabía defenderse muy bien. Pero un manada que la atacase en grupo acabaría quebrando sus defensas en poco tiempo y la devoraría. A ella y a su cría. Debía ser prudente.

Faltaban varios ciclos[1] para llegar a los anillos de corrientes magnéticas que la llevarían a su destino, así que aprovechó el tiempo rebajando su metabolismo para ahorrar energía. Tenía todos los sentidos principales en alerta. Todo en su organismo estaba funcionando a la perfección, la gestación se estaba llevando a cabo sin problemas en la última fase del embarazo y las algas depuraban su organismo con eficacia, produciendo todo el oxígeno que ella necesitaba. También podía extraerlo del agua que albergaba en su vejiga principal, pero de momento no le hacía falta. La evolución había equipado con extraordinarias adaptaciones y habilidades a todas las especies del Territorio para sobrevivir en un medio ambiente tan hostil como bello.

Pasó el largo y aburrido trayecto aletargada, ahorrando recursos y energía. De vez en cuando se encontraba con pequeñas aglomeraciones de fuerza electromagnética dispersas a lo largo de su ruta, salía del letargo y las usaba para corregir el rumbo o como lanzaderas para aumentar algo su velocidad. Luego volvía a sumirse en su paciente estado de sopor. Mientras hubiese corrientes, su capacidad de navegación era prácticamente ilimitada, sin gastar una gota de los preciosos líquidos combustibles que alojaba en su seno. Estaban almacenados en las diferentes vejigas de su cuerpo, para que no entrasen en contacto los unos con los otros, y eliminar así el riesgo de una explosión interna.

*

Magtinó un gran incremento de potencia en una corriente tubular, muy cerca de su posición, a algo más de ocho Líneas[2] por debajo de ella. Tras tantos ciclos en estado de latencia, su cerebro se despertó y todo su organismo se puso en alerta en apenas un latido. Se acercaba a las estribaciones de los anillos magnéticos. Su madre primero, y su propia experiencia después, le habían enseñado a usar las oleadas de fuerza, deslizándose justo por delante de ellas con las aletas totalmente desplegadas. Sabía que debía colocarse en el lugar adecuado, porque las crestas se desplazaban a gran velocidad y eran aleatorias. Podía pasar mucho tiempo hasta la siguiente, y tras ellas cabía la posibilidad de que se produjesen tanto vacíos de energía como fortísimas turbulencias eléctricas. En ambos casos quedaría varada y con los sentidos colapsados durante algún tiempo. Sería presa fácil en esas condiciones. Varió ligeramente su rumbo hacia el pasillo de energía que acababa de sentir.

El tiempo que tardó en llegar lo dedicó a explorar la zona, extendiendo sus sentidos al máximo, a fin de evitarse sorpresas desagradables. Pero el sondeo no reveló nada interesante, ni amenazador. Había trazas de olor a depredadores, pero eran antiguas.

Relativamente tranquila, siguió en alerta mientras proseguía su vuelo.

Cuando por fin llegó hasta la corriente de fuerza se sumergió de lleno en ella. Aquel era uno de los muchos torrentes de energía electromagnética que fluían directamente hacia la estrella central del sistema. Sintió un fuerte tirón hacia delante y aceleró drásticamente, inmersa en el angosto y potente flujo magnético. Para ella, ser arrastrada en el seno de una de aquellas poderosas corrientes era una sensación deliciosa. E iba a pasar bastante tiempo sumergida en ella, así que se dejó llevar por el placer y se dispuso a aguardar pacientemente el momento de abandonarla. Si en algo eran auténticas especialistas las especies que poblaban el Territorio, desde luego era en cultivar la virtud de la paciencia.

Un ciclo después llegó a la densa pared gaseosa que ocultaba el sistema estelar a su vista. La nube la envolvió. Por suerte, la propia corriente magnética que la arrastraba la libraba casi por completo de la fricción con el gas de la nebulosa. De otro modo, habría puesto a dura prueba su escudo frontal y su sistema de refrigeración. No veía nada a su alrededor, pero sabía bien qué rumbo seguía. Las poderosas corrientes eléctricas eran perfectamente detectables para sus finísimos sentidos.

Durante más de tres ciclos viajó por aquella inmensa masa de gas y polvo, hasta que la nebulosa fue perdiendo densidad y apareció ante sus ojos la diminuta y lejana estrella, brillando serenamente en el centro de un espacio diáfano y cristalino con forma de burbuja. Magtinó extasiada el fabuloso espectáculo que se exhibía ante ella. El potentísimo y gigantesco campo magnético de la estrella inundaba todo el sistema, fluyendo, ondulando y palpitando serenamente. Un compacto disco de energía se arremolinaba alrededor de la abrasadora superficie estelar, girando enloquecidamente a causa de la veloz rotación del pequeño astro. Colosales y etéreos cortinajes de energía barrían elegantemente el sistema, interactuando con el campo magnético de los cuatro planetas. Cuando aquello sucedía, el espacio alrededor de cada planeta se transformaba en un maravilloso festival de formas, colores y destellos, brillando como joyas en la lejanía. Pero lo más destacable, sin duda, eran las poderosas corrientes electromagnéticas que se producían en el mismo plano de rotación de la estrella.

Eran de dos tipos bien diferenciados: anillos concéntricos rotatorios, sacudidos por gigantescas ondas de presión, y chorros de fuerza. Éstos últimos se precipitaban desde los límites exteriores del sistema solar hacia el centro de éste, cortando los anillos perpendicularmente y alimentando el disco de energía pura que envolvía a la diminuta estrella. Para sus ojos, claro está, no eran más que un leve brillo nebuloso. Pero, para su magto, los anillos y los torrentes tubulares parecían energía líquida, fuerza pura, esplendorosa e imponente que se agitaba furiosa mientras fluía imparable a lo largo y ancho del sistema.

Era uno de los paisajes más hermosos que conocía.

Pasaron otros cinco ciclos más antes de empezar a sentir que el chorro de fuerza que la transportaba comenzaba a experimentar turbulencias. Entonces pudo magtinar con claridad el primer anillo del sistema, el más externo. Una enorme oleada de energía se acercaba, aún distante pero abrumadoramente veloz.

No la atraparía a tiempo si continuaba navegando a aquella velocidad. Debía lograr acelerar.

Si no, la poderosa cresta pasaría de largo... y advirtió que era de las que provocaban un vacío energético tras ellas.

Tenía que tomar una decisión. Y rápido.

Sopesó sus opciones: si no conseguía situarse por delante, perdería la oportunidad y le costaría mucho combustible atravesar la zona energéticamente vacía o rodearla; si continuaba viajando dentro del chorro lineal en busca de otra oleada en los siguientes anillos, podría ocurrir que atravesase varios sin encontrarse con la situación propicia, con lo que no podría girar con seguridad ni frenar a tiempo para entrar en la órbita del gran planeta, y se vería obligada a dar otra vuelta completa a la estrella; y si abandonaba la corriente que la transportaba para orbitar dentro del torrente circular de fuerza a la espera de otra cresta, estaría en una situación muy delicada: sola, a gran distancia de las manadas y vulnerable ante cualquier ataque. Debía elegir: o se arriesgaba intentando atrapar la ola, o se exponía a esperar a la siguiente. Así que tomó la decisión: era preferible intentarlo que esperar bajo la amenaza de los posibles cazadores. De una onda a la siguiente podía pasar incluso un ciclo entero; demasiado tiempo para estar desprotegida.

Necesitaba alcanzar la cresta a toda costa. Los Ensartadores no se lo pensarían dos veces para gastar hasta la última gota de combustible de sus impulsores ante una captura segura. Sabían que podrían reponer las pérdidas rápidamente en cuanto comieran… Un hormigueo de aprensión recorrió su cuerpo.

Estaba a punto de cruzar el anillo; era el momento de abandonar la corriente de fuerza. Pero antes intentaría acelerar mientras permanecía sumergida en ella, usando sus propulsores. Como individuo adulto y experimentado, era muy prudente y previsora. Había pasado bastante tiempo haciendo acopio de combustible en las vastas nubes de gas y, por tanto, sus reservas se encontraban al máximo. Podría mantener el encendido durante bastante tiempo.

Inyectó en las cámaras de combustión de su cola los gases licuados contenidos en las vejigas y, cuando la mezcla alcanzó la presión óptima, desvió la potente energía creada por sus órganos bioeléctricos hacia sus propulsores, generando un intenso arco voltaico que provocó la ignición del cóctel explosivo. En ese instante abrió los dos esfínteres blindados y sendos chorros de gas ardiente se precipitaron con furia al exterior, propulsándola poderosamente hacia delante.

Pocos momentos después, cuando alcanzó su máxima impulsión, abandonó la corriente de chorro con un leve movimiento de sus aletas. Ya no podía acelerar más. Iba al máximo de lo que podía conseguir por sus propios medios. A partir de aquel momento dependía en exclusiva de su pericia y de la suerte. Usó las turbulencias que rodeaban la corriente tubular para ajustar su rumbo, enfilando directamente al encuentro con la onda. La distancia que la separaba de la poderosa cresta de energía menguaba de forma estremecedora a cada instante que pasaba.

Maniobró hábilmente, siempre atenta a sus reservas de combustible, desplazándose en una trayectoria parabólica que la habría de llevar justo al centro de la ruta de la oleada de fuerza... si había calculado bien. El hecho de haber realizado la arriesgada maniobra con éxito en ocasiones anteriores no eliminaba la posibilidad de un error. En toda su vida, nunca había tenido que atrapar una onda con tan poco margen de tiempo.

Alguna vez ha de ser la primera”, pensó.

Faltaban apenas unos parpadeos para que la cresta la atrapase. Estaba nerviosa. Si se había equivocado en su cálculo, no tendría tiempo para rectificaciones. No estaba segura de conseguirlo. La vida en el Territorio siempre era así: momentos de gran tensión, en los que un solo instante podía significar la diferencia entre el éxito y el fracaso, separados por largos y aburridos periodos de práctica inactividad. Podía estar Vueltas[3] y Vueltas enteras de viaje, desplazándose pacientemente de un lugar a otro y, en apenas unos latidos, encontrarse teniendo que tomar varias decisiones a la vez, de las que acostumbraba a depender su vida.

Apartó aquellos pensamientos de su mente y siguió concentrada en las turbulencias magnéticas que la rodeaban, tratando de usarlas para ajustar su rumbo. Habría deseado tener tiempo suficiente para compensar posibles fallos. La onda se abalanzaba sobre ella como un ariete. Estaba a punto de completar la maniobra. Entonces lo notó.

"Allá vamos

Se sentía nerviosa y eufórica a partes iguales.

La fuerza magnética creció desmesuradamente, una avanzadilla de la tremenda onda a la que precedía: una gigantesca cresta de energía ondulante, cuya superficie crepitaba y se retorcía en turbulentos remolinos; fuerza pura, casi líquida, de una belleza delicada y salvaje a la vez. Era tan poderosa que podía verla incluso con los ojos, como una etérea luminosidad ondulante.

Logró colocarse justo en medio de su trayectoria apenas unos latidos antes del instante crítico.

Desplegó las aletas.

La energía se incrementó súbitamente a su alrededor e hizo brillar y ondear su campo protector con un espectacular arco iris de colores.

Apagó sus propulsores y empezó a aletear vigorosamente en la corriente de fuerza, inmersa en el seno de la ola. Sintió que empezaba a inclinarse. Estaba ascendiendo por la pared de energía, deslizándose a través de las arracimadas turbulencias que precedían a la titánica onda.

La cresta ya estaba encima de ella.

Se situó en el lugar idóneo y aleteó con más brío, casi al límite de su fuerza muscular, acelerando al máximo e inclinándose ligeramente para entrar de forma óptima. Faltaba sólo un instante.

Impacto.

Experimentó una devastadora aceleración que la llevó al límite de lo que su organismo era capaz de soportar, a la vez que sus sentidos se intensificaban dolorosamente. Expulsó dos chorros de refrigerante casi hirviendo por las salidad de la cola, manteniendo asi su temperatura controlada. Le invadió un cálido sentimiento de alegría, y excitación, mientras surcaba el espacio a casi un cuarto de la velocidad de la luz. Navegaba justo en el frente de presión de la tremenda fuerza que la rodeaba. Grandes descargas eléctricas partían de su cuerpo en todas direcciones, que rebotaban en la onda y regresaban a su cuerpo. Las terminaciones nerviosas de su piel enviaban al cerebro señales de dolor moderado, pero la euforia y el placer de cabalgar una energía tan salvaje impedían que se diera cuenta de ello. Inmersa en el seno de la corriente, recorría la amplia órbita, desplazándose alrededor de la minúscula y lejana estrella que se hallaba en el centro de la región.

Sargrió como en ocasiones anteriores, percibiendo que la pequeñez de la estrella era engañosa, pues su masa y su atracción superaban en miles de veces a las de otras estrellas muchísimo mayores. Siempre le había parecido curioso. Todas las estrellas que conocía guardaban una relación directa entre su atracción gravitatoria y su tamaño, cosa que le permitía anticiparse a las fuerzas que de ellas emanaban y así desplazarse con seguridad. El pequeño astro luminoso de la Zona de Cría era el único que conocía que se saltaba aquella regla. Tenía además otra particularidad: dos haces de abrasadora energía emitidos desde sus polos, girando en el espacio a una velocidad frenética, justo en el umbral de percepción de su vista. Si se encontraba en la trayectoria de uno de aquellos chorros, todas sus capacidades sensitivas y de comunicación a corta y larga distancia quedaban anuladas hasta que abandonase la zona de interferencia. Sólo sus ojos parecían inmunes a la interrupción.

Pero nada de aquello le interesaba realmente. Lo que de verdad atraía toda su atención era que, por fin, experimentaba la sensación que había estado esperando durante tanto tiempo: sentir cómo navegaba por el espacio, percibir movimiento. Normalmente, a su velocidad máxima, sólo tenía sensación de estar desplazándose si pasaba muy cerca de algún objeto o punto de referencia, pero en general, para recorrer distancias en apariencia cortas se podía tardar bastante, así que siempre tenía la sensación de estar casi inmóvil. En los campos de asteroides, por ejemplo, aunque eran relativamente densos, la distancia entre dos de los más grandes podía llevar hasta medio ciclo. Era capaz de adquirir una velocidad notable con los impulsores, que podía ser mucho más elevada navegando entre campos magnéticos. Pero la inmensa rapidez con la que la arrastraban las ondas de fuerza de la Zona de Cría era inigualable. Con mucho, era la mayor velocidad a la que podía desplazarse cualquier criatura del Territorio por el espacio normal... y la más placentera y excitante.

En aquel momento le vino a la mente la comparación entre las sensaciones que vivía navegando en los anillos de fuerza y lo distintas que eran a las que experimentaba cuando viajaba por los túneles que atravesaban el Otro Lado. Aunque la velocidad allí dentro era terroríficamente superior a cualquier otra que pudiese alcanzar por cualquier medio en el Espacio, no tenía ni un solo instante para disfrutarla. En el Otro Lado, exceptuando la vista, todos sus sentidos se colapsaban, sufría un horrible dolor generalizado y quedaba totalmente aturdida. Al salir de aquel extraño y turbador ambiente, tardaba bastante tiempo en recuperarse del estrés. Demasiado para su gusto. Por otra parte, debía reconocer que volar entre las paredes de energía pura de los turbulentos y arremolinados túneles, que pasaban por su lado con furiosa rapidez, constituía un espectáculo digno de ser vivido.

Abrir el portal de uno de aquellos pasillos exigía una cantidad enorme de energía, que a menudo debía ser reunida entre varios individuos. Aquello suponía dedicar tiempo a acumularla y a encontrar el punto adecuado donde el Territorio y el Otro Lado se friccionaban. Entonces, la energía se liberaba en forma de pulso concentrado, que abría la boca del túnel por el que poder pasar de un lugar a otro, hasta el punto elegido. Si bien los túneles más cortos eran mucho más fáciles de abrir que los que habitualmente usaban para sus desplazamientos, pudiendo llegar a estabilizarlos un solo adulto, a ningún Navegante le gustaba usar aquella capacidad. Sólo lo hacían en caso de necesidad, por falta de alimento en la región, condiciones ambientales adversas, presión predadora insostenible... o, en el caso de las hembras, para viajar hasta las proximidades del sistema estelar en el que traían a sus crías a la luz. Los túneles del Otro Lado se formaban aleatoriamente en cualquier momento y lugar, continuamente, y conectaban prácticamente todos los rincones del Territorio y de otras regiones desconocidas y alejadas. Siempre había un pasillo que comunicaba el lugar en que uno se encontraba con el lugar al que quería ir, si se tenía un poco de paciencia. Todos los miembros de su especie (y de muchas otras) podían vibsar el Otro Lado tan fácilmente como veían la luz de las estrellas. Cuando se estaba a punto de formar un túnel, ellos lo sabían. Sólo había un misterio al que ella nunca había encontrado explicación: miles de pasillos desembocaban en los alrededores de la Zona de Cría, pero ninguno traspasaba las murallas gaseosas y penetraba en el sistema de la diminuta estrella.

Para llegar hasta el gigantesco planeta gaseoso tan sólo existía una forma: cabalgar las monstruosas oleadas de energía.

*

Veía pasar por su lado las estribaciones de la nebulosa anaranjada que constituía la frontera del sistema, y apreciaba el cambio de ángulo del eje de giro de la pequeña estrella central y su aparente desplazamiento sobre el lejano fondo de nubes del otro extremo. Cuando llegase el momento, usaría la onda que la arrastraba en aquel momento como catapulta para descender al siguiente anillo de fuerza, repitiendo la maniobra tantas veces como fuese necesario mientras daba la vuelta a la estrella, hasta que se encontrase en la órbita del gran planeta anillado.

La Zona de Cría.

Aguzó el magto al máximo para sentir la llegada de la onda del siguiente anillo. La parte fácil consistía en que todas las ondas se desplazaban en la misma dirección y que cada corriente era sacudida por varias a la vez repartidas en toda su longitud, aunque, cuanto más reducido era el diámetro orbital del anillo, mayor era la velocidad de desplazamiento de sus pulsaciones de energía. La parte difícil consistía en salir de la cresta exterior que la arrastraba en el momento preciso para interceptar a la interior y continuar así deslizándose a toda velocidad hacia su destino. Si fallaba, en el mejor de los casos debería esperar a que la próxima onda del anillo acabase de rodear la estrella y llegase al punto en el que ella la estaría esperando; y en el peor de los casos, podía perder el control de su vuelo. A aquella velocidad, podría significar su muerte. Evidentemente, la idea no le atraía en absoluto. Debía acertar, como había hecho siempre.

Ahí está ya”.

Era el momento.

Un ligero nerviosismo la invadió. Había completado aquella maniobra con éxito decenas de veces anteriormente, pero siempre cabía la posibilidad de cometer un fallo. Plegó por completo las aletas de la izquierda, rompiendo el frágil equilibrio que la mantenía en el seno de la ola de fuerza, y se lanzó hacia aquel lado en una grácil curva, rumbo al centro del sistema.

Podía sentir la segunda onda aproximándose. Dada su velocidad en aquel momento, la cresta parecía viajar más lentamente. Atrapar la ola del primer anillo era la maniobra más contundente, porque la diferencia de velocidades entre ésta y la corriente de chorro lineal era tremenda. A partir de ahí, las potentes pulsaciones eran casi igual de rápidas en todos los anillos y la maniobra se tornaba más sencilla, en apariencia. Pero, para llegar de uno a otro, debía atravesar las ámplias y turbulentas zonas intermedias extendidas entre las distintas órbitas magnéticas, completamente saturadas de remolinos de energía, caóticas corrientes de fuerza y distorsiones gravitacionales. Un entorno extraordinariamente exigente para la navegación. Afortunadamente, las adaptaciones con que la Evolución había favorecido a su especie eran igual de extraordinarias.

*

El sistema nervioso de un Navegante reacciona a tal velocidad que roza la premonición. Sus múltiples nódulos nerviosos autónomos controlan las aletas dentro de los parámetros establecidos por el cerebro, sede de la mente de cada individuo. Casi la totalidad de los estímulos recibidos por los órganos sensitivos son procesados inmediatamente por el sistema nervioso periférico, adoptando la respuesta adecuada. El sistema nervioso central sólo actúa bajo la voluntad de la mente en el uso de las extremidades y de los impulsores.

El resultado es una asombrosa capacidad para volar por las turbulencias, manteniendo el rumbo deseado con una precisión increíble. El campo magnético de su organismo se deforma, intensifica o debilita allí donde es necesario, formando estrechos haces de energía o amplias superficies reflectoras. Pequeñas emisiones de gas a gran presión pueden ser disparadas por los múltiples orificios de posicionamiento repartidos por todo su cuerpo, para afinar los movimientos. Pueden asimilar, dirigir y utilizar tales cantidades de energía ambiental que, a veces, la acumulación de energía estática en su piel causa la aparición de potentes fogonazos y destellos eléctricos en los bordes de las aletas y los extremos del cuerpo.

La segunda onda estaba a punto de llegar y ella había cambiado de nuevo su rumbo, desviando la trayectoria curvilínea que recorría al salir de la primera ola hacia el otro lado, como si trazase una enorme y estilizada “S”. Cuando completó la curva, se había situado en el centro de la órbita que seguía la segunda cresta.


Justo donde ella quería estar.


La oleada la atrapó con ímpetu arrollador unos momentos después, impulsándola de nuevo a lo largo de la nueva órbita. Conforme se acercase al centro del sistema, cada nuevo anillo describía una revolución de menor radio y, por lo tanto, de menor recorrido.


Realizó la maniobra otras siete veces sin ninguna novedad, disfrutando sin límite de la velocidad y la abrumadora energía. Había tardado bastante tiempo. Era una ruta muy larga, incluso a aquella velocidad. Se estaba acercando al punto en que debía abandonar la fuerza que la arrastraba para empezar a frenar, o pasaría de largo su destino y debería dar otra vuelta completa. Salió de la ola con una maniobra suave y se sumergió de lleno en la zona intermedia, usando las turbulencias para ir perdiendo velocidad gradualmente. Su eficiente sistema de termorregulación captaba el calor producido por el frenado en todo el organismo y lo llevaba hasta unas finas crestas móviles en la cola que permanecían siempre en sombra, disipándolo en el espacio. En algunos casos, se veía obligada a expulsar parte del líquido refrigerante para enfriarse, como había hecho al entrar en la primera onda.


Por supuesto, aquel sistema funcionaba siempre que la deceleración fuese moderada porque, si intentase reducir su velocidad de forma más intensa, su cuerpo podría llegar a incinerarse.


Necesitaría más de una quinta parte de la órbita para frenar con seguridad, hasta que su velocidad fuese lo suficientemente reducida como para que el enorme planeta pudiese capturarla en su campo gravitatorio. Desde que interceptó la primera ola magnética del anillo exterior, hacía unos tres ciclos, había dado casi una vuelta completa a la estrella para llegar hasta aquel mundo gaseoso.


Y allí estaba, por fin.


Aunque lejano, el planeta ya era perfectamente visible.


Las magníficas bandas nubosas de colores increíbles de su atmósfera le parecieron tan hermosas como siempre. Y la enorme serie de anillos de hielo y roca que rodeaba el ecuador, fuertemente inclinado sobre el plano de la órbita, convertían el astro en una auténtica joya cósmica. Su poderoso campo magnético también era magtible para la navegante. Ella “veía”[4] inmensos y etéreos cortinajes de energía que ondulaban perdiéndose en el espacio, como si estuviesen compuestos por algún tipo de fluido luminoso, mientras grandes auroras de colores indescriptibles coronaban los polos. Podía sentir las líneas de fuerza comprimiéndose y deformándose en la cara que daba a la estrella, a causa de la interacción con el tremendo campo magnético solar, y extendiéndose en la lejanía como una manga ondeante, arrastrada por la misma fuerza. Los anillos deformaban la colosal cola, en los lugares en los que ambos se cruzaban, girándola y provocando enormes turbulencias. Podía “ver” también el campo magnético cercano al mundo gaseoso, curvándose fuertemente en los polos para ir a caer, atravesando la atmósfera, hacia el centro del planeta. Allí vislumbraba un majestuoso resplandor eléctrico rotando lentamente, de una complejidad y belleza arrebatadoras.


Poco tiempo después ya eran visibles algunos de los múltiples satélites que orbitaban el gigante anillado. Unos eran muy grandes y otros simples rocas. Aunque varios quedaban ocultos por la imponente masa del gigante gaseoso, podía sentirlos por la deformación que causaban en la emisión gravitatoria del gran planeta. Tres satélites poseían moderados campos magnéticos. Sumaban un número considerable, mayor de lo que podía determinar. (Si hubiese contado entre sus habilidades con el concepto de numeración, sus cuentas habrían elevado a cuarenta y seis el total de lunas). Su mente podía cuantificar grupos de uno a ocho objetos, tantos como aletas tenía. Para referirse a conjuntos mayores, “muchos” era el concepto que los describía, fuese cual fuese su número.


De pronto tuvo una idea inesperada, otro de sus cada vez más frecuentes destellos de inusitada lucidez. Se le ocurrió que podía agrupar los objetos en grupos de ocho y contar los grupos totales. Excitada e ilusionada por su nuevo descubrimiento, lo puso a prueba. En total, contó cinco Grupos de ocho satélites y uno más de seis. Luego se dedicó a explotar su nueva habilidad, cambiando la cantidad que formaba cada conjunto, dividiendo los satélites en grandes y pequeños, alternando grupos... Así estuvo entretenida un buen rato, con lo que la larga deceleración se le hizo algo más amena. Cuando se quiso dar cuenta, estaba atravesando la órbita de la luna más alejada del planeta. Se fijó en ella, pues estaba relativamente cerca de su ruta. Era la primera vez en su vida que podía verla tan bien. Siempre que se había acercado a la Zona de Cría, aquella luna había estado demasiado alejada de su rumbo como para verla con detalle. Le gustó la novedad.


El satélite tan sólo era una roca esférica y yerma, sin rastro de atmósfera y con una fuerza de atracción muy débil. Presentaba un enorme cráter en su hemisferio inferior, del que partían radialmente unas grietas retorcidas y terribles. Fuera lo que fuese lo que chocó con el pequeño mundo en el pasado, estuvo a punto de hacerlo pedazos. Ella misma había presenciado varios impactos entre objetos espaciales, pero ninguno de una magnitud comparable a aquel.


La mayoría de las lunas del gigante anillado eran piedras estériles como aquella, aunque de tamaños muy diversos. También lo orbitaban varios mundos de tamaño respetable, incluso con atmósfera, aunque sin el menor rastro de vida. Pero había un satélite en particular, el mayor de ellos, que era diferente a todos los demás. Orbitaba en la división entre el extenso disco de hielo interior y el fino reguero de pequeños fragmentos rocosos que constituía el penúltimo anillo. En todo el Territorio ella sólo conocía tres planetas más como aquel. Un mundo templado, con una atmósfera poco densa de nitrógeno, dióxido de carbono, oxígeno... y grandes océanos.


El Mundo Vivo.

*

El satélite que los Navegantes llaman “Mundo Vivo” atesora una superficie llena de vida, con una flora y una fauna increíblemente diversificadas y abundantes, y está geológicamente activo. Las intensas fuerzas de marea inducidas por el gran planeta anillado hacen hervir su núcleo, y la moderada radiación térmica de su estrella, sumada a la reflejada por el gigantesco planeta, es atrapada por los gases atmosféricos, creando un protector efecto invernadero que mantiene unas temperaturas superficiales muy estables. Es un mundo tropical y exuberante. Y el destino elegido por multitud de especies espaciales para criar. Las que no pueden tomar tierra tienen a su disposición la inmensa riqueza natural del sistema. Allí hay recursos para todos y para siempre, pero normalmente sólo acuden las hembras y sus crías. Por supuesto, la región circundante, entre la órbita de la última luna y el disperso anillo exterior, es uno de los mayores y más peligrosos territorios de caza de los predadores. Afortunadamente, ellos no tienen capacidad para llegar hasta la superficie de ninguno de los planetas del sistema. No pueden vencer la fuerza de gravedad para volver al espacio ni poseen protecciones térmicas para sobrevivir a la reentrada atmosférica. Pero eso no elimina los riesgos, pues en la superficie también hay cazadores peligrosos. Sobretodo para las jóvenes crías.


La luna oceánica posee un campo magnético propio, de una intensidad algo mayor que el de la Tierra, producido por la interacción del del planeta gigante con su gran núcleo de hierro y níquel y las poderosas corrientes convectivas que lo azotan. Aunque no es lo suficientemente potente como para que una Navegante adulta pueda usarlo para volver a despegar, la cercana órbita que el satélite describe alrededor del gigante gaseoso lo hace sumergirse de lleno en su campo de energía durante la mitad de cada revolución, lo que provoca un pico de enorme intensidad y corta duración cuando luna y planeta se eclipsan y sus campos magnéticos se alinean. Este máximo de potencia, combinado con la atracción gravitatoria del gigante, es más que suficiente para permitir un aterrizaje o un despegue sin problemas.

*

Faltaba bastante trecho para llegar a su destino y su rumbo actual la adentraba en el sector más peligroso, patrullado por los predadores en busca de presas solitarias. Exceptuando los masivos despegues, en que grandes cantidades de criaturas quedaban en una situación vulnerable, los cazadores no solían realizar incursiones en la órbita del Mundo Vivo, en la que se congregaban todas las hembras, porque éstas se habrían defendido de forma contundente y masiva. Muchos cazadores habían resultado heridos, e incluso muertos, ante el feroz despliegue defensivo de sus presas.


Pero en la periferia, en la ruta de frenado, la situación era bien distinta. Y una hembra que llegaba a la Zona de Cría en solitario era una víctima muy apetecible. Como ella en aquellos momentos... Varios racimos de pequeños asteroides orbitaban la región, cruzando las rutas de aproximación más habituales, lo que los convertía en excelentes escondrijos donde ocultarse para emboscar a sus víctimas, si estaban en la posición orbital adecuada.


Intranquila, vibsó la zona extendiendo su percepción por el Otro Lado como zarcillos arrastrándose en todas direcciones, y estuvo magtinando en círculo para detectar cualquier objeto sospechoso. Aguzó la vista buscando calor, movimiento o reflejos que pudiesen revelar un ataque. También empezó a enviar trepidaciones por el Otro Lado para avisar a las otras hembras de su proximidad. Empezaba a inquietarse por su decisión de realizar sola el viaje al Mundo Vivo. Generalmente, todas las hembras procuraban llegar a la Zona de Cría acompañadas. Lo normal era que se uniesen en grupos de entre tres y seis madres, aunque, excepcionalmente, se habían reunido auténticas manadas de hasta cinco Grupos de ejemplares[5]. Era muy poco habitual que se arriesgasen a viajar solas. Aunque su coraza era más resistente y estaban dotadas de una mayor maniobrabilidad, ellas no poseían las formidables armas de los machos. Por ello los predadores las preferían como presas. Eran menos peligrosas. Pero su avanzado estado de gestación, que había entrado en la última fase y, por tanto, era imposible de suspender, y lo poco frecuentado del territorio en el que había permanecido antes de empezar el viaje, la habían forzado a tomar la decisión de regresar sola al Mundo Vivo para traer a su cría a la luz. Aunque estaba sobradamente capacitada para alumbrar a su cachorro en el espacio, prefería hacerlo en los cálidos y abrigados océanos del satélite. Siguió vibsando trepidaciones dirigidas a las extensas manadas que orbitaban la luna y el gigante gaseoso, así como a los pequeños grupos que patrullaban la zona peligrosa, atentos a cualquier señal de que algún congénere se encontrase en dificultades.

*

Es costumbre ancestral en los grupos femeninos que se hallan en el sistema enviar avanzadillas para escoltar a las recién llegadas hasta la seguridad de la Zona, mientras las demás cuidan de las crías en el anillo, a modo de guardería. Así se protegen unas a otras y, en caso de desgracia, sus hijos no quedan desamparados. De vez en cuando algún macho, escasos en la región, se une a la escolta, con lo que cualquier depredador desiste de sus intenciones rápidamente.


En el caso de los Navegantes, la visión de un macho de la especie es realmente formidable. Aunque algo menores que las hembras, poseen varias crestas metálicas defensivos apuntando en distintas direcciones y dos temibles y largos colmillos que se proyectan hacia delante desde ambos lados del morro. Si atacan de frente pueden ensartar mortalmente a su contrincante. Las aletas también son más anchas y largas, y tienen unos pavorosos bordes metálicos aserrados, capaces de infligir tremendas heridas. Sus poderosos músculos pueden moverlas con una fuerza demoledora, capaz de partirle los huesos a sus contrincantes. Cuando luchan por las hembras, los machos Navegantes nunca llegan al enfrentamiento físico, porque podrían fácilmente herirse de gravedad. Son peleas rituales y consisten en maniobras y exhibiciones de destreza en las que gana el más hábil. Los vistosos colores también son un signo de calidad genética en esos enfrentamientos. Cada macho se aparea sólo con dos o tres hembras, lo cual casi nunca deja a ninguno sin pareja, pues las hembras comprenden el ochenta por ciento de todos los nacimientos. De hecho, los machos no se enfrentan por fecundar al mayor número posible de féminas, sino por el privilegio de cubrir a las que ya han sido madres exitosamente con anterioridad. Las jóvenes e inexpertas son cortejadas por los machos menos hábiles.


Aunque parezca un contrasentido evolutivo, esto tiene su explicación: la primera maternidad de una hembra es un momento crítico dada su inexperiencia y los complejos desafíos a los que han de enfrentarse, ella y su cachorro. Si por falta de pericia pierde a la cría, no provoca un daño muy grande a la especie, ya que los genes de sus progenitores eran, en principio, de menor calidad. Y la joven madre adquiere una valiosa y dolorosa experiencia para el futuro. Si, por el contrario, la cría sobrevive hasta la emancipación, la hembra habrá llevado a cabo su maternidad felizmente, y la suerte decidirá si su criatura está dotada para enfrentarse a los desafíos de la supervivencia. El hecho de poseer un genoma “inferior” no implica necesariamente una merma de la capacidad de lucha por la supervivencia. Entre las especies espaciales se da la curiosidad de que el material genético de cada individuo es dinámico, es decir, evoluciona debido a la acumulación de experiencia vital de su portador, lo que dota a éste de una extraordinaria capacidad de adaptación. Por eso, las hembras más experimentadas son tan codiciadas por los machos. Y, por eso, no son raros los primogénitos que logran más tarde un notable éxito social y reproductivo.


*


Pensó en su vida hasta aquel momento. Era algo que le ocurría inevitablemente cada vez que se acercaba al Mundo Vivo. Los recuerdos se agolpaban en su mente, vívidos y llenos de matices y detalles. Ella era una primogénita, hija de una hembra muy joven y de un macho veterano. Recordaba perfectamente su alocada infancia y adolescencia; los esfuerzos y el coraje de su joven madre por sacarla adelante. Pero, sobretodo, recordaba el profundo amor que se profesaban, el cálido cariño que siempre la había arropado de pequeña. A su padre tan sólo lo había visto dos veces. La primera, durante el tiempo que estuvo con ella y con su madre tras regresar al espacio desde el Mundo Vivo. Luego se separaron. La segunda vez que lo vio fue cuando su padre murió, luchando contra un numeroso grupo de Ensartadores que atacaban a tres hembras y dos crías. Su madre y ella formaban parte de aquel grupo. Por aquel entonces ya había pasado la barrera de la madurez, y empezaba a hacerse viejo. Sus reflejos y su vigor habían ido disminuyendo paulatinamente con la edad. No era rival para enfrentarse en solitario a un escuadrón de cazadores. Pero era el único que estaba cerca de las aterrorizadas hembras y no lo dudó. Tras una terrible y desigual batalla, un Ensartador logró clavarle los colmillos venenosos. La ponzoña inundó su torrente sanguíneo, paralizándolo lentamente. En un último acto de valor y determinación, su padre hizo que los gases contenidos en sus vejigas se mezclasen en su sangre, hasta que todo su organismo quedó saturado de combustible. Luego, antes de que el veneno arrasara su conciencia, generó un último impulso eléctrico y su cuerpo se desintegró en un brutal estallido. Varios depredadores murieron y el resto se dio a la fuga, malheridos. Las hembras y las crías se salvaron. Y el noble y valeroso sacrificio de su padre jamás se borraría de su memoria.


Cuando pasó la infancia y la adolescencia, llegó el momento de su primer cortejo. Como era joven y, además, primogénita, los mejores machos hacían caso omiso de sus torpes intentos de seducirlos. Al final, aunque sabía instintivamente que las cosas funcionaban así, no pudo evitar sentirse un poco herida en su amor propio y, despechada, se apareó con el primer pretendiente que le hizo caso, un ejemplar joven e inseguro, aunque también fuerte y vigoroso. Su instinto reproductivo estaba completamente disparado y no podía esperar más. Contra todo pronóstico, logró cuidar con eficacia a su primer cachorro, un macho algo débil y más pequeño de lo habitual, pero con unas inmensas ganas de vivir. Le costó un gran esfuerzo y una férrea perseverancia pero, al final, su hijo creció fuerte y sano y se convirtió en un hermoso ejemplar. Desde entonces había criado en otras cinco ocasiones. Y nunca había perdido un hijo. Era algo de lo que se sentía absolutamente orgullosa.


Ahora, los machos se la disputaban con auténtico fervor. Pero ella se había vuelto impermeable a sus atenciones. El despecho que había sentido durante su primer celo la había vuelto algo rencorosa y, por ello, sólo elegía a su antojo. Sabía perfectamente que cualquier ejemplar al que escogiese la seguiría sin vacilar ni un latido, ansioso por complacerla y por iniciarle una nueva vida en su interior, seguro de que su descendencia tendría a una de las mejores y más abnegadas madres. La última vez, ante la insistencia de varios pretendientes especialmente pesados, incluso optó por alejarlos de ella con malas maneras. Y, para fastidiarlos aún más, se había permitido el lujo de aparearse con un ejemplar joven que había resultado vencido en los enfrentamientos rituales. Aquello molestó a los machos veteranos, aunque a ella no le importó lo más mínimo. Aun así, elegir a aquel joven en particular no fue fruto de una decisión aleatoria y caprichosa. Había algo en él que le había llamado la atención desde el primer momento. Aunque derrotado en varias ocasiones, le impresionó el vigor y la nobleza de aquel casi adolescente, que no se rendía y desafiaba a rivales mucho más experimentados sin amilanarse. Poseía una aguda inteligencia y creatividad, pues cada vez desarrollaba un patrón de conducta distinto. No tenía éxito, pero, en lugar de rendirse, probaba una y otra vez con variaciones cada vez más elaboradas. Estaba segura de que, de no haberlo elegido en aquel momento, poniendo fin así a su exhibición, su determinación y su inventiva habrían acabado por imponerse. Los Ciclos que pasaron juntos fueron inolvidables para ella. Pudo comprobar, con deleite, que no solo era innovador y creativo en los combates rituales... El producto de sus múltiples apareamientos con aquel joven enérgico y vigoroso era el trocito de vida que crecía en su vientre en aquellos momentos. Su séptimo embarazo. Y su séptima cría.

Pero, en aquella ocasión, sentía algo diferente que no sabía definir con exactitud.

Había algo sutil que hacía aquel embarazo distinto a todos los demás.

Volvió a rememorar, con una mezcla de nostalgia y excitación, el largo cortejo con su joven amante. Las atenciones que le prodigaba, lo que la divertía con sus alocadas ocurrencias y su fina inteligencia, el vigor y la pasión con la que se apareaban...

Un destello.

Y dos más a su derecha.

Aguzó sus sentidos al máximo... Sintió una punzada de miedo.

Movimiento. Varios objetos se habían separado de un gran asteroide cercano. Se aproximaban a ella, no había duda...

Súbitamente, comprendió a lo que se estaba enfrentando.

¡Una emboscada!”.

Cazadores. Aún no sabía qué especie. Pero un negro presentimiento se abrió paso en su mente. La ansiedad empezó a invadirla.

El miedo le dio alas. Nunca se había encontrado sola ante un ataque llevado a cabo por varios predadores.

Vibsó una trepidación de auxilio en todas direcciones. Magtinaba a su alrededor, buscando ayuda y percibiendo la amenaza que se cernía sobre ella. Por un instante, se maldijo a sí misma por haberse empeñado en realizar la ruta al Mundo Vivo sin compañía. Pero desechó rápidamente aquel pensamiento. Ya se enfadaría más tarde... si salía de aquella. Debía saber exactamente a qué se enfrentaba.

Al salir de la sombra del asteroide, pudo ver a sus atacantes con claridad. También percibía su campo de fuerza. Ya sabía qué eran...

Se le encogió el corazón...

Trepidó angustiosamente hacia la Zona de Cría una vez más.

Dos más aparecieron por delante un poco a la izquierda, en ángulo. La trampa se había cerrado y se le acercaban a gran velocidad... Tuvo que reconocer, a pesar del miedo, que había sido una maniobra magistral. En su mente se formó un solo concepto, y todo el horror que a él venía ligado:

ENSARTADORES...



[1] Un ciclo equivale, aproximadamente, a un día y medio. (N. del A.)
[2] Una Línea equivale más o menos a cinco kilómetros, o a unos cien Cuerpos. Y un Cuerpo, a su vez, es la longitud media de un Navegante adulto, unos cincuenta metros. En este caso, ocho Líneas serían unos cuarenta kilómetros. (N. del A.)
[3] Una Vuelta son unos treinta días y equivale al periodo de traslación de la luna a la que la Navegante se dirige. (N. del A.)
[4] Los Navegantes no perciben los campos magnéticos con los ojos, sino con unas líneas de protuberancias repartidas simétricamente a lo largo de su cuerpo, que constituyen su sentido del magto. La información sensorial que proporcionan es procesada en el cerebro de la misma forma que la visión, y con la misma definición. Así que, aunque no ven la energía electromagnética con los ojos, pueden “verla” con el magto. (N. del A)
[5] Cuarenta hembras. Cinco Grupos de ocho. (N. del A.)



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